En un mercado abierto, la competencia puede a veces tomar la forma de asimilación de conocimientos o emulación. De acuerdo con la historia económica reciente, me parece claro que, debido a profundas razones históricas, los USA S.A. no podrían copiar a Japón S.A. en sus métodos y usos industriales sin renovar completamente su sociedad, lo cual no gustaría a la mayor parte de los americanos. Por otra parte, es un lugar común (por lo menos en los Estados Unidos, decir que Japón S.A. ha desarrollado su economía por medio de concertados esfuerzos para imitar USA S.A..En todo caso, el resultado no ha sido, también por profundas razones históricas, una simple reproducción del complejo industrial americano sino al contrario, un estilo industrial muy propio y direrente del original de USA S.A.. Algo parecido podríamos muy bien imaginar, a pesar de las profundas diferencias entre la inteligencia artificial y la natural, para un proceso de imitacion de IA S.A. relativa a Cerebro S.A..
IA y la psicología funcionalista
De acuerdo con la opinión general, la IA nación en 1950. Ese año es también el origen del paradigma computacional para la psicología. En efecto, tanto la IA como el funcionalismo psicológico nacieron juntos, como subproductos de la máquina de Turing. No obstante, el funcionalismo (la idea de que la inteligencia puede ser explicada sobre la única base del análisis de la idea de función) y la ciencia del cerebro (que trabaja más bien a partir del concepto de estructura) han transcurrido desde entonces por caminos separados, hasta el día de hoy. Durante los últimos ocho años o algo así, sin embargo, ha habido un considerable interés en el tema de la conciencia por parte de los neurólogos; al mismo tiempo, los filósofos funcionalistas se han comenzado a interesar por cuestiones de "arquitectura". Estos dos movimientos convergentes han acercado bastante la IA y la ciencia cerebral.
Si uno se limita a consideraciones periféricas sobre el sistema nervioso, hay mucha prueba en favor del funcionalismo. Por ejemplo, los órganos de los sentidos y los músculos son especies de transductores, y la transmisión interna desde y hacia ellos es totalmente uniforme. Por otra parte, está claro que, en el caso de la evolución de la corteza cerebral humana la estructura ha precedido a la función, y no al revés, como lo veremos dentreo de un momento.
Entonces, ¿qué podemos aprender?
En primer lugar, y esto es muy importante, existe una total continuidad neurológica en el orden de los mamíferos: ¡ni una neurona especialmente humana, ni tampoco un neurotransmisor solo nuestro, ni siquiera un ladrillo neuronal (una columna cortical) exclusivo de la arquitectura humana! La incrementalidad y los efectos de escala son la norma (contrariamente a la experiencia habida en los proyectos de IA, por cierto). La cantidad, no la cualidad, parece dar cuenta de toda la diferencia. Todas las funciones localizadas (módulos), con la (parcial) excepción del lenguaje, se encontraban ya en su puesto en los primates superiores. Lo que parece de importancia máxima es la masa crítica (cuatro veces más corteza entre el chimpancé y el hombre) y la conectividad resultante. Existen aproximadamente 30 mil millones de neuronas solo en la corteza humana, y 200 mil millones en todo el cerebro. La conectividad que resulta es increíble, habida cuenta de que cada neurona se conecta, en promedio, con 10.000 otras. ¡Nada ni lejanamente comparable a esto ha sucedido en IA!
No hay una oficina central en el cerebro. Completa ausencia de homunculus o "casa presidencial" en el cerebro. El nivel más alto en la "neuronet" del cerebro resultó ser el hipocampo (una estructura más bien primitiva, parte del lóbulo temporal y el sistema límbico). Y en cuanto al llamado "cuarto secreto" (el tálamo), resultó ser solamente una especie de punto de retrasmición, sin mayor importancia. No aparecieron otros candidatos para tal puesto de honor. Y por supuesto, hay en todas las conexiones un alto grado de paralelismo que hace todavía más inverosímil la existencia de una instancia central.
¿Cómo se originó todo? La complejidad del cerebro no puede ser explicada solamente por la genética: la diferencia entre los genomas del chimpancé y el ser humano es de apenas un 1% (en la secuencia de ADN en nuestros alrededor de 100.000 genes). El desarrollo (un término intermedio entre naturaleza y aprendizaje) tiene una gran importancia: al principio (en la infancia), todo está conectado con todo lo demás, tal parece. La selección tiene entonces gran importancia: gran cantidad de neuronas y sinapsis desaparecen constantemente hasta bien entrada la adolescencia. Aparte de todo esto, el "diseño" es la obra de una largísima evolución, y la mayoría de las veces es subóptimo. Característicamente, abundan los mecanismos de doble propósito (el lado bueno de los computacionalmente tan temidos efectos secundarios). Y hay una gran dosis de oportunismo: las funciones superiores reclutan estructuras preexistentes para servir propósitos nuevos (como la habilidad de leer o de moverse rápido en una carretera, que parecen haber sacado partido del dominio del efecto óptico de ... saltar de rama en rama). Y por supuesto, la estructura precede a la función: mutaciones aleatorias multiplicaron por 4 el tamaño de nuestra corteza, dando origen a las áreas "vacantes" (asociativas), es decir, a la corteza no comprometida con las funciones perceptivas o motoras.
El paralelismo no significa necesariamente redundancia. Más bien es exactamente al revés: el multipropósito de todos los circuitos parece ser la norma. De hecho, no hay una degradación graciosa de las redes neuronales, solo su apariencia. Lo que existe es apoyo contingente entre áreas (principalmente) contiguas. Pero todo parece estar siempre activo en una u otra función perfectamente específica. Casos famosos: el derrame cerebral en el hemisferio derecho del Presidente Wilson; el inmenso daño en el lobo frontal de Phinias P. Gage. En ambos casos, el cerebro parecía haber continuado trabajando con normalidad, pero sutiles efectos descarrilaron su función produciendo terribles consecuencias para el futuro de las personas (y del mundo, en el caso del Presidente). En efecto, las lesiones prefrontales parecen tener una atinencia tremenda para el famoso "problema del marco" en robótica: recuérdese el robot de McDermott que meditaba interminablemente sobre las consecuencias de cada una de sus acciones, sin llegar jamás a actuar.
Existen muchas economías instaladas: contrariamente a lo que predican mitos generalizados, nuestra representación imaginativa visual es pobre, puesto que la naturaleza misma es usada como nuestro "disco duro" preferente (siempre podemos echar otra mirada a nuestros alrededores por si acaso hemos pasado algo desapercibido). La conciencia visual reposa mucho más en las sacudidas de los ojos y en la agudeza diferencial de las áreas retinales que en una apropiación completa del material visual. La riqueza de imaginación (por ejemplo, la posibilidad de tener una facultad expresiva de carácter gráfico, aunque fuera pobra, para proyectar en frente nuestro o en una pantallita en la frente nuestras impresiones de viaje para deleite de nuestros amigos) se evita cuidadosamente, dada su característico enorme consumo de recursos computacionales (contrástese esto con el caso del lenguaje, donde se desarrollan tanto una función interpretativa como una generativa, correspondientes a las áreas corticales de Wernike y de Broca). Tampoco se dan discriminaciones redundantes: una vez que un rasgo es detectado, se extraen en forma inmediata las consecuencias para el comportamiento (sin "re-presentar" los rasgos discriminados para beneficio de una audiencia interior –inexistente– ).
Y finalmente, la representación del conocimiento es muy, muy económica: en el caso de los colores (tricromaticidad) y de los gustos (cuatro tipos); con un arreglo similar para el sentido del tacto. Existe una extracción de rasgos jerárquica para la visión (aunque "reentrante" o "interactiva"). Pero "la neurona de la abuela" es un mito: se ha mostrado que los nombres comunes involucran menos neuronas que los nombres propios, los cuales necesitan muchísimas más neuronas para ser representadas (la abuela necesitaría decenas de miles y no una para ser representada). Esto parece ser una magnífica confirmación del reclamo de Quine en el sentido de que los nombres propios pueden ser remplazados por variables, con base en las descripciones definidas de Russell. Así pues, pareciera de que después de todo no necesitamos la lógica inductiva: los nombres generales (sustantivos comunes) parecen ser primordiales en nuestra mente, no el producto de una tortuosa construcción al estilo de Carnap.