Aunque la I Guerra Mundial perturbó gravemente el comercio mundial, su conclusión con el
Tratado de Versalles en 1919 expandió el Imperio Británico a su máxima extensión, haciéndole
heredar las colonias del Imperio Alemán en África. Por otra parte, el colapso del Imperio
Otomano en el Cercano Oriente produjo la adquisición británica de Palestina e Irak. No
obstante, la guerra también intensificó los movimientos nacionalistas en las colonias, en
momentos en que Inglaterra se encontraba exhausta por su esfuerzo bélico. El resultado fue
que durante las dos décadas siguientes tuvo que adaptarse a políticas contemporizadoras.
Otorgó independencia a Egipto (ocupada a fines del siglo XIX) y a Irak, así como autonomía
constitucional a los dominios(1),
eliminando el control del
parlamento sobre sus gobiernos. Uno de estos dominios, el Estado Libre de Irlanda, se separó
completamente del Imperio, convirtiéndose en República.
Podemos considerar la situación del Imperio Británico entre las dos guerras mundiales como
un período de supervivencia inercial. Tal situación sería gravemente
perturbada durante la II Guerra Mundial (1939-1945). Algunas de las
posesiones inglesas, como Hong Kong y Birmania, fueron conquistadas por
Japón. En agosto de 1942, India se rebeló, a pesar de que su ejército
colaboraba en el esfuerzo bélico. Habiéndose peleado la guerra en nombre de la libertad, era natural que los dominios y las colonias exigieran, e Inglaterra debiera realizar, muchas concesiones a su autogobierno. El punto culminante de esta declinación del poder inglés estaba dado desde la firma por Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt de la Carta del Atlántico el 14 de agosto de 1941, la cual había declarado sin ambages el derecho a la libre determinación de todos los pueblos, lo que de hecho comprometía a Inglaterra a proceder a la liquidación final de todas sus colonias. El que ese histórico documento se firmara en un barco en el medio del océano que separa a Europa y a América,
resultaba buen símbolo del "traspaso de poder" mundial
que se realizaba: de Inglaterra, cuyo Imperio caducaba, a los
Estados Unidos de América, cuya ascensión a primera potencia del globo
quedaba confirmada.
Este lanzamiento de una nueva primera potencia mundial ocurría en medio de circunstancias tan extremas e importantes, durante la lucha contra uno de los intentos de dominación global más tiránico y perverso de la historia, que marcaría al nuevo predominio como basado en principios y métodos muy diferentes a los de los imperios anteriores. El colonialismo estaba excluido a priori y la nueva unificación tendría que sustentarse solamente en el comercio, la difusión del conocimiento, el avance tecnológico, y un inmenso esfuerzo por aplicar la ciencia, la técnica y la paz para lograr que toda la población del planeta pudiera participar progresivamente en la calidad de vida lograda ya en los Estados Unidos. Esa noble aspiración, que los pueblos del mundo tomarían en serio, fue formulada por el mismo Presidente Roosevelt con su famosa promulgación de las cuatro
libertades(2). Durante el período de la Guerra
Fría con la Unión Soviética y más allá, el mundo vería la difusión espontánea de los ideales
y patrones culturales (memes) norteamericanos por todo el mundo. Esa difusión prepararía el terreno
para la segunda gran ola de globalización que se desencadenaría a partir de los años ochenta.
Mientras tanto, Europa Occidental se recuperaría rápidamente, con ayuda del Plan Marshall financiado
por los Estados Unidos, sobre el eje de un acercamiento recíproco entre los antiguos
enemigos,
Francia y Alemania (excepto la parte ocupada por los rusos). El 9 de mayo de 1950, de común
acuerdo con el canciller alemán Conrad Adenauer y basándose en las ideas
de Jean Monnet, uno de los pensadores franceses más ilustres del siglo XX,
Robert Schuman hace una declaración proponiendo poner el conjunto de la producción franco-alemana
del carbón y del acero bajo una Alta Autoridad común a varios países de Europa. Este documento
representa el principio de lo que se conocerá más tarde como el Plan Schuman, a saber, la idea de
crear una federación europea basada sobre la unificación económica. La puesta en común de la
producción del carbón y el acero significaba un cambio radical de destino para las regiones de
ambas riberas del Rin, desde tiempos antiguos dedicadas a la manufactura de municiones para alimentar las
guerras que periódicamente mermaban la población europea. La solidaridad de
producción así establecida hacía no solo improbable sino de hecho materialmente
imposible una nueva guerra entre Francia y Alemania. El establecimiento de una poderosa unidad
productiva, abierta a todos los países europeos que quisieran participar y que les proveería de
los elementos básicos de la producción industrial en un plano de igualdad, echaría un fundamento
sólido para su unificación económica. Italia y los países del Benelux (Bélgica, Holanda y
Luxemburgo) se incorporarían rápidamente al Plan Schuman. Estos acontecimientos serían el punto de partida para la creación de una amplia Unión Europea que cuenta hoy con 25 miembros y cuyas autoridades discuten ya los términos de su futura constitución política.
Contrastando con estos acontecimientos, Europa oriental
sufría un cruel destino de unificación forzada como parte del Imperio Soviético. Cuando
la diferencia de condiciones de vida entre las dos partes de Europa convirtió a la ciudad
dividida de Berlín en preferida vía de escape de la prisión comunista, los rusos hicieron
evidente el encierro elevando de la noche a la mañana un infausto muro el 13 de agosto de 1961.
Por esas fechas en Checoslovaquia, otra parte de la Europa sojuzgada por los rusos,
un grupo de políticos
dotados de ideología reformista se propuso limpiar el sistema socialista de sus adherencias
totalitarias desplazando la burocracia existente, inerte e inútil.
De 1963 a 1968, los sectores opuestos a las reformas
se impusieron sobre los reformistas. En 1967, en el IV Congreso de Escritores, destacadas figuras de la vida intelectual checa se
negaron abiertamente a aceptar la disciplina que trataba de imponerles el poder constituido.
La reacción represora fue rápida y contundente, aunque
el férreo liderazgo de Antonin Novotny estaba herido de muerte. Tuvo que presentar su dimisión
como primer secretario del partido el 5 de enero de 1968, siendo sustituido por el eslovaco
Alexander Dubcek.
Las primeras medidas del nuevo equipo, encaminadas a la satisfacción de las
reivindicaciones del pueblo eslovaco, fueron seguidas de una serie de actuaciones liberalizadoras.
En abril de 1968, el Comité Central del Partido Comunista
Checo aprobó un programa de acción que resumía los fundamentos de un "socialismo con rostro
humano". Entre las propuestas destacaba cierto grado de liberación económica, la creación de un
sistema pluralista de partidos de ideología socialista, la autonomía
de los sindicatos y el reconocimiento del derecho a la huelga, así como la igualdad de derechos
entre las poblaciones checa y eslovaca. En política exterior se afirmó la soberanía del
Estado, manteniéndose la cooperación con la
URSS y los países del Pacto de Varsovia, pero se abrió la puerta a contactos con otros Estados. En
materia cultural y religiosa, se garantizaron la libertad de culto, la creación artística y la
investigación científica. Este sueño de libertad, sin embargo, fue entonces interrumpido
cruelmente. El 20 de agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia, encabezadas por la Unión
Soviética, ocuparon Checoslovaquia, aplastando este proceso de democratización que pasó a la historia como la
Primavera de Praga.
Por orden de la dirigencia política checoslovaca, el Ejército nacional no opuso resistencia a
los invasores.
"La resistencia militar habría sido un suicidio de los checos y los eslovacos", argumentó con razón
25 años
después Alexander Dubcek en una conferencia de historiadores. Las condiciones no estaban todavía
maduras para una revolución que solo tendría éxito veinte años más tarde. No comenzaría en
Checoeslovaquia sino en Polonia.
En agosto de 1980, como resultado de huelgas que reclamaban la mejoría de las condiciones de
trabajo de los obreros polacos, las autoridades
públicas tuvieron que reconocerles su derecho a establecer un sindicato conforme a
estándares internacionales:
independiente del Estado y del
partido gobernante. Había nacido el sindicato Solidarnosc (Solidaridad), del cual sería
líder carismático Lech Walesa. Al mismo tiempo,
Solidarnosc se convirtió en un enorme movimiento social y político que representaba las
aspiraciones de libertad, democracia y mejores condiciones políticas de la nación polaca.
La imposición de la Ley Marcial en diciembre de 1981, junto con la detención de varios miles
de líderes, miembros y simpatizantes de Solidaridad, envió la nueva organización a la clandestinidad.
Paradójicamente, su nueva situación permitió al movimiento organizar demostraciones de masas en
mucho mayor escala que las que había montado hasta ese momento. Tal situación no tenía precedente
en la historia del marxismo-leninismo. La masiva desobediencia civil, inspirada por Solidaridad,
llevó a la caída del sistema comunista, primero en Polonia y después en otros países del este y
centro de Europa.
Entre mayo y agosto de 1989, Hungría desmanteló su frontera
con Austria, circunstancia que aprovecharon en setiembre alrededor de veinte mil alemanes
del este para escapar hacia occidente.
Poco después
se desencadenaron en la Alemania del Este
demostraciones masivas que forzaron a renunciar a su cabeza de gobierno, Erich Honecker,
en octubre de 1989. Las restricciones de viaje fueron
abolidas por el nuevo gobierno el 9 de noviembre, con lo que miles de personas se presentaron
ese mismo día ante los puntos de paso; los guardas abrieron las barreras y los
dejaron pasar. Ante esta huida general, el nuevo gobernante también renunció, dando pie a que
el canciller de Alemania Federal,
Helmut Kohl, ofreciera los "Diez Puntos" que llevaron rápidamente a la reunificación
de toda Alemania bajo la Constitución Federal.
El primer paso del proceso sería la unificación monetaria, en
julio de 1990, la que implicó un inmenso y generoso sacrificio de valor adquisitivo para cada
uno de los alemanes del oeste. En setiembre de 1990, los "Dos más Cuatro" (dos Estados
alemanes más cuatro vencedores-ocupantes de la Segunda Guerra Mundial) aprobaron oficialmente la
finalización de la ocupación y autorizaron la reunificación de las dos
Alemanias. Un milagro por el que la inmensa mayoría de los alemanes había suspirado desde hacía
decenios que
incluso
un año antes nadie hubiera creído realizable a corto plazo. Una sorpresa todavía mayor
estaba pendiente: un año más tarde, en diciembre de 1991, bajo la mirada atónita del mundo, la
Unión Soviética se desintegró, quedando
sustituida por quince Estados independientes.
¿Cómo había sido posible todo esto? Los historiadores tendrán tiempo de definir las
causas, pero una muy principal es bastante evidente: la inconmensurable diferencia
de productividad de los dos sistemas económicos rivales, el de planificación socialista de la URSS y el del
mercado libre de los Estados Unidos de América. Después de decenios de carrera armamentista, la pesada economía soviética no
podía ya soportar
unos enormes gastos militares que consumían la mayor parte de su producto nacional bruto, para
gran inconformidad de sus habitantes.
En contraste, la producción militar americana –que le hacía balance de sobra a la soviética– estaba soportada
por una
economía ágil e innovadora que empleaba en ello una parte mucho más pequeña del producto
nacional bruto. La parte mayor se dedicaba al consumo privado, con la consiguiente satisfacción de los habitantes.
El mundo solo percibió que estaba entrando en una nueva era de unificación con la caída del muro de Berlín en 1989, convertida de inmediato en su símbolo, como su construcción lo había sido de la Guerra Fría. No obstante, la gestación de este importante fenómeno se había venido dando durante toda la década precedente, por la acción coordinada de dos estadistas con ideas similares a quienes correspondió gobernar al mismo tiempo sus respectivos países, el Reino Unido (lo que quedó del Imperio Británico) y los Estados Unidos: Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Este proceso comenzó primero en el Reino Unido, con una amplia liberalización de la economía emprendida por Thatcher, que copiaría Reagan en su propio país. La trascendencia de esta acción concertada en dos de las más grandes economías del mundo tenía que producir un impacto enorme en la economía global. El comentarista internacional del diario New York Times Thomas L. Friedman, él mismo un social-demócrata por convicción, describe así estos sucesos:
Las revoluciones thatcherita y reaganiana se produjeron porque las mayorías populares en estas dos grandes economías de Occidente llegaron a la conclusión de que los viejos enfoques de economías dirigidas por el Gobierno simplemente no estaban proveyendo suficientes niveles de crecimiento. Thatcher y Reagan se combinaron para quitarle al Estado grandes porciones de poder decisorio económico, creados por los defensores de la "Gran Sociedad"(3) y los economistas tradicionales keynesianos(4), y devolvérselos al mercado libre. (FRIEDMAN 99)
Por su parte, George Soros, en su libro sobre la globalización, describe así el fenómeno, con énfasis en los mercados financieros:
Bajo la influencia de la globalización, el carácter de nuestros arreglos económicos y sociales
ha experimentado una transformación radical [...] La globalización de los mercados de capitales
ha hecho obsoleto el Estado proteccionista que surgió después de la Segunda Guerra Mundial [...]
Este resultado no es accidental. Fue el objetivo de la Administración Reagan en los Estados Unidos y del Gobierno Thatcher en el Reino Unido reducir la habilidad del Estado para interferir en la economía. La globalización se prestaba bien a sus propósitos. (SOROS 00)
Es una de las ironías de la historia reciente, irritante para nosotros los latinoamericanos, que estos dos estadistas que lanzaron un proceso tan beneficioso para la humanidad hayan sido los mismos que se enfrentaran militarmente a las reivindicaciones territoriales en las Islas Malvinas, la primera de ellos; y a la pacificación de los pequeños países de Centroamérica llevada a cabo por sus presidentes, el segundo.
Si comparamos los dos períodos de globalización contemporáneos, los respectivos volúmenes de comercio y flujo de capitales, –relativos a
productos nacionales brutos– así como los flujos de trabajadores a través
de las fronteras –relativos a número de habitantes– resultan muy
semejantes. Sin embargo, la nueva ola se diferencia de la anterior por la
intensidad con que el mundo se ha llegado a integrar en un solo gran mercado, así como por
el número de países y personas que participan en el proceso. Los números absolutos anteriores
a 1914, grandes para su tiempo, resultan
minúsculos comparados con los de hoy. El intercambio monetario
diario, por ejemplo, se contaba en 1900 en millones de dólares (US$). En 1992 alcanzó a ser de 820 miles de millones; en abril de 1998 era ya de 1.500 miles de millones y continuaba
creciendo. Alrededor de 1900 el flujo de capitales privados de los países
desarrollados hacia los países en desarrollo se medía en cientos de millones
de dólares y afectaba a pocos países. En 1997 ese total
alcanzó los 215.000 millones de dólares.
Pero la era actual de globalización no es solo diferente en magnitud; también
lo es en calidad. La ola anterior giraba alrededor de costos
decrecientes de transporte, gracias a los inventos del ferrocarril, el
barco de vapor y el automóvil. En la ola actual, la
globalización se construye alrededor de costos decrecientes de
telecomunicación, gracias a microchips, satélites, fibra
óptica y –sobre todo– Internet(a). Estas tecnologías han unificado al mundo con una intensidad mucho mayor
que la que producía el simple intercambio de materias primas y productos terminados. Han permitido a
las compañías –sin afectar su unidad de acción– ubicar
diferentes partes de su producción, investigación y mercadeo en distintos
países gracias a las computadoras, las
teleconferencias y el correo electrónico(5). En palabras de John Chambers, presidente de Cisco Systems, la diferencia entre las dos olas de globalización es que la primera juntó a gente con máquinas en fábricas, mientras que la segunda está juntando gente con conocimiento en empresas virtuales. El contraste en velocidad es inmenso. (FRIEDMAN
99)
Pero no solo las corporaciones sino también los individuos corrientes y molientes intercambian hoy servicios
de manera global. Lo hacen de
muchas maneras diferentes:
desde simple procesamiento
de datos o servicios secretariales, pasando por traducciones o diseños de
modas, hasta la consultoría médica, la escritura de software o la intermediación bursátil;
todo ello desde sus propias casas. El que puedan hacerlo se debe al avance espectacular de la
tecnología de las telecomunicaciones y el descenso impresionante de los respectivos
costos. Una computadora de
escritorio cuesta hoy varias veces
menos que lo que costaba una máquina de escribir en 1930, al final de la primera ola de
globalización. Por su parte,
la llamada de un minuto entre Nueva York y Londres
costaba ese mismo año –en valor adquisitivo de hoy– más de $300;
gracias a la Internet, su costo ha llegado a ser hoy, al comienzo del siglo XXI, prácticamente
inexistente.
Que los negocios mundiales puedan ser realizados por simples individuos, desde su casa, es una
característica
exclusiva de la globalización que estamos viviendo. En agosto de 2003 me tocó conocer a una joven
familia francesa que encarna vívidamente las extraordinarias circunstancias que hoy nos rodean.
Hace algunos años el marido decidió invertir sus ahorros en la transacción de
metales preciosos por Internet, desde su casa en Paris. Tuvo éxito de sobra, pero a su esposa no
le agradaba que pasara tantas horas de la noche revisando cotizaciones de la Bolsa de
Nueva York, dada la diferencia horaria. Hace algunos
meses decidieron trasladarse
a Costa Rica con el equipo completo de su negocio –una computadora portátil–. La calidad
de su vida familiar mejoró notablemente, sin que se perjudicaran en nada sus
negocios. Lamentablemente, hoy se han trasladado a Panamá porque las condiciones de monopolio estatal de comunicaciones de nuestro país no son competitivas frente a las que tienen instalados nuestros hermanos del sur.
La
posibilidad de iniciar y mantener negocios mundiales por parte de los individuos
significa
una adquisición de poder económico sumamente importante. Tal empoderamiento
es complementado por otro, de parecida relevancia, este segundo de carácter político: gracias a Internet, nunca como ahora había sido posible para cualquier
individuo informarse exhaustivamente sobre tópicos candentes de la
vida nacional o internacional, y
movilizar directamente a otras personas para el apoyo de las más diversas causas
(¡incluida la resistencia a la globalización!). Este doble fenómeno de
empoderamiento económico y político de las personas,
está destinado a tener amplias y profundas consecuencias para la humanidad. Aparte de consideraciones
económicas o políticas, no es posible exagerar la influencia de la Internet en la vida diaria de la gente. A causa suya,
ahora tenemos un sistema postal global común, un centro comercial global
común, una biblioteca global común, y hasta una universidad global común.
Comencé a escribir este libro en 1996.
En esa fecha mi trabajo de investigador-escritor
se realizaba aún de modo bastante convencional, como el que había sustentado mis escritos los veinte años
anteriores, a base sobre todo de visitas a bibliotecas y librerías selectas en diversas ciudades
del mundo. Pero
poco a poco y casi insensiblemente, he ido pasando a depender cada vez más, para la redacción de
estos ensayos, de
los recursos con que me conecta directamente Internet desde mi escritorio. Al principio
me suscribía a servicios especializados de publicaciones electrónicas. Ahora ya casi ni eso hago,
pues Google o Yahoo me producen los materiales que deseo consultar en solo
algunos segundos, las más de las veces completamente gratis.
Si bien es cierto que, como lo hemos ya señalado, los movimientos contemporáneos de globalización
se basan fundamentalmente en la remoción de obstáculos a la comunicación entre los seres humanos, esto
no implica que con ello tiendan a desaparecer las regulaciones que desde el origen de los tiempos han normado
los intercambios sociales. Simplemente, esos constreñimientos pasan a ser diferentes.
El fenómeno de la globalización no solo significa mayor libertad internacional de
intercambiar bienes, servicios, conocimientos, así como valores financieros, sino también
la aplicación de un creciente número de regulaciones y normas a las cuales los países deben someterse, so pena de
encarar sanciones y castigos importantes. Cada
día los países pueden tomar unilateralmente menos y menos medidas de
política económica, pues les es preciso respetar regulaciones internacionales nuevas a las que
va quedando sometida la política económica interna. En otros términos,
el ámbito de acción y margen discrecional de los gobiernos nacionales tiende a reducirse cada
vez más, en un mundo progresivamente más globalizado. (LIZANO 03)
Esta normativa se refiere fundamentalmente a la circulación de capitales entre los países.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de las
naciones controlaban estrictamente sus transacciones de capital. Las instituciones creadas por
los Acuerdos de Bretton Woods en 1944,
el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial, fueron designadas precisamente para facilitar el comercio internacional en un
ambiente restringido de flujo de capitales. Estos controles solo serían removidos gradualmente.
Los mercados financieros comenzaron a expandirse en forma rápida por el ímpetu de la
crisis del petróleo de 1973. El capital sería liberado sustancialmente de
restricciones internas y externas a comienzos de los
años 80 en Estados Unidos e Inglaterra, bajo la iniciativa de Reagan y Thatcher.
Pero los mercados financieros solo se harían verdaderamente
globales en los primeros años 90, a partir del colapso del Imperio Soviético.
Ésta no era la primera ocasión en que los mercados financieros podían actuar internacionalmente
libres de ataduras. Como hemos visto, lo habían hecho ya en el siglo XIX y hasta antes de la
I Guerra Mundial. Claramente, si la historia nos ha de enseñar algo, el proceso de globalización que ahora
vivimos es cualquier cosa menos irreversible. Ya sucedió antes. (SOROS 02)
El aspecto más importante en esta perspectiva estriba en que los países pobres, con grandes necesidades de inversión, no están
ahora impedidos por falta de capital. Igualmente, los ahorrantes mundiales no están confinados
a invertir en sus mercados nacionales sino que tienen la posibilidad de buscar en cualquier parte del mundo las oportunidades de
inversión con los más altos rendimientos. Si en tiempos no globalizados
cada Estado debía procurar la creación interna del capital que necesitaba para colmar las
aspiraciones de sus habitantes, bajo el nuevo orden de cosas lo que precisan hacer los gobiernos
es solo asegurar condiciones internas capaces de atraer hacia el país una porción importante del
capital formado en
cualquier parte, por el que compiten todos los pueblos del mundo. Como ese capital solo
está dispuesto a implantarse en un país que le garantice condiciones para su
conservación y crecimiento, tiende a retraerse preventivamente de aquellas naciones que no califiquen frente a las normas de las instituciones financieras internacionales. La nueva
normatividad adquiere su legitimidad y vigencia no primordialmente por la influencia
de sanciones punitivas sino más bien por la concurrencia de los distintos países que procuran
atraer hacia sí la mayor porción posible del capital mundial. Este propósito no solo da un peso muy grande a las normas sino también, dado el temor natural a ser preterido frente a otros países que presentan mejores condiciones, impone al proceso de globalización el tempo acelerado que le es característico, un ritmo sin duda más violento que el de los antiguos ambientes
económicos protegidos de la competencia internacional.
Ante esta nueva normatividad, basada fundamentalmente en el mercado de capitales, algunos
se preguntan si la globalización no representa un debilitamiento fundamental
de los Estados nacionales y de las instituciones del Estado de derecho que hemos
heredado de las revoluciones inglesa, francesa y americana. (MOLINA 03) Tal inquietud es injustificada. En un mundo globalizado y con fronteras permeables las instituciones jurídicas y
políticas que constituyen el Estado son más y no menos importantes que
en un mundo fragmentado. En efecto, ¿cuáles son las condiciones internas de un país capaz de atraer inversiones
extranjeras? Ante todo y sobre todo, las que tienen que ver con la seguridad jurídica. Su sistema
de leyes debe ser de calidad internacional: técnicamente bien formulado, sin embrollos ni
contradicciones, público y estable. Su sistema judicial debe estar bien organizado, y los jueces
ser imparciales y eficientes. Debe existir un registro de la propiedad invulnerable ante intentos de fraude.
Durante la época del proteccionismo y el intervencionismo estatal, fue
inevitable el crecimiento del Estado. En la era de la globalización lo supremamente importante es su calidad.
Se necesita un Estado de menor tamaño porque el gobierno no asigna
los recursos sino el mercado. Pero se necesita sobre todo un Estado mejor, más inteligente y rápido, con
burócratas capaces de regular los intercambios sin ahogarlos ni dejarlos salirse de sus rieles.
La administración pública debe ser eficiente, pero sobre todo debe ser
proba: una
administración corrupta es lo que más rápidamente hace alejarse el capital hacia otros lares.
Si hay algo que no puede tolerar la globalización es el Estado corrupto, y quien lo
paga terriblemente caro es su población. ¿Por qué el capital mundial, con muchísimas distintas
oportunidades para invertir, habría de hacerlo en un país en el que se
debe sobornar a todo el mundo para hacer cualquier negocio? La corrupción significa impredecibilidad y
si algo aborrece el capital es
no saber a qué atenerse.
Asegurar la seguridad, la probidad y el orden en un país es de primera importancia. Pero también lo es crear
las condiciones para que las telecomunicaciones de que esté dotada la sociedad estén a la
altura de los tiempos. Recuérdese que este es el aspecto técnico que fundamenta la presente
ola de globalización. El Estado no puede declinar su responsabilidad en asegurar que esa
infraestructura exista.
Los empleos, el uso del conocimiento y el crecimiento económico gravitan inevitablemente hoy por hoy
hacia las sociedades que están más conectadas, que tienen más redes y más
ancho de banda, porque es en ellas donde se puede más fácilmente acumular,
desplegar, diseñar, inventar, manufacturar, vender, proveer servicios,
comunicar, educar y entretener. El ancho de banda es, en la era de la
información, el sistema
de distribución de las compañías que venden mercaderías, en el mismo sentido en que
los ferrocarriles lo fueron
durante la primera globalización. Los países son cada vez más medidos por
cuán cerca se encuentra su población de la conectividad universal, qué proporción de sus
habitantes están
en línea todo el tiempo en cualquier lugar que se hallen, así como por cuánta variedad de
servicios pueden obtener o prestar por medio de esa Evernet (conexión permanente).
Hemos pasado violentamente de un
mundo en el que la clave para la riqueza era la cantidad de territorio heredado, conquistado,
conservado y explotado, a un mundo en que esa clave es más bien cómo el individuo, el país o la
empresa
acumula, participa y cultiva el conocimiento. (FRIEDMAN 99)
Nota 1:
Colonias a las que se había concedido responsabilidades de gobierno ya a mediados del
siglo XIX, en particular Irlanda, Canadá y Australia.
Nota 2:
Las cuatro libertades fueron proclamadas por el presidente de los Estados Unidos
Franklin D. Roosevelt en su discurso anual al Congreso del 6 de enero de 1941. Ellas son:
Nota 3: Se refiere al programa de gobierno fuertemente intervencionista proclamado por el Presidente Lyndon B. Johnson en un famoso discurso de 1964. (JOHNSON 64)
Nota 4: Seguidores de John Maynard Keynes, economista inglés de la primera mitad del siglo XX que enseñó que el Estado puede contrarrestar la caída de la demanda aumentando sus propios gastos. Hoy, en contraste, se tiende a favorecer la reducción de los impuestos a fin de que el sector privado la estimule directa y más eficientemente.
Nota 5: Según lo reportó USA Today el 24 de abril de 1997, programadores de computadoras de la Universidad Tsinghua en Peking empleados por IBM escriben programas en el lenguaje Java. Al final del día, envían su trabajo por Internet a un laboratorio de IBM en Seattle. Ahí, otros programadores siguen trabajando sobre el mismo material y al final del día a su vez lanzan por Internet el trabajo hasta el Instituto de Informática de Bielorussia y el grupo Casa de Software en Letonia, ambos a más de 5000 millas de distancia. De ahí, el trabajo es enviado de nuevo al este, saltándose la noche, hasta el grupo Tata de India, que lo pasa, finalmente, otra vez a Beijing, donde lo encontrarán los programadores de la Universidad Tsinghua al llegar a sus oficinas por la mañana. El proyecto se llama, adecuadamente, "Java alrededor del reloj". Usando Internet, la IBM se ha fabricado un día de trabajo de cuarenta y ocho horas.
Nota a:
Un mem llamado Internet en Apéndices de esta colección.