
A principios del siglo XIX, como resultado de su revolución industrial, los ingleses provocaron la primera globalización. La necesidad de vender sus productos manufacturados y de proveerse de materias primas los había motivado a buscar la apertura de los mercados mundiales. Una serie de tratados comerciales con los países de mayor capacidad de compra en el mundo fue creando poco a poco condiciones de libertad comercial tan amplias que originarían una época de prosperidad general.
Mientras esto sucedía en el amplio mundo, las brisas de libertad llegaron a las aisladas aldeas de nuestra “Meseta Central”. Los intelectuales de esta sencilla colectividad, como el Bachiller Osejo y don Joaquín Bernardo Calvo, comenzaron a propugnar por sacudirse de las restricciones al comercio internacional impuestas por la Corona Española. Se les unieron comerciantes, costarricenses o extranjeros radicados aquí, conscientes de las oportunidades que la globalización le ofrecía al país. Probaron varios productos como materia de exportación (cacao, tabaco, azúcar). Sería finalmente el café, que don Tomás de Acosta había introducido al país en 1804, el escogido para nuestra entrada por la puerta grande en el comercio internacional. . En 1821, el Ayuntamiento procedió sagazmente a repartir almácigos y tierras baldías entre los vecinos pobres. Pero sería solo con la exportación que comenzaría, en 1832, la rápida expansión de ese cultivo que acapararía los recursos del país durante el siguiente medio siglo.
Nuestros antepasados, sencillos agricultores, cultivaban trigo para amasar su pan desde hacía largo tiempo. Pero cuando surgió la posibilidad de entrar al mercado internacional no dudaron en dejar de hacerlo y pasarse al café, perspectiva que ofrecía mejor futuro para sus hijos. Nadie protestó que se estaba sacrificando la "soberanía alimentaria" de la nación. Nadie pensó en defenderse contra la importación de trigo del extranjero ni en ahorrarles a los agricultores el esfuerzo de cambiar de cultivo. Al contrario, y con gran sentido común, aprovecharon la oportunidad que se les presentaba para una vida mejor. No tuvieron miedo de lanzarse, sin siquiera la salvaguarda de un tratado, a navegar por los mares desconocidos de la libertad de comercio y por los océanos que se interponían entre Costa Rica e Inglaterra.
El valle central estaba separado del Mar Caribe por más de 150 km de bosque, sin carreteras ni ferrocarril que solo se construirían mucho más tarde. La ruta obligada hacia el mar era entonces Puntarenas, pero exigía al café darle la vuelta a Sur América para llegar a destino, a falta del futuro Canal de Panamá. Pero las dificultades de la empresa no arredraron a nuestros antepasados y la exportación del café provocó en el siglo XIX el acelerado enriquecimiento del país. Con los recursos producidos por el café se importaron bienes de consumo y equipo y materiales para las actividades productivas. Las ciudades crecieron y fueron dotadas de agua potable e iluminación. Se asignaron recursos a la educación y se fomentó la cultura, como lo atestigua el Teatro Nacional, construido en esa época. Una de las colonias más pobres de España que supo aprovechar la apertura de los mercados mundiales se transformaba así, en unas pocas décadas, en un país económicamente autónomo y con desarrollo humano muy superior al del resto de Centro América.
¿Seremos los costarricenses del siglo XXI menos inteligentes o valerosos que los labriegos sencillos del siglo XIX?