En su profundo libro La desconcertante hipótesis, Francis Crick nos recuerda lo difícil que resulta para la mayor parte de la gente aceptar que lo que ven nuestros ojos, aunque lo tomemos por la realidad misma, sea de hecho una interpretación simbólica del mundo construida por nuestro cerebro. Debo concordar con él en que en verdad no existe el conocimiento directo, excepto como giro de lenguaje para diferenciar el conocimiento normal de nuestros sentidos con respecto a otras formas de conocer todavía más indirectas: a través de un microscopio, aceptando descripciones de otras gentes, etcétera. Las imágenes tan vívidas que construye nuestro cerebro nos convencen gracias a la inmensa eficiencia con que trabaja la mayor parte del tiempo. Sin embargo, como nos lo muestra el mismo Crick en su obra, al igual que multitud de otros trabajos de neurología contemporáneos, hay numerosas situaciones en que podemos pillar a nuestra sensibilidad cometiendo errores sistemáticos, es decir, que se deben a limitaciones del sistema mismo y no a falta de atención o deficiencia mental circunstancial o permanente. Esos errores ocurren, por así decirlo, por defectos de la propia línea de montaje de la percepción. Pero por otra parte contribuyen al avance de nuestro conocimiento al revelarnos de manera palpable la gran complejidad subyacente a los aparentemente simples "datos de nuestros sentidos".
Un experimento muy sencillo que cualquiera puede
realizar para pescar, sin más equipo que un lápiz, uno de esos defectos intrínsecos,
tiene que ver con la visión periférica. Con el ojo izquierdo cerrado y el
derecho fijado hacia adelante, sosténgase el lápiz en forma vertical frente al
ojo abierto, con la mano derecha, y la punta más o menos a una cuarta de
distancia a la altura del ojo. Sin cambiar la fijación de la mirada, desplácese
lentamente unos pocos centímetros el lápiz, alejándolo hacia la derecha, sobre
una línea imaginaria perpendicular a la dirección de la vista y sin bajar ni
subir la altura del lápiz. Habrá un momento en que la punta del lápiz
desaparezca, volviendo a aparecer con cada nuevo pequeño desplazamiento en
cualquier dirección sobre la línea imaginaria o hacia arriba o abajo. El
experimento puede realizarse con el otro ojo, en forma simétrica. Su resultado será
más evidente si el fondo contra el cual se mueve el lápiz es una pared blanca.
Lo que aquí se revela es el "punto ciego" de cada ojo, lugar de la
salida del nervio óptico desde la
retina en su ruta hacia
el cerebro, poniendo claramente al descubierto un diseño subóptimo de la
evolución(1).
Otro resultado experimental bastante impresionante es ilustrado por una exposición en el Exploratorium de San Francisco de California. Puede reproducirse fácilmente ante el espejo del lavatorio, con tal de que una de las paredes laterales sea lisa y de un color homogéneo. De pie ante el espejo, hagamos que un espejito de bolsillo capture la mirada de uno de los ojos dirigiéndola a la pared lateral. Seguiremos percibiendo nuestra imagen frente a nosotros. Pero si interponemos una mano, como borrando, frente a la pared lateral, parte de nuestra imagen desaparecerá. Si cambiamos la mirada cesa el fenómeno. ¡Hemos pillado a nuestro cerebro tratando de resolver un conflicto entre los mensajes de los dos ojos!
Pero ajenas a experiencias como éstas, muchas
personas prefieren creer que sus funciones intelectuales son obra de un alma
distinta del
cuerpo y que esa
especie de "cuerpo astral" (como algunos la llaman ahora), en forma
totalmente misteriosa, usa nuestro cuerpo como quien emplearía una herramienta
para ejecutar todo lo que implica ver, oír o percibir de cualquier otra manera
nuestro mundo. Tales personas se suelen calificar como "dualistas",
porque creen que la mente es una realidad completamente diferente y separable
del cerebro (o de cualquier otra sustancia material). Es decir, creen en la
existencia de dos sustancias fundamentales, con características totalmente
diferentes entre sí: donde una es extensa, la otra carece de extensión; donde
una es compleja, la otra no tiene partes; donde una es material y mecánica, la
otra es intelectual o espiritual; una es mortal y la otra inmortal.
Uno de los problemas más graves que tienen los que sostienen este punto de vista, y que no tenemos los "monistas" (de monos uno en griego), es encontrar el mecanismo que explique cómo pueden comunicarse entre sí sustancias tan absolutamente diferentes: ¿el medio de comunicación será material o espiritual? Tratando de solucionar este problema, la historia de la filosofía ha acumulado muchas teorías absurdas. El connotado filósofo alemán G. W. Leibniz, por ejemplo, concibió la teoría de la "armonía preestablecida", según la cual lo que pasa en el alma y lo que pasa en el cuerpo estarían perfectamente programados con antelación para suceder en perfecta sincronía, como si fueran dos relojes ajustados de antemano. Otro pensador que lidió con este problema, que incluso suele considerarse como el santo patrono del dualismo, el filósofo francés René Descartes, prefirió más bien buscar un lugar corporal que actuaría como nexo entre el cuerpo y el alma(2), y decidió finalmente que fuera la glándula pineal. La ciencia contemporánea, empleando métodos más cuidadosos, ha descubierto una función mucho más humilde para este pequeño órgano: la producción durante las noches de la hormona melatonina, la cual –entre otras cosas– colabora en el lanzamiento de los procesos de la pubertad.
Filósofos posteriores más sensatos se abstuvieron de hacer esta clase de propuestas. Poniendo a un lado el dualismo, se dedicaron más bien a examinar de qué manera el ser humano obtiene sus conocimientos. Un grupo de ellos, en las Islas Británicas, postuló la experiencia sensible como su fuente principal, por lo que se les conoce como "empiristas". Pero aún ellos (Locke y Hume, por ejemplo) erraron también al considerar los datos de los sentidos como unidades simples, especie de bloques primitivos del conocimiento. Hoy sabemos que esos datos, aunque a la conciencia le aparezcan dotados de simplicidad, son el resultado terminal de procesos cerebrales sumamente complejos. Partiendo de señales físicas muy elementales que estimulan nuestros órganos sensoriales, esos procesos deben construir, trabajosa aunque vertiginosamente, cada una de nuestras percepciones sensibles supuestamente elementales.
El problema filosófico de la naturaleza de la conciencia es mucho más hondo que determinar cuáles sean los bloques primitivos de la sensibilidad. Aun dotados de elementos básicos más exactos seguiríamos todavía extraviados si continuamos pensando que la conciencia que las recibe, ya integradas como percepciones de dureza, sonido, aroma o luz, sea algo distinto de estas percepciones que debiera existir separadamente, cómodamente instalada en alguna parte del cerebro. Pensar así implica un error de enfoque que nos llevaría a postular que en el fondo del cerebro hay una persona más pequeña, dotada también de cerebro, y dentro de éste otra persona y otro cerebro, cada uno dentro del otro como muñecas rusas, hasta el infinito. ¿O será que el cerebro tiene un centro material último dotado de características excepcionales donde converjan todos los circuitos y resida el Señor Presidente?
Meditando sobre este problema hace varios decenios, la solución me salió al encuentro una tarde en que trataba de explicarle a mi hermano cómo funcionaban las computadoras, inventadas recientemente.
–Pues verás– le dije –una parte de la computadora
es su memoria, donde se guarda la información, otra es la unidad lógica, que
toma elementos de algún lugar de la memoria, los elabora, y pone los resultados
en otra parte de la memoria...
–¡Ah no, estás haciendo trampa!– replicó agudamente mi hermano –Lo que tenés
que decirme es cómo están construidas y cómo funcionan cada una de esas partes.
El planteamiento me pareció tan sensato que
consagré muchos días a examinarlo y tratar de hallarle solución. Después de
arduas reflexiones, en que no tomé en cuenta para nada cuestiones de
electricidad o en general de física (pues no domino esas disciplinas), llegué a
integrar una respuesta básicamente correcta. Las operaciones, por ejemplo la de
suma, debían realizarla por su propia estructura algún tipo de circuito que,
por coacción de las leyes naturales, no podría trabajar de otra manera. Me
inventé mi propia manera de representar esos posibles circuitos y cuando tuve
listos esquemas para las principales "funciones lógicas" de mi computadora
virtual se las presenté a un colega ingeniero eléctrico para que me confirmara
si eran compatibles con la realidad técnica. Lo eran. Entonces pude terminar la
explicación que le debía a mi hermano.
Pero lo más importante ocurrió después, pues comencé a darme cuenta de que el
mismo tipo de explicación tendría que valer para la conciencia. Así como
encontrar la estructura daba cuenta del funcionamiento de una máquina que en
esa época se calificaba de "cerebro electrónico", el mismo recurso
debería despejar el misterio de la conciencia. Más tarde, el contacto con la
obra de autores como Dennett, (DENNETT
91) Edelman (EDELMAN 92) y Crick
(CRICK 94) me confirmaron que este
enfoque era el único posible frente a este problema. Más recientemente,
numerosos "informes de progreso" de ilustres investigadores de las
ciencias del cerebro(3)
me han confirmado de una manera conclusiva en esta convicción. Siendo así que
en otra parte hemos comentado las ideas de Dennett y Edelman(a), en lo que sigue nos
concentraremos más bien en comentar las contribuciones de otros autores,
tratando de construir con ellas un cuadro coherente lo más sencillo y claro
posible del estado de la cuestión.
En la excelente obra en que Francis Crick –el
mismo laureado científico que identificó hace medio siglo, junto con James
Watson, la estructura del ADN – declara solemnemente que es tiempo de que la
ciencia se ocupe seriamente del problema de la conciencia, él mismo presenta su
propia importante contribución. Decide concentrarse en la percepción visual,
obviamente una muestra muy representativa del problema, preguntándose de qué
manera llega el cerebro a transformar simples excitaciones a las terminaciones
de la retina, en imagen inteligible de un objeto reconocido "ahí
afuera". Al solo
iniciar su
presentación, el reputado autor hace una comprobación sumamente importante: el
objeto no se nos da como algo claro y sin ambigüedades, marcado como tal. Para
reconocerlo el cerebro, detective biológico, tiene que usar muchas pistas que
le sirven para agrupar sus partes, seccionándolas del contorno e integrándolas
como una unidad. Pero además, el cerebro tiene que determinar varios de sus
atributos, como su posición, su color, si está en movimiento o no, etcétera.
Dejemos para más tarde la cuestión de atributos y concentrémonos por el momento
en la simple tarea de armar la masa del objeto que no solo se mezcla con el
fondo circundante sino que incluso puede estar ocluido parcialmente o su imagen
aparecer dividida en partes por objetos más cercanos. Tomemos por ejemplo esta
fotografía de mi nieta Débora, que nuestro cerebro sintetiza de golpe como la
imagen de una niña asomándose detrás de un portón de madera. Nótese, sin
embargo, que el cuerpo de la niña (incluyendo su vestido) está dividido en
catorce partes visibles (no nueve, ¡por favor!) y además que cada una de ellas
mezcla sus confines con los contornos de las tablas y el fondo de vegetación.
Espero que mis lectores puedan darse cuenta, aun sin haber practicado la
disciplina de reconstitución automática de imágenes (subespecialidad de la
inteligencia artificial), del fenomenal problema informático que significa
separar esas catorce subimágenes y sintetizarlas en la representación de un
solo objeto, después de aportarle varias complementaciones continuas
correspondientes a las partes de su cuerpo o vestido ocluidas por los tablones
del portón(4).
Aun
antes de que se inventara la inteligencia artificial, los psicólogos de una
importante corriente alemana de principios del siglo XX se habían interesado en
este problema. Estos psicólogos, practicantes de la disciplina conocida como
psicología de la gestalt (alemán por "forma") llegaron incluso
a acuñar una serie de reglas por aplicación de las cuales el cerebro armaría el
"todo" a partir de los datos sensibles de partes no claramente
integradas. La primera ley sería la de proximidad, que nos enseña que
tendemos a agrupar partes de la imagen que están cercanas entre sí. Una segunda
ley es la de similitud, que explica nuestra tendencia a agrupar
"manchas" que se parecen, por ejemplo por ser del mismo color o
porque constituyen una secuencia en movimiento (lo que se mueve junto debe
pertenecer a un mismo objeto). La tercera ley es la de continuación correcta,
donde qué sea correcto en este contexto se deja al
sentido común del
observador (ver líneas curvas interrumpidas en el ejemplo gráfico). La cuarta
ley, clausura, es la que aplicamos para percibir a Débora de cuerpo
entero a pesar de la interrupción de sus líneas por los tablones: tendemos a
cerrar figuras que tienen lagunas. Finalmente, estos psicólogos agregaban una
última regla, mejor solución, según la cual la percepción escoge la
interpretación más sana o simple o simétrica de todas las posibles.
Nótese que estas explicaciones psicológicas son anteriores a la doble
revolución científica de los últimos decenios significada por el advenimiento
de la informática y de la neurología contemporánea. Para ilustrar su debilidad
basta recordar la objeción de mi hermano a mi explicación de cómo funciona una
computadora. Aquí también en las explicaciones de los psicólogos de la gestalt
se supone lo que queremos explicar: hay apelación a una inteligencia o sentido
común sobreentendidos, como si a la par de nuestro aparato perceptivo hubiera
otro –invisible– organismo (o alma) que apoyara al aparato perceptivo, cuyas
facultades cognoscitivas habría todavía que explicar. La única manera de
disipar ese fantasma es, aquí también, señalar mecanismos que, en virtud de su
sola estructura, sean capaces de producir la percepción como la experimentamos,
sin necesidad de ningún otro apoyo. En lo que resta de este artículo trataremos
de esbozar esa tarea, dejándonos guiar por nuestro ya viejo conocido, el
Profesor Crick. (CRICK 94)
En nuestra relación directa con otras personas es
notable la forma en que trabamos contacto con ellas clavando la mirada en lo
que aspiraría a ser lo más profundo de sus ojos. En cada intercambio pareciera
que queremos sumergirnos en lo que está más allá de esa superficie brillante y
atrayente que nos hace sospechar un hondo mar bajo sus multicolores
florescencias. Por lo demás, parecería que nada apreciamos más que esos
tranquilos lagos, hundidos en las cavidades solemnes de la fachada catedralicia
de nuestro cráneo. Con tantos errores que el saber popular ha cometido a través
de la historia sobre la relativa importancia de nuestros órganos y sus
respectivas funciones, como atribuir al corazón (una simple bomba mecánica) la
sede de nuestros sentimientos, sorprende que casi haya acertado en identificar a
los ojos como "ventanas del alma". De hecho, según explican hoy los
neurólogos, la retina es ya el primer poquito de cerebro, el cual puede nuestro
oculista explorar –sin necesidad de intervención quirúrgica– a través de un
agujerito que cada uno de nosotros llama cariñosamente "la niña de mis
ojos".
La estructura general del ojo es bien conocida. Tiene una lente, a la manera de
una cámara fotográfica, cuyo foco es ajustable automáticamente durante los
primeros cuarenta y cinco años de la vida y cuya abertura, la pupila,
autorregula la cantidad de luz recibida. La imagen se proyecta –en posición
invertida, naturalmente– en el fondo del globo ocular, sobre una delgada capa
de células, la retina. Ahí se localizan cuatro clases de fotorreceptores que
reaccionan ante los fotones: los bastones y tres tipos de conos, llamados así
por su apariencia. Los bastones, cien millones en cada ojo, responden sobre
todo a la luz tenue. Los conos, siete millones, se activan frente a la luz
intensa. Cada uno de sus tipos reacciona a un diferente rango de longitud de
onda de la luz, lo que da base a la visión cromática. La densidad de los conos,
empleados para visión de día, es mucho mayor en la fóvea, región situada
aproximadamente en el centro de la retina, capaz de percibir la imagen con
mucho más detalle. En cambio, en la oscuridad, vemos con más claridad usando la
periferia de la retina, poblada por los bastones. La interacción entre las dos
zonas de la retina, periferia y centro, es sumamente interesante y está mediada
por el movimiento de los ojos.
Todo conferencista ha tenido la experiencia de estar hablando en una sala y, de repente, ver saltar la vista del público a la derecha o a la izquierda, para posarse en una puerta abierta sigilosamente, sin que importe el grado de interés de lo que esté diciendo en ese momento. Es una reacción involuntaria, producto de los mismos mecanismos que impulsan a un sapo a capturar la mosca que entra a su campo visual. Se trata de una acción del llamado sistema visual secundario que en nosotros provoca un salto de la mirada cuando algo novedoso se percibe con "el rabillo del ojo". El movimiento se produce automáticamente, sin intervención de reflexión alguna. Es de notar que nuestros ojos tienen dos maneras distintas de moverse. En primer lugar, por saltos o sacudidas, que ocurren normalmente tres o cuatro veces por segundo. Pero además, por movimientos suaves que siguen delicadamente el desplazamiento de un objeto. En ambos tipos de movimiento está involucrado el sistema visual secundario, ruta alterna entre la retina y la corteza cerebral que pasa por los colículos(5).
Antes de seguir adelante debemos introducir el concepto de mapa neuronal, necesario para entender muchas operaciones del cerebro. En su sentido más general, esta expresión designa conjuntos de neuronas sensoriales o motoras organizadas de tal manera que las terminales de axones que van a parar juntas en una cierta área se originan en neuronas con relaciones de proximidad muy semejantes en el área emisora. Esto produce una suerte de burdo mapa del área emisora en la receptora que economiza cableado en las operaciones implicadas. Tales mapas suelen calificarse de "somatotópicos", con el sentido etimológico obvio(6). En el caso de los colículos, mientras que la región superior de cada uno de ellos puede ser descrita como un mapa sensorial, las regiones media y profunda consisten más bien en un mapa motórico. ¿Cómo sabe el cerebro hacia donde hacer saltar los ojos cuando la visión periférica es estimulada repentinamente? Elegantes experimentos recientes nos han dado una idea bastante clara de lo que sucede: el disparo de las neuronas en los colículos codifica la dirección y la amplitud del cambio de posición del ojo necesario para alcanzar el objetivo. El mensaje que se envía a otras partes del cerebro es entonces cuán grande debe ser el salto y en qué dirección efectuarlo.
La retina no es un órgano pasivo; no se limita a recibir y trasmitir una imagen sino que ella misma comienza ya a elaborar la percepción. En otras palabras, en ese gigantesco sistema de computación paralela que es el cerebro, la retina es el primero de sus procesadores. Como todo procesador informático, tiene datos que le entran –los fotones– y datos que salen de él: las excitaciones a las neuronas del nervio óptico. La computación que la retina realiza, entre su entrada y su salida, es mayormente simplificadora: eliminación de redundancia. Lo que envía al resto del cerebro son los rasgos interesantes del campo visual, marcado por luz no uniforme, con prescindencia de todo lo aburrido donde la información se repite. Donde nada sucede, las dendritas no son excitadas, con lo cual se economiza energía. Las neuronas que se proyectan desde la retina son de varios tipos, que nos abstendremos de detallar, pero lo esencial de esta diversidad es que contribuye a discriminar qué es interesante y qué no lo es, qué en el campo visual se está moviendo y qué no, qué tiene variedad y qué es monótono, qué varía con suavidad y dónde se dan cambios abruptos. No es mucha elaboración todavía pero sí indispensable, y fundamental para que otras partes del cerebro construyan una interpretación útil de los datos del campo visual con base en esos resultados.

Si al lector le quedaran todavía dudas de que la percepción es un complejo proceso creativo, le rogamos tomar en cuenta lo que sucede enseguida. Al no más dejar la retina, el cerebro parece querer convencer al investigador de que está dispuesto a desarmar completamente los insumos visuales antes de proceder, prolijamente, a ensamblarlos de nuevo a su mejor gusto y paciencia. Esta gran operación de desensamble se realiza simplemente por la forma en que quedan conectados las múltiples terminales de los cables que salen de la retina, los nervios ópticos. Como si trataran de emular la acción de un espejo, dos ramas de cada uno van a conectarse con regiones diferentes, guardando una elegante –aunque abrupta– simetría. Se originan así –por partida doble(7)– los sistemas visuales primario y secundario que los seres humanos compartimos con los otros primates. La mayoría de las neuronas (sistema primario) se dirige al núcleo geniculado lateral, parte del tálamo, el cual procede a reenviar la información a la corteza cerebral. El resto de las neuronas se dirigen más bien al colículo superior, en la cima del tallo cerebral. Este segundo circuito constituye el sistema visual total del sapo; en los primates, en contraste, la mayor parte de las funciones visuales han sido absorbidas por el sistema primario, con la notable excepción de los movimientos involuntarios de los ojos. En la figura, por razones de claridad, representamos solamente los sistemas visuales primarios, uno de cada hemisferio.
Nótese la forma churrigueresca en que estas caprichosas rutas realizan la integración de los datos. Como puede apreciarse, cada ojo se proyecta a ambos hemisferios, pero de manera tal que el hemisferio izquierdo recibe insumos únicamente de la mitad derecha del campo visual de cada ojo, mientras que el hemisferio derecho los recibe únicamente de la otra mitad, proveniente también de ambos ojos. Así, todo lo que vemos a la derecha del punto de fijación de la mirada va para el núcleo geniculado lateral izquierdo, de camino hacia la corteza visual izquierda y el colículo superior izquierdo, mientras que todo lo que vemos a la izquierda del punto de fijación de la mirada va para el núcleo geniculado lateral derecho, de camino hacia la corteza visual derecha y el colículo superior derecho. Tal organización de la distribución de información nos impresiona como estrafalaria, y sin embargo es parte esencial de un aparato visual cuyo diseño ha quedado ampliamente vindicado por las ventajas competitivas que ha demostrado el auge de sus poseedores. No obstante, su extravagancia se transparenta en síntomas desconcertantes en el caso de los enfermos afectados por daños cerebrales, agregando nueva (dolorosa) fuerza probatoria al carácter eminentemente constructivo y, si se quiere, fabril de los fenómenos perceptivos y mentales.
Es oportuno mencionar que la intervención quirúrgica para mejorar la condición de los enfermos de epilepsia mencionada en otra parte(b) produce efectos muy singulares, habida cuenta de los caprichosos caminos de los nervios ópticos. A partir de la operación, el hemisferio izquierdo del cerebro verá solo el lado derecho del campo visual, mientras que el hemisferio derecho verá solo el lado izquierdo, con sorprendentes resultados, como si se tratara de dos personas dentro de un mismo cráneo. Las neuronas del sistema visual secundario se salvan de este destino porque conectan con el colículo del otro lado del cerebro no por medio del corpus callosum sino por una vía de menor importancia que se conoce como comisura intertectal. Esta vía no es afectada por la operación mencionada, garantizando a estos pacientes el mantenimiento de un remanente de coordinación entre sus hemisferios, suficiente para asegurar un grado de integridad personal compatible con la dignidad humana.
Notas
Nota 1:
El que la evolución produzca a veces soluciones subóptimas no debe extrañarnos.
Lo único que se necesita para que un organismo sobreviva y prospere en un nicho
ecológico es estar mejor adaptado que sus competidores. Lo mismo sucede a
menudo en el mundo de los negocios. En otra línea de pensamiento, es
interesante encontrar este defecto de diseño en un aparato, el ojo, que los
apologetas del creacionismo a menudo esgrimen como ejemplo de la perfección de
la obra del Creador.
Nota 2: Lo que en el fondo significaba capitular ante el
materialismo. Algunos historiadores de la filosofía sostienen que Descartes era
de hecho materialista y que sus apariencias dualistas las blandía como una
manera de evitar para él la persecución que sufrió Galileo por parte de
Nota 3: Algunas de las más relevantes se encuentran
recogidos en una imponente colección de propuestas de teorías neuronales de
amplia escala, basadas en importantes descubrimientos experimentales recientes.
(KOCH & DAVIS 94)
Nota 4: Si en este punto un dualista nos interrumpiera
diciendo
–La dificultad que
presenta para una computadora material imitar lo que hace una persona sin
ningún esfuerzo prueba precisamente que un alma simplísima y espiritual es el
sujeto que realiza tal proeza en nosotros–
la contestación a
su argumento es que daños materiales en zonas particulares del cerebro pueden
interrumpir el proceso de integración del objeto en distintas etapas,
produciendo defectos de percepción compatibles con lo que los neurólogos saben
sobre las diversas fases de ese complicado trabajo. Una asombrosa presentación
de esas anomalías puede maravillar a quien lea los libros del neurólogo Oliver
Sacks, por ejemplo Un antropólogo en Marte, siete historias paradójicas.
(SACKS 95)
Nota 5: Los colículos, presentes en todos los mamíferos,
están situados en la cima del tallo del cerebro. Constituyen estación obligada
para el 10% de nuestros insumos visuales en su ruta hacia la corteza cerebral,
mientras que el restante 90% debe realizarla tocando los núcleos geniculados
laterales. La existencia de la ruta secundaria explica el fenómeno de la
"visión de los ciegos", es decir la conciencia que ciertos de estos
discapacitados demuestran tener sobre fenómenos visuales que sin embargo ellos
niegan haber percibido.
Nota 6: Del griego, "soma / somata" = cuerpo y
"topos" = lugar. "Somatotópico" se dice de un área
asociativa del cerebro que realiza un mapeo preservante de las relaciones
topológicas entre sus partes en relación con otra área.
Nota 7: Es decir, sistemas visuales primario y secundario para el hemisferio derecho y sistemas visuales primario y secundario para el hemisferio izquierdo.
Referencias
Nota a: Consecuencias filosóficas de La acumulación del diseño en la primera
colección, bloque a.
Nota b: Exploración en El cerebro y la mente en este mismo bloque.
Copyright © 2003 Claudio Gutiérrez