El escalofrío de la mente

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Texto de un artículo publicado en el diario "La Nación" de San José, Costa Rica, en junio de 1995.

Mi buen amigo Manuel Formoso ha criticado mi pensamiento en un artículo reciente de la página 15 de La Nación, dándole el calificativo de "escalofriante". Basa su apreciación en dos citas que hice del filósofo norteamericano Daniel Dennett. La primera de ellas expresa que el flujo de la conciencia puede entenderse como el funcionamiento de una "máquina virtual" sobre la base de mecanismos de tipo paralelo preparados por la evolución; la segunda es la afirmación de que "un misterio es un problema sobre el que la gente todavía no ha aprendido a pensar". Me cuesta trabajo imaginarme cómo el distinguido columnista haya podido asustarse por estas dos frases. También me sorprende que él –o el linotipista– haya podido encontrarle elementos nihilistas suficientes como para cambiar el título de mi conferencia del original la nueva filosofía de la mente al cadavérico la nueva filosofía de la muerte. Para tranquilizar a los lectores de este prestigioso diario, voy a intentar un comentario de esas dos interesantes frases del filósofo norteamericano.

El uso de la expresión "máquina virtual" en un ensayo filosófico sobre la mente manifiesta de manera elocuente cómo cambia la filosofía por incorporación de vocabulario de la ciencia y cultura contemporáneas. En sentido riguroso, el término "máquina" significa un "sistema suficientemente determinado como para hacer predecible su comportamiento". En este sentido, por ejemplo, el sistema solar es una máquina. En el lenguaje vernáculo, "máquina" era en mi juventud la máquina de escribir y la máquina de vapor que me llevaba al Atlántico. El término "máquina virtual" es un concepto informático que significa la capacidad que tienen las computadoras de emular a otras máquinas. Se usa en particular para referirse a los programas que ejecuta una computadora, por ejemplo un "paquete" procesador de textos que la convierte virtualmente en una máquina de escribir.

Las máquinas han sido desde hace tiempo importantes en la historia humana. Hoy hacen posible una civilización del más alto nivel demográfico. Sin ellas no podrían haberse dado las artes ni la literatura. Pero además, ellas mismas figuran en esas artes y literatura, como objetos bellos y románticos: un molino de viento es una máquina; un velero también, y lo mismo un reloj antiguo o un planetario del siglo XVII. El conservatismo de la cultura tarda, sin embargo, en dotar de emoción a máquinas nuevas: las carabelas de Colón son eminentemente románticas, y también lo es el trasatlántico a vapor; el Ford modelo T lo es, pero el BMW aún no; tampoco lo son todavía ni el "jet" ni la computadora. Nuestras micros de hoy llegarán tal vez a ser objetos románticos en el futuro, comparados con máquinas todavía no imaginadas que crearán nuestros nietos o bisnietos.

Las máquinas tienen también lugar distinguido en la historia del pensamiento. Descartes sostuvo, con muy buen criterio, que los animales eran máquinas, adelantándose varios siglos a la biología molecular contemporánea. Harvey descubrió el mecanismo de la circulación de la sangre, y asoció para siempre el órgano romántico por excelencia, el corazón, con una de las máquinas más simples que se conocen: la bomba de agua. Pero tiene razón Marvin Minsky, informático norteamericano, cuando advierte que las máquinas actuales y las del futuro son tan diferentes en complejidad con respecto a las de antaño que deberíamos designarlas con otra palabra. No es de extrañar que algunas personas reaccionen con inquietud cuando se afirma que su cerebro es una máquina, ya que asocian el término con poleas, palancas, relojes, u otros aparatos igualmente simples. Probablemente su reacción sería muy otra si existiera una palabra distinta para designar a máquinas con millones de partes (como las supercomputadoras) o con miles de millones de partes (como el cerebro humano).

La frase de Dennett sobre la conciencia como máquina virtual expresa algo muy sencillo e importante: la evolución desarrolló una máquina extraordinariamente complicada, el cerebro de los primates, como un complejo ensamblaje de procesos paralelos relacionados con la percepción, el movimiento de los miembros o la asociación de ideas. La conciencia se produce como superestructura sobre esa multiplicidad, con objetivos distintos de los originales; en esto es semejante a un programa informático, que usa el alambrado preexistente de una computadora para emular a otra máquina. La conciencia se concibe como la varita mágica que permite al cerebro de cada ser humano imitar a cualquier otro cerebro (cuando tratamos de entendernos unos a otros), o la belleza de la Creación (cuando Newton emula el funcionamiento del sistema planetario o Van Gogh reproduce el encanto de un atardecer de otoño).

Lejos de ser escalofriante, debemos considerar esta idea como una de las más poderosas, hermosas y humanistas de la actualidad. Por ejemplo, permite asentar sobre bases de humanismo científico los principios fundamentales de la educabilidad del ser humano y de la unidad última de nuestra especie. Si nuestra mente posee la calidad de "máquina universal" capaz de imitar a cualquier otra máquina, ello significa que, en principio, los secretos del universo son descubribles –los campos de la ciencia son aprendibles– por cualquier hombre, sin distinción de raza, sexo o condición social.

Con esto llegamos a la otra frase de Dennett. Por razones que antropólogos o psicólogos nos podrían explicar, para ciertas personas –algunas muy inteligentes– el misterio aparece como un bien en sí. No para Dennett. Lo misterioso es lo desconocido, aquello que resiste a la mente. Es un reto para el entendimiento, para esa conciencia que –máquina universal– posee virtualmente la solución de los problemas posibles. El hombre es educable; los problemas, en principio solucionables NOTA 1. Si todavía no los hemos podido dominar, ello significa que aún no hemos aprendido a pensar sobre ellos. Es precisamente eso lo que pasa hoy con la conciencia. Neurólogos, psicólogos y filósofos se esfuerzan en forma entusiasta por pensar sobre ella de maneras nuevas. Se enfrentan así al escepticismo de quienes temen una desmitificación de la conciencia que pueda acabar con el calor humano, la belleza o la poesía. Pero ¿qué ha pasado en casos de desmitificaciones anteriores? No encontramos disminución de asombro: al contrario, nuevas ideas producen belleza más profunda y visiones más arrobadoras; descubren un universo de mayor riqueza, allende la imaginación de los protectores del misterio.

El hechizo del "misterismo" es para Dennett reedición de la manida treta del deus ex machina; pero "los dioses de fuego que conducen carrozas doradas por el firmamento resultan simples figuras de tiras cómicas comparados con la maravilla deslumbrante de la cosmología contemporánea; y la complejidad recursiva de la maquinaria reproductora del ADN hace al élan vital [de Bergson] tan poco interesante como la kriptonita temida por Supermán". Cuando entendamos la conciencia –cuando no sea ya misterio– su concepto será muy diferente. Pero ofrecerá mayor ocasión a la emoción estética y más campo que nunca para el asombro.


Copyright © 1997 Claudio Gutiérrez

Notas:

NOTA 1 La única excepción son ciertos problemas abstrusos de la metamatemática, demostrablemente no solucionables.