La Universidad y la paz

Claudio Gutiérrez


Discurso de graduación

La hermana Casa de Estudios de Nicaragua tiene por lema: "Por la universidad a la libertad". Es innegable el aporte de guía y de sangre que los universitarios nicaragüenses han dado a la liberación de su país. Ese hermoso lema, ahora vindicado, merece generalizarse, para todas las universidades del mundo y para todas las características que, además de la libertad, constituyen la vida civilizada. Todas ellas pueden ser abarcadas en una palabra, por lo que concibo como gran lema de los universitarios del mundo: "Por la universidad a la paz".

Y paz necesita Nicaragua, paz necesita el mundo. Paz que no ocurre simplemente sino que se construye. De 1816 a 1965, dicen los historiadores, se libraron en el mundo 93 guerras de distinto tamaño con pérdida de por lo menos 50 millones de vidas. De 1945 a esta parte, después de la gran guerra que acabaría con todas las guerras, se han librado ya cerca de 50 más, sin contar las guerras silenciosas, con muertos solo en uno de los lados, que gobiernos opresivos conducen permanentemente contra sus propios pueblos. Como si eso fuera poco, y no hubiera en el mundo suficientes necesidades y miseria, los gobiernos del mundo cometen colectivamente la insensatez de gastar en armas anualmente alrededor de 250.000 millones de dólares. Por más que nos regocije el resultado de la Guerra de Nicaragua, nos produce inmensa desazón comprender que el genocidio del dictador Somoza no hubiera sido posible sin la complicidad prolongada por muchas décadas de países poderosos y que la matanza se hubiera extendido por tantos meses ante la impotencia de flamantes organismos internacionales incapacitados para frenarla. Nos indigna pensar que, al igual que en la Guerra de Nicaragua, potencias y superpotencias cometen a diario horrendos crímenes contra la humanidad al suministrar armas a gobiernos de pequeños países, por mezquinas consideraciones de lucro o de estrecho interés nacional; armas que, aunque no se usen, pesan sobre el pueblo como fardo económico o como losa de opresión.

Y sin embargo, no hay ninguna razón de principio por la cual no debamos seguir pensando que la guerra es eliminable. Si países enteros, no necesariamente tan pequeños como Costa Rica, han alcanzado la paz dentro de sus fronteras con estabilidad y libertad, ¿por qué no lo podría el mundo en su conjunto?

La naturaleza humana de suyo no incluye necesariamente la violencia. La naturaleza humana es condicionada por el contexto social, y así aparece a veces como violenta y a veces como colaboradora. Hay culturas y estados culturales conducentes a la guerra y los hay también conducentes a la paz. Cuáles sean unos y cuáles sean otras es un tópico de investigación y de docencia importantísimo que constituye un reto monumental para las casas de estudio del mundo. Vemos con buenos ojos que sea objeto predilecto de una Universidad para la Paz, pero por vocación esencial todas las Universidades del mundo deben también aceptar este reto.

Se ha dicho muchas veces que la paz universal es imposible mientras no desaparezcan las fuerzas del odio que trabajan en su contra: el nacionalismo, la conciencia de clase, los credos religiosos, el ánimo de lucro, el aprecio de la propia raza, la fidelidad a las ideologías. Estoy de acuerdo en que los aspectos negativos de esas fuerzas deben ser superados, pero no creo ni que puedan ser destruidas ni que puedan ser señaladas esas fuerzas sin ambigüedad como fuerzas del odio. El odio y el amor no son términos de cualidades como decir, "rojo", "blanco", "caliente" o "frío". Son términos de relación, y el complejo de relaciones que expresan es sumamente complicado. El nacionalismo, la conciencia de clase, el credo religioso, pueden interpretarse como fuerzas de amor en un contexto de paz, como lo son de odio en un contexto de violencia. Son todas fuerzas humanas, y en conjunto definen al hombre en una encarnación cultural determinada. Lo importante supremamente no es si existen o no, sino si coexisten, es decir, si esas fuerzas se integran unas a otras armónicamente, para la edificación y no para la destrucción del hombre.

Atención especial merece el papel que el etnocentrismo –el aprecio por el propio grupo– ha jugado y juega en todas las guerras. Es impresionante reconocer, a este respecto, que la mayoría de las guerras se han librado no con la mala intención de invadir a otros pueblos, de destruirlos o de saquearlos, sino con la "sana" intención de defender al propio grupo. Se ve como el etnocentrismo es capaz, en tiempo de guerra, de justificar las acciones más barbáricas como parte de una cruzada santa que presenta a la guerra como justa e inevitable. Parecería entonces obligado decir que para luchar contra la guerra debiéramos luchar contra el etnocentrismo. Pero ¿es esto realmente posible?

Todos somos etnocentristas y no podemos evitar serlo; no podemos vivir existencia humana sino desde y por medio de nuestros propios marcos culturales; pero la educación nos enseña que los otros hombres están en la misma situación, aunque sus marcos culturales no sean los mismos que los nuestros. No el etnocentrismo, sino la absolutización de nuestros marcos culturales, que sólo puede ser producto de la ignorancia, conduce a la violencia y a la guerra. Un etnocentrismo iluminado y relativizado por la educación conduce al intercambio armónico, al respeto mutuo, a la creatividad y a la paz. El fanatismo queda destronado, pues nadie puede seguir creyendo que su punto de vista es absoluto, y se carece de razón para tratar de imponerlo por la violencia a los otros. La paz mundial, ese tema de vida o muerte para la humanidad de este siglo, no se resuelve apelando a la buena voluntad de los hombres, pues con perfecta buena conciencia los hombres pueden destruir a otros hombres si los consideran enemigos de su grupo o, todavía mejor, enemigos del género humano.

El problema fundamental para el mantenimiento de la paz no es de buena voluntad sino de buen conocimiento. Pedagogos, moralistas y políticos deben centrar sus esfuerzos en facilitar que los hombres se entiendan unidos a otros. El problema de la paz aparece, bajo esta luz, como un problema académico, es decir de Academia, pues se trata de un problema lingüístico y antropológico; en su solución deben cooperar crucialmente los hombres de letras, sean estos filólogos, juristas, científicos sociales o filósofos. Es el problema de lograr la correspondencia semántica de todas las religiones, filosofías, concepciones culturales o ideologías que dividen a los hombres, de modo que aparezcan a los ojos de todos como versiones igualmente válidas de la realidad y patrimonio o riqueza común de la totalidad del género humano.

Entonces, el papel de los universitarios en el mantenimiento de la paz, sea internacional, sea social o interna, es una función insustituible. Su nivel de educación les da la capacidad de entender y ser entendidos, de penetrar y superar las barreras que dividen a los hombres, de tender puentes donde la incomprensión o la ignorancia produce el distanciamiento entre las naciones, las clases sociales o los individuos. Los universitarios en cada país, y los universitarios de todo el mundo, debemos unirnos para rescatar a la humanidad de las contradicciones que hoy la desgarran, como antaño las universidades europeas intentaron superar las divisiones y los provincialismos de la Edad Media. "A la paz por la Universidad" no es sólo un buen lema para justificar el etnocentrismo universitario; puede ser un programa de trabajo para todo egresado de una Casa de Estudios Superiores que quiera contribuir a la difícil causa de la mayor humanización del hombre.

Copyright © 1982-2001 Claudio Gutiérrez