En la primera parte de este trabajo he tratado de clarificar el papel de la subjetividad en las
ciencias sociales en general. Llego ahí a la conclusión de que se deben distinguir dos aspectos
diferentes: la subjetividad (o teleología o intencionalidad)
en el asunto (que decidí llamar subjetividad2), y la subjetividad
en la explicación (que decidí llamar subjetividad1). El primer aspecto se refiere al hecho
de
que el objeto de estudio en las ciencias sociales es siempre una entidad, el hombre, que tiene
propósitos, conocimiento, deseos, por lo que los términos "propósito", "conocimiento" y "deseo"
deben aparecer en el lenguaje del científico social. Estos términos se interpretan de la mejor
manera como términos teóricos, como la palabra "fuerza" se interpreta en las ciencias físicas,
debido a su evidente irreductibilidad a puros datos de observación empírica. El segundo aspecto
se refiere al hecho de que el propio científico, ya sea un científico social o físico, tiene también
propósitos, creencias y pasiones propias. Estas son determinantes en la manera en que hace
ciencia, e incluso lo definen como un científico profesional.
Una conclusión que se puede inferir de esto es la homogeneidad fundamental de todas las
ciencias, en un doble sentido. Primero, ambos científicos, físico y social, tienen que usar
términos
teóricos que no son reducibles a sensación empírica. Segundo, ambas ciencias, física y social,
dependen, en último término, de consideraciones subjetivas. Los términos teóricos, debido a su
carencia de fundamento empírico, deben apoyarse en la imaginación creativa del hombre, en su
poder heurístico, y son, por ese concepto, subjetivos (en el sentido de la subjetividad1). La
diferencia entre, por ejemplo, "fuerza" y "propósito", no es decisiva. Ambos son términos
teóricos
con que se debe operar en casi la misma forma; ambos, dentro de un contexto de poderes en
último término heurísticos o subjetivos.
Sin embargo, podemos señalar una característica
distintiva de la ciencia social, pero parece ser bastante externa al problema metodológico. De
hecho, se puede hacer ciencia social sobre el científico físico,
como científico, mientras que definitivamente no se puede hacer ciencia física sobre el
científico social, o en realidad sobre cualquier otro científico, como científico. Esta
reflexividad, por así llamarla, parece haber impresionado mucho a los autores que se han
ocupado
de la metodología de las ciencias sociales, hasta el punto de conducirlos a pensar que las
ciencia
social es una clase totalmente especial de ciencia, que obedece a cánones lógicos completamente
diferentes de los cánones de la lógica general.
(RICKERT 21, p. 36).
Ahora bien, creo que semejante reflexividad presenta, por supuesto, una tentación ineludible para
el metodólogo. Pero hará bien en resistírsele y en abstenerse de verla como algo más que una
característica interesante, pero inatinente, externa al problema epistemológico fundamental.
Creo que dos observaciones vienen al caso aquí. La primera es que no hacer la distinción entre
subjetividad1 y subjetividad2 es el origen de la fuerza que parece tener la "tentación de la
reflexividad". Si el "propósito" debe tener un lugar en la ciencia social, y quién lo podría negar,
el
hecho de que nosotros mismos, al hacer ciencia social, también seamos intencionales, parece
arrojar toda la luz que necesitamos en nuestros problemas metodológicos. Llegamos a pensar que
todo lo que tenemos que hacer para desarrollar nuestra ciencia, es contemplar las operaciones de
nuestra propia mente y proyector de algún modo lo que encontramos allí adentro al mundo
exterior. No quiero decir que este enfoque sea totalmente erróneo. Tiene algo en qué apoyarse.
Pero sí creo que el enfoque mejoraría mucho si se corrige, en el sentido indicado, es decir, por
medio de un análisis más completo del papel que la subjetividad desempeña en la ciencia en
general, y particularmente en las ciencias sociales.
La segunda observación que quiero hacer se mueve, por así decirlo, en la dirección opuesta. El
hecho de que haya subjetividad en dos niveles de la ciencia contribuye a la existencia de una
conexión entre estos dos niveles. La necesidad de los términos teóricos y la imposibilidad de
reducirlos a observación empírica hace al contenido de la ciencia dependiente, en un grado muy
importante de la creatividad heurística del científico. Ya simplemente este hecho es capaz de
proporcionar el enlace requerido entre la subjetividad1 y la subjetividad2. Los términos
teóricos tienen sentido porque el teórico trata de cerrar el sistema científico con la
ayuda de su propia personalidad. Hace esto mediante una apuesta en la "manejabilidad de la
ignorancia" o en el poder profético de los productos de la razón. Dos avenidas de interpretación
para el papel de los términos teóricos parecen abrirse ante nosotros. Podemos tratarlos como
anticipaciones heurísticas del científico, supuestos en que él habita. O, por el contrario, podemos
verlos como conceptos empíricamente vacíos con valor sólo operacional que, sin embargo,
apuntan, vía el principio de indiscernibles
NOTA 1, a una intervención esencial de la personalidad del científico en la configuración
de
la materia de la ciencia.
Este último enunciado puede que necesite una aclaración. Consideremos, por ejemplo, el
concepto de "racionalidad perfecta" en la teoría económica. Como lo expone muy bien W.D.
Lamont: "Suponer, para propósitos de análisis teórico, que la persona que entra en una relación
económica actúa con una racionalidad fríamente perfecta es el único supuesto que se podría
hacer
debidamente ...."
(LAMONT 55, p. 41). Supuestos
alternativos,
que no son imposibles de imaginar, tendrán en común el ser indiscernibles en el sentido
metodológico. No hay razón suficiente para postular uno de ellos en vez de cualquier otro. Sólo
el supuesto de racionalidad perfecta, aún cuando no fundado empíricamente como buen
término teórico que es, puede distinguirse de las otras alternativas. Es por esto que lo preferimos
a todos los demás. La intervención del científico como persona consiste, a este respecto, desde
luego, en la decisión metodológica de aceptar el concepto teórico "infundado", antes que pasarse
sin ningún concepto, con el objetivo de cerrar el sistema científico. Lo que significa todo esto es,
naturalmente, que en último análisis, la interpretación positivista de los términos teóricos es
reducible a la interpretación no-positivista o heurística.
En mi opinión, los términos teóricos como "intencionalidad", "racionalidad perfecta",
"previsión", en economía como en cualquier otro campo, son susceptibles de ser tratados
adecuadamente en cualquiera de las dos formas descritas. Si preferimos tratarlos como
anticipaciones heurísticas, son el contexto no formal en que se sitúa el científico con el fin de
operar con su material científico. Si por el contrario, optamos por tratarlos como conceptos
formales, bien delineados, con la mira de cerrar el sistema, son la representación simbólica de los
supuestos y pueden muy bien interpretarse como tipos ideales. En el primer caso apuntarán a la
subjetividad de la explicación. En el segundo caso estarán en el lado operacional, donde la
subjetividad no es inmediata ya que lo que buscamos es asegurar la objetividad. Ambas
interpretaciones son
posibles; ambas son necesarias. Ninguna puede hacer el trabajo de la otra y sus principios son
esencialmente distintos. En particular, no podemos esperar que los supuestos no-formales sean
capaces de desempeñar bien el oficio reservado a los conceptos operacionales. Algo que
realmente no se puede hacer con los supuestos no formales es
operar con ellos. Nos asentamos en ellos Nos asentamos en ellos o en otra cosa. Pero no operamos en supuestos no formales en calidad de tales.
La posición implícita en este razonamiento sugiere la conveniencia de asegurar un grado
favorable de flexibilidad al lado operacional de la teoría, sin interferencia de una ilegítima
intervención directa del lado postulacional. Creo que mucha de la confusión que encontramos en
la metodología de la economía viene del hecho de que normalmente no se concede tal grado de
flexibilidad en la operación del formalismo. La flexibilidad quedará garantizada si la distinción
entre los dos niveles teóricos, uno de supuestos
no formales, el otro de tipos
abstractos y de conceptos operacionales, se reconoce más ampliamente. Debería ponerse de
manifiesto que un único conjunto de supuestos puede servir de base mientras operamos con
modelos alternativos o, por así decirlo, diversa "maquinaria operacional". Debemos recordar que
si hay del todo una distinción entre supuestos informales y tipos abstractos, deben ser
esencialmente diferentes, los unos no aptos para el trabajo de los otros. En particular, los
supuestos supremos deben concebirse como en último término informalizables, incluso como
inarticulables, puesto que son la atmósfera, por así decirlo, en que los modelos formales resultan
posibles. Esta formalización, posible si nos apoyamos en supuestos más altos, ni siquiera es un
requisito de la actividad científica. Lo único indispensable es que se reconozca la necesidad de
tener algunos términos teóricos que representen los supuestos, a fin de asegurar la clausura lógica
del sistema.
NOTA 2
Los supuestos, por su propia naturaleza, son menos "reemplazables" que los modelos, son
más permanentes y más resistentes al cambio. Los modelos, por el contrario, tienden a ser
movibles, y se puede operar sobre muchos de ellos, aún simultáneamente y sin contradicción,
bajo
los mismos supuestos. Como un ejemplo, tómese el contraste entre los conceptos de
micro-economía y los de macro-economía. Los últimos no son lógicamente derivables de los
primeros en
ningún sentido estricto.
NOTA 3 Sin embargo, corresponden de alguna manera a los mismos supuestos básicos
informalizables de la teoría de la utilidad. Ante hechos como éste, podría tenderse a considerar
los
modelos como una especie de convenciones o invenciones útiles.
(FRIEDMAN 53, p. 15) Desde mi
perspectiva metodológica esta consideración, sin embargo, no tiene sentido. "Convencional"
tiene
sentido sólo cuando se opone a "natural" o "inconvencional". Pero he aquí a nuestros conceptos
teóricos, los únicos que podríamos ofrecer en el caso, y se les denomina "convencionales" sin
oponer esta su propiedad a ninguna otra cosa. ¿La intención es decir que no son verdaderos? Pero
si creemos lo que dicen y tenemos suficiente razón para ello, ¡son tan verdaderos como
podríamos
aspirar a que fueran!
La interpretación de los modelos como convenciones tiene sentido solamente en una
epistemología que hace una distinción clara entre "material histórico" y "teoría" (sistema de
archivo). Dentro de ese entramado metodológico surge el problema acerca de cómo hacer
predicciones formales acerca de historia puramente empírica. La interpretación de los modelos
como convenciones es una salida, aún cuando plantea más problemas de los que resuelve.
Particularmente pienso que la manera de tratar la relación entre "supuestos" e "hipótesis" en un
esquema semejante, es desafortunada. No se distinguen como pertenecientes a niveles
esencialmente diferentes. Antes bien, los supuestos se dicen ser falsos (irreales) mientras que las
hipótesis son pretendidamente verdaderas (confirmables por sus implicaciones).
NOTA 4 El enfoque no logra revelar el aspecto más importante de los supuestos, a saber,
que deben ser no formales o en el fondo no formalizables. Por otro lado, no considero "historia" y
"teoría" como los dos únicos "estados" de conocimiento posibles. En realidad, creo que son los
únicos estados imposibles, al ser sólo límites imaginarios de una graduación infinita, aún cuando
estos límites imaginarios sean tomados por los positivistas como la realidad misma. Pero
ninguno
de los dos existe realmente; son solamente posiciones polares o puntos de agotamiento de los
paradigmas científicos. Las posiciones intermedias, en contraste, son el verdadero conocimiento
que podemos aspirar a tener: por una parte, los modelos abstractos o sistemas de ellos; por la
otra, los términos
teóricos que contribuyen a la clausura lógica del sistema y representan en el interior de éste las
condiciones informalizables de todo pensamiento científico.
La flexibilidad de los modelos se debería entender como esencialmente acoplada a la
modificabilidad de la "distancia epistemológica" a la que los modelos se ven desde los supuestos.
Hemos considerado
previamente que está en la naturaleza de los
modelos el ser capaces de funcionar como supuestos con respecto a otros elementos de la
información, si el científico prefiere asentarse en lo que, de otro modo, sería un modelo. Así
pues, el supuesto se puede, dentro de ciertos límites, objetivar como modelo, si el científico
prefiere –y puede– basarse en supuestos más altos desde los cuales tenga capacidad de
manipularlo. Ahora bien, esta modificabilidad del foco intelectual en la relación
supuesto-modelo,
proporciona una nueva oportunidad para decisiones científicas. No solo tenemos que escoger
entre los modelos; debemos también escoger el "foco conveniente" para los propósitos teóricos a
mano. Se abren así nuevas posibilidades de éxito, y de fracaso, necesariamente. En particular,
ahora será posible llegar
demasiado cerca del límite empírico del sistema, con la correspondiente pobreza de alcance.
O por el contrario
demasiado lejos, con la consecuencia de una "inflación" de teoría que puede menoscabar la
efectividad del sistema.
Un buen ejemplo de lo que acabo de decir y que voy a desarrollar a continuación, es el caso del
concepto de "satisfacción". Lo que podemos llamar la interpretación del economista lo entiende
como una manera (formal) de comparar los diferentes elementos del ingreso
NOTA 5, es decir, como el símbolo para algo no formal, el "sentido de dirección" que se
debe postular para que el concepto operacional de "sustitución" tenga sentido. Por otra parte, lo
que podemos llamar la interpretación del filósofo (utilitarista), lleva a entenderlo como una
forma
de pasar por alto la variedad fundamental de las necesidades y propósitos humanos para
reducirlos
a algún estado (objetivo) de satisfacción o de felicidad. El defecto de esta última posición, para
mí, es que sus supuestos están "demasiado lejos" del fenómeno en cuestión. El concepto mismo
"satisfacción" es transformado en un objeto (modelo) en vez de ser un postulado
NOTA 6 . Abstengámonos de caracterizar al hombre como un ser en busca de un solo fin,
satisfacción, como la máquina de placer y dolor del filósofo utilitarista. Asumamos, en
cambio, con foco más cercano, que el hombre persigue muchas cosas diferentes. Entonces
podremos entender mejor la pasión del hombre por la libertad objetiva de selección y por todo lo
que puede contribuir a engrandecer esa libertad, especialmente la magia del poder económico.
Como lo presenta Lamont aptamente, economizar significa la habilidad de retener
simultáneamente, en una conciencia unitaria, la totalidad de requerimientos diversos y el intento
de obtener la mayor realización posible de esa totalidad
(LAMONT 55, p.55). Paradójicamente, la
concepción del filósofo utilitarista, al insistir en un objeto de deseo unificado, nos lleva a un
enfoque segmentado del cálculo económico. Representa al hombre en el acto de decidir sobre vías
de
acción alternativas que están, por así decirlo, desligadas de todo contexto. La concepción del
economista, que respeta la pluralidad fundamental de los objetos de deseo, nos lleva a la
consideración plena de todas las opciones futuras representadas por la utilidad marginal del
dinero.
NOTA 7 Para expresarlo de nuevo con palabras de Lamont: "El individuo llega a toda
situación con más en mente que las alternativas ostensibles entre las que tiene que escoger. En el
fondo de su pensamiento está la sensación de "todo lo demás", de las cosas que tiene en demanda
actual o potencial ..."
(LAMONT 55, p. 55). Este es el sentido del
valor económico de las cosas. Debemos entrar ahora a esta discusión.
NOTA 1
Debemos escoger definiciones o modelos "arbitrarios", y esta selección no puede ser al azar. La
personalidad entera del científico interviene en la decisión.
NOTA 2
El problema del
posible agotamiento de los supuestos alternativos lo
hemos tratado ya antes. En particular, mi opinión es que el supuesto de intencionalidad en el
contenido de la economía es inerradicable. La importancia de la "intencionalidad" como un
modelo
abstracto es otra cuestión.
NOTA 3
"No hay ninguna prueba disponible de que ... los supuestos macroeconómicos no se pueden
deducir de los microeconómicos. Pero tampoco hay pruebas de que la deducción se puede
efectuar,
y hay por lo menos una presunción de que no se puede [...]"
(NAGEL 61, p. 544).
NOTA 4
Ver en esta conexión una discusión muy interesante acerca del "principio de irrealidad" de
Friedman
(HAGEL 63), especialmente los textos de
Hagel,
Simon y Samuelson..
NOTA 5
"La importancia de la utilidad (más propiamente 'satisfacción') es que proporciona el común
denominador correcto de los componentes infinitamente diversos del ingreso [...]"
(KNIGHT 51b, p 221).
NOTA 6
El caso puede no parecer atinente a las discusiones actuales sobre metodología de la economía.
Aún
así, considero que es necesario mencionarlo, ya que algo parecido a la perspectiva del filósofo
utilitarista todavía se esconde detrás de muchas objeciones a una concepción del valor más
profesional, expresada en términos de "poder adquisitivo" del dinero. Volveremos a esto más
tarde.
NOTA 7
"El precio de una mercancía tiende a igualar su utilidad marginal, medida en términos de
dinero,
es decir, relativo a la utilidad marginal del dinero para el comprador"
(HENDERSON 63, p. 41).