Mi buen amigo Manuel Formoso ha criticado mi pensamiento
en un artículo reciente de la página 15 de La Nación,
dándole el calificativo de "escalofriante". Basa su apreciación
en dos citas que hice del filósofo norteamericano Daniel Dennett.
La primera de ellas expresa que el flujo de la conciencia puede entenderse
como el funcionamiento de una "máquina virtual" sobre la base de
mecanismos de tipo paralelo preparados por la evolución; la segunda
es la afirmación de que "un misterio es un problema sobre el que
la gente todavía no ha aprendido a pensar". Me cuesta trabajo imaginarme
cómo el distinguido columnista haya podido asustarse por estas dos
frases. También me sorprende que él –o el linotipista– haya
podido encontrarle elementos nihilistas suficientes como para cambiar
el título de mi conferencia del original la nueva filosofía
de la mente al cadavérico la nueva filosofía de la
muerte. Para tranquilizar a los lectores de este prestigioso diario,
voy a intentar un comentario de esas dos interesantes frases del filósofo
norteamericano.
El uso de la expresión "máquina
virtual" en un ensayo filosófico sobre la mente manifiesta de manera
elocuente cómo cambia la filosofía por incorporación
de vocabulario de la ciencia y cultura contemporáneas. En sentido
riguroso, el término "máquina" significa un "sistema suficientemente
determinado como para hacer predecible su comportamiento". En este sentido,
por ejemplo, el sistema solar es una máquina. En el lenguaje vernáculo,
"máquina" era en mi juventud la máquina de escribir y la
máquina de vapor que me llevaba al Atlántico. El término
"máquina virtual" es un concepto informático que significa
la capacidad que tienen las computadoras de emular a otras máquinas.
Se usa en particular para referirse a los programas que ejecuta una computadora,
por ejemplo un "paquete" procesador de textos que la convierte virtualmente
en una máquina de escribir.
Las máquinas han sido desde hace tiempo
importantes en la historia humana. Hoy hacen posible una civilización
del más alto nivel demográfico. Sin ellas no podrían
haberse dado las artes ni la literatura. Pero además, ellas mismas
figuran en esas artes y literatura, como objetos bellos y románticos:
un molino de viento es una máquina; un velero también, y
lo mismo un reloj antiguo o un planetario del siglo XVII. El conservatismo
de la cultura tarda, sin embargo, en dotar de emoción a máquinas
nuevas: las carabelas de Colón son eminentemente románticas,
y también lo es el trasatlántico a vapor; el Ford modelo
T lo es, pero el BMW aún no; tampoco lo son todavía ni el
"jet" ni la computadora. Nuestras micros de hoy llegarán tal vez
a ser objetos románticos en el futuro, comparados con máquinas
todavía no imaginadas que crearán nuestros nietos o bisnietos.
Las máquinas tienen también lugar
distinguido en la historia del pensamiento. Descartes sostuvo, con muy
buen criterio, que los animales eran máquinas, adelantándose
varios siglos a la biología molecular contemporánea. Harvey
descubrió el mecanismo de la circulación de la sangre, y
asoció para siempre el órgano romántico por excelencia,
el corazón, con una de las máquinas más simples que
se conocen: la bomba de agua. Pero tiene razón Marvin Minsky, informático
norteamericano, cuando advierte que las máquinas actuales y las
del futuro son tan diferentes en complejidad con respecto a las de antaño
que deberíamos designarlas con otra palabra. No es de extrañar
que algunas personas reaccionen con inquietud cuando se afirma que su cerebro
es una máquina, ya que asocian el término con poleas, palancas,
relojes, u otros aparatos igualmente simples. Probablemente su reacción
sería muy otra si existiera una palabra distinta para designar a
máquinas con millones de partes (como las supercomputadoras) o con
miles de millones de partes (como el cerebro humano).
La frase de Dennett sobre la conciencia como máquina
virtual expresa algo muy sencillo e importante: la evolución desarrolló
una máquina extraordinariamente complicada, el cerebro de los primates,
como un complejo ensamblaje de procesos paralelos relacionados con la percepción,
el movimiento de los miembros o la asociación de ideas. La conciencia se produce como superestructura
sobre esa multiplicidad, con objetivos distintos de los originales; en
esto es semejante a un programa informático, que usa el alambrado
preexistente de una computadora para emular a otra máquina. La conciencia se concibe como la varita mágica
que permite al cerebro de cada ser humano imitar a cualquier otro cerebro
(cuando tratamos de entendernos unos a otros), o la belleza de la Creación
(cuando Newton emula el funcionamiento del sistema planetario o Van Gogh
reproduce el encanto de un atardecer de otoño).
Lejos de ser escalofriante, debemos considerar
esta idea como una de las más poderosas, hermosas y humanistas de
la actualidad. Por ejemplo, permite asentar sobre bases de humanismo científico
los principios fundamentales de la educabilidad del ser humano y de la
unidad última de nuestra especie. Si nuestra mente posee la calidad
de "máquina universal" capaz de imitar a cualquier otra máquina,
ello significa que, en principio, los secretos del universo son descubribles
–los campos de la ciencia son aprendibles– por cualquier hombre, sin distinción
de raza, sexo o condición social.
Con esto llegamos a la otra frase de Dennett.
Por razones que antropólogos o psicólogos nos podrían
explicar, para ciertas personas –algunas muy inteligentes– el misterio
aparece como un bien en sí. No para Dennett. Lo misterioso es lo
desconocido, aquello que resiste a la mente. Es un reto para el entendimiento,
para esa conciencia que –máquina universal– posee virtualmente la
solución de los problemas posibles. El hombre es educable; los problemas,
en principio solucionables
NOTA
1. Si todavía no los hemos podido dominar, ello significa que
aún no hemos aprendido a pensar sobre ellos. Es precisamente eso
lo que pasa hoy con la conciencia. Neurólogos, psicólogos
y filósofos se esfuerzan en forma entusiasta por pensar sobre ella
de maneras nuevas. Se enfrentan así al escepticismo de quienes
temen una desmitificación de la conciencia que pueda acabar con
el calor humano, la belleza o la poesía. Pero ¿qué
ha pasado en casos de desmitificaciones anteriores? No encontramos disminución
de asombro: al contrario, nuevas ideas producen belleza más profunda
y visiones más arrobadoras; descubren un universo de mayor riqueza,
allende la imaginación de los protectores del misterio.
El hechizo del "misterismo" es para Dennett reedición
de la manida treta del deus ex machina; pero "los dioses de fuego
que conducen carrozas doradas por el firmamento resultan simples figuras
de tiras cómicas comparados con la maravilla deslumbrante de la
cosmología contemporánea; y la complejidad recursiva de la
maquinaria reproductora del ADN hace al élan vital [de Bergson]
tan poco interesante como la kriptonita temida por Supermán". Cuando
entendamos la conciencia –cuando no sea ya misterio– su concepto será
muy diferente. Pero ofrecerá mayor ocasión a la emoción
estética y más campo que nunca para el asombro.