La Pechúncula

Claudio Gutiérrez


Don Antonio decía que el hotel tenía un "departamento de sueños" y que su "apoderada generalísima" era la Pechúncula. Jorge no entendía por qué los hombres podían soñar tan rápido cuando se encerraban con ella en el saloncillo de atrás; o tal vez era que la soñada se la daban después, cuando llegaban a la casa. La Pechúncula era una güila como de catorce años que la mayor parte del tiempo cuando no hacía soñar a los hombres estaba meciéndose en la hamaca con la boca pegada a una pajilla para sorber mejor una pipa.

Jorge había llegado a la conclusión de que no se podía ser amigo de la Pechúncula, porque hubiera costado mucha plata. Los hombres que se encerraban con ella le decían al salir: –Tome, ñatica, por su piernita tan linda– y le echaban un billete entre el vestido. Seguro que se podía ser amigo de ella "de una pierna", o "de una mano", o "de una mano y una pierna" a lo más; o lo más barato –quería pensar él– "de una oreja", de cualquiera de las dos que le lucían tan lindas debajo de su pelillo enredado color paja sucia.

A Jorge le gustaba pensar que él era "amigo de una mano" –aunque nunca había ahorrado tanto para pagar una parte de ella, ni siquiera una oreja– porque un día en la estación del ferrocarril la Pechúncula se había resbalado bajando del tren y por un momento Jorge la agarró de la mano izquierda para que no se cayera. Desde entonces siempre aceptaba que le cogiera la mano y hasta que se la apretara un poquito.

La Pechúncula se llamaba así, según le había contado don Antonio, porque su mamá, que se la había regalado, tenía unos pechos muy grandes, por lo que le decían la Pechona, y el cura había una vez dicho que la terminación "úncula" en latín quería decir chiquitica. Jorge no sabía qué había sido de la Pechona; ni siquiera la había visto nunca, aunque se la imaginaba igual de linda pero mucho más grande que la Pechúncula.

A Jorge le fascinaba pasar ratos en el hotel, no solo porque podía guarecerse de la lluvia o el calor cuando salía de la escuela, sino porque Don Antonio lo dejaba observarlo haciendo operaciones aritméticas sobre el desvencijado escritorio de madera azul de la oficina. "Fijate bien como se suman estos números porque cuando yo sea viejo y vos grande te voy a nombrar mi administrador general". También le gustaba ver cuando llegaba un cliente y don Antonio le arrebataba las valijas y se las llevaba para arriba, sin darle tiempo a que cambiara de opinión. A veces él mismo podía ayudar, faquineando valijas pequeñas.

Le encantaba observar unos librillos todos sucios que se llamaban pagaportes. De vez en cuando don Antonio se los pedía a los clientes, desde que un gringo le explicó lo que eran y para qué servían. A Jorge le gustaba pasar sus páginas para ver estampillas de muchos colores y el montón de sellos corridos que tenían por todas partes. "Para el chequeo de identidad", decía don Antonio. Pero Jorge sabía que solo pedía el pagaporte para darse importancia con los machos. Como don Antonio había ido muy poco a la escuela, le costaba mucho entender de cuál país era cada librito; a veces Jorge le ayudaba a averiguarlo. "Me sirve para las estadísticas" decía don Antonio mientras agregaba una raya en un papelote amarillo que tenía pegado en la pared con los rótulos "América", "Uropa" y "Otros".

Esa tarde don Antonio había ido a Limón en el motocar de la Northern y le había encargado cuidar el hotel por si llegaba un nuevo cliente. Pero nadie llegó y Jorge se pasó todo el rato sentado en una silla viendo mecerse la hamaca en que la Pechúncula sorbía pipa. Ella se daba cuenta de que la miraba pero no parecía molestarle. Al fin le dijo: "¿Te gusta la pipa?". Jorge estaba siempre preparado para decir que sí a todo lo que ella preguntara. "Traete una pajilla del mostrador y te doy un poquito".

Jorge pegó carrera. Se preguntaba para qué habría de necesitar otra pajilla: le hubiera gustado que le prestara la de ella, pues su mamá decía que si uno usaba la pajilla de otra persona se enteraba de sus secretos. Y la Pechúncula debía de conocer muchos pues el Agente de Policía la visitaba a menudo, lo mismo que el chino del comisariato. Una vez la visitó el propio cura y ese sí que sabía secretos. Pero era primer jueves y seguro fue sólo para confesarla. Además, decía la maestra de religión que Dios no dejaba que un cura contara nada de lo que oía en la confesión pues primero se moría o se le caía la lengua.

"Acostate aquí conmigo", le dijo haciéndole campo en la hamaca, "y meté la pajilla en la pipa". Sus cuerpos quedaron pegados a todo lo largo, desde el cachete, pasando por el hombro y la cadera y un pedacito de pierna y los pies descalzos. La hamaca se mecía suavemente al ritmo de sus respiraciones. Jorge sintió un calorcito riquísimo mientras pensaba que ahora podía decir que era amigo de la Pechúncula "de medio cuerpo", el del lado izquierdo, y eso que no había tenido que pagar nada.

Mientras sorbía la pipa y veía enfrente suyo una nariz enorme cuajada de huequitos, pero lindísima, decidió que la pipa no debía de acabarse nunca, y comenzó a devolver el agua cuidadosamente en vez de tragarla, para que durara más. Así pasó mucho tiempo, como si la Pechúncula hubiera tenido la misma idea y estuviera también rindiendo el agüepipa. Y mientras sentía todo lo que sintió en ese rato, Jorge comprendió entre palpitaciones que no era necesario dormirse para soñar, y hasta por qué don Antonio había nombrado a la Pechúncula apoderada generalísima del departamento de sueños.

Niza, recordando a Matina; noviembre 1989

Copyright © 1997 Claudio Gutiérrez