Tres dificultades

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Horizontes subjetivos

Hemos procurado con anterioridad fundamentar detenidamente la distinción entre biología y cultura(a), la identidad de naturaleza del mecanismo que ha gobernado la evolución de ambas, así como la continuidad sin costuras que asegura entre ellas el efecto Baldwin(b). Antes de entrar a examinar algunos aspectos culturales de nuestra especie, bajo la forma de memes de especial relevancia, será útil que nos entretengamos aún un poco en el tránsito causal desde la primera hasta la segunda clase de fenómenos. Este tránsito, dada la naturaleza del mecanismo común a la evolución de ambos, la selección natural(c), no puede haber sido sino eminentemente gradual y paulatino. No obstante, habría tenido de hecho que haber habido un momento en que lo inanimado habría comenzado a ser vida y otro momento, millones de años más tarde, en que lo vivo habría empezado a crear cultura.

Aparte de la capacidad de autorreplicación, la diferencia más importante entre un ser biológico y las moléculas prebióticas que lo precedieron es sin duda su autoprotección (muy limitada al principio) frente a los embates del medio ambiente. La autoprotección del replicador se consolidaría solo al quedar envuelto en una membrana, creadora del ámbito de la primera célula, el cenancestro(d), antecesor de todas las especies que han existido y existen sobre la Tierra. Esa primera membrana, curiosamente, dio origen –por simple crecimiento y estrangulación, independientemente de la división del genoma– a todas las membranas que definen la frontera entre el "adentro" y el "afuera" de los seres vivos. Si paramos mientes en las bacterias, la clase de seres biológicos actualmente vivientes más parecidos al cenancestro, podemos determinar que palpan su ambiente por medio de receptores constituidos por moléculas de proteína entramadas en su membrana limítrofe. Esas moléculas tienen la capacidad de ligarse con sustancias específicas en el exterior y comunicar a su vez con mecanismos interiores a la célula misma. Tal medio de contacto entre el exterior y el interior habría sido el instrumento más elemental de comunicación entre el ámbito de lo vivo y de lo inerte en aquella lejanísima época.

En el otro extremo, y un tanto arbitrariamente, podemos trazar la frontera entre biología y cultura en el gesto de un antecesor del chimpancé y del hombre que, con base en una representación interna de fines y medios, utilizó por primera vez una estaca para capturar hormigas introduciéndola en el hoyo de un hormiguero. Entre estas dos fronteras, la adquisición de una membrana celular y la aurora del pensamiento simbólico, la vida ha atravesado un enorme camino de pequeños cambios graduales que la mayor parte de los filósofos –incluido el presente autor en su juventud (GUTIÉRREZ 53)– difícilmente pudieron resistir la tentación de interpretar como continua "progresión dirigida" desde la exterioridad más absoluta hacia niveles cada vez mayores de subjetividad. No es el momento para tratar de aclarar la falacia que dota a esta tentación de tanta fuerza; volveremos a ello más adelante. Por el momento, démonos a la tarea de desglosar con algún detalle los hechos que respaldan la fuerza persuasiva de esa gran tentación.

Volvamos a las bacterias. Su contacto con el medio ambiente no se limita a esas proteínas de la interfaz, sustancias de dos mundos, uno externo y el otro interno. Además, las bacterias poseen ya un sistema sensorial especializado en la detección de nutrientes, fuentes de energía o toxinas, con capacidad para almacenar y evaluar la información provista por estos receptores. La integración de tales datos sensoriales, llevada a cabo químicamente, las conduce a una decisión de continuar nadando con igual derrotero o bien girar hacia uno nuevo quizás más promisorio. Todavía con recursos muy elementales, la bacteria ofrece ya un conato de subjetividad, donde están presentes elementos de sensibilidad, memoria, centralidad de integración, decisión, y ejecución de nuevos proyectos. Si el uso de estas palabras para describir el comportamiento de una bacteria produce desasosiego en el lector, es natural que así sea. Los conceptos son creaciones culturales para usos muy definidos y éstos en particular están mal adaptados para reflejar realidades tan primitivas.

Un hito en la evolución de la biología pura hacia la biología acompañada de cultura fue sin duda el paso de los seres de una sola célula a organismos multicelulares. Las células pasan a formar entre sí sociedades muy ceñidas, cooptando los viejos mecanismos de la vida unicelular para el objetivo de emitir y absorber señales químicas que guían el desarrollo de tejidos y órganos y mantienen la coordinación de estructura y funcionamiento de las distintas partes del cuerpo. Ello ocurre a través de la misma porosidad membranal por la que siguen pasando también nutrientes y desechos, pues la nueva existencia corporativa de las células no anula antiguas facultades y necesidades individuales. En estas aglomeraciones de células fuertemente coordinadas la interioridad no puede menos que avanzar, lo que ocurrirá por medio de varias invenciones y la adición de diversas compuertas capaces de canalizar y modular la potencial inundación de materiales y datos externos.

La arquitectura reguladora que irá surgiendo permitirá un control creciente del ambiente químico y el flujo de información dentro del propio organismo que resultará en numerosos niveles de interioridad en el ámbito del ser vivo. El contenido de un sistema digestivo o respiratorio será "menos interior" que la médula de los huesos o el sistema nervioso. Este último es caso especial pues estará dotado de la "máxima interioridad" posible. Pero tómese en cuenta que al comienzo su papel fue el de simple vigilante esmerado alrededor del orificio de ingestión de alimentos, la más pura frontera entre exterior e interior. Ahí debió determinar la idoneidad de las sustancias a punto de ser introducidas en el organismo. En el origen, pues, lo más exterior y lo más interior existieron juntos. Plena subjetividad no podría emerger sino al surgir cerebros suficientemente grandes, aptos para representar internamente la complejidad del mundo exterior. En otras palabras, cuando se diera un sistema nervioso que –muy lejos de su función original de inspector de aduana– fuera capaz de tragarse el mundo en la forma de una inmensa constelación simbólica.

Una vez que comienzan a existir sistemas nerviosos complejos se abre ante nosotros un paisaje fractal(1): las características de sensibilidad elemental de los seres unicelulares son de nuevo discernibles a nivel de las células nerviosas. Como los organismos unicelulares, las neuronas tienen receptores localizados en la superficie de la célula capaces de reconocer diferentes sustancias. Reviven así la función nutritivo-precautoria de aquellos microorganismos. Al igual que ellos, la neurona integra diversos datos entrantes de los receptores, lo que puede resultar en el disparo de un potencial de acción (equivalente a que la bacteria continúe avanzando en busca de nutrientes) o bien la inhibición de la tendencia a disparar (correspondiente a que la bacteria cambie de dirección). (ALLMAN 00). Es como si el viejo drama de afuera-adentro vivido por el cenancestro volviera a las tablas, esta vez dentro del organismo multicelular y en condiciones mucho más seguras. Como si la vida hubiera decidido reusar un recurso probado con éxito para extraerle ahora mayores ventajas. En el nuevo ambiente de menor riesgo y multicelular las células recibirán –y se enviarán unas a otras– un alimento inédito: los neurotransmisores. Se inventa así la comunicación intersináptica que complementa la transmisión de información a lo largo de la célula(2). Con este invento la neurona trasciende su papel de repetición fractal de la bacteria, y emerge como el elemento crucial de la red informática del organismo. Se ha dado aquí una gran transmutación en la que mecanismos desarrollados por la evolución para la asimilación física (ingestión, digestión) pasan a ser usados para la asimilación virtual, sentando las bases fisiológicas elementales del conocimiento y de la cultura.

El desarrollo del mecanismo neuronal básico pone el escenario para la gran proliferación de vida animal que ocurrió durante el período cambriano, hace más de quinientos mil millones de años. Parte del resultado de esta explosión de vida animal son los primeros cordados, con un cerebro muy simple. De ellos evolucionaron, todavía en el mar, los primeros vertebrados, pequeños depredadores con gran capacidad para reconocer y recordar olores. Entre ellos, algunos desarrollaron una nueva invención generadora de intimidad: la mielina, capa protectora que recubre el axón y mejora su capacidad de transmitir información. Tal novedad haría posible la construcción de cerebros más grandes. Descendientes de estos mutantes, todavía de pequeñas dimensiones, se arrastraron hacia las playas y eventualmente comenzarían a colonizar la tierra seca. Retados por los severos cambios de temperatura en el ambiente terrestre, algunos de entre ellos experimentaron con éxito un sistema de sangre caliente. Entre sus más sobresalientes sucesores estuvieron los pájaros y los mamíferos. Una variante de los últimos fueron nuestros antecesores primates, al comienzo también pequeños depredadores, con ojos frontales, manos prensiles y cerebros más grandes. La evolución del cerebro, se ha demostrado, está ligada a la depredación(3), tanto como la sensibilidad elemental de los seres unicelulares a la obtención de nutrientes.

Los cerebros grandes son raros porque su costo energético es tremendo y debe competir con otros órganos por la misma cantidad de energía disponible. Además, duran mucho para madurar, lo que reduce la tasa a que sus poseedores pueden reproducirse, afectando su competitividad. Y si los cerebros son muy grandes, su lento desarrollo implica un pesado gravamen evolutivo para sus poseedores. De ahí que la evolución de los nuestros haya dependido crucialmente del establecimiento de la familia extendida para proveer al cuido prolongado de los retoños. Queda aquí establecida una liga fundamental entre sociabilidad incrementada y encefalización masiva, con todos los visos de haber sido el producto de una larga coevolución reiterativa, matriz de la cultura: a mayor sociabilidad, mayor encefalización y recíprocamente(4). Aquí la estrategia evolutiva de "crear distancia" entre el medio ambiente brutal y las actividades constitutivas de la vida da un salto innovador de envergadura: la protección queda establecida no ya simplemente por membranas o formaciones de células integrantes de tejidos u órganos sino más bien por el agrupamiento de organismos completos, entramados afectivos de coespecímenes que se coordinan instintivamente para el sostén y defensa de sus parientes más jóvenes. Con esto hemos alcanzado ya la altura de interiorización de la vida de los primates no humanos. El salto siguiente, de tremendas proporciones, sería la invención de las formas de representación simbólica que marcan el tránsito del reino animal al reino humano y dan lugar al surgimiento de nuestra cultura.

En este punto de nuestro análisis conviene detenernos a considerar lo que hemos logrado. En los ensayos anteriores hemos insistido una y otra vez en la naturaleza eminentemente mecánica, no finalista, de la evolución; igualmente, en el carácter algorítmico de su motor, la selección natural: multiplicación de individuos de una población, cambios aleatorios, prevalencia de los mejor adaptados a un ambiente, relativamente estable pero cambiante a largo plazo, con el resultado de divergencias evolutivas y creación de nuevas especies. En este ensayo, sin embargo, hemos tocado el tema (presumiblemente incompatible con el darwinismo) del proteccionismo, no del económico sino de uno más radical, el de los sistemas biológicos. Hemos hecho también una sinopsis de la creación de especies con cada vez más control sobre las condiciones de su entorno, pintando un cuadro fácilmente interpretable como una historia de progreso de la vida hacia estados de cada vez mayor interioridad, como si la naturaleza misma del espacio fuera cambiando al ser domesticado por la vida. Al final de esa historia habría aparecido la especie humana, con diferencias cualitativas sobre todas las otras, capaz de modificar a su imagen y comodidad el medio ambiente, e incluso –en último término– amenazar o destruir las mismas condiciones que sustentan la vida sobre el planeta.

Los conceptos más simples e importantes son, paradójicamente, los más sujetos a malas interpretaciones, sobre todo cuando se refieren a situaciones en que nosotros mismos estamos implicados. Es uno de los límites a que está sujeto el conocimiento humano. Precisamente en estas circunstancias es que resulta oportuno e incluso imprescindible el análisis filosófico. Podemos decir que en el curso de este ensayo han quedado planteadas tres confusiones de monta que de hecho se erigen como tres graves problemas. Identifiquémoslos y démonos a la tarea de tratar de solucionarlos ...o disolverlos.

  1. Ante todo, nos enfrentamos aquí con la aparición de la tentación vitalista: ¿Cómo podemos evitar entender el desarrollo milenario de la vida en términos de una "progresión dirigida" hacia cada vez más interioridad, donde la naturaleza del espacio en que se dan los fenómenos va quedando cargada por una fuerza emergente inducida por las circunstancias y que llega a tomar el control de los acontecimientos? La caída en esta tentación significa tirar por la borda los logros de la tradición científica y filosófica de los últimos trescientos años que ha logrado explicar la naturaleza en términos estrictamente empíricos y racionales. La ordenación de los pasos exitosos en una forma particular, solo posible post factum, dota a esta falacia de un gran poder persuasivo.

  2. En segundo lugar está la cuestión de si la innegable progresión de la vida hacia colocar sus procesos críticos en una posición cada vez más alejada del frente de batalla con el ambiente representa un proteccionismo similar a las barreras aduaneras que imponen los Estados contra la competencia del mercado mundial, obviamente ajeno a los principios de la selección natural. Esta falacia es menos formidable que la anterior y su aclaración requiere menos esfuerzo.

  3. Finalmente, está la paradoja de la cultura, consistente en que siendo por hipótesis la cultura el más complejo producto de la evolución por selección natural, podría sin embargo resultar una amenaza para la ecología natural que le sirve de base. A diferencia de los dos anteriores, este problema no constituye un error lógico sino la enunciación de un peligro: el del intervencionismo consciente en un sistema –el ecosistema– autorregulado desde siempre por métodos mejores muy distintos. Merece un tratamiento diferente al de los dos temas anteriores.

Vamos a enfrentar estos tres retos de la siguiente manera: trataremos primero los incisos 2 y 3, reservándonos el inciso 1 para último por ser más intrincado filosófica y científicamente.

Proteccionismo

Que la vida ha progresado en estabilidad al mismo tiempo que lo ha hecho en complejidad es innegable. Prácticamente hubiera sido inexistente, en su diversidad y riqueza, si desde el comienzo la misma selección natural no hubiera premiado a aquellos replicadores que inventaran una fidelidad mayor en la transcripción de sus genes y maneras de obtener más estabilidad para sus descendientes. Los genomas de ARN (ácido ribonucleico) originales eran tan frágiles que un soplo de aire podía desintegrarlos. De ahí que la invención de la membrana celular fuera un acontecimiento que revolucionaría profundamente la marcha de la vida. Lo mismo sucedió después con la invención del ADN –un medio mucho más firme que el ARN para conservar la herencia–, con la invención de un núcleo para recubrirlo, y con la incorporación de múltiples trucos para asegurar la fidelidad de replicación de los genes. Frente a esos innegables y trascendentales hechos, hagamos la gran pregunta: ¿es esto proteccionismo contra la competencia o más bien adquisición de ventajas competitivas contra otros seres menos afortunados que no compartieron esos inventos y como consecuencia desaparecieron de la faz de la Tierra?

Si observamos bien la amenaza contrarrestada por estos inventos, debemos concluir que no se trata de competencia; se trata más bien de riesgos naturales no biológicos, aprovechables por los competidores o depredadores únicamente si ellos mismos hubieren estado ya protegidos contra esos riesgos. Si puede ayudarnos un símil económico, podríamos mencionar aquí la construcción de mejores instalaciones para defender los procesos fabriles de amenazas externas, digamos del polvo que puede contaminar la preparación de fármacos o alimentos procesados y poner en peligro la delicada elaboración de microprocesadores y otros diminutos componentes electrónicos; o en una plantación moderna de banano, las miles de amarras que sostienen los vástagos a partir de un tendido de cables, para resguardarlos de los efectos de huracanes. En estos casos no estamos protegiendo a la empresa de la competencia, estamos más bien ejerciéndola y ganando ventaja en el mercado, frente a firmas menos avispadas que no hayan introducido esas novedades tecnológicas. Todos los inventos biológicos que "alejan del campo de batalla" los procesos biológicos (adquisición de membranas), o que cuidan los heridos en ese campo (control de calidad y reparación de errores), o que previenen esas bajas (almacenamiento de genes en ADN en vez de en ARN) son de este tipo: aseguran "la permanencia en el mercado" (capacidad de reproducción), sin impedir la concurrencia de otros actores sobre los recursos naturales.

¿Cuál sería entonces un caso de verdadero proteccionismo en el campo biológico? Parecería que no pueda haberlo, dado el carácter "natural" de la "selección" que domina el proceso de evolución de las especies. Precisamente cuando hablamos de "selección artificial", oponiéndola a "selección natural", estamos introduciendo un orden diferente al puramente biológico. Pareciera que es el orden cultural, donde existen mentes, planes y propósitos, el único que puede limitar la evolución biológica. Importantes manifestaciones de esta situación son la domesticación de animales y plantas, y su respectiva crianza y cultivo, que solo la intervención de los seres humanos –interesados en su propio bienestar– ha podido canalizar como una evolución guiada que apelamos selección artificial. No obstante, es un hecho que es posible mostrar algunos ejemplos excepcionales de verdadero proteccionismo dentro del orden puramente natural. He aquí dos muy singulares, uno de carácter positivo y otro más bien desfavorable.

En primer lugar, la selección artificial no es practicada solamente por seres humanos. No somos los únicos que hemos sido capaces de manipular la evolución de otras especies en beneficio de la nuestra. Varias especies de hormigas lograron también, primero que nosotros, "seleccionar artificialmente" especies de hongos que todavía en el presente cultivan de modo sistemático. De hecho, fueron ellas las que inventaron la agricultura, hace nada menos que ¡cincuenta millones de años! Así, las llamadas hormigas cortadoras de hojas constituyen las mayores consumidoras del follaje de Mesoamérica. Cultivan sus hongos en cámaras oscuras cuya red subterránea puede llegar a abarcar la extensión de una cancha de fútbol. Las hojas que cortan y cargan –espectáculo común en mi propio jardín costarricense– no están consagradas al consumo directo, pues les son indigeribles. Están más bien destinadas a ser infectadas por hongos cautivos reproducidos por clonación dentro del hormiguero, de manera parecida a como se hace con el banano en las plantaciones centroamericanas. Son más bien esos hongos los que sustentan a las hormigas, haciéndoles posible formar grandes sociedades, de hasta varios millones de miembros en uno solo de sus nidos. Dado el pequeño tamaño del cerebro de estos insectos, los científicos prefieren no hablar aquí de selección artificial (fenómeno cultural) sino de una simbiosis (fenómeno biológico) desarrollada mediante una coevolución por selección natural de las dos especies. Discreta decisión lingüística que nos permite seguir considerando al ser humano como inventor de la agricultura, muchos miles de años después. ¿Elimina esta decisión el proteccionismo? El lector dirá.

Sobre el segundo ejemplo de proteccionismo natural, con consecuencias muy negativas para la especie humana, hemos discurrido ya antes: se trata del rudimentario sistema de control de calidad propio del ciclo celular de las mitocondrias, nuestras importantes centrales energéticas. Todo parece indicar que estos endosimbiotas de nuestras células dejaron prácticamente de mejorar sus sistemas al quedar protegidos de la competencia biológica dentro de la resguardada sopa nutritiva que es el citosol de cada una de nuestras células. El resultado lamentable son las terribles enfermedades mitocondriales(e) que debe sufrir la especie humana. ¿Podría aquí también una convención lingüística salvar la situación? No lo creo. La alternativa es, en vista de los inmensos beneficios reportados por la adquisición de nuestras centrales energéticas celulares, aceptar éste como uno de los tantos casos de conflictos de valores, en que males parciales forman parte de bienes mayores. El mal parcial sigue siendo un mal, sin embargo, aunque contribuya a un bien en otra escala, y puede llegar eventualmente a representar un riesgo para la supervivencia de la especie.

La paradoja de la cultura

Veo como "paradoja de la cultura" el hecho de que la cultura humana es un producto de la selección natural (otros podrían decir "de la naturaleza") y sin embargo sus procesos parecen tener una marcada tendencia a dejar sin efecto ese algoritmo(5). Y digo "parecen" porque, como sabemos, la evolución cultural obedece exactamente al mismo algoritmo de selección natural. Solo que en este caso lo que evoluciona no son genes sino memes que habitan no simplemente el universo físico sino el constituido por comunidades de mentes humanas. Como hemos visto, su agente selector no es directamente la limitación de recursos naturales sino la disponibilidad de cerebros capaces de sustentar por un cierto lapso esos "racimos de ideas". Agreguemos aquí que así como los recursos naturales existen integrados en conjuntos sistemáticos que llamamos ecologías, las mentes se dan asociadas entre sí –mediante mecanismos simbólicos– en sistemas sociales. Además, internamente, es posible entender cada mente como una sociedad de "mentes" menores (MINSKY 85), también integradas simbólicamente. Y así como la presión selectiva en el orden biológico surge del contexto ecológico, la presión selectiva en el orden cultural la ejerce un contexto simbólico, externo (el control de las normas sociales) e interno (el imperativo de congruencia personal). Parecería que está de más decir, pero es bueno recordarlo, que tanto la ecología como el sistema social no solo son medios que condicionan a actores biológicos o culturales, sino también resultan de las interacciones de esos actores entre sí. Que la ecología y la sociedad están formadas por sus miembros (especies y seres racionales, respectivamente), pero a su vez condicionan su comportamiento y su misma estructura en interacción dialógica.

No obstante la validez de estos principios de la filosofía de la biología y de la cultura, dotados –como puede observarse– de un fuerte paralelismo que los hace aún más convincentes, debemos reconocer varios hechos importantes.

  1. No está prescrito que la acción de la selección de memes tenga que ocurrir en períodos de tiempo compatibles con la duración de la vida humana, a pesar de que reine una diferencia entre ecología y sociedad, al ser la velocidad del cambio cultural mucho mayor que la del cambio biológico(6). Incluso el cambio cultural toma tiempo para difundirse, como están destinados a comprobar –para desilusión suya– los reformadores sociales.

  2. Existe una marcada diferencia entre la ecología, donde la particularidad geográfica de la distribución de recursos es determinante, y los sistemas sociales, cuyo agente selectivo, la disponibilidad de mentes humanas, es mucho más homogéneo. Compárese, por ejemplo, la barrera ecológica documentada por Darwin entre las poblaciones de aves de las Islas Galápagos y las de la tierra firme ecuatoriana con la diferencia cultural entre México y los Estados Unidos. A pesar de las dificultades de comunicación que representa la diversidad de idioma, esta barrera cultural resulta mucho menos efectiva en evitar una evolución conjunta de dos poblaciones contiguas que la barrera geográfica entre dos grupos de aves separados por el mar.

  3. Dado el carácter simbólico de los sistemas sociales, es posible con más generalidad que en la ecología, que subsistemas sociales persistan en niveles subóptimos de adaptación protegidos por mecanismos simbólicos (por ejemplo, leyes o mitos) contra los agentes selectivos operantes en el contexto más amplio. En el plano personal, es bien conocida la existencia de mecanismos de defensa psicológicos que logran equilibrios funcionales de la persona en niveles subóptimos. Y en el plano de la gran sociedad, culturas enteras pueden también defenderse –incluso durante siglos– contra el progreso económico con políticas proteccionistas, o contra el progreso moral con políticas fundamentalistas.

Es sobre la base de estas consideraciones que podemos resolver la paradoja de la cultura enunciada al principio. Lamentablemente, esa resolución es puramente lógica y por sí misma no defiende contra las catástrofes que amenacen a una cultura, a mediano o largo plazo. Esa resolución lógica podría expresarse con líneas como las siguientes:

La superación lógica de la paradoja de la cultura no significa en manera alguna que el orden cultural no pueda imponerse al orden biológico y dañarlo, minando como consecuencia el substrato sobre el que se apoya la cultura. Por el contrario, la independencia de los dos órdenes implica que de cualquiera de ellos pueden provenir iniciativas perjudiciales para ambos. Como sugerimos anteriormente, esta paradoja no es un error que pueda superarse por análisis lógico. El análisis puede aclarar la situación, como estamos intentando hacerlo. Pero su valor consiste solamente en que nos alerta sobre un peligro que –dadas nuestras capacidades simbólicas– podemos visualizar por adelantado e intentar enfrentar colectivamente con medidas eficaces. También podemos fracasar en evitarlo y simplemente sucumbir como lo hicieron las especies y culturas extintas, con el solo premio de consolación en nuestro caso de haber sido plenamente conscientes de la inminencia de la catástrofe.

La tentación vitalista

Hemos prometido aclarar la falacia que ve la evolución de la vida como una progresión dirigida desde una exterioridad absoluta hacia niveles cada vez más intensos de interioridad. La hemos identificado como tentación vitalista porque caer en ella equivaldría a volver a sustentar ideas superadas por la biología contemporánea que fueron defendidas a principios del siglo XX por algunos filósofos y científicos que creyeron que además de las leyes fisicoquímicas era necesario postular una "fuerza vital" para dar cuenta de los fenómenos biológicos(7). En esta nueva forma, el argumento diría que un avance milenario de "interioridad" habría comenzado con la reactividad elemental de la bacteria frente a su medio ambiente y –a través de muchos escalones– habría terminado siendo coronada por la capacidad de pensamiento abstracto y de vida espiritual propia de los seres humanos.

Nuestra intención aquí es solamente mostrar el mecanismo psicológico que dota a la tentación vitalista de singular fuerza, no refutar las teorías vitalistas como alternativa a la ciencia contemporánea. No lo creemos necesario. En primer lugar, porque ellas no se sostienen ante ningún criterio riguroso: ni la prueba empírica, puesto que nunca se ha podido mostrar en un laboratorio la presencia de una tal “fuerza vital” diferente de las fuerzas fisicoquímicas; ni el razonamiento teórico, pues el concepto de "fuerza vital" sale sobrando para explicar los fenómenos biológicos que pueden hoy explicarse exhaustiva y elegantemente desde la teoría fisicoquímica. En segundo lugar, porque los inmensos logros del método científico, hablan por sí solos y dotan a su metodología de autoridad sin par frente a todas las formas de obtener y establecer creencias que han pretendido a través de los milenios ofrecer medios adecuados para construir el conocimiento. Y no me refiero primordialmente a logros tecnológicos fundados en hallazgos científicos, de los cuales por supuesto muy pocos querríamos desprendernos. Pienso más bien en las explicaciones coherentes y bien fundadas que en conjunto nos ofrecen una amplísima visión naturalista del universo, antídoto para las supersticiones y temores que subyugaron a pasadas culturas y todavía hoy atosigan a parte considerable de la humanidad que no ha podido todavía asimilar las enseñanzas de la ciencia por falta de educación o la censura de tiranías religiosas.

Uno de los postulados metodológicos que ha producido más frutos en las ciencias es el que requiere que las leyes naturales que se propongan se entiendan aplicables del mismo modo y con la misma fuerza a todas las regiones del espacio-tiempo(8). Si nos permitiéramos pensar que algo suceda diferentemente dentro de la célula, por tratarse de un “interior” distinto de un "exterior", estaríamos violando ese principio y simplemente resucitando la teoría de la “fuerza vital” con otro ropaje. Y sin embargo ¿por qué podemos sentirnos psicológicamente compelidos a ver una “progresión dirigida” en el movimiento de "lo exterior" a algo "cada vez más interior"? Lo primero que debemos decir ante esta tentación de resucitar el vitalismo es que la persuasión o compelimiento emocional no es admisible como criterio de verdad; se trata simplemente de un sentimiento, un efecto subjetivo que puede tener muy distintos orígenes pero no puede llevar de suyo a una convicción lógica. Para mostrar cómo esto puede ser así tomemos un ejemplo debido al filósofo Ludwig Wittgenstein. Imaginemos que por razones arbitrarias la Tierra aumentara su altura sobre su centro repentinamente y de manera uniforme a todo lo ancho y largo de su superficie en exactamente un metro. ¿Qué pasaría con una cuerda que hubiéramos posado antes ceñidamente sobre, digamos, toda la extensión del ecuador? Naturalmente, se reventaría, por ser ahora demasiado corta. Pero ¿corta por cuánto? La mayoría de las personas –con la posible excepción de geómetras y geógrafos, familiarizados con este tipo de problemas– dirán que por una gran extensión. Se sorprenderán cuando se les diga que sería sólo por seis metros y veintiocho centímetros. Con base en este ejemplo podemos preguntarnos: ¿cuán persuasiva resultaría la tentación vitalista que hemos descrito para un biólogo de la evolución, familiarizado con el algoritmo de selección natural en sus innumerables aplicaciones a todos los reinos biológicos? Es claro que no será persuasiva en absoluto; ni siquiera se la plantea, no existe para él. No es de extrañar que los libros con resonancias vitalistas que hoy todavía se escriben no tengan como autores a biólogos de profesión (aunque curiosamente sí a algunos físicomatemáticos).

A pesar de todo esto, podría quedar un fondo de duda, tal vez hasta para un científico de la evolución, sobre la posibilidad de que, sin nuestro conocimiento, la evolución estuviera dirigida a producir al ser humano. ¡Soberbia petulancia! ¿Y por qué no al delfín, o tal vez a alguno de los maravillosos seres de las profundidades de los océanos de cuya contemplación ningún ser humano puede deleitarse? Pero en fin, este último rescoldo de teleología puede ser despejado por un razonamiento basado en un concepto que debemos al cosmólogo y matemático británico Stephen Hawking. Se trata del llamado principio antrópico. Expresado en términos simples, dice así:

Para comprender mejor en qué consiste la lógica de este principio, pensemos que fuéramos un extraterrestre, o mejor aun un extrasolar (persona ajena a nuestro sistema planetario) dotado de una inteligencia similar a la nuestra. Pues bien, como extrasolares inteligentes también gozaríamos del beneficio de nuestro propio "principio antrópico", aunque se llamara de otro modo, que nos llevaría a pensar que el universo tenía que habernos producido. La única razón por la que una piedra existente en algún punto de la constelación Andrómeda no pueda pensar lo mismo es que carece de capacidad para concebir el problema. Esto nos puede encaminar a una reformulación de la tentación vitalista en términos más débiles que podría hacerla menos objetable, a saber:

Pero por supuesto, la tentación seguiría siendo falaz, pues aún esta versión menos pretenciosa podría ser contrapesada por una generalización correspondiente del principio "antrópico":

Subrayemos finalmente que el principio antrópico no es un principio filosófico que establezca la verdad de una "evolución dirigida". Es simplemente una doctrina lógico-psicológica que reconoce una inevitabilidad de hecho del pensamiento dentro de nuestro universo en evolución. Las condiciones debieron ser tales que favorecieran nuestra producción, puesto que hemos llegado a existir. Pero nada en este principio asegura que fuéramos diseñados conscientemente, o según un plan preexistente, por ninguna inteligencia natural o sobrenatural. El algoritmo de selección natural está ahí para garantizarnos que existen procesos de diseño automático, omnipresentes en las condiciones geológicas de planetas como el nuestro, perfectamente capaces de habernos producido, junto con todos los otros seres vivos e inteligentes que existen o hayan existido, en completa ausencia de cualquier plan o diseño conscientes. Ante esto, la hipótesis de la evolución dirigida o de una "interioridad emergente" resultan completamente superfluas y puede ser rasurada por la filosa navaja de Occam(f) que permitió el surgimiento de la ciencia moderna.

Notas

Nota 1: Concepto en boga y de buen tono, pero no por eso menos digno de incorporarse en el vocabulario de una persona educada. Dícese de lo que se repite según las mismas reglas en cada uno de sus niveles inferiores o de menor tamaño, como las hojas de un helecho reiteran su forma original en dimensiones cada vez menores. Está tomado de una teoría fisicomatemática bastante espesa cuyo mayor mérito parece haber sido cambiar el lenguaje popular antes de lograr universal aceptación en la comunidad científica.

Nota 2: El elegante sistema de potenciales eléctricos que se desplazan a lo largo de axones y dendritas, gracias a iones de sodio y potasio que atraviesan la membrana en ambas direcciones.

Nota 3: No solamente en los mamíferos. Entre los peces se observa la misma correlación. Es notable el caso del tiburón, rey de los depredadores oceánicos, con un cerebro muy grande para su tamaño. Es revelador que una especie de tiburón sin conducta depredadora tenga el cerebro más pequeño de su grupo. (ALLMAN 00)

Nota 4: Esta coevolución sería anterior y más fundamental que otra relacionada analizada antes, la coevolución de cerebro y lenguaje(g).

Nota 5: Los ejemplos de esa tendencia son innumerables, desde la domesticación de plantas y animales, pasando por las intervenciones médicas que rescatan vidas de seres mal adaptados, hasta la devastación de las selvas tropicales con destrucción de incontables especies.

Nota 6: Téngase en cuenta, sin embargo, que existen muchas especies que afectan la condición humana, entre ellas virus y bacterias, que evolucionan muy rápidamente, dando lugar a verdaderas "carreras armamentistas" entre enfermedades y medicamentos. Sobresale a este respecto el caso de las bacterias que devienen resistentes a los antibióticos y a las vacunas, obligando a las compañías farmacéuticas a crear constantemente nuevas variedades de estos medicamentos.

Nota 7: Así, por ejemplo, Henri Bergson (BERGSON 47) y J. von Uexküll (UEXKÜLL 47). Las fechas de estas publicaciones de traducciones al español son indicativas de la persistencia de las ideas vitalistas en Latinoamérica bien entrado el siglo XX, cuando ya se estaba a punto de desentrañar el código genético. Por esas fechas este autor recibió su primer curso de biología dentro de esa misma orientación.

Nota 8: Con la única excepción de ciertas “singularidades” –como el momento del Big Bang– de que nos hablan los cosmólogos, cuyas hirsutas caracterizaciones matemáticas no es del caso examinar aquí. Pero no afectan de ningún modo a los seres vivos ni a los contenidos culturales, ya que en esos espacio-tiempos excepcionales no podrían existir ni los unos ni los otros.

Nota 9: Hawking enuncia así el principio antrópico: "Vemos el universo de la manera que es porque existimos". Y agrega: "Si el universo fuera diferente no estaríamos aquí", pues es claro que solo hay pocos rangos de valores para los números que caracterizan las constantes universales de la física que permiten el desarrollo de alguna forma de vida inteligente. La mayor parte de los valores posibles para esas constantes no lo permitirían. (HAWKING 88)

Referencias

Nota a: Evolución no genética en Ideas, cuerpos y cerebros de la cuarta colección, bloque b.

Nota b: El efecto Baldwin en Ideas, cuerpos y cerebros de la cuarta colección, bloque b.

Nota c: La selección natural en La selección natural de la primera colección, bloque a.

Nota d: El cenancestro y los tres grandes dominios de la vida en La larga marcha: los orígenes de la segunda colección, bloque a.

Nota e: El futuro de la medicina en La construcción del individuo de la tercera colección, bloque b.

Nota f: Nota 2 en El Renacimiento europeo de la quinta colección, bloque a.

Nota g: El lenguaje amigable para el niño en Y en el final fue el Verbo de la cuarta colección, bloque b.

Copyright © 2002 Claudio Gutiérrez