Si algo parecen habernos enseñado los acontecimientos de los últimos decenios es que, con la ayuda de la informática y de Internet, el capitalismo de libre mercado no tiene rival como sistema más efectivo para generar estándares de vida más altos y crecientes. Otros sistemas podrán tal vez dividir más equitativamente la (poca) riqueza que sean capaces de producir, pero ninguno generará ingresos para esa distribución en mayor cantidad y más rápidamente que el capitalismo de mercado libre. Los pueblos que están más dispuestos a dejar que el capitalismo destruya rápidamente sus compañías ineficientes, de modo que el capital –siempre escaso– sea liberado y redirigido hacia empresas innovadoras, son los que prosperan. Los que prefieren más bien descansar en la protección de sus gobiernos y conservar negocios improductivos, se quedan irremediablemente rezagados. Esta tendencia seguirá agudizándose conforme más y más políticos y países acepten estas bien fundadas reglas, respaldadas por la teoría económica y vindicadas por la práctica y los acontecimientos históricos, y se vayan uniendo a los países con economías liberadas y globalizadas. En un mundo cada vez más abierto, va quedando solo un camino para lograr colectivamente estándares de vida superiores. La diferencia posible está solo en la velocidad con que nos desplacemos sobre él, necesariamente proporcional al grado de competencia internacional que estemos dispuestos a soportar para conseguirla. Cuando un país tiene el valor y la sabiduría de reconocer estas realidades de la hora actual se pone lo que Thomas Friedman ha llamado la camisa de fuerza dorada. Esa prenda mítica es el uniforme de la globalización. Si un país todavía no se la ha puesto, deberá hacerlo pronto, so pena de quedar rezagado. Para que un país tenga ese uniforme debe haber adoptado las siguientes reglas de oro:
Si alguna persona cree que estos cambios se
pueden resistir sin pagar un precio cada vez más alto, se engaña a sí misma. La
globalización crea dureza, pero también oportunidad. Al fin y al cabo, es la
misma dureza y oportunidad del que se aventura en el mercado, maximizadas ahora
por el tamaño y potencial del único ámbito económico universal. (FRIEDMAN 99)
En setiembre de 1997, el Primer Ministro de Malasia, Dr. Mahathir Mohamad,
aprovechó la reunión del Banco Mundial en Hong Kong para denunciar los males de
la globalización, después de que las acciones y moneda de Malasia fueron
destrozadas por los inversionistas locales y globales. Arremetió contra los
"sinvergüenzas" que comercian con divisas y acusó a las "Grandes
Potencias" y financistas como George Soros de forzar a los asiáticos a abrir
sus mercados domésticos a los especuladores del mundo y manipular sus monedas
para destruirlos como competidores. Comparó los actuales mercados globales de
capitales a una "jungla de bestias feroces" e implicó que estaban
dirigidos por una cábala judía. Inspirado por esta diatriba de Mahathir,
Friedman compuso una contestación posible que algún alto político financiero
hubiera podido darle, si no hubiera estado frenado por las buenas maneras de
las reuniones internacionales (que el propio Primer Ministro había
irrespetado). Traduzco el comienzo de tal contestación imaginaria, por
considerarla iluminadora de algunos importantes aspectos de la actual
globalización:
Ah, discúlpeme, Mahathir, pero
¿en qué planeta vive usted? Habla usted sobre participar o no en la
globalización como si tuviera alguna opción. La globalización no es una
elección, es una realidad. No existe hoy más que un mercado, y es ese mercado
global. La sola manera de crecer a la velocidad que su pueblo quiere es
participando en los mercados accionarios y de bonos mundiales, buscando
multinacionales que inviertan en su país y vendiendo a través de un intercambio
mundial lo que sus fábricas producen. Y la verdad más básica sobre la
globalización es ésta: ¡nadie está a cargo! Ni George Soros, ni las grandes
potencias, ni tampoco yo. Yo no empecé la globalización ni puedo detenerla y
usted tampoco, excepto a un costo gigantesco para su sociedad y sus
perspectivas de crecimiento. Usted se empecina en buscar a alguien ante quien
quejarse, alguien que le quite hervor a los mercados, alguien a quien culpar.
Pero sabe qué, Mahathir ¡no hay nadie al otro extremo de la línea telefónica!
Yo sé que es duro de aceptar. Es como decirle a la gente que Dios no existe.
Todos queremos creer que hay alguien a cargo responsable de las cosas. Pero el
mercado global de hoy es una Horda Electrónica de inversores multinacionales
anónimos que compran y venden acciones, bonos y monedas, conectados entre sí
todo el tiempo por redes y pantallas(1). Y Mahathir, no se haga el tonto conmigo. Los dos
sabemos que su Banco Central perdió $3 000 millones especulando con la libra
esterlina a principios de los noventa, así que no me presente esa cara de inocencia.
Todo lo anterior dicho, no podemos pasar por alto
que la globalización impone angustias que no estaban presentes en épocas
anteriores. Durante
Es frecuente oír como crítica a la globalización
que tiende a destruir los valores locales y dejar a las personas nadando en un
ambiente de puros estímulos materiales, con deterioro de los vínculos
familiares y sociales tradicionales que hacen la vida aceptable. Así Carlos
Molina, filósofo costarricense, teme que la globalización implique la
relegación de las tradiciones arraigadas del ambiente vernáculo que infunden
significación espontánea a la vida de las personas. (MOLINA 03) Consideramos que este temor
no se sostiene en contrastación con la realidad. Si tomamos como ejemplo el
caso de Costa Rica –que nos es
familiar a ambos– la experiencia de la primera globalización(a) predica a voces todo lo contrario: la apertura al
mercado y a la cultura mundiales no solo no sofocó la idiosincrasia
costarricense sino que la fortificó y elevó a nuevos niveles, contribuyendo
incluso a la maduración de nuestros valores republicanos y liberales con las
reformas educativa y culturales ocurridas durante las últimas décadas del siglo
XIX y primeras del XX. Podría argumentarse que la unificación británica no fue
tan agresiva desde el punto de vista de la transmisión de valores, dada la poca
velocidad con que en esos días viajaba la información. Sin embargo esa
velocidad fue suficiente para que las ideas de
De hecho, la apertura de las fronteras al comercio mundial y la comunicación instantánea a través de Internet, no tiene en absoluto por qué considerarse que estén debilitando las culturas tradicionales de los distintos pueblos del mundo. Por el contrario, las valoriza ante grupos inmensos de personas de los más diversos países, creando relaciones recíprocas que permiten a las culturas participantes ser al mismo tiempo receptoras y protagonistas. Además, nunca como ahora han existido tantas oportunidades de intercambio, no solo material sino también cultural, a la disposición de grupos de intereses, gustos o creencias, por más reducidos en número de personas que ellos sean, gracias a las facilidades de la revolución digital y telemática. (NEGROPONTE 95, FRIEDMAN 99) Por lo demás, los antropólogos nos enseñan que las raíces de las tradiciones culturales son demasiado fuertes para que un viento coyuntural las arranque o destroce, necesitándose mucho más que una apertura comercial o la llegada de noticias inalámbricas para ello. Desde luego, está en la naturaleza de los memes el ser contagiosos; pero en los encuentros entre dos o más culturas la selección natural está activa sobre los memes trasegados y ninguno puede escapar al escrutinio de las mentes que los acogen si han de mantener o cobrar vigencia. Por supuesto, una cultura autoritaria, basada en la superstición, que proteja la discriminación o sustente costumbres inhumanas o políticas fundamentalistas, una sociedad cerrada en fin, tendrá todas las de perder en esta clase de confrontación mundial. No la que viva una cultura bien cimentada, sin discriminaciones internas, con raíces en un pasado creador rico en aportes importantes a la literatura, al arte o al pensamiento. Los valores de ese tipo de sociedades no tienen nada que temer sino mucho que ganar de los procesos unificadores de la humanidad.
A pesar de todo lo dicho, es un hecho que una
variedad de factores ha contribuido a que el mensaje espiritual de la presente
corriente de unificación de la humanidad no haya estado hasta ahora tan patente
como lo estuvo el mensaje espiritual de la primera ola en su momento. Ante
todo, la cercanía de la efervescencia ideológica de
Adicionalmente, dos factores claves influyen en debilitar el efecto axiológico
de la ola actual. En primer lugar, la lucha por las reivindicaciones de los
trabajadores contra los excesos del capitalismo decimonónico captó la mayor
parte del ethos de reivindicación social durante el siglo XX.
Finalmente, la hermosa promesa implicada en el
mensaje de las cuatro libertades(c) enunciadas por
Roosevelt, que suscitó tanto entusiasmo y creó tantas esperanzas al terminar
El mensaje fundamental de los filósofos del Siglo XVIII y los ideales y enseñanzas de esa Segunda Guerra (la última guerra justa, según algunos) son tan importantes hoy como lo fueron cuando se pensaron por primera vez. Pero muchas experiencias se han acumulado y grandes descubrimientos sobre nosotros mismos y el mundo se han efectuado que obligan a repensarlos y enriquecerlos. En una época en que globalmente hemos llegado a aceptar que los problemas de la producción de bienes y su distribución entre la población tienen la mejor probabilidad de resolverse por coordinación automática de millones de voluntades no coaccionadas por órganos políticos, los líderes intelectuales del mundo debieran concentrar sus energías en la renovada proclamación de la buena nueva de la fraternidad humana. Un mensaje simple como el de las cuatro libertades, complementado con un llamado a la conservación del planeta y a la liberación universal de la mujer, puede servir tan bien como cualquier otro de igual intención, si existe la voluntad concertada de extraer de él sus consecuencias humanistas.
Inquietud semejante reflejan los escritos
recientes de George Soros, un emigrante húngaro a los Estados Unidos que se
hizo multimillonario negociando divisas en Wall Street. Este genio financiero
ha dedicado desde hace tiempo sus energías y su dinero a promover en el mundo
las sociedades abiertas(2).
Guiado por ese noble propósito, se consagró en los años previos a la
desaparición de la cortina de hierro a estimular a grupos de los países de la
Europa del Este a abrir sus economías y liberalizar sus sistemas políticos
hasta tal punto que sus intervenciones pueden muy bien haber influido los
acontecimientos históricos que cambiaron el destino de las poblaciones de esa
parte del globo. Como ciudadano de los Estados Unidos, ha estado insistiendo
últimamente en que la política exterior de su gobierno renueve la llama heredada
de
Un planteamiento fundamental sobre la globalización
que Soros hace en su libro, con el que no podemos menos que coincidir,
es que ninguna sociedad puede existir sin motivaciones morales. En el caso
concreto de la presente unificación del mundo, el solo beneficio para los
individuos de la productividad del mercado puede no ser suficiente para motivar
el ingente esfuerzo colectivo que se requiere para enfrentar los riesgos y
remover los obstáculos que un proyecto de esta magnitud significa. No se trata
aquí de moralidad en el sentido tradicional de observar preceptos religiosos o
aceptar determinadas restricciones sexuales que –por lo menos en las sociedades
con separación entre religión y Estado, herederas de
En este mundo de hoy en proceso de unificación
hay problemas que la operación automática del mercado internacional no puede
solucionar. Solo pueden resolverse por medio de regulaciones internacionales.
Sin la cooperación de los Estados Unidos, esta clase de acuerdos son muy difíciles
de lograr y de llevar a efecto. Lamentablemente, esta gran potencia, líder
económico y militar del mundo, ha resultado el mayor obstáculo para su
aprobación y vigencia. Se ha opuesto resueltamente a todo lo que limite su soberanía:
a
Los Estados Unidos son actualmente, y por varios
decenios seguirán siendo, la única potencia militar de nivel mundial. Perdería
una gran oportunidad histórica si siguiera concentrándose en perpetuar su
posición dominante, organizando guerras a su antojo, en vez de pulir sus
tradiciones humanitarias y volver a ser el adalid de la sociedad abierta en el
mundo contemporáneo. Es ocioso suponer que esto llegue a suceder bajo
Notas
Nota 1: En nuestro mundo globalizado, lo que determina los
acontecimientos es la imponderable suma de decisiones de millones de mercaderes
sin rostro sentados ante una computadora. Con el simple clic de un mouse,
trasiegan acciones, bonos o divisas, moviendo electrónicamente enormes
cantidades de dinero alrededor del globo. Pueden estar ubicados en las oficinas
de rascacielos de Nueva York, Londres o Singapur, o en un rincón de una casa de
habitación conectada veinticuatro horas a Internet. Es esa constelación lo que
Friedman personifica como "Horda Electrónica". Tal horda ha aumentado
exponencialmente de tamaño en los últimos años al incorporarse millones de
pequeños ahorrantes a la propiedad de los medios de producción del mundo a
través de planes de pensión y fondos mutuos. Hasta un punto tal que ha
sustituido ya a los gobiernos como fuente primaria de capital para crecimiento,
no solo de las empresas sino también de los países.
Nota 2: La expresión "sociedad abierta" fue
usada por primera vez por Henri Bergson en 1932 en su Las dos fuentes de la
moral y de la religión. La primera fuente es tribal y apoya una sociedad
cerrada; la otra es universal y fundamenta la sociedad abierta. (BERGSON 46)
Nota 3: Sobre nuestro planeta aproximadamente esférico
deberíamos llamarla más bien europea.
Nota 4: Este problema es sistemáticamente disimulado por
las Naciones Unidas y otros organismos formados por representantes de Estados
soberanos, muchos de los cuales son Estados fallidos dominados por la
corrupción. (SOROS 02)
Referencias
Nota
a: La unificación mundial británica
en este mismo bloque.
Nota b: Panorama del siglo XX en Apéndices de esta misma colección.
Nota c: Nota 2 de La
unificación mundial americana en este mismo bloque.
Nota d: Panorama del siglo XX en Apéndices de esta misma colección.
Nota e: Acta
de independencia de los Estados Unidos de América en Apéndices de esta colección.
Nota f: La aspiración humana a la unidad en este mismo bloque.
Nota g: La aspiración humana a la unidad en este mismo bloque.
Copyright © 2004 Claudio Gutiérrez