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Claudio Gutiérrez


Último discurso de graduación como rector de la Universidad de Costa Rica, ante un grupo de nuevos educadores.

El marco y norte de la educación es el hombre, con la dignidad y responsabilidad que le son propias. Su dignidad significa que es un ser vivo y activo, centro y sujeto de pensamiento y acción; todo aquello que le mecanice, le trate como objeto pasivo, lo considere medio para ulteriores fines o le elimine posibilidades de desarrollo, debe considerarse mal esencial. Su responsabilidad significa que es un ser abierto, capaz de responder al llamado de seres semejantes, con quienes se asocia libremente para edificación recíproca. Dignidad y responsabilidad definen el carácter humano del hombre, su condición de persona, a la vez individual y social: irrepetible y solidaria. Sin dignidad no hay responsabilidad y sin responsabilidad no hay dignidad. Ofendemos la dignidad del hombre al que le neguemos responsabilidad, posibilidad de responder por sí mismo y por otros. Reconocemos dignidad al que confiamos el cuidado propio y el ajeno, como ser inteligente y libre, capaz de desempeñar papel significativo en la sociedad y en el mundo.

La educación, especialmente la universitaria, debe preparar un ciudadano capaz de actuar digna y responsablemente en el medio natural y social, capaz de responder activa y críticamente ante imposiciones irracionales, vengan de donde vengan; capaz de resistir las extravagancias de la propaganda, los delirios de la demagogia, los atropellos de burocracia o los abusos del poder; capaz de ir al rescate de los recursos naturales amenazados por lucro privado o por desidia colectiva; capaz de prever el futuro y de imponerse sacrificios en favor de generaciones venideras o de la supervivencia y superación de la humanidad. La educación debe preparar una persona respetuosa de los valores que nos legaron nuestros mayores, pero dispuesta a cuestionarlos oportunamente con nuevas exigencias de perfección y justicia vitalmente sentidas.

Nada de esto puede hacer la educación si ella misma no respeta totalmente la condición del hombre, su dignidad y su responsabilidad; si ella misma es enajenada o enajenante, burocrática e inclinada a la domesticación del educando, más dispuesta a tratarlo como objeto que a fomentarlo como persona. ¿Por qué actuaría en la vida social adulta como persona plena y desarrollada quien en la escuela hubiera sido tratado como ser pasivo, en necesidad de permanente apoyo, inhibido para correr riesgos o experimentar por sí mismo? Sólo llegará a valerse autónomamente y responder por los otros, quien desde pequeño se hubiere visto estimulado a ejercer sus potencias, en provecho propio y de sus familias y compañeros.

El hombre se identifica a sí mismo en interacción viva con la naturaleza y la sociedad. Nadie forma al hombre excepto su propia reflexión y experiencia. La capacidad de auto formación del hombre se reduce si dificultamos su interacción creadora por falsos respetos, prohibiciones o mal entendidas disciplinas. Si hemos de educar para la libertad, los educadores debemos ser los primeros en perder el miedo a la libertad.

Para el ser activo y reflexivo que es el hombre, la empresa de su educación no termina nunca, pues se extiende tanto como su intercambio creador con la naturaleza y la sociedad. El mundo y la sociedad como un todo son la única y verdadera escuela del hombre; la educación formal solo tiene por objeto intensificar y catalizar, en momento y circunstancias especiales de la vida, su deseo de aprender y progresar.

Debemos proponernos conscientemente que la organización de la sociedad, de la política, de los sindicatos, de la iglesia, de las profesiones, y desde luego de la universidad, no obstaculicen sino al contrario maximicen las oportunidades de educación que la vida ofrece al hombre. Por su parte, cada persona, cualquiera que sea su rol social, debe aceptar a fondo que tiene responsabilidades educativas para con todas las personas con quienes su función pone en contacto. Pero educar no es predicar ni querer imponer creencias a los otros; educar es estimular, interactuar, dialogar, construir juntos, descubrir, plantear problemas, aclarar valores, apoyar al que quiere aprender por sí mismo. Y sobre todo educar es abstenerse de irrespetar, desestimular, cerrarse al diálogo, destruir, confundir, desalentar al que quiere educarse a sí mismo.

Si la educación debe inspirarse en una filosofía que considere al hombre como un fin en sí mismo, como un sujeto activo que logra su plenitud dentro de relaciones creativas interpersonales, en diálogo y apertura social, la educación no puede ser indiferente a las condiciones políticas, culturales, económicas o de otra índole que rebajen al hombre de esa condición. Frente a la deshumanización del hombre, la educación no puede ser neutral. Y así como hemos dicho que todo hombre debe ser educador, todo educador debe ser humanista, es decir, debe interesarse y participar activamente en todo lo que afecte la condición de hombre de sus discípulos.

El educador debe luchar contra toda forma de aislamiento, marginación, represión, dominación o enajenación del hombre, sea esta de carácter individual o colectiva. No puede un educador ser indiferente a que muchos de sus estudiantes sean ausentistas porque deben ayudar a sus padres a ganarse el sustento diario, o cerrar los ojos a los impedimentos intelectuales de sus alumnos, resultado de condiciones de vida indigentes, de falta endémica de empleo del padre de familia o de la insuficiencia del salario familiar. El educador no puede quedarse al margen de las grandes cuestiones sobre la reforma de la sociedad, que tiendan a hacerla menos adversa al florecimiento del hombre como ser desarrollado y libre, capaz de actuar creativamente en una nación armónica y vigorosa. La escuela, y en particular la universidad, debe ser foro en que el maestro plantee estas cuestiones –objetiva pero valientemente– para ser discutidas con los estudiantes. Por el análisis conjunto de los problemas nacionales, debe contribuir a que los educandos aprecien cada vez más su propia dignidad y se preparen para asumir eficazmente su propia responsabilidad en la dignificación de la patria.

Copyright © 1982-2001 Claudio Gutiérrez