Cualquiera que medite sobre el ser humano se enfrenta inmediatamente con la extraordinaria paradoja de que somos parte de la naturaleza y al mismo tiempo nos distinguimos profundamente de incluso nuestros más cercanos parientes, los otros primates superiores. Tenemos en común con el chimpancé casi todos nuestros genes y compartimos con todos los mamíferos cada una de las clases de componentes que integran nuestro cerebro. Sin embargo, ninguna otra especie terrestre comparte con nosotros el mundo de las narraciones, de los planes o inventarios, de la poesía o el software, de la filosofía o las matemáticas, del derecho o de la demagogia.
Por este tiempo celebramos el cumplimiento de dos mil años de un
suceso que una fracción considerable de la humanidad considera importante.
Los invito hoy a pensar en el cumplimiento de un plazo mucho mayor que
nos abarca a todos, de trascendental importancia: hace dos mil milenios
apareció el género humano sobre la Tierra. En aquel tiempo
comenzaron a moverse sobre las sabanas del África los representantes
de la primera especie plenamente humana: el Homo habilis. Fueron
ellos con toda probabilidad los primeros seres capaces de comunicar con
símbolos. El lenguaje, colección de símbolos, no es
una variación de la vocalización animal. No descansa en conexión
entre estímulo y respuesta como esta. Es una forma enteramente nueva
de pensamiento individual y social.
Los símbolos que inventó habilis habrán
sido sin duda muchísimo más sencillos que los actuales. No
es de extrañar. Podemos encontrar restos de manifestaciones artísticas
solo más acá de hace veinte milenios. Indicios de pensamiento
religioso nos traen a fechas todavía más cercanas. Escritura
no comenzó a darse sino hará unos ocho milenios. Derecho
codificado y primeros amagos de Estado, solo hace unos seis. Filosofía
y matemáticas, escasos tres. Ciencia moderna, exiguo medio milenio.
Informática, símbolos capaces de actuar por sí mismos,
escaso medio siglo. Pero el pequeño salto que ocurrió hace
dos mil milenios fue más difícil y trascendente que todos
esos logros monumentales.
Doy por descontado, con la enorme mayoría de los científicos,
que la evolución de las especies se ha dado todo el tiempo en conformidad
con lo que Charles Darwin caracterizó como "selección natural".
No es esta la ocasión para explicar o defender tal concepto. Quiero
en cambio ahondar aquí en el concepto de coevolución, un
estilo particular de evolución muy extendido en la naturaleza. Un
ejemplo sencillo y hermoso: la integración ecológica entre
flores y abejas. La vista multicolor de las abejas se desarrolló
simultáneamente con los colores de las flores cuyos néctares
las alimentan. ¿Las flores obtuvieron sus colores para que
las abejas las polinizaran o las abejas obtuvieron su visión de
colores para poder encontrar a las flores? Las dos cosas y ninguna
de ellas. Ninguna de ellas porque "para" no existe en la naturaleza. La
evolución ocurre mecánicamente, no por la intervención
de propósitos. Y las dos cosas, porque la evolución seleccionó
simultáneamente a las flores más visitadas por las abejas,
y a las abejas que pudieron distinguir a las flores. Esto es lo que llamamos
coevolución.
Quiero usar este concepto para explicar lo que ha ocurrido entre el
cerebro humano y los lenguajes naturales. Podemos preguntarnos, como en
el caso de las flores y las abejas, si el crecimiento del cerebro permitió
la aparición de las lenguas o fue más bien el uso de símbolos
que produjo cerebros más grandes en los primates humanos. Los investigadores
piensan que ocurrieron las dos cosas. ¿Cuáles son aquí
las dos especies que coevolucionan? La especie humana y la lengua materna.
Vean qué curioso: no se trata de dos especies biológicas
sino de una biológica y otra cultural. Porque las "especies culturales"
están tan sujetas a la evolución por selección natural
como las especies biológicas. La única diferencia es que
evolucionan más rápido: cientos de años en vez de
cientos de milenios. Aunque no siempre fue así: en los balbuceos
de la creación de los primeros símbolos las lenguas debieron
evolucionar tan lentamente como las especies biológicas.
Terrence Deacon, antropólogo e investigador del cerebro de la Universidad
de Boston, sugiere que la expansión del cerebro en el primate humano
no fue causa del lenguaje sino más bien su
consecuencia.
Experimentos recientes con chimpancés han demostrado que, con adecuado
adiestramiento, estos primates son capaces de aprender el uso de sistemas
de símbolos simples. No es inconcebible entonces que el primer paso
hacia el umbral simbólico haya sido dado por un Australopithecus
antecesor inmediato de Homo con capacidades cognoscitivas parecidas
a las de un chimpancé. Con ello se iniciaría una coevolución
donde el uso de símbolos seleccionara mayor cerebralización
que habría ido haciendo más fácil el uso de símbolos.
(DEACON 97) Una especie con
plasticidad cerebral, como cualquiera del género
Homo, tiende
a evolucionar más rápido. En realidad, tiende a evolucionar
cada vez más rápido, cultural y biológicamente.
El genoma humano incluye muchas adaptaciones que han favorecido el lenguaje.
Es un truco tan bueno que cualquier individuo que adquiriese una mayor
capacidad para hablar habría tenido ventaja competitiva. Para sus
descendientes habría ido siendo cada vez más fácil
el uso de la palabra. Parece entonces que gracias a una larga coevolución
de cerebros y sistemas simbólicos, los rasgos físicos humanos
habrían sido en gran parte producidos por sus ideas, conclusión
sorprendente de los científicos que los humanistas recibimos con
entusiasmo.
El lenguaje y cualquier otro artefacto, en cuanto prácticas sociales,
evolucionan en forma discerniblemente distinta de la evolución de
los organismos. Pasan de una generación a la siguiente por el conocimiento
que cada nueva persona adquiere con su aprendizaje. En cada caso la mente
humana introduce, por error o creatividad, ligeras modificaciones en la
información adquirida, que se trasmiten a la siguiente generación
de artefactos, de la misma manera a como ocurre con las mutaciones genéticas.
Se genera así variedad y oportunidades para la selección
natural, proceso automático independiente de propósitos individuales.
Según Richard Dawkins, (DAWKINS
76) las ideas tecnológicas son racimos de unidades discretas
memorizables, como la de rueda, de llevar vestidos, de venganza, triángulo,
alfabeto, calendario, o evolución por selección natural.
Llama a estas unidades "memes", que rima con "genes" para subrayar que
son también objetos replicadores. La palabra "mem", además,
se relaciona con "memoria", para insistir en su naturaleza virtual, es
decir existente en la mente. Las mentes están en corta provisión
y cada una tiene capacidad limitada. Esto origina considerable competencia
por entrar en la mayor cantidad posible de ellas. Esto constituye la fuerza
selectiva de la "memosfera" que sostiene la evolución de la cultura.
A diferencia de formas más primitivas de referirse a las cosas con
base en imágenes o por medio de indicios, los símbolos se
caracterizan porque, además de tener referencia (el objeto
a que apuntan), tienen significado. Como lo muestran los diccionarios,
tal significado se expresa por medio de oraciones construidas con otros
símbolos. Los símbolos no viven solos sino en comunidad:
la red significativa que llamamos lenguaje. En contraste con iconos y síntomas,
las palabras no representan a los objetos directamente sino que usan el
significado para encontrar la referencia: conociendo al primero podemos
determinar cuáles objetos constituyen la segunda. Por ello son los
símbolos un medio tan poderoso de comunicación, que permite
igualmente referirnos a cosas abstractas ("la tolerancia es la base de
la paz") o pasadas ("el huracán Mitch fue devastador") o futuras
("vendrán mejores días para Limón") o imposibles ("no
podemos comer el pastel y también guardarlo") lo que nunca podríamos
hacer usando solo iconos o indicios.
Pero la propia naturaleza de los símbolos plantea un formidable
problema de aprendizaje. Lo que determina el apareamiento entre un símbolo
y su objeto representado no es la probabilidad de que ocurran juntos, como
sucede entre un indicio y su objeto (el humo refiere al fuego porque suelen
ocurrir juntos), o entre el icono y el suyo (la imagen refiere a su objeto
porque se le asemeja). Las palabras con referencia similar se usan más
bien alternativamente (decimos "un chico llevó el paquete" o más
bien "un muchacho entregó la encomienda" para referirnos al mismo
suceso). En contraste, palabras con referencias diferentes deben aparecer
juntas precisamente para formar proposiciones como estas. Para colmo de
dificultades, pocas oraciones o frases se repiten exactamente, lo que no
ayuda a la incorporación del lenguaje. Finalmente, los símbolos
son contextuales: solo en combinación con otras palabras, de acuerdo
a reglas sintácticas, pueden cumplir su función comunicativa.
Al conjunto de esas reglas lo que llamamos gramática. Son generativas,
capaces de producir por su aplicación frases muy diversas de tamaños
indeterminados. Sirva de ejemplo la regla que introduce oraciones subordinadas
con la palabra "que". Aplicándola varias veces, podemos generar
la siguiente proposición relativamente larga: "el maje que
besó a la maje que arengaba a la marcha le ganó plata
al que le apostó que no se atrevería" (una
oración principal con cuatro oraciones subordinadas).
Complicaciones como estas explican que incluso un lenguaje simple y
con pocos símbolos y reglas resulte imposible de aprender para miembros
de otras especies. La aparición del lenguaje no es un resultado
automático de la evolución: es un fenómeno inusitado
en la naturaleza. Los chimpancés que han aprendido un pequeño
sistema de símbolos lo han logrado gracias a condiciones de laboratorio
muy favorables y la gran dedicación de sus adiestradores. En contraste,
los primates antepasados nuestros que comenzaron a comunicar simbólicamente,
con un cerebro de condiciones semejantes a las de un chimpancé actual,
habrían dependido totalmente de sí mismos y su ambiente ecológico
para un logro parecido. Lo habría permitido una progresiva expansión
de su cerebro impulsada por fuerzas selectivas muy poderosas. La transición
hacia la cultura simbólica debió haber sido al principio
intermitente e insegura, jalonada por numerosos fracasos evolutivos, antes
de llegar a asentarse en la especie definitivamente.
Deacon se pregunta: ¿qué problema de ingeniería social
habrá sido tan grave y tan peculiar en la evolución de los
primates que hubiera requerido para superarla una forma de comunicación
tan totalmente nueva? La contestación que se da es que las cacerías
prolongadas, que obligaban a los machos a alejarse de sus hembras, habrían
creado fuertes presiones selectivas en relación con la certeza de
la descendencia para el varón y la predictibilidad del aprovisionamiento
para la hembra. Un macho que no pudiera confiar en acceso sexual exclusivo
a por lo menos algunas hembras tendría probabilidad de apoyar la
reproducción de otros machos a sus expensas; y una hembra que no
pudiera contar con por lo menos el apoyo de un macho, incurriría
en serios riesgos de supervivencia para su prole. La superación
de este dilema requería encontrar un medio de marcar la relación
sexual como exclusiva, de modo que los miembros del grupo social la reconocieran
y respetaran como tal. Pero ningún indicio ni imagen puede representar
eficazmente una promesa o prescripción de conductas futuras. Esta
información necesitaba representarse simbólicamente.
Es posible pensar en muchos problemas de ingeniería social, distintos
de los conflictos sexuales, que forzarían igualmente la aparición
de una forma de comunicación totalmente nueva. Podemos resumirlos
en uno solo: necesidad de acometer proyectos que rebasasen las capacidades
de los individuos aislados y requiriesen una forma de cooperación
social vasta y estable. Cualquier problema de esta índole podría
haber servido de estímulo para el salto hacia un sistema simbólico;
todos juntos, habrían representado un formidable fermento para la
construcción de una forma colectiva de contención y regulación
jurídicas que no podría existir sin el fundamento del lenguaje.
No podemos menos que pensar que en sus comienzos el lenguaje debió
de haber estado apoyado por una multitud de conductas ritualizadas de los
grupos protohumanos. Todavía están con nosotros técnicas
creadas en la época paleolítica, hace decenas o cientos de
miles de años, que incluyen muy diversas formas de ritualización
simbólica, como la danza, el canto, la dramatización, hoy
sacralizadas en nuestras artes clásicas pero que siguen siendo reengendradas
en la forma de nuevos estilos comunicativos, como el rap o el reggae. Un
ritualismo social generalizado, basado en movimientos y adornos corporales,
así como en props (objetos de teatro) diversos, podría
muy bien haber constituido un apoyo externo imprescindible para los primeros
ensayos homínidas de comunicación por medio de símbolos.
Entre las formas de comunicación ritualizada que deben haber
jugado al comienzo un papel fundamental se destacan los roles sociales
mismos, con transformaciones potenciales que permitieran, por ejemplo,
a un niño asumir el papel de adulto, o a un adulto ser aceptado
como compañero sexual o como jefe, o a una familia o comunidad aceptar
y reparar emotivamente la pérdida de un ser querido. Los objetos
materiales que usualmente acompañaran esas transformaciones (utensilios,
armas, ropas, cicatrices) habrían insensiblemente pasado de ser
indicios de haber participado en la transición a ser auténticos
símbolos, con poderes de referencia más allá del contexto
original indiciario y ritual. Tales símbolos surgirían de
una vez unidos entre sí, contrapartida de una actividad comunitaria
integral, conectados desde entonces como conjuntos lógicamente cerrados.
Quedarían así sentadas las bases indispensables para la sistematicidad
esencial del lenguaje.
Probablemente no sería sino hasta Homo erectus que estuvieran disponibles los equivalentes de nuestras palabras. La facilidad de aprendizaje actuaba al comienzo en favor de actividades y objetos como mejor medio para realizar la trascendental transición de la referencia indiciaria a la simbólica. Pero constituida esta última, la evolución social habría discriminado contra sistemas de símbolos que requirieran uso de marcas de difícil producción como actos u objetos, en favor de las más fáciles de crear, sobre la marcha, con un simple soplo de aliento. El advenimiento del poder generativo del lenguaje habría dado fuerza a este proceso, tal vez por la ejecución de rimas y canciones recursivas populares. El habla, medio menos constreñido y versátil, habría ido remplazando a otros sistemas de marcas de manera natural, conforme el aumento de la capacidad neurológica y otros cambios físicos complementarios lo hubieran ido permitiendo.
Lo que habría seguido en la evolución del lenguaje habría sido en mucho obra del juego y la improvisación. La música, el canto, el baile, procesos secuenciales asociados al uso de la neocortex, habrían ofrecido el sustrato necesario para el carácter generador del lenguaje, al igual que suministran hoy a nuestros niños el mejor aprestamiento para el uso avanzado del idioma. Como padre y abuelo soy testigo del regocijo espontáneo de los pequeños en la repetición de estribillos de carácter recursivo, como el siguiente favorito:
La naturalidad de estas recursiones, poderosas en su capacidad generativa, es una clara huella de la coevolución del cerebro y el lenguaje.
Una de las relaciones sociales más difíciles de mediar es la paz, tanto entre los individuos como entre los grupos. La necesidad de establecer ritualmente acuerdos de este tipo debe con seguridad haber sido una de las fuerzas selectivas más poderosas en el desarrollo del lenguaje. Comportamientos y obligaciones futuras son, como hemos visto, intrínsecamente inexpresables por medios distintos de los símbolos. Sin embargo, antes del albor del simbolismo con seguridad ya se cumplían negociaciones específicas en encuentros concretos, mediante formas de referencia de carácter indiciario. Es proverbial la referencia del gesto de darse la mano al hecho de que no se portan armas; probablemente sería elaboración de un signo aún más primitivo: el simple movimiento de levantar ambos brazos para mostrar ostensiblemente la ausencia de agresividad, un caso de comunicación presimbólica bastante transparente. Su progresiva ritualización habría separado el gesto de sus raíces indiciarias, conforme la verificación de su sinceridad se hubiera ido haciendo más apremiante. Se desencadenaría así el proceso de respaldo social, como en el caso examinado de la certidumbre sexual, con consecuencias trascendentales para la estabilización jurídica de la sociedad. Darse la mano llegaría a ser símbolo de la existencia de un contrato, como intercambiar pelos del bigote lo fue de obligaciones recíprocas en nuestra Cartago durante la Colonia.
Nos queda pendiente un problema arduo, a saber, cómo es posible que los niños en tan poco tiempo (tres o cuatro años) puedan aprender tan bien el lenguaje materno, a pesar de las complejidades inherentes a los sistemas simbólicos y a la gran variedad de lenguas en las distintas poblaciones. A primera vista resulta difícil comprender que los infantes humanos tengan igual facilidad para aprender sistemas de símbolos muy distintos, pudiendo aprender en cada medio cultural igualmente rápido la respectiva lengua ancestral. El problema queda muy bien planteado en los siguientes célebres versos del humorista español Leandro Fernández de Moratín:
¿Podría explicarse tan extraordinario fenómeno por
la herencia biológica de parecida capacidad que tuvieron para lo
mismo sus padres? Definitivamente no, pues un niño trasladado en
su tierna infancia a otro medio aprenderá como "materna" la lengua
de la familia que lo tenga a cargo.
Hasta hace muy poco la explicación de ese extraño fenómeno
más aceptada por los investigadores era una propuesta del lingüista
americano Noam Chomsky. De acuerdo con ella, todas las gramáticas
son variaciones de una sola y genérica "gramática universal"
con la que los cerebros humanos vendrían equipados por nacimiento.
Postula la existencia de un "instinto idiomático", genéticamente
inscrita en el cerebro. Dicha facultad se encargaría, frente a los
estímulos del medio social y gracias a complicadas "reglas de transformación",
de convertir para cada persona la "gramática profunda" innata en
una "gramática de superficie" correspondiente a la lengua del grupo
familiar o social. Las reglas de la gramática profunda y las reglas
de transformación serían todas no aprendidas, un patrimonio
ingénito inmenso creado por la evolución.
Durante los últimos años, sin embargo, los investigadores
se han venido desapegando de esta explicación, la cual ha exhibido
cada vez más sus contradicciones internas. Decir que el cerebro
humano produce una gramática universal y tantos conjuntos de reglas
de transformación como lenguas concretas existen, hayan existido
y vayan a llegar a existir, porque posee una capacidad gramatical innata,
en realidad no explica nada. Solo transfiere la responsabilidad de la explicación,
del oficio de lingüista al de biólogo evolucionista, y éste
no se muestra dispuesto a aceptarla, por buenas razones. La teoría
de la gramática universal es una cura más drástica
que la enfermedad, pues exige hipótesis sobre cerebros y evolución
incompatibles con lo que se sabe sobre ellos. Incluso menos creíbles
que la pretensión ingenua de que los niños poseen propiedades
mágicas en sus todavía subdesarrollados cerebros.
La inverosimilitud de esta teoría no significa, sin embargo,
que debamos caer en una simple hipótesis de condicionamiento social.
Concedemos que las interacciones lingüísticas en que participan
los niños pequeños son a menudo simplificadas por los adultos,
de modo que algunos rasgos se exageran para hacerlos más salientes,
facilitando su comprensión. Con todo, no podemos descontar la inmensa
y obvia laguna que separa lo que los niños pueden lograr de lo que
especies por lo demás inteligentes o programas sofisticados de inteligencia
artificial son incapaces de alcanzar. Chomsky tiene el mérito de
haber planteado el enigma central sobre el aprendizaje del lenguaje. Pero
la respuesta que ofrece es equivocada. Su error consiste en presumir que,
descartado por razones válidas el apoyo del medio social, el único
otro apoyo para la adquisición del lenguaje deba encontrarse dentro
del cerebro. Pasa inadvertida la posibilidad ganadora: que este apoyo no
se encuentre en el cerebro del niño ni en el medio social (los cerebros
de padres o maestros), sino completamente fuera de todo cerebro, a saber:
en las lenguas mismas creadas por la evolución cultural.
Deacon plantea como iluminadora analogía el éxito obtenido
por Apple Computers en los años ochenta con sus interfaces informáticas
de ventanas e iconos. Este éxito se basó en la estrategia
de que, en vez de tener que asimilar una colección de manuales ininteligibles,
el usuario de las computadoras pudiera experimentar abriendo y cerrando
programas y menús, y aprender la forma de trabajo por ensayo y error,
dentro de un ambiente donde las conjeturas intuitivas tuvieran una considerable
probabilidad de resultar verdaderas. Esto lo lograron mediante la introducción
del escritorio virtual, donde hay carpetas que se pueden abrir y cerrar,
documentos que se pueden arrastrar, etc.. En suma, se trataba de adaptar
las operaciones de la computadora a habilidades que ya tenía la
gente, evitándole la necesidad de adaptarse trabajosamente a aquella.
Esta interfaz resultó ser tan efectiva que ha sido adoptada para
todo tipo de computadoras.
Siguiendo de cerca esta analogía de las computadoras amigables,
podemos decir que a lo largo de las incontables veces que las lenguas se
han reproducido en las mentes humanas han llegado a ser "amigables para
los niños", de modo que estos solo necesitan hacer ajustes mínimos
para adaptarse a ellas. Los niños muestran sorprendente habilidad
para hacer conjeturas afortunadas sobre la gramática, anticipando
espontáneamente las maneras en que las palabras pueden trabajar
juntas. Las reglas que subyacen al lenguaje son adquiridas desde luego
por ensayo y error, pero una muy alta proporción de los ensayos
resultan correctos. ¿Por qué? Porque los niños no
intentan toda la gama de maneras lógicamente posibles de organizar
las palabras, sino solamente algunas de ellas, las que corresponden a sus
predisposiciones, las cuales actúan como fuerzas selectivas en la
evolución de las lenguas.
Dicho de otro modo, los dados vienen fuertemente cargados en favor del
niño, pues las lenguas se han ido adaptando durante siglos a las
predisposiciones mentales infantiles. En vez de niños supersabios,
como pretendía la doctrina chomskiana, tenemos simplemente "lenguas
amigables", al estilo de las computadoras amigables, algo mucho más
fácil de explicar. Y la explicación la encontramos en un
andamiaje teórico preexistente: la evolución por selección
natural. Las lenguas humanas están todo el tiempo bajo la presión
selectiva de tener que coincidir con las conjeturas más probables
de los niños, pues si los niños no las aprenden las lenguas
no existirán en la siguiente generación. Pero por supuesto,
como en el caso de la evolución de las flores y las abejas, esto
es solo la mitad de la historia: la otra mitad es que, como expusimos antes,
toda mutación del cerebro que facilitara el uso de la palabra –¡tan
buen truco!– habrá ido siendo automáticamente seleccionada
por la evolución de la especie humana misma. Coevolución
de lenguas y cerebros: he aquí la solución del misterio.
Para terminar quisiera comentar una metáfora útil para mejor entender el problema del lenguaje. Consiste en concebirlo como una enfermedad infecciosa, una forma de vida independiente capaz de colonizar y parasitar el cerebro humano, usándolo para reproducirse, exactamente como los virus utilizan las células de los organismos con ese mismo propósito. En un programa de televisión al comienzo de los años noventa, la artista americana Laurie Anderson cantaba, con su característica voz afectadamente ronca, un estribillo que en su momento me impresionó mucho:
Lo de que el lenguaje sea un virus del espacio exterior se lo quedo debiendo
por no estar demostrado científicamente; pero en cuanto a que se
parezca a un virus, por su carácter infeccioso, no hay duda de que
el estribillo de Laurie contiene una intuición científica
de la mayor importancia.
Efectivamente, el lenguaje es una forma de vida independiente parásita
de la mente humana, predominantemente benéfica pues incluso ha contribuido
a formarla. En calidad de virus mental, la adaptación simbólica
nos infecta extensamente. En virtud de la irresistible urgencia que ha
instilado en nosotros por transformar todo lo que encontramos (incluida
la gente) en símbolos, hemos devenido medios por los cuales se propaga
a sí misma por todo el planeta. Pero al mismo tiempo nos ha abierto
mundos nuevos, los del arte, el derecho, la ciencia, la tecnología,
la filosofía, y nos ha permitido enseñorearnos del planeta
gracias a la exclusiva propiedad de esta forma única, la más
poderosa imaginable, de adaptación al medio.
Pero también podemos reconocer en este "virus" aspectos infecciosos
no tan positivos. Uno de ellos es la retórica demagógica,
que produce periódica o crónicamente enfermedades de variable
gravedad incluso en las mejores democracias del mundo; y esporádicamente
verdaderas abominaciones de horror genocida, en la forma de ideologías
y Estados totalitarios. Otro es la superstición y el fundamentalismo
religioso, responsables históricos de incontables matanzas y persecuciones
que todavía hoy siguen produciéndose en distintas partes
del mundo.
Es el lado feo de este estilo cognoscitivo exclusivamente humano
que nos define como única especie simbolizante. Personas que hemos
tenido la suerte de recibir en nuestra educación universitaria el
influjo de las disciplinas humanistas, debemos estar siempre conscientes
de ese aspecto negativo del lenguaje que nos amenaza en todo momento y
nos expone a caer en trampas que nos alejan del ejercicio sosegado de la
razón. No solo la poesía y la ciencia son simbólicas.
Los slogans de las masas genocidas también lo son, así
como los credos de confesiones religiosas suicidas y autoincendiarias,
o de otras más apacibles que atentan contra los valores humanos
a un fuego más lento que puede durar milenios.
En el lenguaje residen infinitas posibilidades de perfeccionamiento
humano pero también terribles oportunidades de ceguera e irracionalidad
galopante. Procuremos aprovechar al máximo las primeras y estar
siempre lúcidamente vigilantes contra las segundas.