Hoy puedo ver tu mística belleza
sin estremecerme de horror.
Después de todo,
¿qué culpa tiene la naturaleza
de la maldad de los hombres?
Por muchos meses
esquivé tus misterios
tus laderas veía
empapadas en sangre
de niñas inocentes
la cruz de tu cima
otra vez signo de vergüenza.
Poco a poco
la fuerza de tus rocas,
la altura de tus vértices
el frescor de tus árboles
exorcizaron el estertor
disiparon la culpa
y el olor a pólvora.
Como otrora
tus aristas desnudas
se perfilan al amanecer
y se dejan esfumar de ternura
por el viejo sol poniente.
Puedo contemplarte otra vez
con extasiado arrobo
como en mi adolescencia
símbolo de metas
apenas alcanzables.
Hago las paces con vos
y con tus cumbres:
ego te absolvo a pecatis tuis
Montaña de la Cruz de Alajuelita.