Sentido común y ciencia social

Claudio Gutiérrez book

traducción del inglés por Inés Gutiérrez Castro

Un punto fundamental resaltado frecuentemente en los escritos sobre metodología económica es la aseveración de que esta ciencia, y la ciencia social en general, no son más que elaboración del contenido y las categorías que podemos encontrar en el conocimiento del sentido común. Este argumento generalmente se usa con el fin de apoyar la afirmación concomitante de que las ciencias sociales y las ciencias naturales tienen métodos completamente diferentes entre sí, aún en el nivel lógico. Por otro lado, también nos encontramos autores radicalmente opuestos a estos puntos de vista que mantienen, por el contrario, que las categorías del sentido común deben ser sustituidas por categorías más abstractas con el fin de hacer posible que una ciencia en particular exista y, como corolario, que hay uno, y solamente un método homogéneo de la ciencia. Mi posición en esta controversia es más cercana a la de los primeros autores, a pesar de que no creo que la continuidad entre la ciencia social y el sentido común nos dé las bases suficientes para sustentar una diversidad fundamental en los métodos de las ciencias sociales y naturales. En este artículo dejaré claro mi punto de vista en cuanto a cómo se deben distinguir, y también relacionar, los dos tipos de ciencias. Considero completamente gratuita y casi mística la noción de que el surgimiento de una concepción científica se debe entender como una ruptura con el pasado histórico y una creación de una interpretación de la realidad totalmente nueva y autosuficiente. Por el contrario, creo que aquí, así como en el ejemplo de los valores, las opiniones previas son siempre fundamentales.

El problema del avance de la ciencia ha sido siempre un problema de reforma de opinión, de clarificación del conocimiento aceptado que todos, aún los científicos, mantenemos en una forma sistemática. Por el otro lado, no está claro dónde debemos poner la línea divisoria entre el sentido o conocimiento común y el "no común", ya que el conocimiento en posesión de las élites intelectuales ha sido siempre fuente de la mayor importancia para la formación del conocimiento común –el conocimiento de la gente común–. Aún más importante, si vamos a tratar este problema rigurosamente, deberíamos evitar el uso de términos tan de sentido común como lo son "ciencia" y "sentido común". Más bien debemos hablar, en este contexto, sobre formalismo y conocimiento no formal o informal, aún cuando estos términos no correspondan completamente en su extensión de significado con los primeros. Si hacemos esto, entonces podemos ver fácilmente que no solo el origen histórico de las ciencias, sino también la regulación de su aparato formal y la aplicación de sus sistemas formales en casos concretos, deben ser controlados por el pensamiento informal, aun esencialmente informalizable. El intento de formalizar reglas de aplicación, por ejemplo, está sujeto a incurrir en regresión infinita. NOTA 1 Que esta regresión no se presenta de hecho en el funcionamiento real de la ciencia es a lo que nos referimos cuando hablamos de un marco profesional o una atmósfera profesional en la práctica de la ciencia. (FRIEDMAN 53, p. 25).

El exceso de preocupación acerca del formalismo y el hacer distinciones rigurosas entre el sentido común y la ciencia se basan, sin duda alguna, en preocupaciones serias y en la identificación de un problema importante. Tenemos que tener algún criterio para distinguir entre la ciencia auténtica y la "metafísica"; debemos ser capaces de defender la ciencia frente al pseudo científico (HUTCHISON 38, p. 13). Aún así, la confianza que tengamos en la ciencia organizada y en el sentido de responsabilidad del científico profesional resulta ser la única protección real frente al pseudocientífico. Otras medidas de seguridad son cuando más insuficientes (POLANYI 64, pp. 53, 203-207). En las peores circunstancias, la sobrepreocupación por las garantías formales tiende a degenerar en una nueva clase de oscurantismo que podría eventualmente interrumpir el desarrollo de la ciencia. Las pruebas objetivas no son suficientes para defender a la ciencia de los intrusos. ¿Cómo se pueden certificar las pruebas mismas? La cuestión importante es si los profesionales aplican las reglas siempre de la misma manera. El consenso es de la esencia de la ciencia –tanto como lo es de la esencia de la verdad y del valor– (KNIGHT 51, p. 118; KNIGHT 56, pp. 153-155).

En resumen: Uno podría reinterpretar provechosamente el significado de "sentido común" entendiéndolo como pensamiento responsable no formal, y el significado de "ciencia" como pensamiento responsable formal. Por supuesto, la realidad profesional de la ciencia es más que puro formalismo, y el sentido común real es más que pensamiento puramente no formal. Pero la polarización es esclarecedora porque muestra con más claridad cuáles son los asuntos que están en juego. Es interesante notar que esta distinción polar hace del sentido común (identificado como pensamiento no formal) el nivel gobernante, pues proporciona las condiciones para el buen funcionamiento de la ciencia (formal). Compare este esquema con la pretensión que a veces se hace acerca de la correspondencia del sentido común con el lenguaje objeto y de la ciencia con el respectivo meta-lenguaje. NOTA 2 Esta distinción de niveles también se puede hacer, sin ninguna duda, pero realmente corta transversalmente los límites entre la ciencia y el sentido común. De hecho, el sentido común mismo se mueve en diferentes niveles de discurso, como podría muy bien demostrar el amplio tesoro de sabiduría popular sobre el objeto de las ciencias sociales (la gente). Existe el "lenguaje objeto del sentido común" y el "meta-lenguaje del sentido común", así como diferentes niveles de lenguaje dentro de la ciencia formal misma. De nuevo pareciera que llegamos a la misma conclusión: No es fundamental la distinción entre ciencia y sentido común; más bien lo fundamental es la distinción entre pensamiento o conocimiento formal y no formal, o incluso informalizable. Y se trata aquí solamente de una distinción ideal o abstracta. En la práctica el formalismo es absolutamente incapaz de existir sin la cooperación completa y simultánea de facultades intelectuales no formales. Ante esto, no podemos presentar la "objetividad" como la solución fácil para nuestra inquietud y necesidad de seguridad. Solamente podemos recibir la certeza que proviene de la responsabilidad en el uso de los recursos formales y analíticos por parte de gente profesional. Esta responsabilidad, aunada a un desarrollo y aplicación cuidadosos del formalismo, es lo que me gustaría llamar el sentido profesional, una característica definitoria esencial de un científico.

El problema del papel que juega la teleología en la explicación de los fenómenos de las ciencias sociales está estrechamente relacionado con el problema de las relaciones entre ciencia y sentido común. También sobre este asunto es posible encontrar puntos de vista divergentes. Me concentraré aquí en un par de ellos, muy significativos, representados por las siguientes y reveladoras citas:

La primera cita pareciera ser un fragmento muy desconcertante de filosofía de la ciencia, al expresar un argumento circunstancial más que lógico; las hipótesis tienen, según este argumento, la naturaleza de jueces supremos de los negocios porque las instancias falsificadoras se autodestruirán en el proceso de falsificación de la teoría. Un tipo paralelo de interpretación metodológica hará del conducir un automóvil, o de cualquier otra labor práctica basada en "leyes naturales" definidas, una experiencia verdaderamente inusitada. La confianza en las reglas del buen manejo se justificaría porque a menos que el comportamiento de los conductores se aproxime a comportamiento congruente con esas reglas pareciera ser poco probable que pudieran seguir vivos por mucho tiempo. De esta manera, cabrá esperar, aquellos que siguen las reglas serán reivindicados (!). La solución de Mises tampoco saldría bien parada. Bajo estricta interpretación de la teleología consciente uno tendría que asumir que el conductor hace complicados cálculos de fines y medios en fracciones de segundo, necesarios para la buena respuesta ante los estímulos de la carretera.

Todavía se podría salvar la posición de Friedman entendiendo su argumento como una afirmación de que las hipótesis "como-si" expresan solamente reglas sobre el comportamiento correcto (KAUFMANN 58, p. 217). Pero esto no eliminaría la teleología implícita en la prescripción normativa. También podríamos salvar la posición de Mises si decimos que el razonamiento teleológico estrictamente consciente es sólo un prototipo de decisiones efectivas. Por mi parte, encuentro más fácil y más convincente pensar que la verdad no está en ninguno de los dos lados. En mi opinión, tanto los hombres de negocios como los conductores están siempre haciendo conjeturas heurísticas en cuanto a la técnica de conducir negocios y autos, más que cálculos rígidos o mera adivinación aleatoria. Desarrollan, a través de su contacto personal diario con su trabajo, un conocimiento habitual que precisamente llamamos "arte" o "destreza". El marco heurístico sobre el que se basan al hacer sus apreciaciones presupone la teleología, por supuesto, porque pretenden adivinar correctamente, pero no existe una conciencia clara de los pasos involucrados, ni tampoco minuciosos cálculos aritméticos sobre fines y medios. Solamente tratan de adivinar correctamente. Al contrario de Friedman, debemos aceptar que la teleología es omnipresente, por ser propósito connatural al pensamiento humano. Pero, contrario a Mises, debemos aceptar que el esayo-y-error y la instauración de los buenos hábitos son igualmente importantes.

Pero un análisis completo del papel de la teleología en las ciencias sociales tendría que profundizar más. Es indispensable distinguir entre dos aspectos teleológicos diferentes, aunque complementarios. Por un lado tenemos la teleología como una dimensión de la explicación; por el otro, tenemos la teleología como un elemento de la materia de estudio. La teleología de la explicación corresponde al propósito del investigador y tiene que ver con el rol de la subjetividad en los fundamentos de la ciencia, con el uso de facultades de pensamiento no formales. La teleología de la materia de estudio corresponde al "propósito" como una categoría esencial para la comprensión del comportamiento. Es subjetividad en el objeto del pensamiento más que en la mente del científico. Para mayor claridad, refirámonos al primer aspecto como "teleología1" o "subjetividad1" y al segundo aspecto como "teleología2" o "subjetividad2". La teleología1 se relaciona con el hecho de que el científico, como persona individual que es, tiene él mismo propósitos, conocimiento, deseos, pasiones; todo ello determinante, por subuesto, en la manera cómo conduce su actividad científica, al punto que contribuye a definirlo como científico profesional.

La teleología2 se relaciona más bien con el hecho de que la materia de estudio de los científicos sociales, i.e., las personas, tienen a su vez propósitos, creencias, pasiones, etc., por lo que los términos correspondientes –"propósito", "creencia", "pasión"– son parte del lenguaje que el científico debe utilizar. Esos términos son mejor interpretados como términos teóricos, como por ejemplo el término "fuerza" es interpretado dentro de las ciencias físicas: es imposible interpretarlos directamente como descripciones puramente informativas de los datos sensoriales. Si hacemos esto, es decir, si tomamos la teleología2 como un ejemplo de terminología teórica, entonces la diferencia entre las ciencias sociales y las ciencias físicas parece menos dramática. Ambas tienen que lidiar con algún contenido –términos teóricos– que no comprenden completamente, al menos desde el punto de vista de la observación estrictamente empírica, y ambas tienen una manera muy similar de lidiar con ese contenido "que no comprenden". Lo tratan de una manera formal, aplicándoles el mismo tipo de manipulación lógica y reglas de inferencia que se aplica a todo término no directamente derivado de la experiencia sensorial.

Es interesante observar los diferentes acercamientos de los autores de metodología según cuál sea su inclinación intelectual personal hacia la teleología1. Comparemos las siguientes dos citas de Knight y de Simon:

Podríamos decir que Simon explica "propósito" como una especie de "fuerza", mientras que Knight explica "fuerza" como una especie de "propósito". Así pues, estos dos autores sirven de ejemplo sobre las dos maneras de enfocar el tema de la teleología. Knight pareciera decir: "Nos colocamos en el lugar del objeto para poder entender", aún cuando el objeto es una cosa inanimada. Simon pareciera decir al contrario: "Creamos para nosotros términos teóricos, con el fin de poder permanecer en el exterior del objeto que tratamos de explicar". La primera actitud es un ejemplo del dominio del enfoque basado en teleología1; la segunda actitud, del dominio del enfoque basado en teleología2. La primera es dialéctica o sintética, en el sentido de que busca la unidad y la generalidad; la segunda es positiva o analítica, en el sentido de que enfatiza los elementos de diferenciación y la objetividad. Como absolutización de dos principios complementarios, podrían parecer inadecuados, y hasta intelectualmente estériles, el primero por dar la apariencia de vacío tautológico, el segundo por auto-eliminación de la persona del conocedor. Sin embargo, hay una diferencia importante entre las dos. La primera actitud es, en análisis final, válida por sí misma, siendo reconocidamente circular; la segunda pareciera ser, en análisis final, contradictoria en sí misma, pues la objetividad total es completamente inalcanzable.

Tenemos aquí una asimetría fundamental que podríamos expresar esquemáticamente de la siguiente forma:

  1. El enfoque teleológico1 –dialéctico, sintético– no es muy productivo a corto alcance, pero es auto-validante y necesario en análisis final.

  2. El enfoque teleológico2 – positivo, analítico– se contradice finalmente a sí mismo, pero es muy útil a corto alcance y para propósitos particulares.

El primero no es productivo a corto alcance porque nadie quiere decir sólo cosas directamente implícitas por la manera en que construimos nuestro vocabulario. Uno no quiere dictar siempre tautologías. Es inevitable en el análisis final porque todos los lenguajes son radicalmente circulares –siempre se desarrollan a través de su propia aplicación (como veremos con más detalle en el próximo capítulo)–. El segundo es en el final auto-contradictorio porque nadie puede esperar saber algo sin ser él mismo quien está allí presente para saberlo (el conocimiento no subjetivo sería una imposibilidad total). Es muy útil, a pesar de todo, en un rango limitado (dentro de hipótesis dependientes) porque todas las inferencias lógicas proceden haciendo uso de incongruencias esenciales, aunque transitorias. NOTA 3 Se siente en todo esto la fragancia inconfundible de los dos requisitos fundamentales de todo sistematismo: el principio de plenitud y el principio de congruencia. En la autonomía de los dos enfoques en particular, podemos percibir una versión epistemológica de la idea metamatemática que enseña que los sistemas formales (suficientemente sofisticados) no pueden ser probados como congruentes y completos a la vez (GÖDEL 31). Volveremos sobre esto más adelante. Por el momento, resaltemos que hemos llegado a una conclusión muy similar a la que obtuvimos en la última sección: el formalismo es útil e indispensable, pero para funcionar necesita del ejercicio completo y complementario de las facultades del pensamiento no formales, e incluso radicalmente informalizables.

Copyright © 1967-1998 Claudio Gutiérrez

NOTA 1 Para formalizar la aplicación de una regla hay que tener otra regla, de un nivel suberior, que diga cómo se debe aplicar la primera regla. Para formalizar la nueva regla se debe tener otra regla más, de un nivel aún más alto, y así sucesivamente – hasta el infinito–.

NOTA 2 "El metalenguaje es un lenguaje que habla sobre otro lenguaje" (SIMON 50).

NOTA 3 Este es claramente el caso en el ejemplo de la prueba indirecta o reductio ad absurdum; pero no lo es menos en el de la prueba directa, por ejemplo, modus ponendo ponens, donde

p›q, p => q
se puede traducir a
¬ pVq, p => q
y, bajo el alcance limitado del primer miembro de la disyunción,
¬p&p

se debe derivar (una contradicción) para forzar la separación de "q". Entonces, una contradicción dentro de un alcance limitado (por ejemplo, una hipótesis dependiente) puede ser muy útil, a pesar del hecho de que una contradicción como premisa incondicional –de largo alcance– sería ciertamente desastrosa: invalida la prueba completa (permite la inferencia de cualquier cosa).