

Uno de estos días tuve una de esas satisfacciones que suelen compensar con creces los sacrificios
y molestias de los
educadores. En una visita a mi médico, antiguo excelente alumno mío y hoy distinguidísimo
profesional, tuvo a bien
mencionarme las clases de lógica que impartí hace muchos años en el Colegio
de La Salle.
Me dijo: "¿Sabe qué es lo que más aprecio de esas clases? Que me hicieron aprender a leer
el periódico".
Me recordó que las tareas que les daba consistían en buscar en artículos periodísticos ejemplos
variados de los
razonamientos correctos e incorrectos que trataba de enseñarles a reconocer en mis lecciones.
Pocos días después volví a pensar en esa experiencia al leer un artículo de otro antiguo alumno mío, el distinguido economista Ottón Solís. Reiteraba una propuesta suya anterior, a saber, resolver el tan famoso problema de la deuda interna mediante un expediente muy original. Consistía, en vez de proceder a la venta de activos que recomendaran los expresidentes de la República menos uno, en recurrir más bien a saldar la mayor parte de tan onerosa carga por la entrega de algunas instituciones con alto valor de mercado a los principales acreedores del Estado, otras instituciones públicas. El ejemplo típico sería entregar el Banco de Costa Rica contra lo que le adeuda el Gobierno al Banco Nacional de Costa Rica. Se extrañaba el estimable exdiputado en su artículo, si no recuerdo mal, de que su idea no hubiera sido tomada en cuenta, pues la consideraba un "arreglo contable" bastante bueno para salir del paso sin recurrir a una venta de activos, a su juicio –que no al mío– pecado mortal a ser evitado a toda costa.
Pensé, y lo ofrezco como explicación posible a esa falta de reacción, que los acuciosos lectores de la página 15, confrontados con la propuesta de don Ottón, habrían quizá concebido un razonamiento como el siguiente:
Si la deuda interna no es un simple problema contable sino una grave crisis (como dijeran los señores expresidentes menos uno) la propuesta de don Ottón no puede solucionar el problema. Pero si hemos "comido cuento" y la deuda interna solo es en realidad cuestión de la manera de armar los números, la solución de don Ottón no es procedente, pues esa clase de problemas –como cualquier experto en contabilidad podría confirmar– son fáciles de resolver sin necesidad de cambios substanciales en las instituciones públicas, complejos y costosos. De modo que, una de dos: o bien el problema de la deuda interna no es un problema simplemente contable, y entonces la solución de don Ottón no lo resuelve; o bien sí lo es, pero en ese caso la alquimia de la contabilidad ofrece maneras mucho más sencillas de resolverlo que una formidable fusión de pares de instituciones.
Esta manera de razonar corresponde, a mi manera de ver, a lo que los enseñantes de lógica denominamos dilema, a saber uno de los tipos de razonamiento que suele suscitar más interés de parte de los estudiantes de esa noble disciplina. Su forma es la siguiente:
siendo las dos consecuencias desagradables y presumiblemente no deseadas por el árbitro del debate. Dejamos como ejercicio para el lector decidir a qué oraciones del párrafo anterior corresponden los símbolos lógico P, Q, R y S. ¡Atención! El dilema quedó formulado dos veces, con distintas palabras, para mayor claridad.
Pero como la lógica, aunque muy importante, no es la única herramienta que tenemos para
orientarnos en la vida –o en
la política– permítanme, amables lectores, terminar con una nota de sentido común. Como
usuario de los servicios de
ambos bancos mencionados, lamentaría muchísimo –y creo que conmigo la mayoría de sus otros
clientes– que el banco
más eficiente y ágil fuera entregado al más lento y burocratizado, dentro de un gran esquema de
arreglo contable.
Además, tengo la impresión de que algo semejante podría decirse en relación con las otras
parejas de instituciones que
con tan buena intención don Ottón nos está sugiriendo enyuntar.