Artículo enviado a "La Nación" en noviembre de 2001 con la intención de terciar en una polémica sobre la ampliación del calendario escolar. Cuando finalmente vio la luz del día el 4 de octubre de 2002, fue interpretado erróneamente por muchas personas como una defensa del intento de extender el calendario escolar, cuando en realidad su intención era más bien inspirar un modelo de desarrollo personal alternativo en que el individuo en formación disponga de múltiples oportunidades para forjar su personalidad por medios propios, aunque beneficiándose del estímulo de diversos y ricos agentes pedagógicos.
En los primeros días de noviembre, cuando el fresco comenzaba a anunciar Navidad y el sol se notaba más porque desaparecía más temprano, sabía yo que la "fiesta de la alegría" estaba cerca y pronto entraríamos en vacaciones. Me entusiasmaba la perspectiva de juguetes nuevos y una estadía larga bajo el cocal de Matina. Pero nunca conté los días que faltaban para dejar las clases, ni supe cuántos eran por año, porque no se suelen contar los días felices. Creo que mi maestra única de seis años tampoco los contaba. Hoy, en cambio, veo que todo el mundo cuenta: el Ministro, los sindicatos, los maestros y hasta los niños. Mis nietos no hacen más que contar, y no porque practiquen aritmética. Quieren saber cuántas páginas de "estudios sociales" deben memorizar todavía.
Mi día de escuela era corto, con interrupción a la hora de almuerzo. Mi tarde de tareas era larga, pero nunca aburrida. Aprendí geografía de Costa Rica con mis manos y fuera de horario. Por encargo de mi maestra, construí con plasticina su mapa en relieve, con todas sus montañas, volcanes, vertientes, ríos, valles, y el único lago que divide la cordillera de Guanacaste en dos partes, una con volcanes y otra con minas de oro. Cuando, en el Colegio, don Carlos Monge comenzó a explicarnos la historia de Costa Rica, no como colección de fechas sino como migraciones saltarinas de montañas, los collados y valles que me habían ensuciado las manos estaban ahí esperándolas. Y ¿la historia universal? En los últimos años de la escuela seguí con papá en un mapa cada derrota de los aliados al comenzar la Guerra Mundial y cada uno de sus desembarcos triunfales más tarde. Y ¿la prehistoria? La aprendí también en casa, en páginas que don Carlos nos ordenó arrancar de su libro de texto y destruir antes de llevar al Colegio. Hablaban de cómo el hombre había evolucionado a partir de los monos.
Las asignaturas especiales las recibí en la escuela con maestros distintos. "Trabajos manuales" me fascinaba. La clase consistía simplemente en recetas para construir objetos útiles, lo que me dejaban de tarea. Como resultado, todavía hoy arreglo sin problema todo lo que se descompone en nuestra casa solariega. Las clases de música no eran tan buenas, pero aún puedo cantar las canciones patrióticas que aprendí después de clases, ayudándome a entonar con una guitarra que me regaló mamá y siguiendo "Lo que se canta en Costa Rica". Ya en el Colegio, mi educación musical dio un salto cualitativo gracias a una película argentina que vi en el Teatro América a la salida de clases: "Donde mueren las palabras". Tuve también un excelente entrenamiento dramático. Representé multitud de papeles en actividades extracurriculares que organizaba el Padre Kullman: salí de ángel, rey mago, escritor de pacotilla, marido ultrajado, y –lamentablemente– hasta fumador empedernido que en la última escena debía consumir un puro de cuarenta centímetros encargado especialmente a "La Mata de Tabaco".
Mi educación sexual fue completamente heterodoxa. Hasta los diez años creí la versión oficial de que una cigüeña me había traído volando desde cierto lugar de Europa. Cuando comenzaron mis sueños húmedos no fue la escuela quien me explicó qué significaban sino Toño "el de los helados" durante el recreo grande frente al Parque España. Más tarde, ya en el Colegio, el Padre Drexler me prestó un libro de Tihamer Toth. Lo leí de un tirón bajo una palmera de ese mismo parque la tarde del 28 de agosto de 1944, la única vez que me safé del Colegio.
Mi educación científica se la debo principalmente al Padre Lenartz quien me explicó las leyes de las palancas, principios que exploré exhaustivamente jugando con un mecano "Erector" en mi casa. La química no la pude aprender en clase porque "Pahope", que la enseñaba, acababa de llegar de Alemania y no hablaba bien español. Además, me caía mal porque me abofeteaba cada vez que mi compañero de pupitre me preguntaba algo. En cambio, una película que vi en el Variedades –"Madame Curie"– fue suficiente para que me enamorara del método científico de por vida.
Durante mis años de escuela, buena parte de mi educación la administré yo mismo –en la Biblioteca Nacional– cumpliendo asignaciones especiales que mi maestra me hacía cuando tenía "reuniones de capacitación". Me pregunto qué más no podrían hacer hoy día los estudiantes, en ocasiones parecidas, visitando virtualmente museos, laboratorios, observatorios y bibliotecas, desde sus propias casas o desde las salas de cómputo de sus escuelas y colegios.