La globalización a examen

home Claudio Gutiérrez up

Rigores y ansiedad

Si algo parecen habernos enseñado los acontecimientos de los últimos decenios es que, con la ayuda de la informática y de Internet, el capitalismo de libre mercado no tiene rival como sistema más efectivo para generar estándares de vida más altos y crecientes. Otros sistemas podrán tal vez dividir más equitativamente la (poca) riqueza que sean capaces de producir, pero ninguno generará ingresos para esa distribución en mayor cantidad y más rápidamente que el capitalismo de mercado libre. Los pueblos que están más dispuestos a dejar que el capitalismo destruya rápidamente sus compañías ineficientes, de modo que el capital –siempre escaso– sea liberado y redirigido hacia empresas innovadoras, son los que prosperan. Los que prefieren más bien descansar en la protección de sus gobiernos y conservar negocios improductivos, se quedan irremediablemente rezagados. Esta tendencia seguirá agudizándose conforme más y más políticos y países acepten estas bien fundadas reglas, respaldadas por la teoría económica y vindicadas por la práctica y los acontecimientos históricos, y se vayan uniendo a los países con economías liberadas y globalizadas. En un mundo cada vez más abierto, va quedando solo un camino para lograr colectivamente estándares de vida superiores. La diferencia posible está solo en la velocidad con que nos desplacemos sobre él, necesariamente proporcional al grado de competencia internacional que estemos dispuestos a soportar para conseguirla. Cuando un país tiene el valor y la sabiduría de reconocer estas realidades de la hora actual se pone lo que Thomas Friedman ha llamado la camisa de fuerza dorada. Esa prenda mítica es el uniforme de la globalización. Si un país todavía no se la ha puesto, deberá hacerlo pronto, so pena de quedar rezagado. Para que un país tenga ese uniforme debe haber adoptado las siguientes reglas de oro:

Si alguna persona cree que estos cambios se pueden resistir sin pagar un precio cada vez más alto, se engaña a sí misma. La globalización crea dureza, pero también oportunidad. Al fin y al cabo, es la misma dureza y oportunidad del que se aventura en el mercado, maximizadas ahora por el tamaño y potencial del único ámbito económico universal. (FRIEDMAN 99)

En setiembre de 1997, el Primer Ministro de Malasia, Dr. Mahathir Mohamad, aprovechó la reunión del Banco Mundial en Hong Kong para denunciar los males de la globalización, después de que las acciones y moneda de Malasia fueron destrozadas por los inversionistas locales y globales. Arremetió contra los "sinvergüenzas" que comercian con divisas y acusó a las "Grandes Potencias" y financistas como George Soros de forzar a los asiáticos a abrir sus mercados domésticos a los especuladores del mundo y manipular sus monedas para destruirlos como competidores. Comparó los actuales mercados globales de capitales a una "jungla de bestias feroces" e implicó que estaban dirigidos por una cábala judía. Inspirado por esta diatriba de Mahathir, Friedman compuso una contestación posible que algún alto político financiero hubiera podido darle, si no hubiera estado frenado por las buenas maneras de las reuniones internacionales (que el propio Primer Ministro había irrespetado). Traduzco el comienzo de tal contestación imaginaria, por considerarla iluminadora de algunos importantes aspectos de la actual globalización:

Ah, discúlpeme, Mahathir, pero ¿en qué planeta vive usted? Habla usted sobre participar o no en la globalización como si tuviera alguna opción. La globalización no es una elección, es una realidad. No existe hoy más que un mercado, y es ese mercado global. La sola manera de crecer a la velocidad que su pueblo quiere es participando en los mercados accionarios y de bonos mundiales, buscando multinacionales que inviertan en su país y vendiendo a través de un intercambio mundial lo que sus fábricas producen. Y la verdad más básica sobre la globalización es ésta: ¡nadie está a cargo! Ni George Soros, ni las grandes potencias, ni tampoco yo. Yo no empecé la globalización ni puedo detenerla y usted tampoco, excepto a un costo gigantesco para su sociedad y sus perspectivas de crecimiento. Usted se empecina en buscar a alguien ante quien quejarse, alguien que le quite hervor a los mercados, alguien a quien culpar. Pero sabe qué, Mahathir ¡no hay nadie al otro extremo de la línea telefónica! Yo sé que es duro de aceptar. Es como decirle a la gente que Dios no existe. Todos queremos creer que hay alguien a cargo responsable de las cosas. Pero el mercado global de hoy es una Horda Electrónica de inversores multinacionales anónimos que compran y venden acciones, bonos y monedas, conectados entre sí todo el tiempo por redes y pantallas(1). Y Mahathir, no se haga el tonto conmigo. Los dos sabemos que su Banco Central perdió $3 000 millones especulando con la libra esterlina a principios de los noventa, así que no me presente esa cara de inocencia. La Horda Electrónica no le da ventaja a nadie. No reconoce a ninguno circunstancias especiales. La Horda obedece solo sus propias reglas, la camisa de fuerza dorada. La Horda escucha a 180 países y no tiene tiempo de fijarse especialmente en usted. Decide de modo general quién está cumpliendo sus reglas y reparte premios en abundancia a los países que proceden con transparencia. La Horda aborrece las sorpresas. Por años Malasia parecía estar aplicando esas reglas y atrajo cantidades masivas de inversión que le permitieron a usted subir el ingreso per capita de $350 a $5 000 en veinte años. Pero cuando usted empezó a romper las reglas, la Horda salió escupida y lo dejó tirado en medio de la carretera. (FRIEDMAN 99)

Todo lo anterior dicho, no podemos pasar por alto que la globalización impone angustias que no estaban presentes en épocas anteriores. Durante la Guerra Fría, la angustia dominante era la eventualidad de una extinción repentina y total de la especie humana en hecatombe atómica. Esa angustia eclipsaba los desasosiegos menores sobre incertidumbres del desarrollo personal o social, limitados gravemente por las restricciones al comercio que imponían los regímenes proteccionistas. Pero el medio social era relativamente fijo y estable, no existiendo ansiedad ante el cambio rápido ni ante la posibilidad de perder el trabajo en una reestructuración de empresa inducida por la necesidad de sobrevivir en el mercado. Si los gobiernos ahora están llamados a hacer menos en el terreno de la producción, pues deben renunciar a la asignación de los recursos económicos si sus países han de sobrevivir a la competencia, están también llamados a hacer más en relación al mejoramiento de las redes de seguridad necesarias para ayudar a las personas o grupos que sufren los golpes de los ajustes periódicos necesarios a la maquinaria económica. Deben poder hacerlo con sentido humanitario pero también con mesura e inteligencia para no afectar la calidad de vida material y espiritual que la población haya obtenido ya y pueda seguir obteniendo gracias a la economía libre y globalizada.

Globalización y valores

Es frecuente oír como crítica a la globalización que tiende a destruir los valores locales y dejar a las personas nadando en un ambiente de puros estímulos materiales, con deterioro de los vínculos familiares y sociales tradicionales que hacen la vida aceptable. Así Carlos Molina, filósofo costarricense, teme que la globalización implique la relegación de las tradiciones arraigadas del ambiente vernáculo que infunden significación espontánea a la vida de las personas. (MOLINA 03) Consideramos que este temor no se sostiene en contrastación con la realidad. Si tomamos como ejemplo el caso de Costa Rica –que nos es familiar a ambos– la experiencia de la primera globalización(a) predica a voces todo lo contrario: la apertura al mercado y a la cultura mundiales no solo no sofocó la idiosincrasia costarricense sino que la fortificó y elevó a nuevos niveles, contribuyendo incluso a la maduración de nuestros valores republicanos y liberales con las reformas educativa y culturales ocurridas durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Podría argumentarse que la unificación británica no fue tan agresiva desde el punto de vista de la transmisión de valores, dada la poca velocidad con que en esos días viajaba la información. Sin embargo esa velocidad fue suficiente para que las ideas de la Ilustración europea llegaran a América Latina y encendieran las luchas de la Independencia. Y en cuanto a Costa Rica, nuestros próceres del Siglo XIX y comienzos del XX fueron también educados en ella. En cuanto a la presente segunda ola de globalización, vale la pena mencionar que el informe de las Naciones Unidas sobre el desarrollo humano, publicado en 1999, expresamente concluye que ninguna encuesta ha demostrado que la gente se esté convirtiendo en igual. Además, como lo afirma el Panorama del siglo XX(b) publicado por The Economist ese mismo año, solo el cine y la televisión son áreas culturales en las que los Estados Unidos dominan. "En música, libros, deportes, comida, bebida, moda y muchos otros campos los suplidores locales dominan los mercados, y los extranjeros han hecho mella dentro de los mismos Estados Unidos".

De hecho, la apertura de las fronteras al comercio mundial y la comunicación instantánea a través de Internet, no tiene en absoluto por qué considerarse que estén debilitando las culturas tradicionales de los distintos pueblos del mundo. Por el contrario, las valoriza ante grupos inmensos de personas de los más diversos países, creando relaciones recíprocas que permiten a las culturas participantes ser al mismo tiempo receptoras y protagonistas. Además, nunca como ahora han existido tantas oportunidades de intercambio, no solo material sino también cultural, a la disposición de grupos de intereses, gustos o creencias, por más reducidos en número de personas que ellos sean, gracias a las facilidades de la revolución digital y telemática. (NEGROPONTE 95, FRIEDMAN 99) Por lo demás, los antropólogos nos enseñan que las raíces de las tradiciones culturales son demasiado fuertes para que un viento coyuntural las arranque o destroce, necesitándose mucho más que una apertura comercial o la llegada de noticias inalámbricas para ello. Desde luego, está en la naturaleza de los memes el ser contagiosos; pero en los encuentros entre dos o más culturas la selección natural está activa sobre los memes trasegados y ninguno puede escapar al escrutinio de las mentes que los acogen si han de mantener o cobrar vigencia. Por supuesto, una cultura autoritaria, basada en la superstición, que proteja la discriminación o sustente costumbres inhumanas o políticas fundamentalistas, una sociedad cerrada en fin, tendrá todas las de perder en esta clase de confrontación mundial. No la que viva una cultura bien cimentada, sin discriminaciones internas, con raíces en un pasado creador rico en aportes importantes a la literatura, al arte o al pensamiento. Los valores de ese tipo de sociedades no tienen nada que temer sino mucho que ganar de los procesos unificadores de la humanidad.

A pesar de todo lo dicho, es un hecho que una variedad de factores ha contribuido a que el mensaje espiritual de la presente corriente de unificación de la humanidad no haya estado hasta ahora tan patente como lo estuvo el mensaje espiritual de la primera ola en su momento. Ante todo, la cercanía de la efervescencia ideológica de la Ilustración y la Revoluciones Inglesa, Americana y Francesa a la primera ola, con todo su vibrante romanticismo tan bien resumidos en el lema de la última de estas revoluciones, "libertad, igualdad, fraternidad". En segundo lugar, las epopeyas independentistas de América Latina, nutridas de ese emotivo mensaje, dieron más pábulo al entusiasmo. Estos dos factores contribuyeron indudablemente a subrayar los aspectos axiológicos de la primera ola de unificación y aparecen solo como simples lejanos acontecimientos históricos en la presente.

Adicionalmente, dos factores claves influyen en debilitar el efecto axiológico de la ola actual. En primer lugar, la lucha por las reivindicaciones de los trabajadores contra los excesos del capitalismo decimonónico captó la mayor parte del ethos de reivindicación social durante el siglo XX. La Revolución Rusa aprovechó ese caudal e inspiró aliento en muchos intelectuales y artistas alrededor del mundo, convertido en profunda decepción al desplomarse los castillos en el aire de la construcción de una pretendida sociedad justa y libre basada en la planificación central, que por el contrario resultó ineficiente, esclavizante y tiránica. En segundo lugar, el estallido de los resultados de la investigación científica y sus aplicaciones tecnológicas durante los últimos treinta años ha sido de tal magnitud que la sociedad mundial ha estado demasiado ocupada asimilándolos para haber dado cabida todavía a una amplia reflexión filosófica sobre las nuevas posibilidades y responsabilidades de la especie humana frente a sus logros pasados y sus retos presentes. Es a ese tipo de reflexión que aspira a contribuir esta obra.

Finalmente, la hermosa promesa implicada en el mensaje de las cuatro libertades(c) enunciadas por Roosevelt, que suscitó tanto entusiasmo y creó tantas esperanzas al terminar la Segunda Guerra Mundial, fue poco a poco asfixiada por las tensiones de la Guerra Fría y, para efectos de mediano plazo, completamente incinerada junto con las selvas tropicales durante la Guerra de Vietnam. Y sin embargo, el mensaje de la Ilustración sigue vivo en la herencia de nuestra cultura y las lecciones de las grandes luchas contra los totalitarismos del Siglo XX son parte de la historia universal que debemos desempolvar y hacer constantemente explícitas. A pesar de todo lo sucedido en el mundo durante los últimos sesenta años el programa de las cuatro libertades de Roosevelt seguirá siendo actual y pertinente mientras esas libertades no sean patrimonio común de la población del mundo. En gran parte ha sido cumplido, como lo hace notar la reseña del siglo XX antes citada(d), pero queda mucho por hacer.

El mensaje fundamental de los filósofos del Siglo XVIII y los ideales y enseñanzas de esa Segunda Guerra (la última guerra justa, según algunos) son tan importantes hoy como lo fueron cuando se pensaron por primera vez. Pero muchas experiencias se han acumulado y grandes descubrimientos sobre nosotros mismos y el mundo se han efectuado que obligan a repensarlos y enriquecerlos. En una época en que globalmente hemos llegado a aceptar que los problemas de la producción de bienes y su distribución entre la población tienen la mejor probabilidad de resolverse por coordinación automática de millones de voluntades no coaccionadas por órganos políticos, los líderes intelectuales del mundo debieran concentrar sus energías en la renovada proclamación de la buena nueva de la fraternidad humana. Un mensaje simple como el de las cuatro libertades, complementado con un llamado a la conservación del planeta y a la liberación universal de la mujer, puede servir tan bien como cualquier otro de igual intención, si existe la voluntad concertada de extraer de él sus consecuencias humanistas.

La sociedad abierta en la encrucijada

Inquietud semejante reflejan los escritos recientes de George Soros, un emigrante húngaro a los Estados Unidos que se hizo multimillonario negociando divisas en Wall Street. Este genio financiero ha dedicado desde hace tiempo sus energías y su dinero a promover en el mundo las sociedades abiertas(2). Guiado por ese noble propósito, se consagró en los años previos a la desaparición de la cortina de hierro a estimular a grupos de los países de la Europa del Este a abrir sus economías y liberalizar sus sistemas políticos hasta tal punto que sus intervenciones pueden muy bien haber influido los acontecimientos históricos que cambiaron el destino de las poblaciones de esa parte del globo. Como ciudadano de los Estados Unidos, ha estado insistiendo últimamente en que la política exterior de su gobierno renueve la llama heredada de la Ilustración, vigente en la política exterior de su país desde la declaración de independencia(e). Desde ese momento entraron en juego en la política de los Estados Unidos dos tendencias diametralmente opuestas: el altruismo de la sociedad abierta que subraya los intereses genéricos de la humanidad y el realismo geopolítico que defiende los intereses particulares del Estado. Al comienzo de su vida como nación independiente y durante bastante tiempo los intereses genéricos predominaron, hasta un punto como nunca lo hicieron entre las grandes potencias de la historia. Lamentablemente, esa inclinación altruista fue progresivamente debilitándose frente a la tendencia contrastante, conforme ascendió el rango del país entre las naciones. No obstante, las dos tendencias han seguido disputándose el predominio en la política del país, conforme se alternan los partidos en el poder y varían los énfasis de la cultura popular. El ejemplo más puro de la predominancia de los principios universales los encarna para Soros la figura del presidente Jimmy Carter. El predominio de la otra tendencia, lo veía hace dos años en el presidente Theodore Roosevelt. (SOROS 02) Si hoy fuera a reescribir su libro, probablemente señalaría como mejor encarnación del extremo contrario a la sociedad abierta al actual presidente George W. Bush. A su no reelección comprometió considerable parte de su fortuna por considerar su administración como serio riesgo para las tradiciones republicanas y liberales del país y una pesada carga para cualquier intento de promover en el mundo las instituciones de la sociedad abierta en nombre de la democracia de los Estados Unidos de América.

Un planteamiento fundamental sobre la globalización que Soros hace en su libro, con el que no podemos menos que coincidir, es que ninguna sociedad puede existir sin motivaciones morales. En el caso concreto de la presente unificación del mundo, el solo beneficio para los individuos de la productividad del mercado puede no ser suficiente para motivar el ingente esfuerzo colectivo que se requiere para enfrentar los riesgos y remover los obstáculos que un proyecto de esta magnitud significa. No se trata aquí de moralidad en el sentido tradicional de observar preceptos religiosos o aceptar determinadas restricciones sexuales que –por lo menos en las sociedades con separación entre religión y Estado, herederas de la Ilustración– son materia privada. Se trata más bien de las responsabilidades que nos corresponden como seres genéricos, como miembros del género humano, por el bienestar general. Pareciera que solo un mensaje contra la injusticia y discriminación cometidas sistemáticamente sobre seres humanos por otros seres humanos, o para defender a nuestros semejantes de infortunios actuales o potenciales que los afectan en cuanto seres humanos (no solo como hijos, clientes o amigos), pueden dar base y alimento a una empresa de esta envergadura. Es aquí donde la cultura llamada occidental(3), forjada en el Renacimiento y que culminó con la Ilustración del siglo XVIII, tiene algo muy rico que ofrecer: la idea de sociedad abierta. Esta idea corresponde al núcleo universal del mem de la democracia liberal pero no necesariamente se identifica con él. Europa ya no está en Europa. Como la de la Roma antigua(f), su idea de civilización genérica y universal debe transformarse para perdurar. Nuestra democracia liberal no es la única encarnación posible del gobierno justo y no opresivo que ella epitomiza. Ciertos principios universales encarnados en ella le son esenciales y deben permanecer, como la libertad de expresión y asociación, el tratamiento equitativo de las minorías y de las opiniones minoritarias, y la abolición del principio de que la cultura extraña es enemiga y debe ser combatida o destruida. La idea de sociedad abierta debe incluir también equidad entre poblaciones y sexos, progreso económico y lucha contra la pobreza. Pero en el mundo actual debe también exigir arreglo de las condiciones políticas prevalecientes en muchos países pobres pues la pobreza y miseria extrema están usualmente asociadas con un mal gobierno(4). La asistencia internacional es el mayor refuerzo de esos regímenes, en la medida en que la ayuda está casi siempre guiada por consideraciones geopolíticas y no humanitarias. (SOROS 02)

En este mundo de hoy en proceso de unificación hay problemas que la operación automática del mercado internacional no puede solucionar. Solo pueden resolverse por medio de regulaciones internacionales. Sin la cooperación de los Estados Unidos, esta clase de acuerdos son muy difíciles de lograr y de llevar a efecto. Lamentablemente, esta gran potencia, líder económico y militar del mundo, ha resultado el mayor obstáculo para su aprobación y vigencia. Se ha opuesto resueltamente a todo lo que limite su soberanía: a la Corte Penal Internacional, al Tratado sobre las minas de tierra, al Protocolo de Kyoto sobre el medio ambiente, a muchas convenciones de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), y a algunas convenciones más esotéricas como la Convención de Derecho del Mar y la Convención sobre Biodiversidad. La sola área donde los Estados Unidos han estado de acuerdo en subordinar su soberanía a la de instituciones internacionales ha sido la facilitación del comercio internacional. Ello es santo y bueno, pero no suficiente para garantizar un futuro seguro a la humanidad. Otro problema grave que debe plantearse con renovado vigor es el de los armamentos nucleares. Los arreglos vigentes son inestables. El actual tratado de no-proliferación fue creado como un club de potencias nucleares que busca mantener afuera a los Estados no miembros. Pero con ello mismo han creado el incentivo para que otros países aspiren a tener armas nucleares y en la medida en que se lo proponen seriamente es solo cosa de tiempo para que lo logren, como demostraron los casos de India y Pakistán. Y a menos que se logre resolver satisfactoriamente este problema existe el peligro real de que la humanidad perezca por su propia mano. Las Naciones Unidas, con el apoyo de todas las potencias, deben asumir en serio esa responsabilidad trascendental y evitar de paso que se vuelta a dar el bochornoso y cruel espectáculo de un país que destruye a otro alegando falsamente que posee armas de destrucción masiva, con total irrespeto por los mecanismos de seguridad internacional.

Los Estados Unidos son actualmente, y por varios decenios seguirán siendo, la única potencia militar de nivel mundial. Perdería una gran oportunidad histórica si siguiera concentrándose en perpetuar su posición dominante, organizando guerras a su antojo, en vez de pulir sus tradiciones humanitarias y volver a ser el adalid de la sociedad abierta en el mundo contemporáneo. Es ocioso suponer que esto llegue a suceder bajo la Administración Bush. Más bien durante su administración la sociedad abierta está siendo sometida internamente a rigores bastante graves. Desde el final de la Guerra Fría los partidarios del realismo geopolítico buscaban al enemigo que les hacía falta para justificar sus posiciones extremistas. El ataque terrorista proveyó a la Administración Bush de uno a pedir de boca. El terrorismo es el enemigo perfecto por ser invisible por hipótesis (¿qué se haría el señor Bin Laden?). Puede permanecer indefinidamente activo a discreción de la propaganda gubernamental. Bush declaró la guerra mundial contra el terrorismo y la nación se alineó naturalmente tras su Presidente. En estado de guerra no es patriótico criticar al Comandante en Jefe. Pero el proceso crítico es indispensable y consustancial a la sociedad abierta. Leyendo los periódicos americanos por Internet llego a la conclusión de que el proceso crítico está ya bastante mitigado en los Estados Unidos. Incluso en plena campaña política se teme criticar al Gobierno. La democracia no es buena porque no pueda equivocarse y mantener posiciones que le son nocivas por algún tiempo. Es el mejor de los sistemas políticos posibles porque es capaz de rectificar eventualmente sus errores de manera ordenada. Los errores actuales pueden ser corregidos por los votantes y por la clase política de los Estados Unidos. Es nuestra esperanza que lo sean pronto. De lo contrario existe el peligro de que la bella aventura intelectual y social iniciada en el Valle del Río Delaware hace más de doscientos años llegue a su fin. Más de una vez en el pasado, lo hemos visto, una sociedad abierta se transformó en Imperio(g).

Notas

Nota 1: En nuestro mundo globalizado, lo que determina los acontecimientos es la imponderable suma de decisiones de millones de mercaderes sin rostro sentados ante una computadora. Con el simple clic de un mouse, trasiegan acciones, bonos o divisas, moviendo electrónicamente enormes cantidades de dinero alrededor del globo. Pueden estar ubicados en las oficinas de rascacielos de Nueva York, Londres o Singapur, o en un rincón de una casa de habitación conectada veinticuatro horas a Internet. Es esa constelación lo que Friedman personifica como "Horda Electrónica". Tal horda ha aumentado exponencialmente de tamaño en los últimos años al incorporarse millones de pequeños ahorrantes a la propiedad de los medios de producción del mundo a través de planes de pensión y fondos mutuos. Hasta un punto tal que ha sustituido ya a los gobiernos como fuente primaria de capital para crecimiento, no solo de las empresas sino también de los países.

Nota 2: La expresión "sociedad abierta" fue usada por primera vez por Henri Bergson en 1932 en su Las dos fuentes de la moral y de la religión. La primera fuente es tribal y apoya una sociedad cerrada; la otra es universal y fundamenta la sociedad abierta. (BERGSON 46)

Nota 3: Sobre nuestro planeta aproximadamente esférico deberíamos llamarla más bien europea.

Nota 4: Este problema es sistemáticamente disimulado por las Naciones Unidas y otros organismos formados por representantes de Estados soberanos, muchos de los cuales son Estados fallidos dominados por la corrupción. (SOROS 02)

Referencias

Nota a: La unificación mundial británica en este mismo bloque.

Nota b: Panorama del siglo XX en Apéndices de esta misma colección.

Nota c: Nota 2 de La unificación mundial americana en este mismo bloque.

Nota d: Panorama del siglo XX en Apéndices de esta misma colección.

Nota e: Acta de independencia de los Estados Unidos de América en Apéndices de esta colección.

Nota f: La aspiración humana a la unidad en este mismo bloque.

Nota g: La aspiración humana a la unidad en este mismo bloque.

Copyright © 2004 Claudio Gutiérrez