La ciencia y los valores

Claudio Gutiérrez book

traducción del inglés por Inés Gutiérrez Castro

No voy a apoyar este epigrama. Tampoco intentaré refutarlo. Solamente lo utilizo para llamar la atención hacia una verdad, pienso que fundamental: que es imposible formular una distinción rígida, mucho menos una oposición, entre la teoría pura, contemplativa, por un lado, y la práctica, la acción histórica o los valores por el otro. Pienso, aún cuando el propósito de este estudio no sea el comprobarlo, que no se puede negar la posición radical de los valores en la metodología de la ciencia, como lo enfatiza Max Weber, por ejemplo, con respecto a las disciplinas sociales, y Michael Polanyi con respecto a las ciencias naturales. Partiré de esta convicción como la base para lo que sigue, y espero que la fecundidad de esta premisa en cuanto al tratamiento de nuestro problema tenderá a añadir fuerza a la premisa misma. Supondré, a partir de aquí, que el formalismo como método científico, cuya utilidad suprema reconozco por entero, puede funcionar significativa y productivamente solo dentro de un contexto hecho a partir de pasiones intelectuales, las tendencias heurísticas y persuasivas, y el compromiso con los valores (POLANYI 64). Aún así, tomaré por sentado que los valores son objetivos, en el sentido de que no son idénticos a los intereses circunstanciales o al capricho arbitrario e individual. Más bien, siempre se presumen como poseedores de una intención universal y se descubren como habiendo-estado-ahí-siempre. Difiero, eso sí, con la interpretación de esta objetividad reducida a una objetividad física o empírica (sea lo que sea lo que esto signifique).

Contrapuesta a una interpretación naturalista del valor, presentaré la posición que sostiene que los valores, aunque dependientes del conocimiento empírico, no permiten ser deducidos empíricamente, y son mejor percibidos en conflicto y en lucha con los valores de otras personas (WEBER 49, 49-112). Este conflicto se desarrolla, sin embargo, bajo un firmamento de valores (parcialmente) comunes con el que cada una de las facciones contendientes mantiene algún tipo de afiliación responsable y el cual cada participante contribuye de alguna manera a ir cambiando progresivamente. Este firmamento común de "conocimiento superior" (POLANYI 64, pp. 374-380) no se puede reducir de ninguna manera a categorías puramente empíricas. Debido al apoyo tan difundido que pareciera tener la concepción naturalista de los valores, especialmente en los países de habla inglesa, y también al hecho de que si fuera cierta sería fatal para la posición que me propongo sostener aquí, dedicaré estas páginas a la exposición y refutación de sus principales argumentos.

Partiré de la posición de C.E. Ayres (AYRES 61) tomándola como una presentación poderosa de la interpretación naturalista del valor. Para mí, su tesis central es que los valores tienen que ser objetivos con el fin de ser significativos para el progreso de la humanidad; de otra manera, nadie podría decir si hay progreso o no lo hay. El modelo aquí es el progreso mecánico, la evolución de las máquinas. Es originalmente con respecto a las herramientas que los conceptos "bueno" y "malo" tienen significado. Con respecto a otros temas, ceremoniales o sagrados, los valores solamente tienen un significado derivado y erróneo; la costumbre y el ritual son sólo simulacros de la causalidad técnica. El valor es entonces reducible a conocimiento técnico, por ejemplo: el conocimiento de las regularidades de la naturaleza. La moral se puede reducir a la conveniencia y la ética –el estudio del valor– a la ciencia o a la búsqueda de la verdad empírica.

A pesar de ser un excelente libro, Ayres hace uso de un rasgo que impresiona desfavorablemente al lector: su tono predicador, mientras pretende que está haciendo una presentación descriptiva de los hechos. NOTA 1 Hay que reconocer, sin embargo, que el autor presenta una argumentación poderosa en favor del predominio de la razón en la vida social. Uno de los defectos de su trabajo es que está escrito como si creyera que sus argumentos fueran innecesarios. El resultado arriesga a ser completamente diferente al intento de promocionar la razón en la comunicación humana, ya que el intento mismo no es totalmente fiel a la política defendida: tiende a apoyarse demasiado en la persuasión emocional. Veamos el uso abundante y correlativo de definiciones persuasivas: "Solamente hay una forma de conocimiento, el conocimiento que el hombre ha adquirido en el curso de sus actividades tecnológicas" (AYRES 61, p. 107) –y perdemos la distinción entre "conocimiento" y "tecnología", necesaria para formular la crítica de los estudios generales frente a la especialización tecnológica–. "Nuestra libertad es virtualmente un sinónimo de la plenitud de la vida como ha sido concebida por la sociedad industrial" (AYRES 61, p. 177) –y no podemos decir que la sociedad industrial no sea libre. "Cuando son examinadas, las virtudes prueban ser simplificaciones de las necesidades técnicas de la organización" (AYRES 61, p. 267) –y la organización es siempre virtuosa, siempre y cuando sea técnica–. En todos estos casos está claro que existe un patrón de ataque a las posibilidades del pensamiento (y de la crítica). Provoca una contracción del lenguaje que nos priva de algunos útiles medios intelectuales de análisis y polémica. A mi parecer, ¡esto no es racionalidad!

Alguno podría decir que no es justo pensar que estos rígidos enunciados son solamente casos de definiciones persuasivas por el simple hecho de que son la tesis estricta y clara del libro. Estoy anuente a aceptar esta opinión. Pero entonces la conclusión nos obliga a aceptar como verdadero que es practicamente imposible presentar tesis no persuasivas, que un aserto definido siempre afecta de una u otra manera los propios medios de expresar asertos, el lenguaje mismo. Esto significa que en última instancia no existe separación entre significado y verdad. Admito estas conclusiones y estoy convencido de que están en absoluto desacuerdo con la tesis de la objetividad natural del valor. La persuasión es esencial para lograr una expresión sincera de las creencias; la objetividad natural es un sustituto imposible para la participación intersubjetiva que debe prevalecer entre partes de buena fe que se enfrentan entre sí.

Aparte de esto, el argumento de Ayres en favor de la objetividad del valor es bueno e importante. Su insistencia sobre la naturaleza común del proceso que origina todos los valores es razonablemente sólida. Aunque no veo ninguna razón por la cual tenga que identificarse con el desarrollo de las herramientas. No obstante, es cierto que existe una relación cercana entre el conocimiento de las relaciones causa-efecto y las cuestiones morales, y que esta relación es determinante. También es cierto, para mí, que en todas las sociedades se pueden distinguir dos conjuntos de valores, sagrados y profanos. No es en absoluto evidente, sin embargo, que sean "los primeros los que difieran tanto de pueblo a pueblo, mientras que los segundos sean iguales para todos" (AYRES 61, p. 6). Por el contrario, la filosofía de la ciencia sostiene (KUHN 62) que el conocimiento científico depende de la aceptación de los paradigmas conceptuales que no sólo varían con el tiempo sino que son incluso inconmensurables entre sí. Por otro lado, se puede argumentar con fuerza acerca de la coincidencia básica de todas las visiones del mundo religiosas, como tenderían a demostrar tanto el análisis de la naturaleza de las actitudes religiosas como la existencia actual de movimientos ecuménicos (siendo la contienda religiosa casi siempre producto de intereses mundanos y materiales o del antagonismo de paradigmas teológicos –escolásticos y cuasi-científicos–). Aún más, no veo cómo puede uno sostener congruentemente dos posiciones tan divergentes como que el hombre es condicionado culturalmente, como afirma Ayres (AYRES 61, p. 74 ss.), y que "buenas herramientas" significan lo mismo para todo el mundo (AYRES 61, p. 8). Solamente tenemos que considerar lo extremadamente difícil que resulta la tarea de enseñar el uso de la maquinaria moderna en las regiones subdesarrolladas del mundo para darnos cuenta de que una herramienta no es esa cosa íntegra y definida que el autor pretende hacernos creer. Yo me inclinaría más bien a afirmar, apegado a la filosofía fenomenológica, que la esencia de una herramienta va siempre en función de nuestro estar-en-el-mundo y varía a la par de los propósitos y hábitos individuales y, en general, con los cambios de las condiciones de la existencia humana.

Pienso que al autor le asiste razón cuando dice que "la disociación de la verdad y el valor es lo que define la crisis moral del siglo veinte," (AYRES 61, p. 49). Hasta me atrevería a aceptar que "todas las culturas tienen dos aspectos, identificados con los términos secular y sobrenatural". Admitiría además que "la distinción significativa no se encuentra entre la descripción y la evaluación. Oscila más bien entre los esfuerzos seculares de descripción y evaluación y aquellos ejercicios de descripción y evaluación que emplean premisas sobrenaturales" (AYRES 61, p. 50).

Pero me parece que Ayres se equivoca al identificar "secular" con "verdadero" o "válido" y "sobrenatural" con "falso" o "inválido". Hacer esto es, para mí, demasiado tímido tanto como demasiado osado, demasiado poco crítico y a la vez demasiado crítico. Demuestra malinterpretar, en particular, la naturaleza del mito en la vida y en la historia humanas. NOTA 2. Considero que Ayres se equivoca cuando dice que "a nadie se le pide nunca decidir si acepta o no el universo... si la existencia de la especie humana es 'algo bueno' o no lo es". De hecho, siempre se nos está pidiendo precisamente eso, por ser, como somos, animales transcendentales. Por ejemplo esto es lo que significa ser religioso. Ayres comete petición de principio cuando hábilmente añade que "nadie podría hacerlo, ya que el término 'bueno' solamente tiene significado claro y definido en referencia al proceso de vida actual de la humanidad" (AYRES 61, p. 18).

El problema con Ayres es que pretende tomar "nuestra existencia como especie" y "el sistema de actividades por el cual vivimos y al cual estamos irrevocablemente comprometidos" como fundamentalmente dados (AYRES 61, p. 117). Esto está bien como una decisión individual o cultural, en el espíritu de la propuesta de algunos teólogos radicales de interrumpir la discusión trascendental por un tiempo, mientras hacemos lo mejor posible para resolver humanamente nuestros problemas humanos. Pero pienso que podría ser muy equivocado al alcanzar el carácter de prohibición oscurantista para impedir todo interrogante de tipo trascendente o religioso. De nuevo, aún cuando fuere una simple decisión práctica estaría sujeta a cuestionamiento, al imponer el rechazo de todos los principios de organización social excepto el tecnológico, por ejemplo, el rechazo de consideraciones de estatus o ceremoniales, con todos los antecedentes antropológicos que los apoyan. Ayres reconoce esto cuando dice: "Todas las costumbres definen lo que es correcto y apropiado para las personas de un estatus determinado... Como organización su función principal no es la de lograr que las cosas se hagan sino más bien la de prevenir los cambios" (AYRES 61, p. 126). Podría ser; sin embargo, debemos reconocer que el hombre necesite de alguna estabilidad para poder vivir. Las "regularidades en la naturaleza" no son las únicas regularidades pertinentes para la vida humana. Las "regularidades en la sociedad" pueden ser igualmente importantes. El autor tiene razón al alertarnos sobre los peligros inherentes al principio tradicionalista: "La adecuación ceremonial requiere que la tradición sea siempre honrada sin importar las consecuencias, es decir, las consecuencias meramente tecnológicas..." (AYRES 61, p. 137).
Pero uno debiera completar el panorama cuidándose de esta absolutización del principio progresista de Ayres: "El trabajo tecnológico en equipo es eficiente solamente cuando todas las consideraciones de estatus son ignoradas en un compromiso mental obsesivo para llevar el trabajo a término" (AYRES 61, p. 136) sin importar las consecuencias meramente personales o transcendentales. Según este principio, similar al concepto nazi de la "solución final", ¿adónde deberá detenerse uno? Al respecto, preferiría repetir, al igual que Knight: "Los valores están en conflicto y ningún valor puede ser absoluto. El único valor casi absoluto es aquél del mejor compromiso posible..." (KNIGHT 53, p. 281).

Considero la noción de la interrelación de los valores como el principal precipitado de la posición de Ayres NOTA 3. Su argumento central al respecto es que nada tiene valor "por sí mismo", esto es, independientemente de la interconexión de todas las experiencias en el proceso de vida. La coherencia inmanente o la armonía omni-abarcadora, es decir, la contribución al mejoramiento total de la vida humana es el criterio de valor. Donde comienzo a diferir de la opinión del autor es solo cuando afirma que por haber un criterio inmanente de valor las preguntas radicales se deben tomar como supersticiones. Porque de hecho toda opinión de valor es radical, en el sentido de que no existe ninguna atribución de valor que no tenga en cuenta la personalidad humana en su totalidad, aunque sea de un modo ideal o virtual, como la raíz o fundamento de su validez. Por supuesto, esto es en alguna medida lo que Ayres dice cuando se refiere al "proceso vital". Pero la evidencia se oscurece en el enfoque del autor por el hecho de creer en la existencia no ambigua de un sistema de valores simple y común, el sistema objetivo (en el sentido naturalista). Y lo que verdaderamente existe es un conjunto de sistemas de valores siempre en conflicto y siempre cambiantes, en diálogo o en polémica entre sí, y en proceso de tornarse más claros, más congruentes y más abarcadores, acercándose asintóticamente de alguna manera al sistema objetivo (ideal y singular). El valor es la actitud de la persona en su búsqueda de la verdad radical. Siempre es provisional pero también apasionado y persuasivo. Un problema del valor no es primeramente un problema referente a la validez de esas actitudes personales. No podemos más que pensar que son válidas. El problema principal y fundamental es cómo podemos cambiar o mejorar esas actitudes para que el acercamiento asintótico al ideal continúe siendo realizado (KNIGHT 41). No es cuestión de reflexionar acerca de si una opinión sobre el valor es posible. No podemos evitar el tener una u otra. Es precisamente por esta inevitabilidad que los juicios de valor son meta-empíricos y necesarios. Nuestro problema es más bien el problema de la reforma de la opinión de valor. Es por esto que la discusión intelectual es tan importante. La sociedad puede existir, puede ser libre, solamente en la medida en que los intereses en conflicto estén subordinados a las opiniones sobre los valores. Aún más, solamente puede ser libre en la medida en que los equipos en desacuerdo se enfrenten a su desacuerdo como un problema, reconociendo cada uno en el otro voluntad y capacidad para la discusión fructífera. La acción de grupo es libre solamente si unánime pero la discusión esperanzada puede ser un sustituto muy eficaz de la unanimidad efectiva. La búsqueda colectiva de la verdad es un componente indispensable en la definición de valor, como lo es también de la esencia de la sociedad ideal (KNIGHT 41).

Nos encontramos muy lejos del concepto que afirmaba que todas las decisiones o el ejercicio de las opiniones de valor en la vida o la sociedad "son hechas bajo el mismo proceso por el cual uno decide qué comerá en el desayuno, esto es, por un simple cálculo de causa y efecto" (AYRES 61, p. 16). La distancia consiste primordialmente en el hecho de que Ayres asume que no hay un problema real en ninguna decisión, que las opiniones de valor deben necesariamente coincidir, lo que hace imposible que existan conflictos justificados. ¡Solamente hay que observar las regularidades de la naturaleza! Por el contrario, es fundamental darse cuenta de que el compromiso personal con un sistema de valores está presente en cualquier problema importante, especialmente si éste afectará a varias personas. Entonces el procedimiento racional es el de allanar las diferencias de opinión, lo que idealmente se hace a través de un proceso ordenado de discusión intelectual. En resumen: los valores efectivamente forman sistemas, están interrelacionados; pero los sistemas de valores son múltiples y, las más de las veces, entran en conflicto unos con otros. NOTA 4 Necesitamos de los métodos, de la multiplicidad y del conflicto. Pero también de la apertura al diálogo y a la posible modificación de la opinión.

Todavía podríamos señalar una cualidad ausente en este enunciado axiológico y tratar de completar el panorama. El valor no es simplemente opinión, por más conflictiva que la pongamos. También interviene el hábito y la vehemencia con la que nos resistimos al cambio. El cambio de opinión sobre el valor se debe trabajar como un cambio de actitud, si es que puede llegar a ser efectivo. Un trabajo resulta indispensable, (SARTRE 60, p. 20) aun un trabajo fatigoso. El resultado final es que la discusión intelectual puede llegar a ser muy dolorosa, hasta violenta y costosa. Pero el conflicto puede ser necesario para clarificar los valores, tanto a nivel privado como a nivel social. Entonces, el concepto cuasi-platónico que refleja el párrafo anterior debe ser corregido con un elemento de interpretación realista, a saber, "esfuerzo", una categoría parsoniana (PARSONS 37, p. 719) cuyo destino parece ser siempre el de ser olvidada en las presentaciones académicas que tratan sobre el problema del valor.

Pero aún en el caso de conflicto y violencia, necesitamos estar afiliados al sistema para poder luchar contra él. La multiplicidad de enfoques y la tendencia inercial a resistir el cambio no significan imposibilidad de comunicación. Necesitamos un lenguaje común para expresar y sustentar nuestro punto de vista polémico, un firmamento que todas las partes de una discusión contribuyen a crear y bajo el cual trabajan: la historia, que nos hace y que nosotros hacemos (SARTRE 60, p. 64; KNIGHT 41; SCHUTZ 54).

Copyright © 1967-1998 Claudio Gutiérrez

NOTA 1 "No digo que ésta sea la manera en que debemos tomar decisiones. Esta es la manera en la que efectivamente tomamos decisiones . . . " (AYRES 61, p. 17)

NOTA 2 Sin darle muchas vueltas, yo definiría mito como la reacción intelectual de la mente humana frente a los problemas de totalidad y estabilidad. Verdaderamente siento que el hombre debe tener una manera para enfrentarse a asuntos trascendentales, por ejemplo, los que van más allá de armar partes y determinar cambios.

NOTA 3 Es justo decir, aún así, que podemos encontrar esta noción en otras partes, a veces hasta mejor formuladas. Por ejemplo, ver PERRY 50.

NOTA 4 Para una investigación extensa y sugestiva sobre este problema, ver PARSONS 37.