La Noche de san Bartolomé

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Lo siguiente es traducción mía del apartado sobre la Masacre de San Bartolomé en el Diccionario ilustrado de la historia de Francia. (DECAUX 89)

La paz de Saint Germain, en 1570 había dado a los protestantes numerosas ventajas, dejando fuertemente descontento al partido católico. Uno de los principales jefes protestantes, el Almirante Coligny, entrado al Consejo del Rey, no tarda en presentarse no solamente como el amo de los reformados sino como el de la totalidad del reino, al ejercer sobre el débil Carlos IX una enorme influencia. Desde 1571 había comenzado a circular el rumor de un matrimonio entre Enrique de Navarra [el protestante rey de Navarra, entonces independiente de Francia] y Margarita de Francia [hermana del rey, ambos hijos de Catalina de Médicis]. A pesar de las reticencias de Margot [como era conocida familiarmente], el contrato de matrimonio se firma en abril de 1572. La tensión se hace cada vez más intensa entre protestantes y católicos, los incidentes se multiplican.

Para deshacerse de Coligny, que es una amenaza para la paz, Catalina decide mandarlo a matar. La tentativa, perpetrada el 22 de agosto, termina en fracaso, pues Coligny solo resulta herido ligeramente. El anuncio del atentado se extiende como reguero de pólvora en la capital; los hugonotes amenazan con hacerse justicia ellos mismos; los católicos del partido de Guisa se arman. Asolada, temiendo que los Guisa, sostenidos por la mayoría de la población que desaprueba su política, se apoderen del poder, Catalina decide matar a los jefes hugonotes que han permanecido en París después de la celebración del matrimonio de Enrique de Navarra y Margot, el 18 de agosto.

Desde el 23 de agosto, el Duque de Anjou, Guisa, Gaspard de Saulx, el Duque de Nevers y Birague, Guarda de los Sellos, son enterados. Revelan al rey un pretendido complot para suprimir a Catalina y sus hijos, e incluso a Enrique de Navarra. Por fin, vencido por todas sus exhortaciones, Carlos IX termina por gritar: "¡Está bien! Pero por Dios mátenlos a todos, ¡que no quede uno para recriminármelo después!" Así, aunque Catalina lo único que tenía en mente era suprimir a una docena de hombres, su hijo ordena una masacre general. Con los Guisa, la reina alista una nómina de los que habrían de ser asesinados, encabezada por Coligny. Navarra y Condé reciben gracia. Para enfrentar a los protestantes, que se defenderían ciertamente, se decide llamar a las milicias parisienses y que los burgueses católicos intervendrán a la par de los soldados. Esta decisión conduce a la masacre, pues los católicos parisienses detestan a sus conciudadanos hugonotes. Se conviene que, para distinguirse de los hugonotes, los católicos portarán en el brazo izquierdo una banda blanca así como una cruz blanca. La masacre debe comenzar al alba, al sonar la campana del hotel del Palacio.

Esta misma noche del 23 al 24 de agosto de 1572, la Reina y sus hijos, dándose cuenta del horror que se prepara, intentan en vano detener a los hombres de los Guisa. A las cuatro horas los asesinos se presentan a la puerta de Coligny, pronto atravesado por el checo Besme y sus hombres, mientras que el Duque de Guisa espera en la puerta. Tiran el cuerpo del Almirante por la ventana y el populacho lo despedazará en partes. Sus restos serán enseguida transportados a Montfaucon para ser exhibidos en la picota. Apenas conocida la muerte del Almirante, Catalina hace sonar la gran campana de Saint-Germain-l'Auxerrois, la Marie. Las otras campanas de la capital le responden. La masacre se generaliza. Convocados al Louvre ante el rey, Enrique de Navarra y Condé son forzados a escoger entre la misa o la Bastilla [prisión principal de París] y encerrados bajo densa guardia. Todos los gentilhombres presentes en Palacio, así como sus servidores, son agrupados y masacrados por los suizos, los unos en pos de los otros, conformen van saliendo al patio. Solo unos cuantos reciben gracia.

En París, se desarrollan escenas horribles, la sangre corre en las calles, las carretas vierten los cadáveres en el Sena. Los más grandes señores exhortan a la población a la masacre. Mientras tanto, en la mañana, los pillajes comienzan a acompañar a la matanza. Ante la intervención del provoste La Charron, Carlos IX, empujado por su madre, da la orden de parar la masacre. Sin embargo, a pesar de los sonadores de cuernos que trasmiten en las calles la orden real, las matanzas siguen hasta la tarde. Recomenzarán al día siguiente. El número de víctimas es difícil de conocer; puede ser mayor de tres mil, para París solamente, pues la masacre repercute en las provincias, donde la orden real solo comenzará a ser aplicada, en fechas diversas, en los primeros días de octubre. En una Audiencia de Justicia celebrada el 26 de agosto, Carlos IX asume la completa responsabilidad por las masacres. [...]