La unificación mundial británica
Claudio Gutiérrez 
Si el mem de la globalización había sido
inventado hacía milenios, con la primera identificación subjetiva de un pueblo
con los límites de la humanidad, la correspondencia entre esta idea y la
globalidad geográfica solo se materializaría en la época contemporánea, como
consecuencia de la
Revolución Industrial que comenzó en Gran Bretaña a fines del
siglo XVIII. Esta primera globalización ocurriría primordialmente en el orden
comercial y económico, fundamentada en el desarrollo de las comunicaciones y la
remoción de las barreras artificiales al comercio creadas a lo largo de siglos
por los sistemas políticos. Implicaba tanto aspectos tecnológicos (mayor
facilidad para viajar y transportar mercancías, y para transmitir información a
distancia) y políticos (remoción de obstáculos internos y tratados
internacionales para facilitar el comercio). Intercambios a gran distancia
habían existido desde la
Edad Media, a través de la extensísima "ruta de la
seda" sobre la que reportó en detalle Marco Polo en el siglo XIII con base
en experiencias vividas durante sus propios viajes a lo largo de una veintena de años(1). Más tarde, durante la
edad de los descubrimientos geográficos en el Renacimiento, esos intercambios
se incrementaron grandemente, sobre todo a partir del descubrimiento de
América. Pero fue solo en el siglo XIX, cuando se comenzaron a sentir los
efectos de la introducción masiva de maquinaria en la vida económica, que el
comercio global comenzó a adquirir la amplitud y profundidad que caracteriza a
las dos oleadas de unificación mundial contemporáneas. El factor más
determinante de estos cambios durante el apogeo británico fue el incremento de
la velocidad de las comunicaciones, con la invención del barco de vapor, el
telégrafo, el ferrocarril y el teléfono, todo lo cual transformó la forma de
conducir los negocios, haciéndolos más fáciles y productivos. Este aumento de
productividad favorecería el crecimiento de la población y la elevación del
nivel de vida en todos los estratos sociales de los países involucrados(2).
Pasados los estertores del "antiguo
régimen" europeo, absolutista y estamentario, representados por la Revolución Francesa
y las cruentas guerras napoleónicas, el mundo entraría en un período de
unificación humana sobre bases nuevas, más tecnológicas y económicas que
militares y políticas, aunque impulsada y respaldada por una potencia
dominante, dueña de los mares, el Imperio Británico. El imperativo de vender
sus productos industriales así como de obtener materias primas en el exterior,
motivó a los ingleses a buscar una apertura máxima de los mercados mundiales.
Inspirados por las teorías económicas liberales, en particular la contribución
a ellas de David Ricardo con el concepto clave de "ventaja
comparativa"(3),
grupos políticos y comerciales importantes lucharon por constituir un comercio mundial
libre de las restricciones al intercambio impuestas por los distintos gobiernos
de Europa y del resto del mundo. Esa lucha no fue fácil, pues incluso en la
propia Inglaterra había grupos de presión de los sectores agrícolas que habían
forzado la aprobación de leyes proteccionistas para impedir la entrada de
granos del extranjero. Esas leyes, y otras del mismo tipo relativas a la
navegación, solo pudieron derogarse en la década de los cuarenta del siglo XIX,
durante una carestía de alimentos que duró varios años. No obstante, incluso
antes de esa derogatoria, los británicos lograron penetrar los mercados de
Asia, África, América del Sur y Central, gracias a los bajos precios de sus
productos y a su dominio del transporte marítimo y las finanzas internacionales.
Lo más importante, sin embargo, era abrir los
mercados de los países europeos y el de Estados Unidos que, por sus capacidades
de compra, podían absorber cantidades mucho mayores de productos
manufacturados. Ello se fue logrando paulatinamente por medio de la firma de
tratados comerciales, primero con Francia en 1860, después con el resto de
Europa y del mundo, en un proceso sostenido que culminó con una época de oro
para el libre comercio y la prosperidad general. Aunque una libertad tan completa
dejó de existir después de 1870
a causa de nuevas medidas proteccionistas en países que
torpemente esperaban de ellas incrementar su desarrollo industrial, el clima
librecambista se mantuvo básicamente vigente hasta el comienzo de la I Guerra Mundial en 1914.
Fue ese clima, precisamente, lo que permitió a la mayor parte de las economías
europeas y norteamericanas, junto con algunos territorios colonizados por
ellos, lograr su industrialización y grados de bienestar general muy altos en
el último tercio del siglo XIX(4).
El mundo se llegó a transformar en algo bien
distinto de lo que había sido en los períodos anteriores, dominados por el
proteccionismo económico. No habiendo controles de cambios de moneda, tan
pronto fuera conectado el cable trasatlántico en la década de los ochenta del
siglo XIX, los movimientos de la bolsa de Nueva York comenzaron a influir de
manera inmediata en los de la bolsa de Londres o París. La agenda de un
congreso en Manchester, Inglaterra, podía incluir entre sus puntos de discusión
los retos planteados por la competencia de las colonias asiáticas o la
necesidad de igualar los niveles educativos de los Estados Unidos o Alemania.
Esta vivencia de unificación humana tan amplia solo quedaría destruida por los
sucesivos golpes de la I
Guerra Mundial, la Revolución Rusa y la Gran Depresión de
1929, acontecimientos que se combinaron para fracturar de nuevo al mundo tanto
física como ideológicamente. Después surgieron los regímenes fascistas
italiano, alemán y japonés y estalló la II Guerra Mundial. Terminada esa inmensa
catástrofe, el mundo quedaría todavía congelado durante cuarenta años por la Guerra Fría. (FRIEDMAN 99)
Mientras todo esto sucedía en el amplio mundo, un
país pequeño en el centro del continente americano, formado por un conjunto de
aldeas aisladas en un altiplano rodeado de montañas(5), llegó a sentir también las brisas de la libertad
económica. Algunos ilustrados intelectuales de esa sencilla colectividad
hicieron valer su influencia para abrir la pequeña economía al comercio
internacional, sacudiendo las restricciones a que la había tenido sometida la Corona Española.
Aunque cuesta creerlo, estas personas actuaban estimuladas por los pensadores
de la Ilustración
europea cuyas obras habían leído y asimilado. Los discursos y escritos del
Bachiller Osejo y Joaquín Bernardo Calvo son evidencia de las posiciones
liberales que predominaban en el ambiente durante esa época. Pero no solo este
grupo cultivado propugnaba por la apertura económica; también lo hacían los
comerciantes, costarricenses o extranjeros radicados en el país, que se
esmeraban por estar enterados de los cambios que ocurrían en el mundo y
afectaban las decisiones económicas de las grandes naciones. Estos empresarios
e intelectuales investigaron, sugirieron y ensayaron una diversidad de posibles
productos de exportación: cacao, tabaco, azúcar, palo de Brasil. Sería
finalmente el café por lo que los agricultores del país se decidirían para
entrar por la puerta grande en el comercio internacional.
La costumbre de tomar café se había originado
entre los árabes a mediados del siglo XV. Se extendió por Europa durante el
siglo XVII al ser llevada ahí desde Turquía por comerciantes venecianos. Se
cultivaba en África Ecuatorial y –debido a sus costos de transporte– su uso era
caro y restringido. Las primeras plantas del "grano de oro" se
sembraron en suelo americano en 1714, en la Isla Martinica. De
allí, gradualmente, el cultivo se extendió a otros lugares de América
Ecuatorial. Según opinan los historiadores, fue el prudente gobernador Tomás de
Acosta quien lo introdujo a la
Provincia de Costa Rica en 1804. Dieciséis años más tarde
existían solamente algunas plantaciones en los solares de unas cuantas familias
de la actual capital. Pero en 1821 el Ayuntamiento de San José procedió sagazmente al
reparto gratuito de almácigos entre los vecinos pobres, al tiempo que
distribuía lotes baldíos entre quienes carecían de tierras propias. Sin
embargo, solo sería con la exportación de este producto que comenzara la rápida
expansión de ese cultivo destinado a acaparar los recursos y capacidades
empresariales del país durante el siguiente medio siglo. Una de las colonias
más pobres de España aprovechaba así la apertura de los mercados mundiales para
transformarse en unas pocas décadas en un país económicamente autónomo, con un
desarrollo humano muy superior al del resto de Centroamérica. (FACIO 72, LEÓN 02)
Para esta gran aventura el país contaba con
algunas ventajas especiales: buen clima, tierras feraces, una población
laboriosa e individualista, y una muy amplia distribución de la propiedad que
facilitaría la experimentación y la inventiva. Tendría, sin embargo, que
enfrentar dos grandes dificultades que habrían desanimado a gente menos
emprendedora. En primer lugar, el Valle Central, donde se concentraban las
ciudades (en realidad, apenas aldeas), estaba separado del Mar Caribe por más
de 150 kilómetros
de terreno escabroso de bosque tropical primario, horadado apenas por un
estrecho camino de mulas. En segundo lugar, la ruta interna alternativa, hacia
el Océano Pacífico, más corta y abierta aunque también escabrosa, implicaba que
el viaje a Europa resultara enormemente largo, pues los barcos de vela debían
dar la vuelta por el Cabo de Hornos, lo que elevaba grandemente los costos. En
realidad, solo la circunstancia de que ocurrieron avances importantes en la
tecnología del transporte marítimo entre 1830 y 1850, conducentes a aumentar la
velocidad de los veleros, abrió a Costa Rica la oportunidad para exportar
compitiendo con países con costos de transporte considerablemente más bajos.
Esta oportunidad fue aprovechada a partir de 1832, cuando se comenzó a exportar
café al Viejo Continente por intermedio de casas europeas establecidas en
Chile. Más tarde, en 1844, adquirida experiencia suficiente en el negocio, se
inició una nueva época gracias a embarques directos a Inglaterra. El efecto de
este cambio de estrategia fue un rápido crecimiento de la producción,
posibilitado por amplias siembras alrededor de la capital, alentadas por el
Gobierno de Braulio Carrillo, así como por la construcción de la carretera a
Puntarenas, puerto del Pacífico. Sucesivos gobiernos se preocuparían por
concertar arreglos firmes con compañías navieras que estabilizaron sólidamente
el comercio con los mercados europeos. (FACIO
72, LEÓN 02)
La exportación de café a Chile y a Inglaterra originó cambios importantes en la
estructura económica del país. Se organizaron sociedades mercantiles dedicadas
a la exportación del café y, paralelamente, a la importación de los artículos
extranjeros que tanto necesitaba la población costarricense. En este esfuerzo
el país contó con el apoyo de las mismas casas consignatarias británicas, que
garantizaban la colocación del café, proveían a su transporte regular y
financiaban su producción, que significó una gran inyección de oro para la
economía nacional. Algunos de los mismos caficultores lograron desarrollar su
capacidad como comerciantes y pasaron a formar, en asocio con navieros y
mercaderes extranjeros radicados en el país, una nueva clase de
productores-comerciantes-exportadores, también llamada aristocracia cafetalera,
que habría de tener gran relevancia en la historia económica y social del país.
Es de notar que el propio comercio internacional fue una fuente de educación
para esta nueva clase, pues ponía a los empresarios costarricenses en constante
contacto con navieros y banqueros de Gran Bretaña, Alemania y otros países, sus
clientes y financiadores, lo que implicaba una sistemática transferencia
tecnológica. Vale la pena mencionar que en los mismos barcos que transportaban
el café a Europa y traían los productos manufacturados de esas tierras,
comenzarían pronto a viajar los hijos de esa aristocracia para adquirir
educación superior en instituciones europeas. Este aspecto de la globalización
de aquel entonces tendría una influencia en el futuro del país de incalculables
proporciones. (MONGE 78, LEÓN 02)
En general, el aumento del comercio exterior en
la segunda mitad del siglo XIX produjo una gran prosperidad en el país. Con los
recursos producidos por el café aumentó la importación de bienes de consumo,
así como de materiales, maquinaria y herramientas para actividades productivas;
las ciudades crecieron e instalaron servicios de agua potable y de iluminación.
Se asignaron recursos para la educación pública y se fomentó la cultura de
distintas maneras, la más impresionante entre ellas la construcción de un
bellísimo Teatro Nacional, comparable a los de las cabeceras provinciales
europeas. Fue inaugurado en 1897 con la presentación de la obra "El Fausto"
de Gounod, montada por una compañía de ópera francesa. (LEÓN 02, FACIO 72)
Como el lector comprenderá, la situación de tener
que exportar el café a Europa por el Océano Pacífico resultaba intolerable para
el país. Aunque ya desde las administraciones de los Jefes de Estado
patriarcales de los primeros años de vida independiente se soñaba con construir
una salida al Atlántico, el imperativo se hizo urgente para los presidentes
surgidos de la nueva aristocracia cafetalera. Además, para entonces se contaba
ya con recursos fiscales producidos por la exportación del café. Tocó al
general Guardia, un dictador ilustrado, comenzar a realizar ese sueño, no con
una carretera sino con un ferrocarril, medio de comunicación insignia de esa
ola de globalización. Sería el primero en América Central que saldría al mar.
Puede fácilmente imaginarse el significado inmenso que la obra tuvo para la
producción cafetalera: lograba reducir en tres meses el tiempo de los viajes a
Inglaterra, disminuyendo en proporción los costos de transporte y aumentando
paralelamente las ganancias de cafetaleros y exportadores.
El empréstito para financiar la construcción del
ferrocarril se contrató en 1871 con Inglaterra. En forma paradójica, ese mismo
empréstito sería la ocasión para la introducción en grande de la inversión de
Estados Unidos en Costa Rica. En efecto, la magna obra se prolongó mucho, el
capital se fue agotando, los trabajadores eran diezmados por las enfermedades,
y el Gobierno de la
República se horrorizó ante la posibilidad de paralización de
los trabajos. Surgió entonces una idea salvadora de parte del director de la
construcción, un ingeniero nacido en Brooklyn NY, Minor Cooper Keith; a saber:
aprovechar los trechos de vía ya construidos que partían de la costa hacia el
interior para cultivar banano y exportarlo a los Estados Unidos. Keith
consiguió capital en ese país para terminar la obra, con base en un contrato
con el Gobierno costarricense que cedió a su compañía 800 000 acres de
tierras y el derecho a explotar el ferrocarril durante 99 años. Esta inyección
de capital extranjero no tocó intereses creados y así pudo asegurar la
conclusión de una obra que comprometía el orgullo nacional. En febrero de 1880
zarpó de Puerto Limón, rumbo a Nueva York, un vapor noruego que llevaba el
primer cargamento de bananos, en medio de las celebraciones de toda Costa Rica
como la apertura de una nueva fuente de riqueza para el país.
Y ciertamente lo fue: en los años siguientes, muchos costarricenses sembraron
banano. Keith promovió la creación de diversas compañías con capital americano,
las cuales se fusionaron sucesivamente hasta formar la United Fruit
Company –primer trust agrícola del mundo– la empresa ("Mamita
Yunai") que controlaría la exportación de la fruta en Costa Rica y el
resto de Centroamérica por varios decenios. A esta empresa le tocó llevar la
producción y la exportación del nuevo producto a niveles importantes dentro de
la economía costarricense. El banano llegaría a rivalizar con el café como
principal artículo de exportación al comienzo del siguiente siglo, y a
superarlo hacia su final. La introducción de su cultivo marcó sin duda un hito
importante en la historia del país, significando la superación de la
dependencia de Costa Rica de un solo producto de exportación. (FACIO 72)
A partir de la Guerra Mundial de
1914 la libertad económica comenzó a eclipsarse como clima dominante en el
mundo. El comercio internacional, sin embargo, no desapareció del todo: los dos
productos principales de Costa Rica siguieron siendo apreciados por el mercado
internacional. El modelo agroexportador de desarrollo nacional pudo mantenerse
con poco cambio hasta los albores de la nueva ola de globalización, dando base
a importantes avances en nivel de vida y en justicia social para una población
creciente.
Notas
Nota 1: Marco Polo viajó por
tierra a través de Persia por las montañas de Pamir y el sur del peligroso
desierto de Taklamakan. La vuelta la realizó por el mar de China alrededor de
Asia hasta Hormuz, desde donde continuó por tierra hasta el Mediterráneo. Dictó
sus andanzas a un escriba a su regreso mientras estuvo encarcelado por las
autoridades genovesas. Muchas de sus observaciones son precisas y comprobables
y gracias a él Europa oyó hablar de los caminos y secretos de tierras remotas
que durante siglos seguirían fascinando a los europeos. El libro de Polo se
conoció bien durante el Renacimiento en Europa y sirvió como estímulo para
viajes extensos y el descubrimiento de nuevas tierras y productos.
Nota 2: De hecho, muchos millones
de personas en todo el mundo ni siquiera hubieran llegado a existir de no haber
sido por la
Revolución Industrial y la globalización del comercio del
siglo XIX.
Nota 3: En palabras sencillas,
el concepto de ventaja comparativa se refiere al hecho de que si una comunidad
está dotada de los recursos o habilidades necesarias para producir
especialmente bien una mercancía cualquiera, vale la pena que se concentre en
su producción, aunque deba por ello dejar de producir otros artículos que
también puede producir bien pero no tan bien, incluso en el caso de que
los proveedores sustitutivos del producto cobren más que lo que costaría
producirlos localmente. Por ejemplo, es probable que, si me lo propongo, yo
pueda arreglar mis propios zapatos mucho mejor que como lo hace mi zapatero
remendón e incluso a menor costo. Pero el tiempo que yo dedicaría a ello puedo
emplearlo mucho más productivamente en otras actividades para las que he sido
capacitado por mis estudios. Una de las consecuencias de este principio es que
un comercio libre logra ocupar a toda clase de productores, mejores y peores,
pues la concentración en lo que cada uno hace mejor deja siempre oportunidad de
producir algo útil y mercadeable incluso a los menos dotados. Otra consecuencia
es que un país se empobrece si protege contra la competencia a actividades
locales que solo pueden mantenerse forzando a los consumidores a pagar precios
superiores a los que imperan en el mercado internacional.
Nota 4: La situación fue
diferente para países periféricos en que imperaban estructuras sociales
feudales. Se desarrollaron en ellos solamente actividades económicas orientadas
a producir alimentos y bebidas o materias primas, rentables para los
propietarios de latifundios feudales. Los ingresos generados por estas
economías, acaparados por el reducido grupo de terratenientes, no fueron
capaces de generar una demanda interna suficiente para estimular la creación de
industria propia. (LEÓN 02) Esta
situación, sin embargo, no significa que una sociedad basada en la exportación
de productos agrícolas, o en una economía de plantación, deba ser
necesariamente injusta y subdesarrollada, como lo demuestra el caso de Costa
Rica que examinamos enseguida.
Nota 5: Costa Rica había sido
hasta principios del siglo XIX una colonia española, parte de la Capitanía General
de Guatemala. A partir de 1821 hubo de convertirse para sorpresa de sus
habitantes en un territorio gobernado directamente por ellos mismos. Habiéndose
tomado tiempo para decidir cuál sería su estatuto político ulterior, se declaró
Estado de la
Federación Centroamericana en 1823, lo que fue solo de
nombre. No sería sino en 1848 cuando, dando formalidad a la realidad histórica,
se proclamara República.
Copyright © 2003 Claudio Gutiérrez