En el año 1996 leí el excelente libro de Daniel Dennett, Darwin's dangerous idea. (DENNETT 95) Debo
decir que durante las horas que pasé asimilando ese sugestivo material se realizó en
mí una fusión intelectual entre variadas inquietudes surgidas a lo largo de mi vida. En primer lugar, las que venía sintiendo desde hacía algunos años en relación con
mi trabajo de investigador en inteligencia artificial. Había llegado ahí procedente de esa rama
de la filosofía que pide perdón por su nombre intimidante: la epistemología (en cristiano,
estudio del conocimiento). Alguna vez había leído en Hobbes que la mejor forma de entender una cosa era hacer el esfuerzo de construirla. ¿No sería instructivo sobre los procesos del conocimiento intentar reproducirlos en una "máquina
pensante"? Esta consideración me mantuvo interesado en el campo de la IA (Inteligencia Artificial) por cerca de veinte años.
Al intentar modelar ciertos aspectos del funcionamiento de la mente en una computadora con
el fin de mejor entenderla, seguía también un consejo de Francis Bacon que recomendaba estudiar cualquier
objeto en más de un contexto. Esto me llevó a pensar que lo que aparecía muy difícil en una situación
compleja (la mente humana) podría volverse fácil al ser observado en una situación sencilla (una máquina electrónica de razonar). Para ello tuve
que convertirme en una especie de ingeniero, familiarizándome con las máquinas que debía programar
y las disciplinas que hicieron posible su existencia. A medida que avancé en ese propósito, fui notando similitudes y contrastes entre la computadora y la mente, resultándome de
esas observaciones sendos cursos sobre la mente y la computadora que impartí durante varios años en la
Universidad de Delaware y en la Universidad de Costa Rica. Inevitablemente, tuve que hurgar también en las ciencias del cerebro, lo que me metió en honduras que no se terminaron de
agotar hasta el nivel subcelular donde tuve que vérmelas con genes y proteínas.
Durante ese tiempo contraje amistad con un investigador de mente excepcional,
el biólogo de la evolución Thomas Ray, mi colega en la Universidad de Delaware.
Me tocó facilitarle las cosas, en mi condición de director ad interim del Departamento de
Computer and Information Sciences, para que pudiera aprender rápidamente a programar para acometer su osado proyecto de producir evolución de organismos
digitales en una computadora. Los resultados de ese proyecto pertenecen ya a la historia de
la ciencia:
demostraron
más allá de duda que la selección natural es un algoritmo que puede operar eficazmente
en un medio distinto del biológico. (RAY 92) Mi contacto
con esta experiencia me hizo revalorar la importancia de la selección natural dentro del conjunto
de ideas más importantes que fundamentan la cultura contemporánea.
Durante los primeros cuarenta y cuatro años de mi vida fui muy religioso y, en cuanto filósofo,
me interesaron mucho los argumentos para probar la existencia de Dios. Entre ellos,
me familiaricé con el famoso "argumento del diseño", que concluye que debe haber un diseñador
universal a partir del maravilloso y delicado funcionamiento de los seres vivos. Pero la abundancia de
las excepciones que esta comprobación revela, incompatibles con la perfección atribuida por las
religiones al Dios Creador (múltiples
deficiencias del cuerpo humano, órganos residuales que no cumplen ninguna función, enfermedades,
errores de reproducción que producen toda clase de monstruos, etc.) me inquietaron siempre profundamente.
Por otra parte, no acababa de parecerme del todo satisfactoria la idea de una evolución que lograra
impresionantes resultados simplemente por la combinación del azar y enormes cantidades de tiempo.
Aunque puse a dormir ese malestar intelectual llevado por la abrumadora cantidad de pruebas que se han
acumulado en favor de la evolución(a), no fue sino con la
lectura del libro de Dennett que pude encajarla dentro
de un esquema de ideas totalmente congruente. Su atrevido y justo concepto de "diseño sin
diseñador", a base de las restricciones que impone cada diseño casual en la explosión combinatoria
de posibilidades ulteriores, resolvía el problema de la inverosimilitud de que la simple casualidad fuera tan productivamente
creadora como lo revelaba la vida. Además, ese concepto tenía el mérito de conectar la
evolución biológica con la historia de la técnica y la cultura, y a la selección natural con las actividades contemporáneas de las grandes corporaciones
industriales, aludidas por la expresión inglesa
research and development (investigación y desarrollo).
Una consecuencia insoslayable
de estos hallazgos era que la ingeniería y la biología constituían en el fondo una misma
disciplina. Tal conclusión calmaba otra inquietud que albergaba desde hacía mucho tiempo, como resultado
de mi interés como teórico del conocimiento por la clasificación de las ciencias.
Me había incomodado siempre la inclusión de la biología en el mismo grupo
que la física o la química, por la razón de que podía imaginar un universo desprovisto de seres
vivientes (y en consecuencia no necesitado de biólogos) pero no me sentía en capacidad de prescindir
de las rocas, el oxígeno, el agua y otras sustancias que seguirían dando oportunidad a la
labor
de físicos y químicos. Por otra parte, había siempre notado una extraña coincidencia entre la
ingeniería –especialmente sus ramas mecánica y eléctrica– con la biología, ambas concernientes al estudio de "aparatos". La idea suplida por Dennett, de interpretar la biología
como "ingeniería inversa" (la que no desciende del plano al aparato sino remonta del aparato
al plano)(b) resolvía esta dificultad de modo simple y elegante.
La decantación de todas estas ideas me llevó a postular una relación de fuerte reciprocidad entre los tres conceptos cuya naturaleza y relaciones recíprocas examinamos
en este bloque de ensayos: la selección natural, el algoritmo informático y la acumulación del diseño.
Los tres conceptos se apoyan y necesitan unos a otros y juntos constituyen el andamiaje lógico que
soporta al nuevo humanismo.
Nota a: Pruebas de la evolución por selección natural en
Apéndices de esta colección.
Nota b: Ingeniería inversa en
Apéndices de esta colección.