Panorama del Siglo XX

El precio de la libertad es una vigilancia eterna

home compila Claudio Gutiérrez up


Lo siguiente es una selección de breves extractos de un excelente amplio
informe sobre el Siglo XX aparecido en
The Economist de Londres. (ECONOMIST 99)

El fin de este siglo ha sido un período increíblemente positivo, mucho más de lo que la mayoría de las personas en los ochenta, y ciertamente en los oscuros setenta, habría creído posible. La libertad –política, económica y personal– se vuelve un hecho extendido por primera vez. La amenaza de guerra lanza su sombra oscura encima de una proporción más pequeña de la población del mundo, y menos gentes viven en miedo constante de arresto arbitrario, tortura o peor. Demasiadas todavía. No obstante, las cuatro libertades de Franklin Roosevelt –de temor, de necesidad, de creencia y de expresión– son disfrutadas por más personas y con más firmeza que nunca antes.

En el gran escenario geopolítico, por primera vez en más de un siglo, no hay ningún desafío inminente, ni intento siquiera preliminar, para el liderato mundial, que vienen manteniendo desde 1945 los Estados Unidos de América. Ningún país parece creer que puede sostener pronto dominación sobre una región entera o una parte grande del globo. Y en el desorden de los negocios y el comercio, este mundo relativamente pacífico se encuentra a sí mismo en medio de dos revoluciones tecnológicas que prometen agudos, y en balance beneficiosos, cambios a la vida, al trabajo e incluso al amor, sostenidas por computadoras y por las diversas formas de ingeniería genética.

A pesar de sus innegables verrugas, esta década es bastante diferente del resto del siglo XX. Durante la mayor parte de los primeros 90 años, sin duda tiempos de grandes realizaciones, el terror era corriente en gran parte del mundo, el conflicto entre grandes potencias parecía inminente, tanto dentro de los países como entre ellos, la democracia era un deporte de minoría, y se aislaba a gran número de personas, por fuerza o por opción, de la interacción económica o cultural con otras naciones.

Si este siglo nos ha enseñado algo, es que el progreso no es lineal, sino que lo pueden afectar períodos largos de retroceso ruinoso y que la utopía de la perfectibilidad de la naturaleza humana es la idea más peligrosa de todas. La libertad ganada duramente por muchos en los años noventa, y esperada por miles de millones de personas que tienen todavía que ganarla, no la proporciona un mago maravilloso escondido en una ciudad de esmeralda. Es una libertad que se gana todos los días como protección contra los proveedores de dogma, ideología y certeza de cualquier tipo.

El reemplazamiento de la planificación central por economías basadas en el mercado y una disminución general de las barreras comerciales han comenzado a sacar a millones de personas alrededor del mundo de la pobreza, dándoles más ingresos, más educación y más libertad de escogimiento.

El hecho notable es que, aunque la población de la Tierra se haya más que triplicado en un siglo, la mejor medida de la escasez de recursos –el precio– ha caído virtualmente durante todo ese tiempo para prácticamente todo lo que se extrae del suelo o crece sobre la tierra, y en cambio ha subido, en la forma de salario, para la sola cosa que se ha hecho más abundante: la gente.

Además, la probabilidad de una explosión de la población parece estar retrocediendo. En parte, lamentablemente, por la devastación producida por el SIDA en África. Pero sobre todo porque los niveles de fertilidad están bajando sensiblemente en países pobres y ricos.

En los países ricos, el aire que respiramos y el agua que bebemos o nadamos es más clara ahora que en 1900 o 1950, y parece que puede hacerse más clara en los países pobres (ahora todavía cada vez más contaminados).

La tendencia, como los escépticos habrán detectado, es otra vez hacia el optimismo de la Ilustración [...]: todos los problemas son solubles. Esto es particularmente verdadero de los temas del ambiente. Todo sugiere que la contaminación puede ser controlada, el cambio de clima enfrentado, y el agotamiento de recursos manejado por medio de una mezcla de innovación, regulación y señales de mercado. Pero, y este es el límite a tan celeste optimismo, esto no quiere decir que los problemas que son solubles se vayan a solucionar solos.

Como un ejemplo, tomemos el mayor icono del consumismo de este siglo, el automóvil. Es difícil recordar que cuando comenzó el siglo XX el auto fue saludado por su limpieza: el estiércol, la orina y la carroña que el transporte de caballos dejaba tras de sí en las grandes ciudades no solo era desagradable y costoso de limpiar sino que ayudaba a la difusión de enfermedades. El auto estuvo en el corazón del crecimiento del capitalismo industrial y resultó un éxito para la libertad personal. Pero ya en los veinte comenzó a ser controversial, conforme la congestión urbana y los accidentes de tránsito aumentaron.

Por ahí de 1950 y más allá, llegó a ser cada vez más claro que el ejercicio de la libertad de cada uno imponía costos en otros por medio de la congestión, el ruido, la contaminación, la fealdad y el peligro, además de que tenía efectos indirectos al estimular la ampliación urbana. La gente generalmente quiere que el comportamiento de los otros cambie, pero resiste que le limiten su libertad. Libertad de movimiento, trabajo, actividad económica, por un lado; limpieza, naturaleza, seguridad, por el otro. En una sociedad liberal, ¿cómo podemos elegir?

No es fácil. Pero lo que la experiencia de este siglo sugiere es que fuera de la sociedad liberal es virtualmente imposible. La mayor contaminación, los mayores peligros de catástrofe ambiental, el más egregio desdén por los costos y riesgos que una acción particular, una fábrica, una planta de poder nuclear impone en otras personas han tenido todos lugar bajo las dictaduras. Los autos de los países comunistas llegaron a ser más bulliciosos y contaminantes que los de los capitalistas.

En 1900 la democracia casi no existía, incluso en los países ricos. Solo seis países de 43 entonces reconocidos como estados nacionales tenían algo que comenzara a merecer ese nombre: el sufragio estaba invariablemente limitado, con algunas categorías de hombres y todas las mujeres excluidas. La verdadera explosión de la democracia tuvo lugar después de 1945, con Alemania, Italia y Japón saltando a la pista. En 1980, de los 121 países del mundo, solo 37 eran democracias, y estos solo significaban un mero 35% de la población global. En 1998, 117 del total de entonces de 193 eran básicamente democráticos, representando un 54% de la población mundial.

Pero la democracia ahora ejerce una atracción poderosa menos por lo que hace que por lo que la gente espera que detendrá: los horrores asociados con la autoridad que no rinde cuentas.

El extraño caso de Karl y Adolf

Las proposiciones básicas de Marx ya se habían probado equivocadas en octubre de 1917, cuando Lenin tomó el poder en Rusia. La creciente clase obrera industrial en Europa y América, lejos de irse haciendo más pobre y miserable, había llegado a estar considerablemente mejor, tanto en términos absolutos como relativamente, desde que el Manifiesto comunista había sido publicado en 1848. Las quejas e intereses de esa clase obrera habían llegado a ser el punto focal de la política, pero la revuelta era invocada solo por una pequeña minoría. Lejos de haberse creado dos clases, capitalistas y proletariado, que se apartaran cada vez más una de otra, las cosas comenzaban a difuminarse con la emergencia de la clase media.

Una liga del mal
millones - era
Civiles muertos por los gobiernos en el siglo XX, excluyendo la guerra
Unión Soviética62 - 1917 a 1991
China comunista35 - 1949 en adel.
Alemania21 - 1933 - 1945
China Kuomintang10 - 1928 a 1949
Japón06 - 1936 a 1945
total asesinados por gobiernos:170
muertos en guerras
internacionales30
civiles07
total en guerras:37

Pero quizás el asunto no importaba, pues ninguno de los dos países en los que la revolución comunista ocurrió, Rusia (1917) y China (1949), ni remotamente se parecían a las sociedades industriales y capitalistas en las que Marx anunció que inevitablemente se producirían revueltas. Ni tampoco ninguno de estos dos países, ni incluso la Cuba de Fidel Castro o el Vietnam de Ho Chi Minh, llevó a efecto nada que Marx hubiera reconocido como comunismo, por lo menos no después de los primeros pocos años.

En 1961, cuando Nikita Khrushchev pretendió que el comunismo "enterraría" al capitalismo, estaba yendo al corazón del asunto. Y cuando, durante la siguiente docena de años, Estados Unidos y Rusia se enfrentaron para adelantarse en la carrera del espacio, estaban largamente comprometidos en un despliegue de músculo económico. Tenía importancia política para su pulso como superpotencias. Pero para Rusia era además importante para sostener su dictadura interna. Si una economía de comando no podía funcionar a largo plazo, entonces la dictadura no podría sobrevivir. Si fallaba, y tenían que emplearse soluciones de mercado que dispersan el poder, entonces el régimen estaría amenazado.

Y falló. Contrariamente al dogma marxista, cambiar la propiedad de las fábricas o fincas de privadas a públicas no motivó más a los trabajadores ni mejoró su uso. En los mejores casos el efecto fue neutral, pero con el tiempo resultó negativo. Más importante, la planificación central demostró ser distintamente poco dinámica. Incluso el más brillante burócrata no pudo decidir congruentemente qué producto hacer enseguida, cuánto producir de él, o cómo hacerlo más eficientemente. El mercado es el único modo conocido de conducir experimentos sobre estas cosas y descubrir los cambios de preferencias de la gente. La economía de comando no hace experimentos y trabaja a base de pasar por encima de esas preferencias.

¿Por qué, entonces, las economías de comando duraron tanto para fallar? La Segunda Guerra Mundial prolongó su vida, demorando el comienzo de la corrupción en la Rusia Soviética mediante la preservación de la idea de sacrificio nacional como un deber y prestándole respetabilidad a la idea de producción centralizada.

¿Libertad de necesidades?

Los ricos tienen hoy mucho menos comando directo sobre la gente –menos sirvientes, menos servicios exclusivos– aunque tienen mucho más comando sobre las cosas. Las tareas del hogar se han hecho más mecanizadas lo que significa que menos mujeres son empleadas como cocineras y mucamas pero muchas más pueden ir a trabajar fuera de su casa.

Conforme avanzó el siglo, más y más personas se emplearon por sus habilidades técnicas, literarias y profesionales como trabajadores de "cuello blanco".

A través del siglo, la fuerza del "conocimiento" fue tomando ventaja sobre la fuerza "manual", "animal" o "material".

El empleo masivo en la producción llevó a la creación de sindicatos de masas y a asegurar derechos laborales masivos. Alrededor de 1930, el 6,8% de los trabajadores en América y el 25,3% en Inglaterra pertenecían a un sindicato. En 1950, los números habían subido a 22,3% y 39,9% respectivamente. Por ahí de 1996-1997, conforme el empleo se fue apartando de la producción masiva, y los sindicatos dejaron de ser tan efectivos para asegurar la capacidad de negociación y la seguridad en el trabajo a la gente, la membresía sindical había bajado pronunciadamente a 14% y 30,1 respectivamente.

Estados Unidos va adelante en virtualmente todo: crecimiento, productividad e ingresos, nuevos productos y nuevos procesos, aplicación de nuevas ideas de primera y aplicación más efectiva de las que no inventa. Temprano en el siglo recibió un gran influjo de inmigrantes europeos. En el final del siglo está virtualmente sola entre los países ricos en permitir todavía una inmigración sustancial, siendo la mayoría de los inmigrantes de Asia y de Latinoamérica.

La mayor parte de los indicadores de infelicidad extrema –suicidio o tentativa de suicidio– muestran una clara caída en los países ricos en proporción a la población.

¿Libertad de temor?

La Federal Reserve [de los Estados Unidos] ayudó a producir el crash en 1929 al subir las tasas de interés. Puede haber sido lo que había que hacer, pero las mantuvo altas después del crash. En 1930-1931, justo cuando el dinero era penosamente escaso la Fed redujo sus propios préstamos. Y en 1931-1932 volvió a subir las tasas. Otros bancos centrales también subieron las tasas de interés.

Entonces el Congreso y la Casa Blanca se unieron. En 1930, justo cuando el comercio era necesario más que nunca para mantener la economía trabajando, el Presidente Herbert Hoover firmó la Smoot-Hawley tariff act, pasando por alto las protestas formales de más de 30 países, con lo cual alzaba las barreras tarifarias y desencadenaba una serie de represalias a escala mundial. El resultado fue aterrador: el comercio mundial, que ya se encogía en 1929, cayó en dos tercios para 1933.

La mayor parte de los economistas coinciden en que la acción del gobierno convirtió lo que habría sido una recesión suave en la más devastadora depresión del siglo.

En contraste con todo esto, la reciente recesión japonesa, lo más parecido en el siglo a la crisis de 1929, con base en las lecciones aprendidas de aquélla, ha transcurrido de una forma muy diferente: ni el país mismo ni sus socios comerciales siguieron el ejemplo de Smoot-Hawley. El comercio mundial permaneció abierto como antes del crash, así como el comercio del Japón, lo que permitió a sus exportaciones continuar subiendo conforme la actividad doméstica se reducía.

Libertad para ser pobre

Un estudio bajo el título Economic Freedom of the World, publicado en 1996 por 11 think-tanks de alrededor del mundo sugiere que la explicación [de por qué los países pobres no han podido salir de su pobreza] reside en la forma en que esos países son gobernados, más bien que en desventajas naturales o tratamiento injusto por los países ricos.

La mira del estudio era ver si los países en los cuales la gente tenía más libertad económica eran también más ricos y crecían más rápidamente. En general, libertad económica significa la habilidad de hacer lo que usted quiera con cualquier propiedad que haya legalmente adquirido, con tal de que sus acciones no violen los derechos de los otros para hacer lo mismo. Los bienes y servicios no caen del cielo; su llegada depende de los derechos de propiedad y los incentivos para crearlos y usarlos. Así que las clases de cuestiones que hay que preguntar incluyen: ¿Están los derechos de propiedad legalmente protegidos? ¿Está la gente asolada por las regulaciones del gobierno y las barreras al comercio, o temerosa de confiscación? ¿Son los ahorros atacados por la inflación y pueden convertirse en efectivo en cualquier momento?

La conclusión es abundantemente clara: entre más libre la economía, más alto es el crecimiento y más rica la gente. Los países que han mantenido una economía suficientemente libre por muchos años se han desempeñado especialmente bien.

El gobierno necesita mantener un clima macroeconómico y regulatorio claro y predecible: proteger los derechos de propiedad, aplicar la ley, evitar la inflación e, igualmente importante, no apoderarse él mismo de todo el dinero. Las cosas deben organizarse en forma tal que se dé a la gente un incentivo para invertir. E invertir quiere decir no simplemente construir fábricas o abrir terreno para fincas, sino también, por ejemplo, decidirse a educar a los niños y ofrecer adiestramiento a los trabajadores.

En general, los países que fallan en crecer y mejorar los estándares de vida de la gente pueden dividirse en dos grupos. En uno, el problema es que no existe gobierno real o sostenible, por anarquía, guerra civil o más amplio conflicto [ –lo que los eruditos de relaciones internacionales llaman "estados fallidos", que se dan sobre todo en África–]. En el otro, el problema es que el gobierno estorba, o bien porque se roba la plata o porque no provee las necesarias libertades y oportunidades.

El sueño de Dorotea

En 1946, en The concept of the Corporation, Peter Drucker observa justamente que la compañía ha remplazado a la iglesia como la institución representativa de la sociedad.

La compañía está llegando a ser lo más cercano que la sociedad tiene a una meritocracia; y no es ya la criatura de un individuo o familia inmensamente ricos. Y aquí viene un gran cambio, especialmente en Inglaterra, [Estados Unidos de] América y Holanda, pero también hasta un extremo menor en Japón: el fondo de pensiones de la compañía, [...] un fondo que busca proveer al retiro de los trabajadores por medio de una amplia y diversificada inversión en acciones y bonos.

Esto da a los empleados un interés directo en los beneficios de la corporación y en el desarrollo económico, al mismo tiempo que seguridad a largo plazo. Se convierten en accionistas. Con el tiempo, la propiedad de virtualmente todas las corporaciones americanas y británicas ha sido transferida a los fondos de pensión y sus hermanas institucionales, las compañías de seguros de vida; en otras palabras, indirectamente, a los empleados mismos.

Hoy por hoy pocas industrias son dominadas por verdaderos monopolios. Esto no significa que las firmas no han crecido de tamaño, sino que las economías han crecidos mucho más. Aunque docenas de multinacionales son ahora mayores que muchas economías nacionales, en la medida en que los países han mantenido sus economías abiertas al comercio la competencia entre estas grandes firmas ha demostrado ser intensa. .

Los gobiernos deben ser muy cautos en sus intervenciones, porque ellos en general saben mucho menos sobre las tecnologías que vienen que lo que saben los empresarios que compiten entre sí. Pero si verdadero predominio se establece, y se impide la entrada de nuevas firmas al negocio, entonces sí los gobiernos deben golpear duro.

Es un hecho que los monopolios han sido más nocivos cuando se establecen en colaboración con el gobierno porque esto magnifica la concentración de poder y elimina la oportunidad de competencia.

Un mundo semi-integrado

Programas de cine y televisión son las únicas áreas culturales en las cuales Estados Unidos dominan. En música, libros, deportes, comida, bebida, moda y muchos otros campos los suplidores locales dominan los mercados, y los extranjeros han hecho mella dentro de los mismos Estados Unidos. En palabras del United Nations Human Development Report de 1999: "El debate sobre si hay homogenización cultural permanece abierto. No hay ninguna encuesta que muestre que la gente se está convirtiendo en igual".

¡Cuidado con la ciudad de esmeraldas!

La era desde 1900 cuando Frank Baum escribió The Wonderful Wizard of Oz, ha estado llena de descubrimientos, invención y logros. El átomo ha sido quebrado, las unidades de la vida y de la materia discernidas, descritas y manipuladas. Hombres han caminado sobre la luna y han visto, por astutos telescopios, los bordes del universo. Terribles pero victoriosas batallas se han peleado en la causa de la libertad, de la autodeterminación, contra imperios del mal. El santo Nelson Mandela ha sido presidente de Sudáfrica después de 27 años en la cárcel.

Volar de un lado al otro del mundo ha devenido rutina. El costo de la comunicación alrededor del mundo está rápidamente llegando a tener un costo sin importancia. La educación y la alfabetización son ahora expectativas básicas y más libros se escriben y compran que nunca. El crecimiento económico va para adelante y no aparecen límites que el ingenio humano no pueda quebrar.

Los órganos humanos se han transplantado y vacunas y antibióticos pueden conquistar la mayoría de las bacterias. Algunas enfermedades se han virtualmente eliminado, aunque principalmente gracias a mejor sanidad y a los insecticidas. Pronto la medicina va a ser transformada por la informática y la genética. Los doctores diagnosticarán sus enfermedades desde lejos, usando sensores y computadoras remotas. Incluso verán más dentro de su cuerpo y cerebro que lo que las invenciones de este siglo, rayos x (en realidad 1895) y resonancia magnética han permitido hasta ahora.

Hay muchas razones para creer que todas estas tendencias políticas, económicas y científicas apuntan hacia un mundo mejor, más próspero, más pacífico, menos afectado por la brutalidad, la pobreza o la enfermedad, en que la presión de la población se suavice durante el siglo XXI.

A pesar de la autoridad y admiración popular de que disfruta la ciencia, es un hecho que la religión continúa teniendo fuerza, aunque cuando Darwin propuso sus ideas sobre evolución en 1856 muchos temieron que socavaría los fundamentos mismos de las creencias religiosas.

Probablemente lo hicieron, en conjunto con la mayor afluencia y educación. Los verdaderamente devotos son una proporción menor en todos los países ricos, originalmente judeo-cristianos. Menos personas ahí tienen bien formadas creencias sobre el cielo y el infierno, o una vida después de la muerte. Pero la observancia y afiliación religiosa es sorprendentemente alta, especialmente en los Estados Unidos. Según una encuesta Gallup de este año el 88% de los americanos adultos dice que la religión es muy importante o bastante importante en sus vidas, una baja sorprendentemente muy pequeña del 95% que decían lo mismo en 1952.

Parte de la explicación para esto es social más que religiosa. Pero hay también que considerar que dentro de esas creencias religiosas está la creciente New Age y creencias espiritualistas de muchas clases. En Europa Occidental, la membresía y práctica de las iglesias ha declinado marcadamente. Sin embargo, aun ahí, ha habido revivals en los años ochenta y noventa, así como bastante actividad de New Age. Aquí como en Estados Unidos los números esconden una gran transferencia de las iglesias tradicionales hacia nuevos cuerpos independientes. Un movimiento similar está teniendo lugar en Japón.

La presunción liberal favorable al mercado, al capitalismo y a la libertad misma está gobernada por humildad intelectual: la aceptación de que un proceso de constante experimentación, que envuelve las opiniones y acciones libremente expresadas de millones de personas, probablemente producirá un resultado mejor, más adaptable, que uno que envuelva un comité de economistas, de políticos, burócratas, hombres de negocios o incluso periodistas, para diseñar un gran plan de acción. Esta presunción es humilde porque reconoce la extensión de nuestra ignorancia.

Famosamente, Lord Acton, un liberal del siglo XIX, observó que "el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente". Lo que se cita más es la segunda parte de esta sentencia, pero la primera es más importante. El punto que contiene, que los que detentan el poder, algunas veces conscientemente y otras inconscientemente, lo explotan para su beneficio, yace bajo la sospecha liberal no solo en relación al gobierno del Estado, incluso el democrático, sino de los grandes negocios, sindicatos, grupos de presión y todos los otros. El hombre no es perfectible, pero tampoco lo es el gobierno del Estado ni de ningún otro grupo de personas.

Isaiah Berlin, un emigrado judío de Latvia y entonces eminente teórico político en Oxford, dio el mejor resumen del tema básico de este siglo en su ensayo de 1958 Two Concepts of Liberty. Contrastó libertad negativa –la libertad de los individuos de tomar sus propias decisiones– con la idea, esencial al socialismo y otras filosofías de dirección centralizada, de libertad positiva, la noción de que el pueblo debe ser ayudado, o forzado, a hacer lo que se considere en su mejor interés. El argumento moral contra la libertad positiva es fácil de ver. El argumento práctico contra él es que los que deciden, incluso con la mejor de las intenciones, pretenden tener un conocimiento y una certidumbre que de ninguna manera les es accesible.

Sean nuestras últimas palabras las de una máxima de Thomas Jefferson: "El precio de la libertad es una vigilancia eterna".