La revolución cibernética y sus retos morales

Claudio Gutiérrez


Discurso de graduación

Un país tiene el grado de desarrollo que le permiten sus cuadros capacitados de distintos niveles, nada más. Ni la abundancia de los recursos naturales ni la fortuna de la eventual importación de equipos o tecnologías del extranjero pueden suplir ese aspecto esencial en el progreso nacional: el factor humano. Y dentro de esos cuadros capacitados, el administrador está llamado a jugar un papel crucial y en cierta forma crítico. La capacidad administrativa de un país es el músculo capaz de potenciar la masa, de por sí inerte, de los recursos naturales o de los bienes de capital. La buena organización, los métodos eficaces, la correcta conducción del personal, la estimación bien informada de las circunstancias, no tienen sustituto como factores catalizadores de las fuerzas productivas naturales o artificiales.

La coyuntura presente del mundo ofrece una singular oportunidad de poner de relieve la importancia de la buena administración. Se conjugan de manera curiosa dos fenómenos de signo contrario: por un lado, aparece en toda su agudeza la crisis de las fuentes energéticas –el combustible se hace escaso, en un grado probablemente sin paralelo en la historia de la sociedad industrial–; al mismo tiempo, recibimos la noticia de que la inteligencia, me refiero a la capacidad y potencia de los cerebros electrónicos, se hace abundante y barata en un grado también sin paralelo. El primer fenómeno es ampliamente conocido, nos hablan de él los periódicos, todos los días, con caracteres más y más alarmantes. El segundo fenómeno lo es menos, pero no por ello es menos impresionante.

Dos aspectos de esa inteligencia artificial, la transmisión y el almacenamiento de la información, se han hecho en los últimos años, y se hacen cada día más, eficaces y baratos, hasta el punto de poder decir que estamos al borde de lo que constituirá una segunda revolución industrial, la revolución cibernética. La memoria electrónica, nos dicen las revistas tecnológicas, ha llegado al nivel molecular, y una información prácticamente ilimitada podrá pronto almacenarse en microburbujas de silicio, el material de que están hechas todas las playas del mundo. La telefonía por satélite, y la transmisión por medio de rayos de luz curvilíneos, hará pronto de la comunicación instantánea algo parecido a un bien libre de la naturaleza. Los Estados subvencionarán la telefonía internacional y las grandes compañías regalarán materia gris sintética (lógica y memoria electrónica) con el fin de potenciar la vida de los negocios. Parece que se acerca el momento en que se volverá realidad la profecía de Teilhard de Chardin: el mundo se convertirá en una noosfera, es decir, una esfera recubierta de una sola gran capa de inteligencia, sin solución alguna de continuidad: la inteligencia se derramará, literalmente, por toda la Tierra. El mundo será uno, por la circulación de información que conectará entre sí a todos los hombres y a todas las obras del hombre que habrán recibido de él el don supremo de la inteligencia. Escasez de energía y abundancia de inteligencia artificial: ¡Qué enorme reto para los administradores! ¡Qué magnificación del principio económico de la optimización, y qué posibilidades de operar maravillas con el medio espectacular de los procesadores de información!

La coyuntura descrita es un reto, un magnífico reto, para el hombre en general y para el administrador en particular; para el administrador de un país subdesarrollado, sin embargo, puede ser un reto trágico. Porque ¿en beneficio de quién, o quiénes, trabajará esa magnífica red productiva que unirá los dos polos y todas las latitudes del mundo? ¿A quién beneficiarán las máquinas inteligentes, y a quién o a quiénes esclavizarán? ¿Para quién o quiénes será un valor incalculable esa preciosa información, almacenada en burbujas de sílice y transmitidas con la velocidad del pensamiento de un satélite a otro o por hilos luminosos invisibles? ¿Quién manejará esos hilos, y con qué fines? Las preguntas pueden multiplicarse y tocar muchos temas sobre la naturaleza y mecanismos de mil y una dependencias; las respuestas no las encontraremos en el campo de la técnica, sino quizá de la política y, sobre todo, en el campo de la moral, de la ética social e internacional.

Para cada uno de los graduados universitarios toda esa complejidad interlocutoria se transforma en un solo, muy simple y muy profundo, interrogante; ¿para quién trabajaré? ¿Trabajaré para mí, para el egoísmo de lo mío, como lo quiere la ética interesada de la sociedad de consumo? ¿Contribuiré así al enriquecimiento indefinido de los menos y al crecimiento en proporción geométrica de la fuerza de los más poderosos? ¿Cuál será la máxima de mi actividad profesional? En otros tiempos, los místicos cristianos llegaron a diseñar una ley de oro: "ama, y haz lo que quieras". ¿Aceptaremos hoy su transformación en el oro de ley: "gana, y haz lo que quieras"? Si lo hacemos, no cabe duda de que la revolución electrónica conseguirá solo hacer más grande la diferencia entre países pobres y países ricos, aumentar el grado de dependencia de nuestras economías, convertimos, dentro la nueva sociedad mundial, en los países siervos de centros de poder financiero y técnico con capacidad de subalternación muy superiores a las formas de imperialismo conocidas hasta ahora. Si por el contrario, somos conscientes de nuestra responsabilidad, y trabajamos en primer lugar con un propósito de servicio, social y nacional, es posible que los bienes de esa revolución puedan redundar un el establecimiento de nuestra sociedad como un subcentro relativamente autónomo y autorregulado de la nueva economía internacional.

Copyright © 1982-2001 Claudio Gutiérrez