Para mejor enfocar el tema de las implicaciones
sociales de la informática vamos a situar el asunto en el contexto
de la Costa Rica de las postrimerías del siglo xx.
Nuestra sociedad inaugura profundas transformaciones
económicas, encaminadas a sostener el desarrollo con exportaciones
al mercado internacional, en vez de sustituir importaciones con productos
de industrias infantilizadas, es decir protegidas contra la competencia
del mundo exterior.
Nuestra patria ha hecho su entrada en la arena internacional
como portadora de los ideales de paz, democracia y derechos humanos, y
ha logrado desempeñar ahí un papel distinguido, característicamente
suyo, insustituible e importante.
El que ambas transformaciones tengan un carácter
internacional y universalista las identifica como caras de la misma medalla:
la llegada a la mayoría de edad de nuestra república en el
conjunto de las naciones del mundo.
Estos fenómenos internos ocurren mientras se dan cambios igualmente trascendentes en el mundo contemporáneo: prodigios inimaginables hace apenas diez años nos sorprenden hoy en los órdenes político y tecnológico.
¿Quién iba a imaginar en 1979 que la Unión Soviética se embarcaría en un acelerado programa de "reestructuración y apertura" o que la OTAN y el Pacto de Varsovia se estarían poniendo de acuerdo en reducción de tropas y armamentos? ¿Que en Polonia la oposición ganara las elecciones o que el Partido Comunista Húngaro decidiera transformarse en un partido social demócrata a la imagen de los partidos del mismo nombre de Europa Occidental?
¿Quién iba a imaginar que los inmensos computadores de entonces, centralistas y caros, serían eclipsados por miles de microcomputadores, más poderosos que aquellos, pero baratos y distribuidos entre cantidades de personas, entre ellos los niños de las escuelas costarricenses?
Así como la nueva situación interior está caracterizada por la confianza en la persona humana y la caída de las defensas contra el mundo, la situación exterior se caracteriza por la caída de barreras entre sistemas políticos y el fortalecimiento de los individuos –imprevistos resultado de la alta tecnología.
Fue el mismo Marx el que sentenció que existen motores de la historia de tipo material que determinan los fenómenos superestructurales: cambios políticos y culturales. No creo que previera que esas mismas fuerzas de la renovación tecnológica fueran a barrer de la faz de la Tierra los regímenes construidos sobre los principios del Manifiesto Comunista. Pareciera, sin embargo, que eso es exactamente lo que está comenzando a pasar. Que estos cambios trascendentales ocurran aproximadamente en el décimo aniversario de las microcomputadoras es una circunstancia que podría ser mucho más que una simple coincidencia.
Las computadoras nacieron caras, débiles y grandes; pero el ingenio de miles de investigadores y la vitalidad del sector privado de diversos países del mundo liberal las han hecho baratas, compactas y poderosas: la computadora personal con que escribo este artículo tiene cinco veces más memoria central que la que tenía la computadora Universidad de Costa Rica hace apenas cinco años; la computadora de la UCR costó un millón de dólares y su mantenimiento requería pagos mensuales de más de diez mil dólares; mi computadora costó cien veces menos y prácticamente no tiene costos de mantenimiento.
El hecho de que las primeras computadoras fueran caros y grandes hizo a mucha gente concebir temores por el futuro. Pensaron que se avecinaba una era de dictadura informática en que la vida toda de la sociedad estaría controlada por unos pocos tecnócratas desde una computadora central.
Tales temores se parecían a las predicciones de Marx en el siglo pasado sobre una inminente e irreversible concentración del poder industrial, proyección ilegítima de la tecnología del momento. El avance de la tecnología ha invalidado ambas predicciones.
Contra Marx, la robótica ha hecho posible la "manufactura flexible", máquinas herramientas capaces de cambiar de clase de producto con sólo variar el programa que ejecuta su microprocesador. Tales máquinas, de precios decrecientes ya al alcance de los empresarios del Tercer Mundo, ofrecen elasticidad para competir en un mercado de gustos cambiantes. Lejos de fomentar la masificación, permiten producir pequeñas partidas a gusto del cliente.
En vez de la dictadura informática predicha para 1984, los avances recientes de la informática han abierto la posibilidad de un ciudadano poderoso frente al Estado, un ciudadano que desde su computadora personal tiene acceso a bancos de datos utilizables en la defensa de sus derechos o en la coparticipación en el gobierno. Incluso más: su computadora –y el fax– le facilitan la contratación instantánea con otros individuos de igual músculo informático y hacen progresivamente menos importante la intervención del Estado en la construcción del bienestar social.
La nueva tecnología ofrece muchos otros medios para el desarrollo económico y el cambio social.
Los llamados sistemas expertos, subproducto de la investigación en inteligencia artificial, se difunden en el mercado y están ya haciendo su tímida entrada en la economía costarricense. Prometen reproducir y extender la fuerza productiva de la experticia humana, en campos tan diferentes como la prospección geológica, el diagnóstico médico, el diseño industrial, la supervisión de procesos, la consultoría técnica o la reforma radical de la burocracia.
Las redes electrónicas han hecho posible el trabajo en casa, con un potencial de cambio para la organización laboral, el urbanismo y la vida de la familia muy difíciles de estimar en forma cabal en este momento. Esta misma tecnología ha producido una reducción sustancial en el nivel de entrada al mercado internacional de servicios, y ha hecho posible la maquila informática, con la consiguiente exportación de altos niveles de valor agregado.
La informática ofrece incontables oportunidades para el florecimiento de las artes: de la literatura, con la introducción del hipertexto, que al fin liberará al escritor de la unidimensionalidad impuesta al pensamiento por la dictadura del papel; de la música, con una maravillosa proliferación de sonidos de origen electrónico e incontables ayudas para la composición o interpretación musicales; de la pintura, con la soberbia explosión de la computación gráfica, la aparición de la brocha y paleta electrónicas, y extraordinarios avances en las técnicas de impresión.
Florece también la educación, especialmente la autónoma producida a la medida de cada quien. Cabe mencionar aquí la enciclopedia electrónica, ya en preparación, versión didáctica del hipertexto: permitirá a una persona explorar un tema científico o humanístico dentro de un casco con pantalla ancha, sonido estereofónico y sensores retroalimentadores que adecuen la exposición al nivel de comprensión e interés de cada momento.
No todo será positivo en esta nueva sociedad, sin embargo. Es cierto que la tecnología informática, como antes la revolución industrial, creará más empleos que los que eliminará. Pero sólo al comienzo.
En la revolución industrial, muchos obreros desplazados de trabajos pesados y peligrosos pudieron reubicarse en labores de oficina o en el área de los servicios. Pero la inteligencia artificial contraerá más y más el número de empleos en actividades de tipo repetitivo intelectual y los sistemas expertos –y nuevos programas capaces de aprendizaje e innovación– van a contraer los empleos en el área de los servicios. (NILSSON 84)
La situación será más grave
en los países con bajos niveles de educación, por razones
obvias: los empleos que se conserven serán solamente puestos "intensivos
en conocimiento".
El avance de la tecnología agudizará una contradicción presente a lo largo de toda la historia: la oposición entre el poder productivo del hombre y su condición de sujeto absoluto, ser moral inalienable que, como diría Kant, no debe bajo ninguna circunstancia ser tratado simplemente como instrumento.
La esclavitud, y toda forma de explotación
del hombre por el hombre, fue inevitable mientras el ser humano fue el
único instrumento capaz de entender instrucciones y adaptarlas a
las circunstancias concretas de la situación. La aparición
de robots dotados de inteligencia, sin embargo, hará innecesario
–e incluso antieconómico– el uso del hombre como instrumento, es
decir tanto la esclavitud como la explotación o el mismo empleo.
A las personas formadas en una concepción
laborista esto puede sonar a tragedia: ¡No habrá empleo! ¿Cómo
podrán mantenerse las grandes masas humanas? Pero en último
análisis no es posible defender que el trabajo alienado sea un bien
en sí. El único trabajo deseable es el que amamos, pero eso
en puridad no se clasifica como trabajo: es más bien actividad
creadora y realización personal.
Hace mucho tiempo un filósofo griego tuvo una visión que en nuestros días se ha tornado realidad. Aristóteles escribió que si cada instrumento pudiera cumplir su propia tarea obedeciendo o anticipando el deseo de nosotros, si la lanzadera pudiera tejer y la púa tocar la lira sin una mano que las guiara, los jefes no necesitarían sirvientes, ni los amos esclavos.
Obviamente, el filósofo griego expresó
este pensamiento como una argumentación por reducción al
absurdo para justificar la esclavitud: por supuesto, la lanzadera no puede
tejer sola ni la lira prescindir de la mano, etc. Pero la conexión
lógica del razonamiento y su fuerza objetiva han probado tener mucho
más contenido que el que su autor creyó poner en él
y la suya hoy nos aparece como una descripción adecuada de las consecuencias
sociales de la robotización.
(KELSO
58)
Los autores Ghandchi y Ghandchi han examinado estas implicaciones exhaustivamente. Para ellos, es claro que las herramientas inteligentes artificiales tienen obvias ventajas competitivas con respecto a las naturales, es decir, el caballo, el perro, las palomas mensajeras, y por supuesto los mismos hombres. Son mejorables sin constreñimientos biológicos, duran más, son más dóciles, etc. Inevitablemente, por imperativo de las leyes económicas, tenderán a desplazar a aquéllas. La consecuencia más importante que de esto se sigue es la desaparición de la base tecnológica par la explotación de la persona humana, llámese ésta esclavitud, servidumbre, salario o apropiación de plusvalía.
Las implicaciones morales de este razonamiento son apabullantes; el aporte de Kant a la ética se impone ahora con brillo enceguecedor: el hombre vale como fin en sí mismo o no vale nada, puesto que su valor como medio será sustraído por la revolución informática. Una cosa es clara: una sociedad en que la propiedad de los robots estuviera concentrada en pocas manos, y el resto de la sociedad no tuviera ni salario ni propiedad, no es justa ni tampoco viable.
He aquí una lista de tareas importantes a realizar para facilitar esta grave transición, algunas inmediatas, otras a más largo plazo:
A corto plazo, debe hacerse decrecer radicalmente el aparato del Estado que se ha hipertrofiado en las últimas cuatro décadas para satisfacer clientelas políticas; más perjudicial que el desperdicio de recursos que significan los salarios de puestos innecesarios, ha sido el esfuerzo para disimular que son innecesarios, traducido en entrabamientos de toda índole para la actividad creativa de empresas y personas.
La introducción de la informática en los procesos burocráticos, incluida en el plan de desarrollo vigente, hará aún más patente –hasta convertirla en intolerable– esta hipertrofia del sector público.
El auge de las empresas nuevas consecuencia de la expansión de las exportaciones requerirá a corto plazo la introducción intensiva de recursos informáticos de distintos niveles; también requerirá, sobre todo en un primer período, la infusión de personal de oficina muy calificado.
Propongo resolver los dos problemas juntos mediante
un esfuerzo masivo de capacitación informática para el personal
del sector público con el objeto de transferirlo al sector privado
una vez concluido su proceso de reeducación. Capacitarse en informática
sería la mejor contribución que el sector público
podría hacer en el futuro próximo al desarrollo del país.
A mediano plazo es imperativo interesarse por la reforma económica integral de la sociedad, para cambiarla de sociedad de asalariados a sociedad de propietarios. Ese paso es insoslayable y urgente, pues la producción informatizada necesitará números cada vez menores de asalariados, tanto en el campo industrial como en el mundo de las oficinas o en el sector de servicios.
La sociedad costarricense debe encontrar la manera de que, conforme su industria se robotice, la propiedad de las empresas en expansión se distribuya entre aquellos de sus miembros que no sean todavía propietarios. El "cómo" de esa distribución es algo que les toca descubrir a las nuevas generaciones.
Visualizo el estadio final de este proceso, tal vez alcanzable dentro de unos cien años, como una sociedad parecida a la sociedad patricia ateniense, pero sin esclavos humanos –los esclavos serán todos computacionales y realizarán para los costarricenses las tareas aburridas, rutinarias o desagradables–.
Los costarricenses de entonces se dedicarán
con especial deleite a actividades de gobierno –de sus propios asuntos
y de los asuntos colectivos–. En ese tiempo la Asamblea Legislativa como
la conocemos habrá dejado de existir, y la aprobación de
las leyes se hará por voto directo –de lunes a jueves de tres a
cinco de la tarde– desde la estación informática de cada
ciudadano.
Pero también se dedicarán intensamente
a las relaciones sociales y personales, a la contemplación de la
naturaleza, a la práctica del deporte, al disfrute del arte y la
literatura, a la creación artística y literaria, a la investigación
científica y tecnológica y, ¿por qué no? tal
vez también a la reflexión religiosa. Miembros de la sociedad con talentos y gustos
especiales se dedicarán al cuidado solícito de otras personas
–notablemente en los campos de la salud y la educación– con un entusiasmo
y cariño difíciles de encontrar en quienes hoy trabajan simplemente
por la paga. En suma, los costarricenses podrán consagrarse
a las funciones más nobles de la naturaleza humana, a las que todos
los hombres, de todos los tiempos y todos los lugares –en el fondo de nuestros
corazones– siempre nos hemos sentido destinados.