Silencioso, como volcán apagado, a veces; y otras sacudía a sus semejantes con el estruendo de una palabra de resonancias escatológicas.
Depresivo, a menudo, solía decir que la injusticia del mundo le laceraba la carne; eufórico frecuentemente con el entusiasmo del descubrimiento científico o en la defensa de un principio moral.
Hombre extraño era este, y poco común.
Solía decir que su familia le había hecho de una madera de hombre chapado a la antigua: "Mi moral es una moral provinciana". Con esto implicaba que sus estudios especializados, sus disecciones profundas en la mecánica social, no habían podido eliminar una sencilla y muy arraigada fidelidad a la palabra empeñada. Su solidaridad con el grupo, su lealtad a los amigos llegó a ser proverbial.
Aprendí a conocer a Eugenio, antiguo compañero de estudios, cuando ya los dos habíamos entrado a la edad madura, en conversaciones sabatinas en que un grupo de costarricenses tratamos de formular un programa de justicia social para nuestro país. Eugenio se mostró siempre constructivo, siempre agudo en sus análisis, emotivo en sus llamados a la acción en pro de la igualdad y de la fraternidad humanas. Cuando la existencia del grupo y su ideario fueron divulgadas por la prensa, con los nombres de sus supuestos firmantes, Eugenio se encontraba ausente, en uno de sus frecuentes viajes a América del Sur. Él se había abstenido hasta entonces de firmar el documento, por razones científicas que le hacían escrupulosamente exacto en definiciones y consideraciones. Cuando volvió y nos encontró envueltos en una batalla contra fuerzas sociales incomprensivas, inmediatamente le dio su apoyo: "Prefiero pasar por tonto que por pendejo". Había prevalecido en él su pasión por la justicia y la solidaridad con el grupo sobre el rigor metodológico y la solidez académica.
La Universidad le debe múltiples servicios. Fue uno de los redactores de nuestro actual Estatuto Orgánico y uno de los arquitectos del Sistema de Coordinación de la Educación Superior. En la discusión de este tema, fue ardiente abogado de la autonomía de la Academia frente a los peligros de una excesiva sujeción al Poder Político. Fue intransigente defensor del movimiento estudiantil y de un ambiente universitario libre de represión y de cortapisas al pensamiento.
Sus ideas fueron paradójica mezcla de escepticismo y rigor científico, por una parte; y apasionamiento y fervor casi religioso por la otra. Si alguien me pidiera definirlo en una sola frase diría la siguiente: fue la combinación de un libre pensador decimonónico con un profeta del Antiguo Testamento. De estas dos estirpes no abundan hoy ejemplares, y ambas son necesarias para la sociedad.
Costa Rica y la Universidad se han empobrecido con esta muerte.