La paz de Saint Germain, en 1570 había dado a los protestantes numerosas ventajas, dejando
fuertemente descontento al partido católico. Uno de los principales jefes protestantes, el
Almirante Coligny, entrado al Consejo del Rey, no tarda en presentarse no solamente como el
amo de los reformados sino como el de la totalidad del reino, al ejercer sobre el débil Carlos IX
una enorme influencia. Desde 1571 había comenzado a circular el rumor de un matrimonio entre
Enrique de Navarra [el protestante rey de Navarra, entonces independiente de Francia] y Margarita
de Francia [hermana del rey, ambos hijos de Catalina de Médicis]. A pesar de las reticencias de
Margot [como era conocida familiarmente], el contrato de matrimonio se firma en abril de 1572. La
tensión se hace cada vez más intensa entre protestantes y católicos, los incidentes se
multiplican.
Para deshacerse de Coligny, que es una amenaza para la paz, Catalina
decide mandarlo a matar. La tentativa, perpetrada el 22 de agosto, termina en fracaso, pues
Coligny solo resulta herido ligeramente. El anuncio del atentado se extiende como reguero de
pólvora en la capital; los hugonotes amenazan con hacerse justicia ellos mismos; los católicos
del partido de Guisa se arman. Asolada, temiendo que los Guisa, sostenidos por la mayoría de la
población que desaprueba su política, se apoderen del poder, Catalina decide matar a
los jefes hugonotes que han permanecido en París después de la celebración del matrimonio de
Enrique de Navarra y Margot, el 18 de agosto.
Desde el 23 de agosto, el Duque de Anjou, Guisa,
Gaspard de Saulx, el Duque de Nevers y Birague, Guarda de los Sellos, son enterados. Revelan al
rey un pretendido complot para suprimir a Catalina y sus hijos, e incluso a Enrique de Navarra.
Por fin, vencido por todas sus exhortaciones, Carlos IX termina por gritar: "¡Está bien! Pero por Dios
mátenlos a todos, ¡que no quede uno para recriminármelo después!" Así, aunque Catalina lo único
que tenía en mente era suprimir a una docena de hombres, su hijo ordena una masacre general. Con
los Guisa, la reina alista una nómina de los que habrían de ser asesinados, encabezada por
Coligny. Navarra y Condé reciben gracia. Para enfrentar a los protestantes, que se defenderían
ciertamente, se decide llamar a las milicias parisienses y que los burgueses católicos intervendrán
a la par de los soldados. Esta decisión conduce a la masacre, pues los católicos parisienses
detestan a sus conciudadanos hugonotes. Se conviene que, para distinguirse de los hugonotes, los
católicos portarán en el brazo izquierdo una banda blanca así como una cruz blanca. La masacre
debe comenzar al alba, al sonar la campana del hotel del Palacio.
Esta misma noche del 23 al 24 de agosto de 1572, la Reina y sus hijos, dándose cuenta del horror
que se prepara, intentan en vano detener a los hombres de los Guisa. A las cuatro horas los
asesinos se presentan a la puerta de Coligny, pronto atravesado por el checo Besme y sus
hombres, mientras que el Duque de Guisa espera en la puerta. Tiran el cuerpo del Almirante por
la ventana y el populacho lo despedazará en partes. Sus restos serán enseguida transportados a
Montfaucon para ser exhibidos en la picota. Apenas conocida la muerte del Almirante, Catalina
hace sonar la gran campana de Saint-Germain-l'Auxerrois, la
Marie. Las otras campanas de la capital le responden. La masacre se generaliza. Convocados al
Louvre ante el rey, Enrique de Navarra y Condé son forzados a escoger entre la misa o la
Bastilla [prisión principal de París] y encerrados bajo densa guardia. Todos los gentilhombres
presentes en Palacio, así como sus servidores, son agrupados y masacrados por los suizos, los
unos en pos de los otros, conformen van saliendo al patio. Solo unos cuantos reciben gracia.
En París, se desarrollan escenas horribles, la sangre corre en las calles, las carretas vierten
los cadáveres en el Sena. Los más grandes señores exhortan a la población a la masacre. Mientras
tanto, en la mañana, los pillajes comienzan a acompañar a la matanza. Ante la intervención del
provoste La Charron, Carlos IX, empujado por su madre, da la orden de parar la masacre. Sin
embargo, a pesar de los sonadores de cuernos que trasmiten en las calles la orden real, las
matanzas siguen hasta la tarde. Recomenzarán al día siguiente. El número de víctimas es difícil
de conocer; puede ser mayor de tres mil, para París solamente, pues la masacre repercute en las
provincias, donde la orden real solo comenzará a ser aplicada, en fechas diversas, en los primeros días
de octubre. En una Audiencia de Justicia celebrada el 26 de agosto, Carlos IX asume la completa
responsabilidad por las masacres. [...]