De la concepción de que la mayor parte de los procesos cerebrales
se producen sin la participación de la conciencia se siguen muchas importantes consecuencias. La mayor de
ellas tiene que ver con el problema de lo que los filósofos llaman "libre albedrío".
La cuestión encierra una gran paradoja contra la que se han estrellado gran cantidad de teólogos,
moralistas y juristas: ¿Cómo, en un mundo regido por las leyes de la naturaleza, puede haber algo,
las decisiones humanas, que se produzca con independencia de esas leyes? Para siquiera comenzar
a buscarle una solución a este serio problema hay que postular que la mente es capaz
de imaginar estados de nuestra vida distintos de los que estamos viviendo. De lo contrario
no cabría la menor posibilidad de escaparnos de nuestras condiciones efectivas de vida. Dicho
de otra manera, la capacidad de decidir solo puede darse para seres con imaginación, pues es prerrequisito para escoger un nuevo estado la concepción de una
situación diferente a la que de hecho existe. Además de ello, por supuesto, se necesita un
amplio conocimiento de medios y fines y la habilidad para combinarlos mentalmente de diversas
maneras con bastante profusión para que alguna de las combinaciones pueda seleccionarse como
un plan para cambiar la situación reinante. Los cambios de vida comienzan por un sueño, en el
sentido en que decimos que "soñamos con un mundo mejor". La "visión" que predicamos de un gran
estadista o creador de empresas es la de algo inexistente, pero que
puede llegar a darse si concebimos un cuadro suyo y de los caminos o procesos que nos lleven a
realizarla. En otras palabras, para ejercer libertad de escoger debemos tener la capacidad de
"alucinar" aquello que todavía no existe.
Como es sabido, diversas regiones del cerebro se especializan en distintas funciones. Una de ellas,
precisamente la corteza prefrontal, (DAMASIO 94) cumple entre otras
la de elaborar planes de acción, previamente a su posible realización en la práctica. Es
interesante saber que las mismas neuronas que se ensamblan en planes son las que
permiten también componer música o rimas o, en fin, cualquier secuencia mental,
incluyendo razonamientos cuidadosos y pruebas matemáticas. Algunas de las concatenaciones
virtuales que definen a un plan pueden tener como uno de sus
extremos la representación de las condiciones actuales que interese cambiar (estado inicial) o bien
la representación de las condiciones deseadas (estado final del plan). Basta que ello sea así para que
resulte útil a la mente sostenerlas un tiempo(1), aunque no constituyan todavía una planificación completa.
Otras cadenas de acciones pueden surgir que contribuyen a alargar
cadenas preexistentes de modo conveniente.
Al producirse varios
planes completos, no ya solo cadenas parciales, sus respectivas acciones tendrán
costos o ventajas diferentes y comenzará la gran competencia por
su supervivencia:
la sabana neuronal es amplia y permite la estampida de muchos potros salvajes. Según la
metáfora del pandemonium, (DENNETT 91)
la elaboración del plan puede durar en esa pampa más o menos indefinidamente y
–esto es lo más importante– sin que tenga carácter consciente: el cerebro escatimará al
máximo el costo energético de la conciencia barajando posibilidades mayormente
"debajo de la mesa". Solo emergerán de vez en cuando aquellas representaciones que requieren "intervención
del operador" por implicar búsqueda externa de datos, consulta de expertos, etc. Así, la contienda
por el ganador se realizará silenciosamente dentro de nuestro cerebro, por supuesto mediante
el mismo algoritmo de selección natural que creó a nuestra especie y a todas las otras especies(a). (EDELMAN 87)
Cuando finalmente el torneo haya concluido, aunque debemos suponer que versiones parciales del
plan hayan aflorado a la conciencia, ciertamente su
versión triunfadora tiene que hacerlo, con vistas a que la atención saque de ella las consecuencias
procedentes. Pero en ese momento, y aquí apelo a la introspección de mis lectores, la decisión tomada
nos aparecerá como "ya tomada antes" y simplemente llegáramos ahora a conocerla, como si nuestro
organismo la hubiese elaborado en lo profundo en nombre nuestro. Solo siendo así podremos saborearla como propia, como
auténticamente nuestra, originada "en mí" y no en los otros ni en la imposición de las
circunstancias. Y entonces, con toda probabilidad, se nos ocurrirán "de pronto" y retroactivamente razones muy
fuertes "no pensadas antes" que justifican plenamente la decisión tomada. En
muchos casos, sin duda, esas razones pueden ser no más que racionalizaciones(2),
sobre todo si
de algún modo la decisión choca con nuestros postulados éticos. Pero me atrevo a pensar
que en la mayoría de los casos las razones serán perfectamente válidas, correspondiendo a razonamientos
inconscientes esgrimidos previamente en la justa medieval de las alianzas silenciosas de nuestras neuronas
prefrontales.
La literatura novelística nos describe esos momentos de decisión como preñados de expectativa,
angustia, emoción y riesgo; es simplemente natural. En último término el negocio de decidir
constituye un salto en el aire puesto que el cerebro decide sin tener toda la
información necesaria, apremiado por el vencimiento del plazo de alguna "ventana de oportunidad" existencial.
Si nos es posible esperar, eso es lo que tendemos a hacer, con tal de que con ello no se reduzca
la probabilidad de adquirir
la situación que deseamos: "dejar para mañana" puede ser la mejor estrategia. Pero más tarde o
más temprano habrá que elegir y ese será el "momento de la verdad" en que surge una decisión triunfadora de la niebla de conocimientos limitados e inciertos. Dichosamente,
al cerebro no le temblarán
las piernas para saltar: está acostumbrado a hacerlo. Así es como hemos sobrevivido desde siempre,
haciendo conjeturas sobre lo más probable y actuando sin titubeo con base en ellas. La enorme mayoría de
las veces tenemos éxito. Nuestros fracasos suelen deberse a descuidos culpables porque en determinado momento nos dejamos arrastrar por distracciones frívolas o cantos de sirenas que nos hacen valorar mal elementos decisorios importantes. En el fondo, estas distracciones
ocurren sobre todo por deficiencias de carácter, con múltiples explicaciones, desde genéticas
(problemas de atención dispersa, por ejemplo), pasando por mecanismos de defensa forjados en la infancia, hasta
limitaciones sociales como la falta de oportunidad suficiente para autoeducarse, o de motivación
para el autocontrol en constelaciones familiares enclenques. Pero tiendo a pensar que, coincida o no
con nuestros prejuicios religiosos o políticos, la mayor parte del carácter tiene
raíces genéticas mediadas por vicisitudes del desarrollo biológico; el ambiente habrá actuado en forma mucho más reducida, solamente como modulador de las capacidades individuales.
Ideas parecidas a las anteriores están presentes en el epílogo del libro del profesor Crick, donde
se pregunta cómo tendría que ser una máquina que exhibiera algo parecido a nuestro libre
albedrío. Llega a la conclusión de que, como nosotros, tendría que tener
mecanismos que elaboraran planes basados en parte en su alambrado y en parte en su experiencia
pasada. Además, los cálculos para esos planes tendrían que ser mayormente inconscientes. En
la medida en que tuviera una imagen de "sí misma", tal máquina intentaría también, como nosotros,
explicarse por qué ha tomado una decisión cuyo proceso de generación le resulta inaccesible. Como
nosotros, también llegaría a la conclusión de que tiene "libre albedrío". Trataría de igual manera de dar
razones para su proceder, algunas veces como una reconstrucción correcta del proceso implicado;
otras confesaría no saber cómo explicarlo y todavía otras más confabularía, saltando a la explicación más sencilla, (CRICK 94)
o –más probablemente– a la que dejara mejor parado su ego, si es que sus ingenieros de inteligencia artificial se hubieren
dignado concederle uno. En ese mismo epílogo el profesor Crick se deja llevar del
entusiasmo y nos regala
una especulación sobre "el lugar del libre albedrío", más reminiscente de las inquietudes
de Descartes sobre el lugar del alma que de las del pensador analítico que contribuyó a descifrar el
código genético. En todo caso, la especulación nos ha parecido lo suficientemente
interesante como para ofrecérsela al lector en un apéndice(b).
El tema del libre albedrío, hemos adelantado, tiene inevitables e importantes consecuencias
éticas y jurídicas. Las éticas son más fáciles de abordar, porque se dan en el ámbito de un
solo individuo y no interviene la sociedad organizada. Como lo he planteado en
otra obra(c), la ética es para mí el resultado
en la historia individual de una persona de la crítica racional realizada por ella
sobre las reglas de
conducta social heredadas de su medio ambiente, especialmente de sus padres o familiares con
autoridad, de la enseñanza religiosa y en general de sus preceptores de infancia. Solo cuando
esa herencia, que como toda herencia tiene por lo menos dos partes, paterna y materna
(la cultural incluye otro par de "cromosomas": la iglesia y la escuela), ha sido cribada
de contradicciones por la crítica del niño maduro para formar un todo coherente,
podemos llamarla ética(3). Así definida, constituye un sistema normativo del que se vale la
persona madura para vivir armoniosa y respetuosamente su relación con los otros y consigo mismo
(considerándose también a sí mismo como una persona digna de respeto). Por supuesto, para
tomar la propia conducta o la de los demás como objeto de juicios éticos, tiene que serle
asignada a esas personas el libre albedrío como su origen y fundamento. El lenguaje ordinario es nuestra mejor
guía en esta materia: juzgar que alguien es responsable de una fechoría o de un acto noble
implica de suyo que reconocemos que esa persona tiene libre albedrío, la atribución va
implícita en el mismo idioma que usamos para expresarnos (no sería lingüísticamente correcto
decir en un solo aliento que alguien es responsable del acto y que no tiene libre albedrío).
Si alguien expresara lo mismo
de una computadora o un caballo sería también
merecedor de nuestra desautorización como hablante español, a menos que esté
actuando como poeta (bueno o malo, según la calidad de la metáfora).
El libre albedrío como problema jurídico es un tema que debemos abordar en el contexto
de la organización de la sociedad. Básicamente consiste en la penosa cuestión de qué hacer con el
comportamiento antisocial, en el sentido de aquella conducta que pone en peligro aspectos
esenciales de la convivencia entre los miembros de una comunidad, como la vida e integridad
personales, la libertad (en todas sus dimensiones), y el uso de la propiedad y otros
bienes materiales privados o públicos. Otros bienes protegidos, como la buena fama o la
autoría de obras intelectuales o artísticas, son
tratados por analogía con aquellos bienes más básicos. Se excluyen por poco importantes actividades antisociales como descortesías de todo tipo, faltas de consideración en el tráfico automovilístico, ruido tolerable entre vecinos, y otras molestias semejantes, cortejo inevitable de la vida en comunidad. Y, en países realmente civilizados (que en la práctica significa laicizados) se excluyen también las ofensas relacionadas con la vida sexual, como el adulterio u otras formas de ejercer la sexualidad que no impliquen coacción ni perjudiquen a menores, disculpando discretamente los efectos perniciosos de los divorcios o riñas entre padres por razones puramente pragmáticas. Puestas así las cosas, la cuestión del libre albedrío
surge en relación con la atribución de responsabilidad penal(4).
De lo que se
trata es de resolver en concreto, por parte de los jueces, quién deba ser declarado culpable de
un delito (dolo) o cuasidelito (negligencia). Como se trata de ordenar las acciones
recíprocas importantes de los miembros de la sociedad, no hay más alternativa. La cuestión de las
motivaciones que tengan las personas es solo marginalmente pertinente.
Lo fundamental es la determinación de si la acción u omisión se ha realizado por una voluntad
libre responsable de sus actos y si ha causado daño a otros(5). Si así lo fuere, es forzoso para la vida en común que la sociedad
aplique una sanción al responsable, siendo la privación de
libertad de movimiento la más favorecida. Es así de
simple si no nos enmarañamos en pseudoproblemas filosóficos.
Sin embargo, pueden surgir complicaciones. Vamos a tocar una muy seria. Se trata de la
excepción de irresponsabilidad por locura en los tribunales de justicia. Tiene una historia muy larga y compleja,
que ha sido ampliamente reportada y comentada por
Thomas Stephen Szasz, psiquiatra húngaro de origen, en varios libros.
(SZASZ 61)
(SZASZ 90)
(SZASZ 97)
Como un caso muy claro de la falta de civilidad a que me referí arriba,
desde la Edad Media y hasta muy cerca de nosotros, las familias de los suicidas
eran castigadas, no solo con la negación de funeral religioso para el occiso sino también con
la confiscación de sus propiedades, lo que dejaba a su consorte e hijos en la miseria. No fue
sino hasta la Inglaterra del siglo XIX que se inventó judicialmente un paliativo para esta
infamia:
los jueces crearon la excepción de irresponsabilidad por incapacidad mental, con la clara intención
de salvar a las familias de los suicidas de un horrendo infortunio.
Fue una estratagema para resolver un conflicto moral que en cierta forma
constituye una muestra de la bondad natural humana, en un sentido algo
diferente de la dogmática de Rousseau. Se trata de un caso en que instintos
fundamentales de compasión por los coespecímenes enfrentan la tiranía
de un mem creando arbitraria y pragmáticamente otro que permite paliar
sus consecuencias más graves. Desde ese punto de vista es un
acto encomiable. Pero
tiene también su lado oscuro.
Szasz va al extremo de
desacreditar a su propia profesión como una pseudociencia, inventada con el
obvio propósito de que los jueces pudieran convocar
a "expertos psiquiátricos" para dictaminar sobre la irresponsabilidad mental
de los suicidas,
aliviando los problemas de conciencia de aquellos. Hábil subterfugio que eliminaba las
consecuencias más terribles de un gran mal atrincherado en la sociedad, la superstición
religiosa y su poder opresivo sobre la población, al precio de contribuir a su
perpetuación y creando de paso un medio nuevo de opresión sobre los individuos.
La excepción se extendió rápidamente como protección contra penas extremas para una multitud de
otros crímenes. El resultado ha sido la aceptación social generalizada de la reclusión de
supuestos enfermos mentales como una alternativa para las cárceles. De ahí al abuso por parte
de regímenes
totalitarios, y a veces también de los pretendidamente democráticos, de recluir a sus disidentes
en manicomios y "centros de reeducación" no hubo más que un paso. Como
resultado de un abuso conjugado de la ciencia y de la justicia, la psiquiatría quedó erigida en instrumento
antihumanista de control social. (SZASZ 61)
Szasz cree que a todo el que sea llevado a juicio por un delito debe permitírsele ser juzgado
en vez de –como a menudo sucede– ser sometido a un trámite previo de examen psiquiátrico
para eventualmente ser consignado, sin juicio, a una institución para enfermos mentales.
Propone que
la excepción de locura sea eliminada del todo, como contraria a los derechos humanos. Tampoco
acepta que "ser peligroso para
sí mismo" sea una base legítima para ser confinado en un manicomio. Afirma que la peligrosidad
de un sujeto solo llega a concernir un control público legítimo cuando se comete de hecho un acto dañino o
peligroso para la sociedad, caso en el cual el actor debe ser juzgado sin excepción por los procedimientos
penales ordinarios. Considera como parte de las atribuciones de la persona humana el hacerse
daño a sí mismo o quitarse
la vida, derechos en que la autoridad estatal no tiene nada que hacer o decir. Como sería de esperar,
otros psiquiatras no están de acuerdo con él y consideran su posición iconoclasta, reprensible
y peligrosa. Pero el análisis de Szasz es filosóficamente sano y agudo. Lo que está en juego es
la libertad de las personas(6), fundamento de las
mismas instituciones democráticas. Su vehemente llamado a no considerar como enfermedad los
desórdenes del comportamiento distintos de enfermedades neurológicas se asienta dentro de
la mejor inspiración humanista(7).
Agregamos como uno de nuestros apéndices un breve manifiesto(d) de los principios
que propugna este autor.
No podemos abandonar el tema del libre albedrío sin hacer referencia a un tópico muy importante:
el papel de los sentimientos y emociones en el curso de nuestras deliberaciones,
conscientes o no. Desde Descartes hasta Kant la filosofía europea estuvo
dominada por el racionalismo: la idea de que el pensamiento humano,
aunque pueda ser sacado de sus casillas por las pasiones, es en
principio independiente de las influencias emotivas. Una posición extrema tal,
con indudables
raíces en la cultura helénica y el pensamiento cristiano medieval, debió
producir reacciones también extremas en los excesos del movimiento romántico del siglo XIX y las
catástrofes históricas del irracionalismo político del
siglo XX.
El fracaso eventual de los regímenes fascistas y comunistas, así como el progreso lento pero seguro de las
ciencias
biológicas, especialmente en los últimos cincuenta años, han tendido a resolver
esa traumática pendulación de la historia viniendo a poner las cosas un poco más
en su lugar. Las investigaciones neurológicas más recientes hacen ahora posible
discurrir sobre la relación entre razón y emociones sobre bases mucho más firmes que
las especulaciones de filósofos y sociólogos o las fáusticas armonías de la
música de Wagner. Lo que de todo ello va quedando es la convicción entre
los científicos de que, lejos de haber separación o incluso oposición entre
especulación y experiencia, razón y sentimiento, lo que encontramos en
nuestra mente es un diálogo permanente entre percepción y discurso, y entre las
inquietudes del cuerpo –con todos sus miembros y glándulas– y las
deliberaciones secuenciales algorítmicas de la corteza prefrontal.
Durante los procesos de cálculo sobre qué debemos hacer, nuestros
razonamientos se impregnan con la influencia de todos esos elementos antes
diferenciados
de los procesos racionales. Debemos al neurólogo americano Antonio Damasio
investigaciones y teorías pioneras
que propenden a cimentar este nuevo punto de vista, más allá del dualismo tradicional.
En su libro El error de Descartes,
sostiene con buen fundamento que la razón humana depende simultáneamente de diversos sistemas
cerebrales que trabajan en concierto a lo largo y ancho de toda la organización
neuronal. Tal perspectiva coincide con los hallazgos de las
investigaciones reportadas por el profesor Crick(e).
En particular, tanto los niveles inferiores como los superiores (en el sentido espacial de la palabra, referido al ser humano
erguido) colaboran en ello: el hipotálamo y el tallo cerebral
tanto como la neocortex.
En la estructuración de los planes de acción confluyen datos de la experiencia pasada y
presente, proveídos por la corteza prefrontal, y las señales provenientes de
los núcleos subcorticales que gobiernan los procesos emocionales y corporales necesarios para la supervivencia del organismo.
Estos sistemas mantienen permanente relación con prácticamente
cada uno de nuestros órganos, involucrando así al cuerpo entero
en las operaciones generadoras de las más altas (en sentido
espacial y valorativo) decisiones humanas. Las señales enviadas al cerebro por
tales sistemas no son anomalías ni lujos biológicos: sirven como guías
interiores permanentes y tienen tanto valor cognoscitivo como cualquier otro elemento de nuestra percepción. Con palabras
de Damasio,
"son resultado de un espectacular arreglo fisiológico que convierte al
cerebro en audiencia permanentemente cautiva del cuerpo". (DAMASIO 94)
Es en este contexto donde podemos clarificar un tópico que preocupa a muchas personas: la omnipresencia de la ansiedad en nuestra vida mental. A pesar de su mal sabor, la ansiedad es realmente nuestra mejor servidora. De hecho, como lo señala J. Allan Hobson, el cerebro es un emisor constante de ansiedad: como un corazón que no cesa de latir, emite permanentemente los mínimos necesarios para mantenernos inquietos. Pero también emite los otros tonos del arco iris, pues nos mantiene suficientemente alegres, enojados, tristes o avergonzados, como para poder vivir nuestras vidas con seguridad, satisfacción y responsabilidad. (HOBSON 94) Por otro lado, reconocer la influencia positiva de las emociones, o incluso pasiones, en el funcionamiento del cerebro, no pone en riesgo la objetividad de la ciencia. Por el contrario este reconocimiento hace más factible mantener la asepsia científica y subraya la importancia de las salvaguardas a la objetividad implícitas en el método científico.
El hecho de que el cuerpo –y por su medio el
ambiente entero que lo rodea– afecte la actividad del cerebro
de mil maneras, plantea el difícil problema de la pertinencia que
ha mantenido desconcertados a los filósofos durante siglos. ¿Cómo hace
la mente(8) para
retribuir a aquellas sinapsis neuronales que, frente a la
invasión perceptiva, contribuyen positivamente a la supervivencia,
distinguiéndolas de las que tienen efectos negativos o neutros? ¿Cómo
ahorra energía escasa en procesamiento de datos que no sirven para nada o
que más bien confunden o desorientan? Este problema tiene
ramificaciones importantes. Ante todo, constituye el núcleo esencial del
problema de la inducción, que tanto preocupó a David Hume, cuyo aporte de solución,
aunque bien orientado, era todavía limitado(9). (HUME 70)
Mucho más recientemente, el tema ha sido tratado tangencial pero correctamente
por Ludwig Wittgenstein, en sus Investigaciones filosóficas.
De acuerdo con él, los juicios que hacen sobre su medio ambiente los hablantes de lenguas diferentes y vigorosamente les ayudan a entenderse a
pesar de ello, coinciden entre sí porque los seres humanos compartimos una y la misma historia natural (Wittgenstein, 1953).
Considero ésta como la única, simple y completa solución al problema de la pertinencia.
(WITTGENSTEIN 53)
Además de estas repercusiones en la filosofía, el
problema de la pertinencia es crucial en las discusiones teóricas y técnicas
de la aún joven disciplina inteligencia artificial. Constituye, por ejemplo, la médula del
célebre problema del marco que encuentra un robot en su funcionamiento:
determinar cuáles aspectos de la realidad se
verán afectados por sus acciones y cuáles no(10).
Finalmente, la semiótica (teoría del significado) requiere una caracterización del aparato que
atribuye sentido a los mensajes, la cual no puede hacerse sin resolver, para el respectivo sistema, el problema de la pertinencia. Todo parece indicar que no hay solución general para este problema y que la selección natural ha proveído a cada
especie dotada de percepción de sus propios mecanismos ad hoc para
atribuir remuneración a los insumos perceptivos que son importantes para su supervivencia y descartar los indiferentes.
La neurofilósofa Patricia S. Churchland y sus asociados V.S.
Ramachandra y Terrence J. Sejnowski, concordando con la insinuación de Wittgenstein
mencionada arriba, han hecho la proposición de que el cerebro ha sido alambrado
por la evolución de modo tal que "los dados de la atención vienen cargados"
en favor de lo que favorece la supervivencia. El neonato, en consecuencia, está dotado de capacidad para atender solo
a estímulos pertinentes, lo que le permite prosperar dentro de su ambiente sin tener que preocuparse por este enojoso problema. (CHURCHLAND 94)
Una cuestión crucial para comprender el funcionamiento del sistema nervioso
central depende de las similitudes y diferencias entre sus estados de alerta y
de sueño. En efecto, quienes han estudiado el subsistema tálamo-cortical han
llegado a la conclusión de que esos dos estados de la mente tienen en común un mecanismo de
implantación intrínseco que nos obliga a considerarlos en un sentido importante
como equivalentes. (LLINÁS & PARÉ 91)
Las implicaciones de esta hipótesis pueden ser de gran alcance en el tanto en que se
demuestre que el estado
de alerta sea, como el sueño, un estado funcional
intrínsecamente cerrado. Si esto tornara efectivamente ser el caso, como los
resultados experimentales tienden a indicar, la diferencia central entre
los dos estados residiría solo en el grado de modulación por el insumo
sensorial que ocurriría durante cada uno de ellos. (LLINÁS & RIBARY 94)
La diferencia más sobresaliente entre los dos estados consiste en el hecho
de que los insumos sensoriales no generan durante el sueño las consecuencias cognoscitivas
que se dan por sentadas en el estado de alerta. Hay también otras diferencias importantes;
para poder
tratarlas, sin embargo, debemos hacer previamente una división ulterior dentro del estado de sueño,
a saber, la que distingue
entre el sueño profundo sin alucinaciones y el
"sueño paradojal" o REM (del inglés rapid eye movements). En este último,
a diferencia del primero, se
dan movimientos rápidos de los ojos, existe atonía muscular, el umbral
sensorial de interrupción es más alto y los sujetos
despertados en tales momentos reportan haber estado soñando. Los contenidos
psíquicos respectivos se reportan experimentados normalmente como reales, pero son
invariablemente recordados como irreales. (JACKENDOFF 89)
Otra oposición interesante consiste en el relajamiento de control que ocurre durante el sueño
alucinante.
Como lo anotaba ya Freud, el principio de
contradicción no parece regir ahí, (FREUD 74) lo cual contribuye a multiplicar asociaciones
aleatorias que favorecen la fantasía creadora, circunstancia
igualmente agradecida por artistas, inventores, escritores,
científicos y hombres de empresa, quienes afirman haber tenido algunas de sus
mejores ideas durante o inmediatamente después de despertar de esta
clase de sueño.
Lo paradojal del sueño REM consiste en que estímulos
claramente percibidos en estado de alerta (por ejemplo ruidos) no suelen
despertar a los sujetos en REM, a pesar de ser la amplitud de las respectivas
respuestas corticales similares o mayores que durante la vigilia. En otras
palabras, aunque la red tálamo-cortical sea tan excitable durante REM como
en el estado de alerta, el respectivo insumo es prácticamente pasado por alto.
La resolución de esta paradoja debe buscarse en la naturaleza
misma de la función cerebral en su sentido más profundo. Todo lleva a
pensar que el cerebro vivo está en actividad permanente y que esa actividad
es siempre del mismo tipo: ondas gamma que integran entre sí diversas zonas
de la corteza, y competencia generalizada entre constelaciones de neuronas que
asegura el surgimiento de contenidos en la conciencia, sin importar que
estemos en períodos de sopor o de vigilia. Y en forma semejante a como
alianzas determinadas de neuronas imponen su dominio sobre sus rivales
durante el estado de alerta, la generación competitiva de conocimiento
espontáneo mientras se sueña compite eficazmente con la activación
tálamo-cortical(11) impidiendo que el insumo de los sentidos se
incorpore al ámbito consciente del durmiente. (LLINÁS & PARÉ 91) En ambos
estados, el onírico y el vigilante, la atención es la coqueta princesa
que se disputan diversos pretendientes.
Cuál de dos tipos de contienda se lleva a cabo por un período largo –entre
distintas percepciones y cálculos de la vigilia o entre diversas asociaciones de conocimiento
espontáneo durante el sueño– parece depender de un torneo
medieval de segundo grado que ocurre simultáneamente en diversas partes del
cerebro entre dos neurotransmisores rivales: Serotonina –el aguerrido caballero de las percepciones de
la vigilia– y Acetilcolina –el campeón supremo de las alucinaciones del reposo–(12).
Para entender mejor la diferencia entre
estado onírico y estado de alerta disponemos de una importantísima
herramienta: la comparación de sueños de sujetos de control con sueños
de pacientes que sufren algunas de las variadas disfunciones del sistema nervioso.
Curiosamente la declinación de habilidades cognoscitivas superiores,
consecuencia de lesiones en las áreas asociativas temporales y parietales,
se refleja de manera análoga en el contenido de sus sueños. Por ejemplo,
los pacientes de
la llamada negligencia unilateral resultado de daño en el lóbulo parietal
derecho
reportan una falta de percepción correspondiente en sus sueños: no perciben la mitad opuesta del campo visual. (SACKS 91)
Todavía más espectacularmente, los habitantes de los sueños de sujetos
afectados de prosopagnosia
carecen de cara, al igual que las personas
percibidas durante la vigilia. (LLINÁS & PARÉ 94)
Estas comprobaciones son un claro indicio de que los actos alucinados
durante el sueño operan sobre el mismo sustrato anatómico que las percepciones
del estado de alerta. El hecho de que aparezcan déficits equivalentes
parece señalar que es posible comprender la naturaleza del estado de alerta
como un
elemento de una categoría más general de funciones cerebrales intrínsecas
de la cual el sueño REM sería otro elemento, como lo habría anticipado poéticamente
Calderón de la Barca. La diferencia entre los dos estados consistiría
esencialmente en que durante REM la influencia sensorial sobre el cerebro
estaría radicalmente alterada. Esto es, el REM podría considerarse como un
estado intrínseco en que la atención se aparta del insumo
sensorial, mientras que el estado de alerta sería otro estado intrínseco
fuertemente modulado por ese insumo. (LLINÁS & PARÉ 91)
En las presentaciones teatrales es usual que exista, disimulado en el escenario, un apuntador
encargado de dar pie a los actores para indicarles el comienzo del párrafo que les corresponde
iniciar en un momento dado. Un papel semejante sería, dentro del paradigma
de los estados mentales intrínsecos, el que
corresponde a los insumos sensoriales: su virtud consistiría solamente en
desencadenar
disposiciones preexistentes del cerebro a activarse de maneras particulares.
La percepción de la realidad externa como función intrínseca del cerebro
habría sido, por supuesto, desarrollada y calibrada por las
mismas presiones evolutivas que generaron sus otras funciones.
Por otra parte, la tesis de estados intrínsecos implica que las llamadas cualidades secundarias tales como colores, olores, gustos y sonidos particulares son invenciones de
nuestro sistema nervioso central que le permiten interactuar de una manera predictiva con el
mundo exterior. (LLINÁS 88) El grado en que nuestra percepción de la realidad y la "verdadera"
realidad coincidan, si es que del todo podemos hablar así, no tiene mayor importancia en
tanto que las propiedades predictivas de los estados del cerebro llenen los requisitos de una
interacción exitosa con el ambiente que conduzca a la supervivencia del organismo y de la especie.
Sobre estas bases, podemos considerar al sueño como una consecuencia necesaria
de la organización y funcionamiento en paralelo de nuestro sistema nervioso central.
Surgida una cuestión, el sistema se embarca en varios intentos simultáneos de
solucionarla. Dada la estrategia de selección natural, es normal
para un proceso
arribar a su meta antes que sus rivales. Ello no significa
sin embargo que libretos alternativos no continúen elaborándose. De hecho
sucede que, habiéndose
encontrado una solución, otra salta a la mente más tarde y la desplaza.
Ocurre también que el término para actuar vence y
la solución mejor hasta el momento deba trocarse ya en comportamiento. Se dé lo
uno o lo otro, quedarán muchos relatos incompletos
regados por ahí y al final del día tendremos demasiado material ocupando las
"salas de redacción" de nuestro inconsciente.
Es posible entonces durante el sueño "bajar" diversos "textos" y construir con ellos
otras
soluciones –al mismo o a otros problemas, reales o imaginarios– o, más probablemente, armar con esas
piezas un cuento fantástico y prevenir así la sobrecarga de nuestros circuitos
nerviosos, aliviándoles la pesada responsabilidad de pretender ser solución a algún problema importante. Puede ser esta la mejor explicación de la sensación de bienestar
y lucidez que experimentamos después de una noche completa de buen dormir
...y soñar. Y debe ser también la razón por la cual los sistemas
nerviosos superiores (probablemente los únicos que sueñan) no hayan nunca mutado
para librarse de esta dichosa o terrible actividad que, dispendiosamente, consume alrededor
de un tercio de nuestras vidas: su presencia debe ser fundamental para el buen funcionamiento del cerebro.
Nota 1: Dado que todavía no conocemos suficientemente los mecanismos implicados en la memoria y la inteligencia humanas, conjeturamos que puedan ser semejantes a los que imperan en la computación electrónica, a saber, que la memoria (en las áreas asociativas o "vacantes" de la corteza) puede reusarse; que es posible comparar dos contenidos de la memoria y decidir si son iguales o distintos, etcétera. Un elemento de prueba de que ello ocurre es, por ejemplo, la aparición en el sueño de porciones de experiencias o pensamientos pasados o de combinaciones estrafalarias de retazos de ellas.
Nota 2: Uso adrede este anglicismo porque lo considero eficaz para expresar de una manera compacta la idea que necesito comunicar. En castellano puro no podría hacerlo sin la ayuda de muchas palabras, por ejemplo las siguientes: "Autoengaño en que incurre una persona con la ayuda de construcciones lógicas armadas ex profeso para convencerse de algo que le convendría fuera verdad y que tiene el firme propósito inconsciente de seguir considerando como tal en adelante".
Nota 3: Soy consciente de que esta definición de ética puede no coincidir con la que usan otros autores. Sin embargo la prefiero a sus alternativas. No me gusta, por empobrecedora, la que simplemente la equipara a "moral". Prefiero reservar este último concepto para las costumbres heredadas con fuerza socialmente obligatoria, las mores latinas, basadas en el respeto a los antepasados. En cuanto a asimilar "ética" con el estudio filosófico de valores concretos, lo siento también muy pobre. El lenguaje común le da mucho más alcance, como cuando se critica a algún funcionario por "acciones contrarias a la ética" (no se le está acusando de actuar contra una disciplina filosófica). En grupos pequeños, como los profesionales de una disciplina, las éticas de sus miembros suelen coincidir entre sí, a pesar de su origen individual, a causa de la presión social de sus pares y de la comunidad de intereses.
Nota 4: La cuestión de la responsabilidad civil o comercial queda descontada como asunto de simples negocios.
Nota 5: Aquí de nuevo el lenguaje ordinario nos constriñe: "delito" o "cuasidelito" significan que hay un actor responsable, es decir, que tiene libre albedrío. Estaría otra vez mal empleado el idioma si un juez declarara culpable a una bestia (aunque no a su dueño, que puede ser juzgado por negligencia) o a un infante (pero no a sus padres o encargados, por los daños que cause).
Nota 6: Aunque la intención del autor es llamar la atención sobre los peligros de la psiquiatría como medio de control social por parte del Estado, la psiquiatría ha sido también frecuentemente usada como arma de control privado. Me tocó conocer de cerca, hace medio siglo, el caso de una mujer mayor de edad a quien sus parientes cercanos –con la complicidad de un prestigioso psiquiatra de su país– recluyeron en un manicomio por la "enfermedad" de no querer más a su marido. No la dejaron salir hasta que aceptó, después de buen número de electrochoques, haber estado loca y amarlo devotamente.
Nota 7: El fracaso del psicoanálisis para "curar" las "enfermedades mentales" y el correlativo éxito de las revolucionarias drogas antidepresivas y de otro tipo basadas en los nuevos conocimientos sobre la química cerebral parecen dar toda razón a este punto de vista.
Nota 8: Dentro de la nueva perspectiva para entender los problemas del pensamiento y de la conciencia conviene guardarse siempre de la tendencia a creer que "la mente" sea algo distinto del cerebro (el homúnculo exilado, siempre deseoso de volver a su lugar natal: nuestros errores animistas). Pero ello no quiere decir que debamos purgar nuestro lenguaje de palabras útiles. Como una guía apropiada para mantener la castidad intelectual ofrezco a mis lectores una formulación clarificadora que debo a Marvin Minsky: el vocablo mente significa nada más ni nada menos que el conjunto de los procesos cerebrales, el cerebro en funcionamiento (comunicación personal).
Nota 9: Básicamente su solución consiste en afirmar que las conclusiones inductivas, que en sí mismas no son concluyentes como las deductivas, están cimentadas en hábitos de la mente. Para saber más sobre la distinción entre deducción e inducción puede consultarse mi obra Elementos de Lógica. (GUTIÉRREZ 68b) Téngase en cuenta que en la época de Hume la humanidad todavía no había columbrado la importantísima idea de la selección natural.
Nota 10: Para saber más sobre el problema del marco puede consultarse mi obra "Epistemología e informática", especialmente su capítulo tercero(f).
Nota 11: El tálamo se mira clásicamente como la puerta funcional y morfológica del cerebro anterior. (STERIADE 90) (CRICK 94) Efectivamente y con la sola excepción del sistema olfatorio, todos los mensajes sensoriales llegan a la corteza por medio del tálamo. A pesar de que los insumos tálamo-corticales significan solo una minoría de los contactos sinápticos de la corteza –aún en las áreas corticales sensoriales primarias, la mayor conectividad no está representada por insumos procedentes del tálamo– los insumos sensoriales procedentes del tálamo son indispensables para la percepción. En su ausencia no puede darse función gobernada desde el exterior.
Nota 12: He preferido, para solaz de la mayoría de mis lectores, formular este párrafo en lenguaje alegórico. Pero un lector más inclinado al lenguaje científico puede apreciar ideas equivalentes expresadas por un profesor de psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, director del laboratorio de neurofisiología del Centro de Salud Mental de Massachusetts:
Durante los pasados cuarenta años ha llegado a ser claro que nuestros
cerebros-mentes alternan regularmente entre dos extremos en que la conciencia
está en su máximo —alerta o soñando—. Cuando estamos despiertos, nuestros
cerebros-mentes se hallan bajo la férula de un sistema químico, y cuando
soñamos, bajo la de un sistema químico completamente diferente. Cuando ambos sistemas
están a media asta, dormimos profundamente, sin sueños y con ninguna o muy
poca actividad mental consciente.
El sistema químico del cerebro que media nuestro estado de alerta se llama
sistema aminérgico. Las moléculas que lo trabajan son las aminas. El sistema
químico que media los sueños se llama sistema colinérgico. Su molécula es la
acetilcolina. Los dos sistemas químicos están en equilibrio dinámico. Esto
significa —como ya sabemos— que nuestros estados conscientes fluctúan
constante y gradualmente entre los extremos de alerta y sueño. Incluso en
los extremos, ambos sistemas —aminérgico y colinérgico— están activos. Así,
los dos estados extremos poseen propiedades compartidas y diferenciadas,
tanto en su constitución citomolecular como en el plano experimental. Entre los extremos
se encuentra un rico continuum de estados cerebro-mentales. Los más
interesantes puntos a lo largo de este continuum,
como la fantasía, la hipnosis y la meditación, han comenzado también a ser
elucidados en términos de esta teoría unificada de los estados del
cerebro-mente.... (HOBSON 94)
Nota a: La selección natural en Una trinidad para nuestro tiempo, bloque a de la primera colección.
Nota b:
El lugar del libre albedrío en Apéndices de esta colección.
Nota c:
Ética y moral: teorías y principios.
(GUTIERREZ 97c)
Nota d: Manifiesto humanista contra la psiquiatría como medio de control social en Apéndices de esta colección.
Nota e: A las puertas de la ciudad en En busca de la persona de esta colección, bloque a.
Nota f:
La lógica y el conocimiento en mi
Epistemología e informática.