La computadora como modelo de la mente

Claudio Gutiérrez


El contenido de este artículo constituye la introducción del artículo sobre la sociología de las computadoras, que no se incluye en la versión del mismo para Internet.


Distintas maneras de conocer

Existen muchas maneras de conocer; se puede conocer directamente, a través de los sentidos, o indirectamente, por procesos de razonamiento en los cuales la mente se mueve de un conocimiento a otro por medio de reglas de inferencia. También se puede conocer de manera indirecta por analogía, es decir diciéndonos a nosotros mismos que el fenómeno nuevo es como un fenómeno ya conocido, y prediciendo aspectos de su comportamiento a partir del modelo. Los modelos que nos sirven para conocer pueden ser hallados en la naturaleza o pueden ser construidos especialmente para el propósito cognoscitivo. Por ejemplo, el viejo Platón nos informa al principio de su obra maestra La República que va a tratar de explicar la naturaleza del alma humana usando como rnodelo la estructura de la sociedad: en este caso el modelo es preexistente, o tal lo parece. En el caso de un electricista que intenta arreglar un aparato de radio con el que no está familiarizado, él mismo construye el modelo, dibujado primero corno esquema de circuitos, y para validarlo hará (o imaginará) experimentos sobre los resultados de aplicar corriente a distintos alambres de entrada de ese modelo.


Modelos

¿Qué es entonces un modelo? El caso del modelo artificial es el más fácil de analizar. Se dice que el fenómeno que deseamos conocer o explicar es una caja negra, un sistema cerrado cuyas interioridades ignoramos (por ejemplo, el aparato de radio sellado cuyos circuitos internos no conocemos). Pero todo sistema tiene entradas y salidas (los cables que entran al radio y los sonidos que salen o dejan de salir de él). El investigador produce hipótesis sobre la estructura interna de la caja negra. Por ejemplo en la forma de un diagrama de conexiones internas; por medio de experimentos con la caja negra se determina la función de entrada y salida del aparato, es decir, qué respuesta (en los canales de salida) produce la presencia o ausencia de estímulos (en los canales de entrada) sobre el sistema. Cuando se logra establecer que un cierto diagrama presenta la misma función de entrada y salida que la caja negra, decimos que la caja negra y el diagrama son isomórficos, o que hemos encontrado (construido) un modelo del sistema en cuestión. El modelo, sea encontrado en la naturaleza o diseñado para el efecto de entender una caja negra, nos ofrece la explicación del fenómeno; es la "caja transparente" que satisface nuestra curiosidad sobre el contenido ignorado de la caja negra.


Trampas con modelos preexistentes

El caso del modelo real encontrado en la naturaleza, como el que usa Platón en La República, es un poco más complicado. El diagrama que dibuja el electricista es claro por definición (si no fuera claro, no se estaría usando para ayudar a entender el fenómeno no conocido); además, existe solamente para el propósito de brindar explicación a otra cosa. En cambio, explicar el alma humana –o la mente, la inteligencia– con ayuda de la sociedad es un proceso riesgoso, pues a lo mejor la sociedad no es un fenómeno tan transparente como el autor quisiera que nosotros creyéramos. Por otra parte, al usar un fenómeno como modelo de otro quizá haya aspectos de cada fenómeno con distinto grado de inteligibilidad inmediata, de modo que ambos fenómenos puede que resulten aclarados recíprocamente al hacerlos intervenir en una relación de isomorfismo. Finalmente, es posible en estos casos practicar juegos retóricos de muy dudosa honestidad, pero sin duda muy usados en la literatura, incluso por los grandes autores. Por ejemplo, Karl Popper en su libro La Sociedad Abierta y sus Enemigos acusa al mismo Platón de hacer precisamente eso con su gran metáfora de La República: el verdadero intento de Platón no es aclarar conceptos de filosofía de la mente sino más bien adoctrinar a sus lectores con una particular teoría política, el totalitarismo; el usar el alma humana, supuestamente dotada de unidad y totalidad, en relación isomórfica con la sociedad le permite al autor inducir subrepticiamente en los lectores la idea de que la sociedad tiene que ser uniforme y totalitaria, es decir autocrática para que sea justa.


Especulación y experiencia

El uso de modelos en filosofía ha sido muy abundante a través de la historia. Piénsese por ejemplo en el uso de los relojes como referencia para la armonía preestablecida entre las mónadas del universo postuladas por Leibniz, o en la "tabla rasa" postulada por los empiristas ingleses como punto de referencia para el estado inicial de la inteligencia humana. Pareciera que la filosofía es el lugar natural para emplear modelos, pues no es posible en ella recurrir a experimentos. Pero hay otras ciencias en las que también el modelo ha salvado la situación: recuérdense los planetas de Kepler que "barren áreas iguales en tiempos iguales", a la manera de relojes de comportamiento irregular, o en los complicados modelos matemáticos de la meteorología que por no poder experimentar con el clima lo inventa y juega con él dentro de una computadora. Hablamos de ciencias empíricas donde el experimento es posible, y de ciencias especulativas donde no lo es. Así, tanto la filosofía, como la astronomía o la meteorología serían ciencias especulativas, en tanto que la química y la biología son ciencias empíricas. No obstante, la caminata lunar de Amstrong –entre otras cosas– ha "empirizado" la astronomía, y las fotografías por satélite han "empirizado" a la meteorología. ¿Quedará la filosofía como la única ciencia especulativa?


Modelos en la epistemología

Muchos autores consideran a la epistemología –la teoría del conocimiento– como la parte más respetable de la filosofía. Hasta muy entrado nuestro siglo, la epistemología ha debido ser eminentemente especulativa. Recuérdense las polémicas sobre la naturaleza del entendimiento humano que llenan la literatura filosófica de los siglos XVII y XVIII: autores como Hobbes, Locke, Leibniz, Berkley y Hume especulan sobre la naturaleza de las ideas, si son copias de las impresiones externas o las encontramos dentro de la mente de manera innata; cómo se conectan o asocian unas con otras, etc. ¡Pura especulación, sin posibilidad de comprobación empírica alguna! Construcción de modelos, con la desventaja de que no pueden funcionar como funcionan las cajas negras, son modelos de papel, castillos de naipes simplemente. Pero sucede que a mediados del Siglo XX un matemático de genio, como lo fuera Leibniz en su tiempo, Alan Turing, a quien no se suele calificar de filósofo aunque bien lo merece, concibe un modelo magnífico de la mente humana, la máquina universal capaz de emular a cualquier otra máquina –igualmente universal o no– con tal de que la proveamos de una cantidad infinita de cinta de papel y de cualquier cantidad de tiempo que necesite para la emulación. Todavía no saldríamos aquí del campo especulativo. Pero unos años más tarde, un grupo de tesoneros tecnólogos ingleses y americanos construyen una aproximación cercana a la máquina universal: el computador digital de propósito general. No es la máquina universal porque no tiene infinita memoria y su velocidad es finita, pero por lo demás es en principio capaz de emular a cualquier otra máquina (dentro de sus limitaciones de espacio y de tiempo).


¿La epistemología como ciencia empírica?

¿Cómo afecta esto a la filosofía – a la epistemología? ¿Podrán seguir siendo puramente especulativas? Ahora resulta que por primera vez en la historia el modelo de la mente puede ser construido (por lo menos como aproximación) y probado experimentalmente. Las limitaciones del computador para encarnar a la máquina de Turing no lo inhiben para modelar parcialmente a la mente humana, puesto que después de todo tampoco el cerebro humano tiene capacidades ilimitadas de memoria, y definitivamente su velocidad no es nada considerable. La capacidad de emular a otra máquina de la misma clase, que tan conspicua es en la mente humana, pues vivimos tratando de representar a otras mentes humanas por medio del conocimiento interpersonal, es solo potencial en el computador, condicionada a la provisión de una programación adecuada. Pero los teoremas de Turing establecen que esa programación es en principio posible, y muchos esfuerzos de investigación –en el campo llamado inteligencia artificial– demuestran a las claras que se realizan progresos en esa dirección. ¿Qué consecuencias tiene todo esto para el trabajo del filósofo? Para mí, la respuesta es clara: significa que la teoría del conocimiento ha pasado de un golpe a ser ciencia experimental. De ahora en adelante, si alguien propone un modelo de funcionamiento del entendimiento humano tendremos que decirle, como sugería Leibniz varios siglos antes de los computadores: "Sentémonos a computar".


La ciencia del conocimiento y la inteligencia artificial

Este reto ha dado nacimiento, en el último decenio, a la ciencia cognoscitiva (cognitive science) contemporánea. La lingüística, la psicología, la neurología, y la filosofía de la mente se han dado todas cita con la informática para inaugurar una nueva disciplina con un nuevo objeto propio –los seres cognoscentes o conocedores– todas esas antiguas disciplinas separadas se han unido alrededor de una metodología común: la construcción de modelos que como los antiguos modelos especulativos tratan de representar los rasgos fundamentales del entendimiento; pero a diferencia de aquellos, pueden ejecutarse como programas, pueden "correr" o no "correr", funcionar o no funcionar, y así confirmar o refutar las teorías que les sirven de base. Aunque suene increíble ¡ha pasado a ser posible hacer experimentos epistemológicos! Todavía más: la epistemología puede ahora concebirse como un solo gran experimento, la construcción de una mente artificial. El día que podamos construir un robot que replique por lo menos lejanamente el comportamiento intelectual del ser humano, ese día sabremos que existe por lo menos una teoría –la que nos haya permitido construir el robot– que explica ese comportamiento. Esa teoría o una muy semejante formará parte muy probablemente del diseño mismo del cerebro y podrá servir para explicar su funcionamiento. Mientras llega ese día, cada rendimiento de una máquina artificial que sea isomórfico del rendimiento correspondiente del cerebro, será una explicación suficiente de la capacidad especial humana identificada con ese rendimiento. Así, la inteligencia artificial no solo es concebible como vertiente tecnológica de la ciencia cognoscitiva: se constituye además como una metodología adecuada en la validación de esa misma ciencia.


Copyright © 1988-1999 Claudio Gutiérrez