Feliz planetaria conjunción
cuando los pequeños de todas partes
comienzan a llegar sin previo acuerdo
e inundan con algarabía
los cuartos y salones de la casa solariega.
Rubios o morenos, menudos o corpulentos,
unos gritan, otros cuentan cuentos,
otros improvisan drama o ingeniería,
máquina de movimiento perpetuo.
Débora, que se expresa por señas
–o en Neandertalense–
siempre quiere lavarse las manos.
Federico relata su último experimento.
Jimena se pasea, libro en riestre,
dizque leyéndolo a velocidad del rayo
–en realidad se lo sabe de memoria–.
Crayones, carros, tucos y esperpentos
van extendiéndose por el suelo
como en el océano una mancha de aceite.
Hay bebés regados por doquier,
no se sabe quién de quién
a menos que cuelguen
cual frutas tropicales espléndidas
de los pechos de madres peripatéticas.
"¡Yaco se despertó!"
Felipe el Hermoso duerme como un tronco.
"¡Cuidado me despertás a Esteban
que anoche no durmió
porque le están saliendo los dientes!"
De repente cuatro niñas se ponen en fila
en pos de Cristina la Grande
y comienzan revoluciones sincrónicas
alrededor de mi Monumento
al Indio Costarricense:
¡ahora sí que parecen planetas,
siempre alguna sobre el horizonte,
Tamara, Elena, Cristina, Jimena...,
girando al son de risas inocentes
que suenan como música de las esferas!
Por unas horas gloriosas
el caos se apoderó de la casa:
lava candente de genes desbordados
autorregulados e independientes.