Mis genes

Claudio Gutiérrez

          Feliz planetaria conjunción
          cuando los pequeños de todas partes
          comienzan a llegar sin previo acuerdo
          e inundan con algarabía
          los cuartos y salones de la casa solariega.
          Rubios o morenos, menudos o corpulentos,
          unos gritan, otros cuentan cuentos,
          otros improvisan drama o ingeniería,
          máquina de movimiento perpetuo.

          Débora, que se expresa por señas
          –o en Neandertalense–
          siempre quiere lavarse las manos.
          Federico relata su último experimento.
          Jimena se pasea, libro en riestre,
          dizque leyéndolo a velocidad del rayo
          –en realidad se lo sabe de memoria–.
          Crayones, carros, tucos y esperpentos
          van extendiéndose por el suelo
          como en el océano una mancha de aceite.

          Hay bebés regados por doquier,
          no se sabe quién de quién
          a menos que cuelguen
          cual frutas tropicales espléndidas
          de los pechos de madres peripatéticas.
          "¡Yaco se despertó!"
          Felipe el Hermoso duerme como un tronco.
          "¡Cuidado me despertás a Esteban
          que anoche no durmió
          porque le están saliendo los dientes!"

          De repente cuatro niñas se ponen en fila
          en pos de Cristina la Grande
          y comienzan revoluciones sincrónicas
          alrededor de mi Monumento
          al Indio Costarricense:
          ¡ahora sí que parecen planetas,
          siempre alguna sobre el horizonte,
          Tamara, Elena, Cristina, Jimena...,
          girando al son de risas inocentes
          que suenan como música de las esferas!

          Por unas horas gloriosas
          el caos se apoderó de la casa:
          lava candente de genes desbordados
          autorregulados e independientes.

San José, setiembre 1989

Copyright © 1997 Claudio Gutiérrez