Entro al pabellón de platos internacionales
La gente, lava derretida de toda nacionalidad,
Me siento finalmente en un balcón, de cara al agua,
Pienso en mi vida, con todos sus problemas,
Después de recorrer en barco la bahía
salto al tajamar bajo un sol chispeante de 100 grados
y me tiro bajo un árbol, camisa abierta y sudada,
entre un grupo de trabajadores de Baltimore.
"Ustedes los hispanos" –habla un negro–
"no se pueden distinguir unos de otros".
Los "hispanos", que más bien parecen indios pieles rojas,
celebran la cariñosa burla a carcajadas.
y circulo entre olor intenso a curry y a pescado,
a chocolate haciéndose y chile-con-carne,
sin meta alguna excepto huir del calor,
autómata termotrópico.
forma torbellinos en mi entorno,
hacia arriba y hacia abajo,
carne de hindú o de machita corronga,
carne negra o albina, de gordo inmenso o atleta,
de adolescente fumadora, de gemelos y mamá rubia,
caras infinitas, ninguna repetida ni conocida.
entre filipinos y holandeses, viejos y jóvenes.
Un mongolito adelante
me hace amistosos gestos con la mano
y sonrisa de un diente en cuarto menguante.
Afuera la gente fluye en todas direcciones,
al frente de ciclista de dos pisos y única rueda
lanzador de cuchillos al aire afilados con chistes.
mi vida ... hebra apenas discernible
en la tela abigarrada e inconmensurable
de la sociedad contemporánea
tengo que encarnarla para que la trama se muestre.