El genoma como sociedad y como Eros

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Regulación social y división del trabajo

Las funciones que desempeñan los genes en una bacteria, o cualquier otro organismo unicelular, son ya suficientemente complejas e importantes. Cuando varias células se asocian para formar un ser pluricelular, las cosas se complican enormemente. En particular, surgen todos los problemas de la regulación social y, muy especialmente, los temas intrincados de la división del trabajo.

El primero de estos problemas lo resuelven las células de una manera muy poco directiva, como si añoraran su antigua independencia: se conforman con usar un sistema de señalización(a), basado en la emisión de proteínas capaces de guiar el desarrollo y la función de órganos y sistemas particulares. Por ejemplo, señales de ese tipo logran atraer hacia determinada región las proyecciones largas de una célula nerviosa (axones). Por otra parte, neurotrasmisores y hormonas son otros tantos sistemas de señales que guían el funcionamiento de diversas células, más allá de su etapa de desarrollo.

Para resolver el segundo problema, la célula recurre a la capacidad de los genes de expresarse o no de acuerdo a las circunstancias. Ya hemos mencionado la inactividad ancestral de algunos genes, los pseudogenes(b), convertidos en inoperantes por alguna mutación. Tal silenciamiento genético deberá haber ocurrido porque, por alguna complicada razón, la propagación de la especie quedaba mejor parada, dentro de las circunstancias del ambiente, si la maquinaria celular no produjera las proteínas designadas por esos genes. La división del trabajo entre las células recurre a un mecanismo semejante, excepto que la inhibición de expresión no es permanente sino transitoria y determinada por las etapas del desarrollo o por la localización del grupo al que la célula pertenece: diversos genes se activan en partes distintas del cuerpo, o en momentos diferentes. Esto también es mediado por señales químicas, pero de mayor fuerza que la señalización ordinaria: algunas proteínas son responsables de activar y desactivar genes determinados, adosándose a secuencias de ADN –denominadas promotoras o intensificadoras– cercanas al comienzo de los genes correspondientes. Otras, por alambicado que esto parezca, recurren a una represión permanente que queda eliminada solo circunstancialmente por otra proteína que se adosa al agente represor.

En el principio existió el ARN, inventor y dador de vida. El ADN y las proteínas vinieron después, cuando la vida se hubo asentado y habría surgido la división del trabajo en tres actividades separadas e independientes: el metabolismo, trabajo químico a cargo de las proteínas; el almacenamiento de la información genética y la replicación, a cargo del ADN; y la expresión informática, a cargo del viejo y sagaz ARN. En esa nueva organización social, el ADN pasaría a ser el gran sacerdote, encargado de guardar el registro de la palabra sagrada, destinada a ser transmitida fielmente por subsecuentes eones. Significaría información, reproducción, sexo, estirpe –lo que los biólogos llaman genotipo–. El ARN, sería el sabio y discreto "poder tras el trono", dueño original del mundo, que continuaría manejándolo silenciosamente desde sus puntos críticos. Y las proteínas, que significan química, acción, respiración, conducta, individualidad –lo que los biólogos llaman fenotipo–, constituirían la fibra misma de la sociedad celular, en toda su multiplicidad, efectividad y belleza. El supremo ARN, originador de todas las cosas biológicas, habría sido todo para todos en el mundo primigenio caracterizado por su frágil simplicidad; en el fondo continúa siéndolo hoy en el sólido mundo trinitario (ADN-ARN-proteínas) de nuestros días. Lo atestiguan entre muchos otros fenómenos la existencia de algunos virus y retrovirus cuyo genoma consiste únicamente en ARN pero tiene la capacidad de dominar el ADN de las células ajenas donde se introduce y de trastornar en su provecho la maquinaria industrial productora de proteínas. Es muy revelador que algunos de nuestros peores enemigos hundan sus raíces en ese nuestro más lejano y pastoso pasado: el mundo de ARN.

El genoma como Eros

No podemos abandonar el tema de los aspectos sociales y económicos del genoma sin tocar el tema social y económico por excelencia, el apareamiento y la reproducción. En el mundo hiperestructurado en que vivimos, no deja de resultar refrescante tirar una mirada hacia atrás, a ese paraíso perdido sublimemente simple. Por ejemplo, al momento voluptuoso de la invención de la reproducción sexual. Todavía hoy, las bacterias pueden adquirir genes de otras bacterias por el sencillo expediente de tragárselas (¿que ser humano no ha vivido la experiencia del amor en términos de alimento, y el del alimento, en términos eróticos?).

En el comienzo, la reproducción debió ser muy poco estructurada. Debe haberse dado un extenso comercio de genes, o incluso el robo desenfadado de genes ajenos. Los cromosomas habrían sido probablemente numerosos y cortos –tal vez de un solo gen cada uno– y se podrían ganar o perder fácilmente. La vida en sus comienzo debió parecerse mucho más a un juego que a un negocio, más a una orgía que a una iglesia. El organismo no era siquiera un ente duradero sino solamente un encuentro pasajero de un grupo de genes. Tales grupos serían fácilmente desintegrables, e integrables de nuevo, como las mareas arbitrarias de nuestros sueños.

Nuestro genoma procede probablemente no de un organismo simple y bien asentado sino de una comuna de organismos débiles e indefinidos. Todavía quedan en nuestro organismo incontables fósiles para atestiguarlo, en la forma de pequeños trozos de ARN que vagan en el núcleo de nuestras células haciendo cosas idiotas, como extraerse a sí mismos de las partes inactivas del genoma. Las bacterias se deshicieron de esos fósiles cuando debieron adaptarse a condiciones muy duras de vida en el severo ambiente de las fuentes termales. Nosotros –los animales, las plantas y los hongos– evidentemente nunca tuvimos una competencia tan fiera y pudimos conservar esa carga inútil como mudo testigo de nuestros orígenes más primitivos. Hoy ha comenzado a servirnos para reconstruir la historia de nuestro pasado encantado que aguarda, preñado de sorpresas, que los científicos del futuro, de la mano de poetas por nacer, lo puedan desentrañar y cantar.

Referencias

Nota a: Señales intercelulares en Apéndices de la segunda colección.

Nota b: Arqueobiología en El genoma humano como historia de este mismo bloque.

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