Hoy fui a remar a la laguna (nuestra laguna)
y la tortuga, con su cabeza estirada,
me habló de vos sin moverse
pues no quiso enterarse de mi presencia.
Compré uvas y quesos, y el New York Times,
como siempre hacíamos,
y el día estuvo claro y brillante,
y la laguna llena de gente.
Pedí solo un remo –como era natural–
pero al lanzar la canoa al agua
creí ver en la proa
tu figura grácil y esbelta
balanceando el avance,
como solías, con el otro.
En adelante, transparente,
tu figura permaneció ahí
toda la remada; pero por ingrávida
no pudo evitar que contra el viento
la canoa se me empinara,
haciéndome más difícil enfilar el rumbo
y retornarla a puerto.
Entre los árboles rígidos, verdes y parpadeantes
me enteré, entre uva y queso, de Gorbachev y Noriega,
Contras y Golfo Pérsico,
y de las próximas exhibiciones del Met.
Pero no oí tu comentario sagaz,
ni tu entusiasta referencia al nuevo libro,
ni pude arrecostarme sobre tu regazo
para disfrutar la paz de la naturaleza.
Copyright © 1997 Claudio Gutiérrez