Dos memes obstáculo

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La búsqueda de la felicidad

El mem de la búsqueda de la felicidad tiene en común con muchos otros memes que existe en las mentes de un gran número de personas, si no de la totalidad de ellas. Lo sustentan los pobres y los ricos, personas de muchas ideologías y creencias, y tanto las personas muy educadas como las que carecen prácticamente de educación. Un campesino iletrado tiene su idea de la felicidad, pero también los grandes filósofos de la humanidad que han contribuido a forjar esos memes, si no a refinarlos y a difundirlos. Así, por ejemplo, los filósofos de la Antigüedad clásica, de Sócrates a Plotino, contribuyeron con interesantes ideas que han quedado integradas a este mem, o por lo menos a sus versiones más elaboradas. Si nos concentramos en las opiniones de la gente corriente, hallamos que la búsqueda de la felicidad consiste en la convicción simple y global de que aquello por lo que todo ser humano se afana es en el fondo una sola cosa, a saber, tratar de ser feliz, o lo más feliz posible, o –en último extremo– lo menos infeliz que se pueda. Tal convicción es probablemente compartida por la inmensa mayoría de las personas. Sin embargo, si les preguntamos en qué consiste la felicidad habrá respuestas divergentes. Algunas solamente se sonreirán y dirán evasivamente:

–Todos sabemos lo que es la felicidad, no necesitamos explicarlo.

Pero desdichadamente no es así. Conforme más pensemos en ello, menos claro parece el concepto y más se complica el panorama. Por ejemplo, no podemos identificar la felicidad con ningún tipo especial de satisfacción, pues a menudo nos privamos de alguna de ellas en beneficio de otras que en determinados momentos consideramos más valiosas. Algunos pensarán que es la ausencia de dolor y la mayor cantidad de placer, pero tendrán que admitir que todo el tiempo aceptamos pequeños o grandes dolores en procura de otros fines, y que la abundancia de placer produce hastío, saciedad o mala conciencia. Los tratados filosóficos o morales están llenos de esta clase de laberintos.

En lo personal, este autor prefiere decir, ante todo, que la felicidad no es nada simple sino, por el contrario, algo muy complejo: combinación y balance equilibrado de todas las pequeñas o grandes cosas que nos satisfacen. Enseguida, procedería a identificar esas cosas buenas como una conciencia tranquila (ausencia de quejas contra uno), salud (carencia de enfermedades), la sensación de seguridad (encontrarse fuera de peligro), actividades interesantes (carencia de aburrimiento), interacción armoniosa con otros seres humanos (ausencia de conflicto), y finalmente la contemplación de objetos bellos (personas, naturaleza, u obras de arte –incluyendo música, novelas, buenas películas u obras de teatro, buenos chistes y demostraciones matemáticas elegantes–). Curiosamente, solo esta última clase de bienes no tiene versión negativa; pero me atrevo a pensar que si uno goza de todas las ausencias señaladas puede no experimentar nada en particular y sentirse feliz simplemente por el hecho de estar vivo y libre de males. Desde luego, estoy seguro de que la mayoría de los seres humanos no coincidirían con esta especificación de componentes de la vida feliz. He de confesar que yo mismo, cada vez que practico este ejercicio de enumerar lo que considero bienes, termino haciendo una lista diferente de los objetos de satisfacción posibles. No obstante, sea su sentido el que sea, es un hecho que existe un mem muy poderoso compartido por millones y millones de personas que asegura que los seres humanos buscamos ante todo y sobre todo nuestra propia felicidad; en su versión extra-fuerte, el mem agrega que tenemos derecho a encontrarla y a luchar por ella; y en su versión delirante, que hemos sido creados precisamente para disfrutarla. Esta última versión del mem no es simplemente el concepto de felicidad ni solamente la enumeración de los bienes que contiene. Es el concepto de que la felicidad, de cualquier modo que la definamos, es algo a lo que el ser humano (por lo menos el varón no esclavo) tiene derecho a aspirar pues hemos sido creados para lograrla.

La variante del mem que supone que la felicidad es un fin alcanzable en esta vida tiene antiguas raíces en la cultura occidental. El filósofo griego Aristóteles la identificaba ya como la tendencia irrefragable de cada ser a realizar la plenitud de sus potencialidades. Esa realización personal sería fuente del goce humano supremo asociado a la práctica de la virtud. Ser virtuoso es realizar las potencialidades del propio ser (recuérdese que "virtud" originalmente significa "fuerza"), lo que para el hombre consiste en realizarse como ser racional y ser social. Hombre virtuoso sería entonces quien actuara conforme a los dictados de su razón y buscara no solo su propio bien sino también el de sus semejantes. Esa conducta le aseguraría la felicidad. Tal concepción venía a sobreponerse a la de su predecesor Platón, que había sido concebida para un sector más reducido de la sociedad, a saber, las personas familiarizadas con las matemáticas. Consistía en reconocer que nuestro mundo no era más que un pobre reflejo de una vida anterior superior de la que habríamos disfrutado en una especie de cielo abstracto contemplando números y figuras geométricas perfectas. Nuestra virtud y felicidad en esta vida consistiría solamente en recordar vagamente esas visiones, por la práctica de las matemáticas y de la dialéctica (la discusión filosófica).

Frente a esa extraña concepción se levantó la visión mucho más pragmática de Aristóteles, apta para ser aceptada por círculos más amplios de población. Paradójicamente, sin embargo, el realismo de este filósofo del sentido común no permanecería mucho tiempo en boga. Ya durante el Imperio Romano, los neoplatónicos fueron capaces de revivir las teorías elitistas del viejo Platón, esgrimiéndolas con un énfasis de sentido complementario: si para Platón lo fundamental había sido afirmar la caída del alma en el bajo mundo de la materia, ellos insistirían en una marcha ascendente hacia la contemplación de las ideas que consistiría en un ascenso paulatino de vuelta al cielo abstracto perdido. Ese ascenso se debía realizar mediante prácticas ascéticas purificadoras para superar el peso de la carne, carcelera del alma destinada a contemplar la belleza de los conceptos abstractos. Los Padres de la Iglesia absorbieron estas ideas y el mem aristotélico de la felicidad en esta vida quedaría desbancado, desplazado por el mem muy distinto que imperó durante toda la Edad Media: la vida como dolorosa peregrinación hacia la felicidad eterna. La idea aristotélica de felicidad en esta vida quedaría sepultada por muchos siglos bajo la lápida del mem antagónico, esgrimido por el clero con un destino preferencial hacia las descendientes de Eva: la vida presente como “valle de lágrimas”.

A pesar de la obra de Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, que intentó "cristianizar" a Aristóteles, y de diversos intentos para revivir el humanismo pagano por parte de los pensadores del Renacimiento, una versión moderna congruente del mem de la felicidad en esta vida tendría que esperar la obra de los filósofos empiristas británicos. Los utilitaristas ingleses, en particular, proclamarían como criterio ético fundamental “la mayor felicidad (en esta vida) para el mayor número”. En el Nuevo Mundo, este mem llegaría a entronizarse como ideario político con la obra de Thomas Jefferson, cuyo principio de la “prosecución de la felicidad” quedó plasmado en mármol en su imponente memorial rodeado de cerezos a orillas del río Potomac. Desde entonces, y hasta nuestros días, la búsqueda de la felicidad individual (base de la colectiva) prosperaría como la filosofía popular más difundida en los Estados Unidos. Daría pie a consecutivas revoluciones de liberación de las costumbres –de hombres y mujeres– que se han ido extendiendo como lava ardiente por el mundo a partir de la Segunda Guerra Mundial. Naturalmente, chocaría con la cultura religiosa, herencia de la época medieval, representada por la Iglesia Católica; especialmente en Irlanda, España y América Latina. Pero tal choque produciría pocas chispas y la erosión del puritanismo progresaría sin cesar en todos los países católicos. El Protestantismo, por su parte, ofrecería poca resistencia en los países europeos. En los Estados Unidos se atrincheraría en sus versiones más fundamentalistas, aunque –curiosamente– casi con exclusividad en relación con el tema del aborto. Virulentos en ese tema, los fundamentalistas no se detendrían ahí ni ante el terrorismo ni ante el asesinato, en nombre del "respeto a la vida" a costa del derecho de las mujeres al gobierno de su propio cuerpo.

Pero la más fuerte reacción de la tradición religiosa contra la búsqueda de la felicidad en esta vida y su generalización anglosajona a las mujeres –a pesar de las reservas fundamentalistas norteamericanas sobre el aborto– vendría a ocurrir, de modo feroz e insidioso, por parte de la cultura musulmana. No era de extrañar: los países islámicos viven hoy bajo el mismo mem de búsqueda de felicidad en otra vida que cobijó a la Edad Media, con todo el misoginismo, la doble moral, el oscurantismo y la dictadura intelectual que caracterizó esa época teocrática. No en vano la muerte de Mahoma ocurrió seiscientos años después de la de Jesús, lo que coloca la agresividad actual del mundo musulmán en el mismo punto de ebullición en que se hallaba el mundo católico al abrirse el siglo XV. Comenzaban entonces las sangrientas guerras de religión, estaba aún por nacer Juana de Arco y no había sucedido todavía la masacre de protestantes –a repique de campanas de las iglesias de París– durante la aciaga Noche de san Bartolomé.

Tampoco debe sorprendernos que la furia religiosa de los musulmanes se haya concentrado en combatir a los norteamericanos, defensores de la igualdad de género, la sociedad abierta y la democracia; pero sobre todo, campeones de la obtención para las masas de la felicidad en este mundo. A pesar de ser las naciones europeas las más secularizadas, ha sido en los Estados Unidos donde el imperio del mem de la felicidad en esta vida ha obtenido su éxito más rotundo. Es en ese éxito, no en su poderío militar o económico, donde estriba la amenaza que la sociedad americana significa para los fundamentalistas islámicos. Para el Catolicismo de hace 600 años, el humanismo pagano –su antípoda cultural– era solo la reliquia de un imperio derrumbado. El antípoda del Islam de hoy, en cambio, es una civilización viviente y exitosa, donde grandes masas humanas pueden decir que se sienten felices. Es explicable que, en la guerra santa contra este Satán, un musulmán congruentemente devoto considere que vale la pena sacrificar su vida terrenal para obtener la felicidad eterna en la otra.

La búsqueda de la felicidad y los genes

Es bastante corriente equiparar la búsqueda de la felicidad con un instinto fundamental, identificado como "instinto de conservación", programado en los genes. Lamentablemente, todos los datos parecen indicar que no somos máquinas de lograr la felicidad. Es un prodigio que el funcionamiento del cerebro produzca un modicum de ella (sea lo que sea lo que el concepto signifique), teniendo bajo su responsabilidad la coordinación de tantas actividades importantes para la supervivencia. La felicidad, pareciera, no es una de ellas. Si acaso podría admitirse que la tendencia a evitar la infelicidad radical (muerte, dolor extremo) sea sí una actividad seleccionada por la evolución, puesto que un ser fértil radicalmente infeliz carecería de motivación suficiente para continuar viviendo y trasmitir su herencia. La verdad es que, desde el punto de vista biológico, somos solo máquinas de replicar nuestros genes y la felicidad como tal no nos ayuda necesariamente a asegurar ese cometido. Tal vez, al contrario, los seres que se sienten infelices tiendan a buscar la copulación como manera de aliviar su angustia. Incluso es posible que esta característica haya sido seleccionada para multiplicar la especie más allá de lo ordinario en tiempos de peligro de extinción (como durante guerras, pestes o hambrunas). Considero muy probable que la búsqueda de la felicidad no sea nada genético, no esté inscrita en los genes sino solo de vez en cuando en el mármol. Que sea una invención cultural, un mem como tantos otros, popular sin embargo como el que más entre tirios y troyanos, ora que nos la prometa para esta vida ora –lamentablemente– solo para una etérea otra.

La extrema popularidad del mem de la felicidad es una muestra clara del poder embrujante del simbolismo. No hay duda de que pensar simbólicamente nos dio la ventaja competitiva definitiva en nuestra evolución. Sin embargo, creer que debamos ser felices no parece ser más que un error de extralimitación simbólica. Recuérdese como surgió el mem en nuestra cultura occidental: una afición excesiva por las matemáticas lleva a la escuela de Platón a postular como "verdadera realidad" algo que solo vislumbran con alguna claridad las mentes de un grupo de profesionales, los números, las ideas abstractas, las figuras geométricas "puras". Más allá del paréntesis de sentido común de Aristóteles, los neoplatónicos no se conforman con la nostalgia de su viejo maestro por un paraíso perdido: postulan un método ascético de ascensión progresiva a ese cielo abstracto. Ofrecían así en bandeja de plata los símbolos huecos pero altisonantes que necesitaban los subversivos del Imperio para edificar una teología respetable sobre los escombros de un paganismo que había amado la vida. Si no tomamos en cuenta el torrente desbordado del simbolismo, que hechiza a la mente más allá de su utilidad, no podríamos entender cómo las alucinaciones platónicas hubieran podido ganarle la partida a filósofos tan sensatos como Aristóteles o Demócrito(1). Esta fuerza incontinente del simbolismo queda también de manifiesto en lo que sucede cuando el sentido común se impone en nuestros días al delirio místico y lleva a muchos contemporáneos a poner los pies en la tierra y abandonar la religión: la mayor parte de quienes así renuncian a la ilusión de una felicidad eterna lo hacen generalmente solo a cambio de otra aleación memética trascendente. En algunos casos, los menos, será la inmortalidad de la fama; en los más, será la obtusa fidelidad a un régimen político o a las fuerzas de la historia, al bien de la humanidad como abstracción o al progreso seguro de las ciencias, a la comunidad planetaria, un ecologismo o socialismo que no hace números, al mercado sin falla o a una hipotética federación despótica mundial; o en el extremo del ridículo –la hibernación cadavérica en espera de resurrección eventual– al progreso invencible de la medicina.

Pero la sobria realidad es que, a pesar de su popularidad como mem, no está asegurado que la felicidad sea un fin alcanzable, ni individual ni colectivamente. El individuo, la familia, las instituciones públicas o privadas, en una palabra, todos los entes capaces de proponerse fines, deben trabajar por obtener sus metas en procura de ese estado de satisfacción que el mem de la felicidad resume. El hechizo del simbolismo nos hipnotiza a menudo induciéndonos la falsa esperanza de que con solo desear nuestras metas nos ponemos en camino para conseguirlas. ¡Nada más errado y precursor de decepciones! Es lamentable que tanto contenido de religiones, ideologías políticas y folclor popular contribuya a mantener las ilusiones del milagro, el dinero fácil, la suerte o la predestinación por parte de oscuras y misteriosas fuerzas que se supone conspiran en nuestro favor. Ilusiones que nuestros sentimientos acogen de buen grado, alentados por errores atrincherados en nuestra cultura, muchas veces alentados por intereses creados religiosos, políticos o económicos. Superar estas ilusiones requiere un enorme esfuerzo al que no viene adaptada la mente humana. Nos avenimos a abandonarlas –si acaso– solo después de sufrir muchos desengaños. Y parece inevitable que sea así: la tardía aparición de lo que llamamos "experiencia", y que asociamos justamente con la mayor edad, no es fácilmente seleccionable por la evolución, en primer lugar porque, como sabemos, los rasgos adquiridos no se heredan. Pero en segundo lugar, aún tomando en cuenta el efecto Baldwin(a), la facilidad de adquirir una buena porción de experiencia, la agudeza para prever desengaños y tratar de evitarlos, solo comienza a reportar beneficios cuando se ha avanzado en la edad de procrear o se ha superado esa etapa. ¡Demasiado tarde para que la selección natural la tome en cuenta!

El "más sabe el diablo por viejo que por diablo" es un truco retardado, muy diferente a la adquisición de la palabra, que es un truco temprano y por ello puede integrarse en los genes humanos con oportunidad y generosidad. Lo que llamamos sabiduría es un bien tardío, gobernado por el efecto "perro escaldado", no por el efecto Baldwin. Y probablemente es bueno que sea así. La generalización ilegítima es parte de las reacciones automáticas de una mente no entrenada y es normal que los desengaños nos lleven en ocasión a –como dicen los angloparlantes– tirar al niño por la ventana junto con el agua del baño: la sabiduría del viejo va a menudo acompañada del miedo a probar, del cansancio en la lucha y la pérdida de fe en los seres humanos y sus instituciones. Es probable que si fuera posible conocer por adelantado las dificultades de índole económica o sentimental por las que inevitablemente tienen que pasar las parejas estables, muy pocos fundarían una familia. O si un empresario viera en pantalla mental los sinsabores que le producirá su lucha futura con el mercado y la burocracia, nunca se lanzaría a crear una empresa nueva. La ignorancia y la impremeditación de los jóvenes resulta así teniendo un valor adaptativo pues fomenta la exploración y la creación que la sabiduría del anciano, trasladada a los jóvenes por imaginario injerto, tendería a ahogar en capullo. Confirmación adicional de que no estamos destinados a la felicidad, aunque sí a la lucha, a la experimentación y a la creación. Cuando hayamos terminado de luchar y tal vez asegurado ciertas metas de bienestar y seguridad familiar, podremos quizás disfrutar, en un retiro tranquilo, de un dulce sustituto de la felicidad: la tranquilidad de haber vivido justa y productivamente y en alguna medida contribuido a una mayor calidad de vida de la sociedad que nos ha nutrido.

Sin negar nada de lo expresado en el párrafo anterior, es posible sin embargo esperar que las nuevas generaciones se beneficien de otro tipo de sabiduría que está al alcance de todos en edad temprana y en relación con la cual el efecto Baldwin sería perfectamente aplicable. El estudio concienzudo de la realidad, por los mejores métodos de reflexión y contrastación empírica, nos puede llevar a superar ilusiones infundadas previniendo al propio tiempo refugiarnos en endebles felicidades sustitutas. Dentro de este espíritu es que he querido escribir este libro. Una antropología filosófica fundamentada en tanto conocimiento científico específico como sea posible, del tipo que muestran los capítulos anteriores, tiene que contribuir a la afirmación de un sentido de realidad sencillo y sano, que reconozca el "debe" y el "haber" de nuestras posibilidades. Como lo preveían los filósofos clásicos Demócrito y Epicuro, el conocimiento de la realidad es nuestra mejor opción para evitar las dos mayores amenazas, paralelas y antitéticas, que aquejan al ser humano: el temor y la ilusión; el fatalismo paranoico que paraliza nuestra acción y el fatalismo mesiánico que nos hace caer en variedad de precipicios. En el tiempo de los clásicos griegos esta invitación a la racionalidad era solo una promesa de algunos visionarios que barruntaron la concepción científica del mundo. Hoy, en cambio, es una actualidad. El método científico ha sido establecido y probado ampliamente. Quien no lo utilice para orientarse en la vida está desperdiciando la mejor herramienta que ha diseñado la humanidad para su propio bienestar.

Si una visión de sentido común sobre las posibilidades de la vida humana siempre ha estado disponible, por lo menos desde la obra de los Grandes Griegos, ese sentido común es hoy respaldable matemáticamente sobre la base del cálculo de probabilidades(2) y un conocimiento somero de las más importantes leyes naturales. Las leyes de la naturaleza son en lo fundamental ampliamente conocidas y su acción es aprovechable en nuestro beneficio en toda suerte de recursos técnicos. No necesitamos de milagros para conducir nuestra vida. No tenemos que temer intervenciones contra ella ni de dioses ni de demonios; y en cuanto a las calamidades por razones humanas o naturales tienen probabilidades bajas, aunque desde luego no iguales a cero. Lo que esto quiere decir es que haremos bien en tomar medidas razonables para prevenirlas, pero no tenemos razón para paralizar la prosecución de nuestros fines por temor a ellas. Todas estas actitudes son enseñables, y una educación moderna tiene la responsabilidad de inculcarlas. Es la alfabetización de la nueva edad. A muy largo plazo, podemos confiar en que –si la humanidad no se aniquila a sí misma– el efecto Baldwin seleccione como éxitos de la evolución aquellos genes que faciliten la adquisición rápida de la perspectiva científica. Ello de manera parecida a como seleccionó a los humanos hablantes hace decenas de milenios y como viene seleccionando a los buenos escribientes y lectores desde la ya algo lejana fecha en que se inventó la escritura.

Teoría de la conspiración

Conspiraciones positivas y negativas

Al entrar a considerar este nuevo mem, de importancia parecida al mem de la búsqueda de la felicidad que acabamos de examinar, lo primero que debemos apuntar es que tiene un profundo parentesco con él, hasta tal punto de que bien podríamos considerarlo como su gemelo en el espejo. Para sustanciar este punto de vista comenzaré recordando una frase que leí en mi juventud en alguna de las muchas obras que nutrieron mi afición por el existencialismo cristiano de Gabriel Marcel. Esta frase en particular, que no he podido ubicar retrospectivamente entre las páginas amarillentas y quebradizas de mi antigua biblioteca, me impresionó sobremanera y en algún sentido orientó mi vida durante un par de décadas. Como yo la recuerdo era algo así: "Estoy convencido de que en el fondo de la realidad algo conspira en mi favor". Cuando, durante mi crisis de cuarentena, se la cité una vez a mi psiquiatra, tuvo la virtud de hacerla perder su usual compostura y exclamar:
–¡Nunca había oído una expresión más completa de la locura!–.

¿Locura? Bueno. Al fin y al cabo –según Eric Fromm– la locura puede entenderse como la religión privada de un paciente, y la religión no es otra cosa que la locura pública de una congregación.

La religión como teoría de la conspiración; no suena mal como título de un artículo.

Conspiración positiva: "En el fondo del universo algo conspira en mi favor".

Epítome del optimismo o del hacerse ilusiones. Si agregamos el hecho generalizado de que la mayoría, si no todas, las religiones han lugar para un espíritu del mal, paralelo de algún modo al espíritu del bien, la teoría de la conspiración sienta todavía mejor con el mem religioso. Y si nos trasladamos al contexto de las guerras religiosas contemporáneas, la supuesta conspiración del Satán americano contra el Islam queda más que razonablemente encuadrada.

Las teorías negativas de la conspiración coinciden con las positivas en ser animistas, es decir, atribuyen a seres distintos de los seres biológicos, como los colectivos sociales, o a agregados abstractos como "los negocios", "el capitalismo" o "la globalización", una vida propia y –especialmente– una conciencia, de lo que por supuesto carecen. Y a los sucesos del mundo social, una teleología y una premeditación de la que por sí mismos están desprovistos. Muchas veces, por ejemplo, suelen dar atributos extraordinarios –de superdotados– a alguna clase, partido, secta o sociedad repudiados por el teorizante. Una gran potencia, un país rival o vecino, incurre fácilmente en el riesgo de ser objeto de teorías de la conspiración. Son personificados y se les atribuyen intenciones particulares y planes diabólicamente bien cocinados, pasando por alto su esencial pluralidad interior, el poco interés que sienten por el grupo del teorizante, las contradicciones existentes en su población y grupos gobernantes, y la aplastante evidencia de sentido común de que la mayor parte de las obras de un colectivo ocurren desordenadamente y no por designio –o incluso en contraposición a él–.

La teoría de la conspiración negativa tiende a darse, desde el comienzo, en forma diferenciada. Así como el mem de la búsqueda de la felicidad es indefinido y vago en lo que se refiere a su objeto, el mem de la conspiración aparece totalmente especificado cuando lo sustenta una mente: tal o cual grupo bien definido maquina para apoderarse del mundo, tal o cual organización empresarial conspira contra los pobres, tal o cual agencia de seguridad de un país escucha todas las conversaciones de los políticos de tales o cuales otros países, tal o cual institución bancaria internacional está empeñada en exprimir a las clases populares del Tercer Mundo; o cualquiera otra afirmación muy concreta sobre la cual su enunciante alega tener innumerables hechos confirmatorios(3). Estas elucubraciones, tanto como las ilusiones sobre la felicidad, se relacionan con una tendencia enraizada en la naturaleza misma del simbolismo, la de "redondear" en un sentido u otro aquello en que nuestra información es insuficiente y darle significado a lo que no tiene ninguno. Pero en ausencia de la aplicación cuidadosa del método científico, el teorista de la conspiración distorsiona groseramente la realidad. Un ejemplo concreto, sacado de una conversación de la vida real en oportunidad reciente: Un amigo mío pretende explicar las obvias ganancias de capital ocurridas en el país en los últimos años por la sola acción de dos mafias: la judía y la mexicana. A ellas atribuye la perpetración de toda clase de maniobras políticas subterráneas. Mi amigo, aunque persona educada que debía "saber mejor", pasa por alto leyes triviales de la economía que enseñan que la combinación de capital, trabajo, conocimiento y espíritu empresarial dentro de un mercado libre en ambiente de paz y seguridad jurídica no puede evitar ser productora de nueva riqueza(4).

Conspiraciones reales y ficticias

Lo que hemos escrito, sin embargo, no significa de ninguna manera que no existan verdaderas conspiraciones para realizar actos nocivos. El caso de la decisión de Hitler de exterminar a los judíos fue real y espeluznante, en enorme escala. La reciente catástrofe del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York resulta también monstruosamente elocuente. En ambos caso hubo un plan secretísimo que fue llevado a la práctica de manera muy efectiva, con medios diabólicamente sofisticados el uno, diabólicamente simples el otro. Ambos, lamentablemente, tuvieron éxito en sus siniestros designios. Son casos excepcionales, sin embargo. Más características son las fabulaciones que no tienen más fundamento que la imaginación acalorada de paranoicos o las proyecciones de deseos secretos conscientes o inconscientes de partes interesadas, montadas sobre la tendencia a la clausura simbólica propia de nuestra especie: la inveterada inclinación a cerrar mentalmente un cuadro con solo elementos de prueba que apenas podrían calificarse como débiles pistas en una investigación detectivesca. Retrospectivamente, sin embargo, hay notables casos de sucesos históricos que a primera vista ofrecían todos los visos de ser resultado de evidentes conspiraciones y, examinados cuidadosamente por los historiadores, resultaron no ser más que producto de errores humanos, fortuitas coincidencias de circunstancias o el poder incendiario y desordenado de las pasiones humanas. Lo que mejor llena esta descripción, entre lo que conozco, es la famosa masacre de san Bartolomé, en la Francia de fines del Siglo XVI. Relatado brevemente parece un caso paradigmático de conspiración:

He aquí que una vez, en un territorio compartido por dos fes religiosas en pugna, católicos y protestantes, el Rey de Francia arregla una boda entre su hermana y el monarca de un pequeño reino vasallo suyo, la Navarra, centro de los más fuertes del Protestantismo francés. La boda se anuncia como oportunidad ideal para confirmar con lazos de sangre un tratado de paz endeble firmado años antes. La boda se realiza faustuosa, oficiada frente a Notre Dame de París. Son sus testigos los nobles católicos y protestantes invitados de toda Francia para la gran ocasión. Pocos días después, con la celebración todavía en curso y los invitados disfrutando aún de la estadía en la gran corte, comienza una masacre iniciada por la campana del palacio real, la cual en solo algunas horas acaba con la casi totalidad de los líderes protestantes, sus familiares y servidores, huéspedes oficiales de la Corona Francesa.

¿Dónde podríamos encontrar un caso más nítido de conspiración? Y sin embargo...

He traducido para ustedes una excelente relación sobre los hechos que aparece como apéndice de esta obra(b). Ahí podrán ustedes darse cuenta de una gran cantidad de detalles que califican a lo que sucedió más bien como un acontecimiento dramáticamente aleatorio que nunca se conspiró o que, si se quiere, no fue sino el entrecruce de varias conspiraciones diferentes que fallaron todas miserablemente. Lo que no excluye que la catástrofe –de una u otra forma– hubiese sido inevitable, tomando en cuenta la candente situación política y las torcidas intenciones o profundas debilidades morales de muchos de los protagonistas de este horrible suceso. En particular, Catalina de Médicis –Reina Madre–, bien intencionada pero sin escrúpulos; Carlos IX, monarca débil y degenerado; y los líderes máximos de ambos bandos –Coligny y Guisa–, políticos de garra listos a sacar provecho de cada situación en beneficio propio. El lector puede observar en el relato histórico cómo estos y otros actores perseguían objetivos diferentes a lo que resultó y, por fuerza de circunstancias particulares e interacciones no previstas, se vieron arrastradas en un torbellino de pasiones a uno de los acontecimientos más vergonzosos para Francia, la Iglesia Católica y la misma humanidad.

Los teóricos de la conspiración, novelistas frustrados

Cambiando de tono afectivo hacia un tema menos dramático, aunque igualmente relacionado con la tendencia a la clausura simbólica que yace en el fondo de la teoría de la conspiración, desde hace unos años, y precisamente para tomar respiro periódico de la confección de esta pesada obra, comencé en un tono ligero a escribir mis "Memorias". Decidí presentar las situaciones de mi larga vida en la forma más divertida (o en alguna otra forma significativa) posible, aunque sin adulterar la verdad histórica. El suficiente éxito que tenido en ese menester –a juicio de los amigos a quienes he venido mostrando lo escrito– sin ser novelista profesional, me ha llevado a ciertas conclusiones:

  1. Alguna relación existe entre la literatura y la filosofía (mi vocación primaria), lo que resulta interesante.
  2. La literatura tiene que ver con hallar conexiones inopinadas entre los sucesos, incluso los más triviales.
  3. Tales conexiones son mucho más fáciles de encontrar que lo que sería de esperar.

Ante esto, no me tomó de sorpresa toparme con la siguiente frase en el Magazine del New York Times: "Todos somos naturalmente contadores de cuentos (storytellers), y los partidarios de teorías de conspiración no son otra cosa que novelistas frustrados". (BELKIN 02) A todos nos gusta armar un buen cuento a partir de sucesos aleatorios. Y de hecho, con un poco de fantasía, es relativamente sencillo hacerlo. No le voy a pedir a mi lector tanto como tratar de escribir uno relacionando sucesos disímiles de su vida ordinaria, sino solamente algo mucho más fácil: realizar un ejercicio de aritmética elemental que le es semejante y suelo practicar para desaburrirme en los atascos de tránsito. Trate de convertir en una ecuación matemática el número de licencia del auto que está delante del suyo, introduciendo con la imaginación entre cada dos o más dígitos uno de los signos "+", "-", "x", "/" e "=" (este último deberá aparecer por lo menos una vez para crear la ecuación). Por ejemplo, tomemos la licencia de nuestro automóvil que lleva el número "371819"; si usted resulta atascado detrás de mí, puede con muy poco esfuerzo construir la siguiente ecuación: "37=18+19", ¡bingo! Mi esposa y yo poseemos esa licencia desde que compramos el auto hace un par de años, pero es solo ahora que se me ocurre tomarla como ejemplo pues no suelo conducir impaciente en pos de mi propio coche.

La doctrina de la predestinación, combo de dos memes

Hemos caracterizado dos memes relacionados, el de búsqueda de la felicidad y el de teoría de la conspiración, insistiendo en sus parecidos y diferencias. Quisiera terminar el tema señalando al respecto que los dos memes pueden aparecer combinados, y de hecho lo hacen, en un tercer mem derivado: la teoría de la predestinación. Este mem es característico del Protestantismo, pero en una forma latente o débil ha existido y existe también en el Catolicismo. Es posible asimismo discernirlo en la doctrina del "pueblo escogido" del Judaísmo y en las prédicas de la Jihad (guerra santa) del Islam. En términos simplificadores, consiste en la nefasta y antihumanista doctrina de que Dios conspira en favor nuestro (los creyentes) y en contra de los no creyentes (o alternativamente que los no creyentes conspiran contra Dios y los creyentes). O sea, que hay dos clases de humanidad: los escogidos o predestinados y los rechazados y condenados. Los métodos de distinguir a unos de otros, o de "convertir" unos en otros son muy variados, pero la idea común y central es homogénea: los creyentes están destinados a salvarse y los no creyentes a condenarse y ello con intervención o participación divina de algún tipo. A las dos doctrinas combinadas de conspiración positiva y negativa se agrega otro componente, también profundamente antihumanista, la idea de que frente a esta predestinación divina las obras o decisiones humanas no tienen ninguna importancia o valen muy poco (solo como aceptación de un don de Dios). El carácter perverso de tales teorías, basadas en un profundo desprecio y desconfianza sobre las potencialidades del ser humano, las coloca en las antípodas de las ideas tanto del humanismo helénico como del humanismo científico contemporáneo.

Las trampas del simbolismo y su superación

He venido llamando la atención del lector sobre la tendencia del cerebro a clausurar, redondear, generalizar sin base suficiente, o a encontrar significado en aquello que de suyo no lo tiene. Pareciera ser algo consustancial a nuestra naturaleza, y estamos autorizados a sorprendernos de que lo sea dada la cantidad de errores a que nos expone. En casos como éstos la reacción del evolucionista debe ser preguntarse cuál pueda ser la ventaja que haya llevado al organismo o cultura a seleccionar el respectivo gen o mem a pesar de las desventajas que implica. Conviene recordar cuál podría ser la fuerza selectiva de la que depende la propagación memética según los entendidos: se trata de la relativa escasez de mentes humanas y de su limitada capacidad para albergar información. Debido a estos dos factores los memes deben competir entre sí, siendo esa competencia lo que en definitiva determine cuáles se reproducen y cuáles no. El tema de la clausura lógica me inclina a agregar un tercer factor a esos constreñimientos, a saber el de la economía de energía mental (cualquiera sea la manera en que esta deba definirse). Es entendible que, por ejemplo, habiendo aprendido a analizar las acciones de personas particulares en términos de símbolos sobre medios y fines, nos ahorremos esfuerzo mental haciendo lo mismo con conglomerados de personas a los cuales hemos también asociado símbolos como identificadores de sus totalidades unitarias. Una especie de pereza mental favorecería a memes producto de esta clausura mental en contra de memes abiertos con estructuras más elaboradas. Sería una especie de uso perverso del principio de parsimonia donde la navaja de Occam se aplicaría en ausencia de clases de información perfectamente obtenibles si nos diéramos a la tarea de obtenerlas.

Intentos serios para superar estos excesos comenzaron en la Antigüedad con la aparición del escepticismo griego y la democracia ateniense. De estas dos saludables tendencias, la primera prescribió el razonamiento y examen directo de la naturaleza como forma preferible de conocer la realidad, alejándose de la tradición y de la autoridad religiosa. Y la otra, la discusión y negociación como forma más tolerable de convivir políticamente, en vez de obedecer ciegamente a las costumbres establecidas o a los dictados de jefes irrefragables. Interrumpidas durante mil años por el oscurantismo medieval, volverían a tomar fuerza con la aparición de las ciudades-estado comerciales de la Edad Media tardía y las enseñanzas de atrevidos pensadores de la estatura intelectual de un Copérnico o un Galileo. Lograrían prender fuego de nuevo con las revoluciones Inglesa, Americana y Francesa, y la institucionalización de la ciencia moderna durante el siglo XVIII. En todos estos movimientos yace un fenómeno de resistencia a la fácil inclinación a sostener que hay una sola verdad, recibida gratuitamente de nuestros padres o sacerdotes; y que cualquiera que no acepte el credo establecido debe ser proscrito de la sociedad o eliminado físicamente. La forma ancestral de reaccionar ante los mensajes simbólicos hacía la vida mucho más fácil y ahorradora de esfuerzo mental, lo que resultaba ventajoso para la sociedad tribal con recursos disponibles de supervivencia muy limitados. Se fue transformando en grillete inmovilizador del pensamiento en la medida en que la sociedad, su cultura y su economía se fueron haciendo más complejas.

La superación de la inercia simbólica implicada en el advenimiento de la democracia incluyó, junto con los más laboriosos trámites intelectuales de aprobación de las leyes, un abandono del mem de la sacralidad de los reyes. Las regias personas simbolizaban el Estado, la Nación o el Imperio en un sentido muy estricto: su cuerpo y vestiduras tenían virtudes curativas, las sillas en que se sentaban en sus giras eran retiradas de su uso ordinario y cubiertas con un lienzo, en señal de veneración; y se suponía que ellas mismas tenían un nexo directo con Dios o eran divinas. Cuando mucho más tarde, por circunstancias que los historiadores aún investigan, hubo un retorno a las costumbres tribales con los regímenes totalitarios contemporáneos, tal regreso de verdades y cetros absolutos vino acompañado de un amplísimo uso de símbolos, otra vez como forma de aprovechar la reserva energética implícita en la inercia simbólica, ahora para imponer aún más pesadas cadenas. ¡Viciosa y masiva regresión psicosociológica a una etapa primitiva de la especie! Su terrible recuerdo debe servirnos de admonición permanente sobre la fragilidad de la cultura humana y sus excelentes logros.

Notas

Nota 1: Contemporáneo de Platón que anticipó la teoría atómica y la metodología de la ciencia moderna.

Nota 2: Una excelente presentación para legos del cálculo de probabilidades, con énfasis en aplicaciones de sentido común, se encuentra en el best seller en inglés de John Allen Paulos, Innumeracy (PAULOS 89).

Nota 3: En esto se comporta en forma diametralmente opuesta al mem del método científico: donde el teórico de la conspiración –en rapto paranoico– trata de encontrar confirmaciones –hasta lo ridículo–, la comunidad científica busca más bien refutaciones de las hipótesis existentes –hasta lo obsesivo–. Ver a este propósito nuestra Teoría del Método. (GUTIERREZ Y BRENES 71)

Nota 4: Se sobreentienden la disponibilidad de un cierto territorio y la existencia de oportunidades comerciales (amplitud de mercado).

Referencias

Nota a: El efecto Baldwin en Ideas, cuerpos y cerebros de la cuarta colección, bloque b.

Nota b: La Noche de san Bartolomé en Apéndices de la quinta colección.

Copyright © 2002 Claudio Gutiérrez