La aspiración humana a la unidad

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Los hombres nos copertenecemos [...] La condición de nuestro ser de hombres es la solidaridad humana, iluminada por el derecho natural y el derecho humano, traicionada constantemente y siempre reclamada como exigencia.

Karl Jaspers


Humanidad y copertenencia

El filósofo Karl Jaspers, pensando sobre el ser del hombre, no necesitó de los datos de la genética que ahora poseemos para concluir que los seres humanos nos pertenecemos unos a los otros. Le bastó considerar la enorme diferencia entre nosotros y los otros animales para llegar a la conclusión de que éramos hermanos y cosolidarios. De hecho, a través de la historia, esta percepción profundamente humanista tuvo dificultad para aflorar en la conciencia colectiva. Perdidos en los matorrales del África u ocupando cavernas en la sequedad del Medio Oriente, caminando por las costas asiáticas o asentándose en claros de las selvas tropicales, la copertenencia debió tener entonces límites muy restringidos. No obstante, el globo terráqueo entero –aunque todavía no lo conocieran– estaba ya a su disposición, sin límites de fronteras, excepto las internas del miedo a lo desconocido y a los desconocidos(1). Una tremenda curiosidad y el tabú del incesto debieron sin embargo impulsarlos desde el comienzo a buscarse a sí mismos en los otros e integrar círculos familiares, económicos y políticos cada vez más amplios. Pero en cada etapa, movidos sin duda por su capacidad simbolizante, debieron crearse límites artificiales autoimpuestos: había que acotar para dominar, codificar el ambiente social logrado para saber a qué atenerse, moderar el afán de aventura y el deseo de aire fresco y desarrollar comunidades de copertenecientes más incuestionables. Inevitablemente, durante esos lapsos de introversión surgirían fuerzas de autoafirmación que rechazarían al otro como distinto para proteger la identidad del grupo en vías de consolidación. Y así nacería la figura del extranjero, igual pero virtualmente diferente, no primordialmente por rasgos físicos distintos sino por proyección de un estigma simbólico acuñado en el yunque del miedo o de un odio ritual transmitido de generación en generación. Desde entonces, como lo reconoce el propio filósofo, la copertenencia viajará siempre acompañada de su rechazo, aunque permaneciendo en el fondo de la conciencia colectiva como exigencia moral permanente.

Esa trágica dualidad estará siempre presente en nuestra historia a través de los siglos. En etapas culminantes de nuestro recorrido como especie, la masa crítica de las poblaciones humanas producirá en zonas privilegiadas del planeta (una fértil creciente, un delta fecundo, un gran río, un altiplano, un mar templado y seguro, valles especialmente protegidos) el surgimiento de comunidades mayores tan organizadas y autosuficientes que llegarán a considerarse a sí mismas totalidad de la humanidad, "centro del mundo", "pueblo elegido" por los dioses. Aparecen así las primeras grandes civilizaciones, aisladas unas de otras, matrices de los fundantes memes de la escritura, el derecho y la agricultura, con independencia unas de las otras, adobadas por concepciones mitológicas del mundo con grados diversos de estructura y consistencia. Son éstas las primeras unificaciones humanas, forjadas contra el telón de fondo de los antihombres: gentiles, bárbaros, paganos, infieles, en referencia a los cuales percibían su propia unidad. Aunque solo sea en esta forma discriminatoria, en todas estas culturas rige ya el mem de la copertenencia, del destino especial, de la selección por los dioses, de la indiscutible unidad de la (genuina) humanidad. Es ya el mem de la globalización en su forma germinal más primitiva. En su etapa de madurez, el contacto con otros pueblos, quizá culturas marginales, tal vez otra civilización, hará variar el mem original a una mutante imperialista. La propia cultura, identificada como cultura humana, exhibirá su "destino manifiesto" reclamando y recibiendo el vasallaje de los otros pueblos o, en su caso, asegurándose de que las civilizaciones rivales sean destruidas, sometidas o esclavizadas. Ejemplos de tales avatares de copertenencia militante y fratricida, en que la unidad de la propia cultura se galvaniza en el arrogante rechazo de "los otros", abundan en la historia. Para tomar solo los de nuestra propia cultura, van desde las guerras imperiales de los asirios o los persas, pasando por las del Imperio Romano, la destrucción de la cultura mozárabe por los Reyes Católicos y de las civilizaciones incaica y azteca por Carlos V, en cuyas tierras llegó a no ponerse el sol(2), hasta las múltiples aventuras expansionistas de los estados europeos modernos a partir del Renacimiento.

En un estudio sobre el humanismo merecen destacarse especialmente algunos imperios que surgieron como mutación militarista a partir de una sociedad abierta original, muchos de cuyos valores, de una manera u otra, siguieron sin embargo presentes en la versión expansionista, siendo diseminados ampliamente por ella. Pienso, en orden cronológico, en el Imperio Romano, el Imperio de Bonaparte, y el Imperio Británico.

Una unificación paradigmática: el Imperio Romano

El Imperio Romano, paradigma de los imperialismos europeos, surgió al comienzo de nuestra era como mutación de una ejemplar república aristocrática a la que debemos los fundamentos del derecho público y privado de la cultura occidental. Alcanza su auge durante la Pax Romana del gobierno del Emperador Adriano, en el siglo II de nuestra era. Su obra civilizadora en todo el territorio circundante del Mar Mediterráneo ha sido presentada en bella forma literaria por Marguerite Yourcenar en sus Memorias de Adriano. Pone allí en boca del Emperador ya viejo estas ricas palabras, sobre el "destino manifiesto" de Roma, donde se subraya el sentido globalizante y civilizador de la acción imperial:

Roma ya no está en Roma: ella deberá perecer, o más bien igualarse con el mundo. Las virtudes que fueran suficientes para la pequeña ciudad de siete colinas habrán de diversificarse para que convengan a toda la Tierra. La creación humana que pretenda eternizarse debe adaptarse al ritmo cambiante de los grandes objetos, acomodarse al tiempo de los astros. Otras Romas vendrán, cuyos rostros me es difícil imaginar, que habremos contribuido a engendrar.

Cuando visitaba las ciudades antiguas, sin valor presente para la raza humana, me prometí evitar a Roma el destino petrificado de Tebas, Babilonia o Tiro. Ella escapará a su cuerpo de piedra, por encarnarse más bien en la palabra Estado, la palabra Ciudadanía, la palabra República, garantías más seguras de inmortalidad. Roma se perpetuará en la menor de las pequeñas ciudades donde los magistrados se esfuercen por verificar pesos y medidas; por limpiar e iluminar las calles; por oponerse al desorden, a la incuria, al miedo y a la injusticia [...]

Roma no perecerá sino con la última de las ciudades humanas que cumpla su plazo de existencia. (YOURCENAR 74)

Queda patente aquí el intenso contenido cultural de la expansión imperialista. No es solo ni primordialmente con las armas que se conquista a las civilizaciones adyacentes: es sobre todo con la proyección sobre las conciencias de los memes (ideas exitosas) que conforman a la potencia en expansión. Sus más efectivas armas y estrategias militares no son sino uno entre muchos expedientes en que la cultura expansiva ha demostrado su creatividad, de suyo eminentemente contagiosa: la conquista de las mentes es simultánea y concomitante con la conquista de territorios, ciudades y riquezas. Pero como muy bien lo describe el Adriano del texto citado, en su expansión cultural, el acervo memético del conquistador tiene que cambiarse para ceñirse al mundo, debe tomar en cuenta e incorporar en sí la cultura conquistada. Por lo menos este es el caso de los imperios que saben durar, que se transmutan en algo distinto y más universal para proyectarse más allá de las vicisitudes militares; no el de Tebas o Babilonia en la Antigüedad, ni el de los imperios ruso o hitleriano frente a la resistencia cultural inviolable de Polonia.

A su vez, un poder imperial puede ser mutado al contaminarse con los memes de los pueblos vencidos. Un ejemplo importante lo ofrece la cristianización del Imperio Romano. Un mem híbrido, generado por el encuentro de las culturas judía y helenística, se apoderaría del poder imperial con la repentina conversión de Constantino en el año 313 de nuestra era. Este emperador logró consolidar su poder adoptando una religión que crecía en popularidad dentro de sus súbditos. La integración de estas dos fuerzas culturales, los memes de la vieja y sabia tradición romana y los de una nueva religión en la plenitud de su fuerza expansiva, inauguraría un binomio que vendría a dominar la historia europea por más de un milenio. Cuatro siglos después de este acontecimiento, en el año 800, no sería un emperador el que usara una religión para consolidarse, sino el Papa el que coronará a un emperador, Carlomagno, para asegurar el apoyo al cristianismo de las tribus germánicas que se habían apoderado de Europa. El sueño de Adriano de una Roma que no está ya en Roma se realizaba así, con un poder central en Aquisgrán que después viajaría por nuevas Romas europeas en la sucesión de testas coronadas del Sacro Imperio Romano Germánico. Este brazo secular de la dominación de los pontífices cristianos solo se estrellaría contra el laicismo de la Revolución Francesa, dramatizado por Napoleón al quitarle al Papa con sus manos la corona imperial y colocársela él mismo sobre su cabeza. El viejo Sacro Imperio sería disuelto oficialmente por el propio Napoleón en el año 1806. Había durado mil años.

Un proyecto imperial que abrió el camino a la Europa contemporánea

Nacido en Córcega, Napoleón Bonaparte se integró muy joven con rango de oficial a la Guardia Nacional de esa provincia francesa, después de que terminó su educación militar en París, becado por el Rey Luis XVI. En 1793, al declararse Córcega independiente, como buen patriota francés y partidario de las ideas de la Revolución huyó al continente junto con su familia. Ahí fue asignado con grado de capitán al ejército que asediaba Toulon, una base naval alzada contra la República con el apoyo de los ingleses. En sustitución de un general de artillería herido, logró conquistar terreno desde donde ahuyentar con cañones a la flota inglesa y recobró Toulon. Fue así como alcanzó su promoción a general de brigada, a la temprana edad de 24 años. En 1795 salvó al gobierno republicano dominando una rebelión en París. Al año siguiente fue hecho general en jefe del ejército francés del norte de Italia, donde derrotó sucesivamente a cuatro generales austriacos. Como resultado, impuso el Tratado de Campo Formio a Austria por el cual creó como nuevo Estado, con leyes redactadas por él mismo, la República Cisalpina que convertiría más tarde en Reino de Italia. En 1798 partió para Egipto, con el fin de cortar la ruta de comunicación del comercio británico hacia la India. Venció a los turcos en la Batalla de las Pirámides, pero su flota fue destruida por los ingleses en la Batalla de Aboukir. Mientras la República enviaba otra flota para rescatar sus tropas, se dedicó a reformar el gobierno y las leyes de Egipto, aboliendo la esclavitud y el feudalismo y asegurando los derechos fundamentales de sus habitantes. A su vez, los académicos que había traído consigo inauguraron la egiptología al iniciar el estudio científico de esa rica zona arqueológica.

Al volver a Francia se encontró con que su posición se encontraba amenazada por los políticos que temían su creciente prestigio. Sus amigos dieron un golpe de Estado, del que resultó nombrado un triunvirato, con Napoleón como miembro. Pronto se hizo nombrar Primer Cónsul, con poderes exorbitantes, y después Cónsul Vitalicio. Finalmente, en 1804, se hizo coronar Emperador de los Franceses con el refrendo del Papa. Mientras tanto, Austria, Rusia y Prusia se habían coaligado contra Francia. Napoleón derrotó a sus fuerzas en la Batalla de Austerlitz, en 1805. Al año siguiente se apoderó del Reino de Nápoles. Infiel a sus convicciones republicanas, lo entregó a su hermano José en calidad de rey. Además, convirtió a la República de Holanda en reino y se lo entregó a su hermano Luis. Estableció una Confederación del Rin con la mayor parte de los estados alemanes, declarándose su Protector. Prusia atacó a la Confederación. Napoleón destruyó su ejército en Jena y Auerstadt, y al ejército ruso en Friedland. Obligó al Zar Alejando I a aliarse con él y se anexó varios estados más, entre ellos el Reino de Westfalia que entregó a su hermano Jerónimo. En 1807 se apoderó de Portugal. Al año siguiente nombró rey de España a José, mientras encargaba el Reino de Nápoles a su cuñado. El entronamiento de "Pepe Botellas" –así apodado por los españoles por su afición a la bebida– provocó una insurrección generalizada en España que se prolongó durante cinco años con el apoyo de los ingleses y significaría el comienzo del debilitamiento del Imperio. Todavía en 1809 Napoleón volvió a derrotar a Austria en Wagram y se anexó los estados balcánicos. En 1810 el Imperio alcanzó su máxima expansión con la anexión de Bremen, Lübeck y otras secciones del norte de Alemania. En 1812 Napoleón lanzó una imprudente invasión a Rusia que habría de terminar con un desastroso retiro invernal desde Moscú. De ahí en adelante todo fue en picada. Finalmente, ante la negativa de sus mariscales a seguir luchando, Napoleón abdicó y fue confinado por los ingleses en la isla mediterránea de Elba. En marzo de 1815, sin embargo, escapó de ahí y desembarcó en Francia, donde las tropas enviadas a detenerlo se le unieron con aclamaciones. Reinstalado en París, proclamó una nueva constitución más democrática y declaró la paz con sus enemigos europeos; pero estos lo atacaron en Bélgica, derrotándolo en Waterloo el 18 de junio del mismo año. Sus famosos "cien días" habían terminado. Exilado en Santa Elena, un islote remoto del Atlántico Sur, permaneció ahí –maltratado por su carcelero inglés– hasta su muerte en 1821. (DECAUX 89)

La obra de Napoleón es todavía evidente en la Francia de hoy. El célebre Arco del Triunfo nos recuerda sus victorias. Su espíritu permea aún la constitución de la quinta República Francesa, cuyas leyes básicas, sistemas administrativo, judicial y de educación uniforme regulada por el Estado son aún esencialmente los suyos. Por lo demás, las radicales reformas napoleónicas sirvieron de caldo de cultivo para las revoluciones decimonónicas de los países europeos, mientras que la impronta de los códigos de Napoleón es reconocible todavía en las leyes de todos ellos y –muy notablemente– también en los de América Latina, importados de España. Napoleón fue a veces tirano y siempre autoritario; pero fue un gran monarca ilustrado, un ejecutivo de enorme capacidad que modernizó las instituciones francesas y contribuyó a hacer lo mismo con las de Europa entera. Pocos negarían que fuera un genio militar. De hecho, es recordado más como un general victorioso que como el gran civilizador que sin duda fue. Su obra, mutación de la Primera República Francesa –madre de el Terror pero también de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano(a)– completa el legado positivo de ella. No cabe duda, en análisis final, del efecto civilizador de ambas etapas de este extraordinario doble proceso, hijo de la Ilustración, que en solamente un cuarto de siglo hirió de muerte al Ancien Régime europeo y preparó el escenario para una Europa contemporánea unificada, humanista y democrática.

Del otro lado del Canal de la Mancha

Las Islas Británicas están tan cerca de Francia que si uno atraviesa el canal en ferry, trayecto que hoy dura menos de una hora, a la mitad del camino se dispone de una vista clara de las dos costas: de un lado, en Calais, las suaves llanuras color verde azulado de la dulce Francia; del otro, en Dover, los duros y altos acantilados color blanco hueso de "la pérfida Albión". Un canal tan angosto no impidió a los Romanos atravesarlo y someter a los altivos celtas de la Isla, conteniendo su brío de independencia por cerca de 400 años. Tampoco a los normandos de Guillermo el Conquistador establecerse definitivamente ahí y mezclarse con su población. Pero fue suficientemente ancho para dar lugar en la Isla a una civilización considerablemente diferente de la de Europa continental, con idiosincrasias propias, valores distintos, formas de pensamiento de contrastante estilo y, sobretodo, una organización democrática basada en la tradición y un agudo aprecio por la libertad y las iniciativas privadas a ciento ochenta grados del racionalismo cartesiano y del centralismo de Carlomagno o Napoleón. Canal, sin embargo, suficientemente permeable para haber recibido y naturalizado en su momento el gótico francés, la astronomía de Copérnico y física de Galileo, y absorbido a su manera el soplo vivificador del Renacimiento continental. Con él vinieron los viajes alrededor del mundo y el despojo de los piratas ingleses a los bergantines españoles cargados de oro azteca e inca, así como las naves de las compañías privadas que colonizaron la India para su rey. Igualmente, vendría también la huida masiva de grupos religiosos inconformes con las religiones de Estado, deseosos de establecer sus propias iglesias en las costas del Nuevo Mundo.

A fines del siglo XVIII, el continente europeo entraba en convulsión, resultado de la Revolución Francesa. Los ingleses, del otro lado de su canal protector, se mantenían alertas y a la expectativa. Hemos visto la reacción de sus pensadores y políticos, como la presentó lúcidamente Edmund Burke(b). Llegado el momento, empero, sus diplomáticos y líderes políticos y militares le hicieron frente a la mutación imperialista de la Revolución, logrando finalmente derrotar a Napoleón en forma definitiva. Aparte de los méritos de todos estos hábiles dirigentes y de lo insostenible que se había vuelto la posición del Emperador después de su loca aventura en Rusia, el triunfo de los británicos sobre los franceses se había debido a causas mucho más profundas que hechos circunstanciales. Inglaterra estaba a fines del siglo XVIII en medio de una revolución de otro carácter: la Revolución Industrial. Tal revolución consistía en el paso de una economía basada en la agricultura tradicional, a una economía basada en la producción mecanizada de productos manufacturados, por medio de empresas de gran tamaño. La especialización de los obreros y la aplicación sistemática de conocimientos científicos y técnicos al proceso industrial, incrementaba su productividad dramáticamente. La mano de obra necesaria para las plantas industriales les estaba siendo transferida desde la agricultura, que en los dos siglos anteriores se había venido haciendo cada vez más eficiente por la introducción de técnicas nuevas de cultivo y mejores herramientas y por lo tanto necesitaba cada vez menos gente. Conforme la industria iba prosperando, más y más fuerza de trabajo le iba siendo suplida desde la agricultura, mientras que los alimentos que dejaban de ser producidos internamente comenzaban a ser fácilmente obtenidos contra colocación en el comercio internacional del gran excedente de bienes manufacturados que se estaba produciendo. La economía pasaba a depender cada vez más del uso intensivo de capital, es decir, planta física y equipo (herramientas y maquinaria), que permitían a cada trabajador producir mucho más unidades de bienes que en la manufactura artesanal y a mucho más bajos costos. Así pues, mientras Francia y otros países europeos se estaban desangrando en crueles guerras, Inglaterra disfrutaba de paz y desarrollaba su economía y su fuerza industrial a pasos agigantados, lo que la convertiría en la primera potencia del mundo para la totalidad del siglo XIX.

Notas

Nota 1: Sus propios coespecímenes de otras tribus o algunos Homo de otras especies hermanas(c), antes de su extinción.

Nota 2: Este sería el primer imperio geográficamente global, aunque su dominio de los mares fuera precario, contendido constantemente por otras potencias marítimas.

Referencias

Nota a: Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano en Apéndices de la quinta colección.

Nota b: La Revolución Francesa y el liberalismo conservador británico en El mem corona: la democracia liberal de la quinta colección, bloque a.

Nota c: El linaje humano en bloque b de la primera colección.

Copyright © 2003 Claudio Gutiérrez