CULTURA CAMPESINA Y REFORMA AGRARIA

Claudio Gutiérrez


En la ocasión de la inauguración de un seminario de reforma agraria para estudiantes.

Un seminario sobre reforma agraria para estudiantes es particularmente importante porque subraya la naturaleza eminentemente cultural o educativa que subyace en todo programa de este tipo con posibilidades de éxito. En efecto, la reforma agraria como proceso evolutivo exige un permanente pensar crítico en torno a la transformación que dicha reforma propugna y produce. Cualquier postura no suficientemente crítica frente al proceso de reforma agraria expone a éste a errores costosos y que, en último análisis, equivalen a su propio fracaso.

Resumamos la postura acrítica frente a la reforma agraria de manera general como la actitud que la entendería como un simple proceso mecánico, en que la situación de los campesinos se cambiaría como uno repara la casa o un mueble. En vez de entenderla como el proceso por el cual un organismo enfermo se recupera o un grupo humano toma sobre sí la tarea del mejoramiento de sus propias relaciones sociales, es decir, dialécticamente: por acción y reacción, por interacción dialógica y creadora. Básicamente, la interpretación mecanicista de la reforma agraria ignoraría un hecho fundamental: el carácter cultural de toda conformación de la sociedad campesina.

Decir que la reforma agraria tiene un aspecto educativo, y que no consiste simplemente en un acto jurídico y económico de repartición o cooperativización, no es suficiente. Porque todavía podemos creer que para que los campesinos adopten nuevos procedimientos técnicos para aumentar la producción, o por lo menos para mantenerla en el nivel previo a la repartición o colonización, solo hay que sustituir los conocimientos empíricos de los campesinos por conocimientos técnicos más modernos o bien fundamentados. Se olvidaría así que la adquisición de conocimientos o de procedimientos de acción está condicionada históricamente, es decir, se mueve en el contexto de una cultura.

Y no nos engañemos, la cultura del campesino no es la misma que la de otros costarricenses; y la cultura de los campesinos de la Meseta Central no es la misma que la del campesino de las llanuras de Limón, las pampas guanacastecas o las fincas bananeras del Sur. Por otra parte, las diferencias no son de simple cantidad, como si la cultura fuera asimilable a número de conocimientos o a años de escolaridad. No debemos caer en el error antropológico de subestimar la capacidad creadora de las gentes de áreas rurales, ni despreciar el valor de sus conocimientos empíricos, muchas veces bien fundados aún cuando se expresen en lenguaje de tradiciones mágicas o de opiniones transmitidas de padres a hijos.

No hay producción, ni hay sociedad, fuera de las relaciones contextuales múltiples entre el hombre y su mundo y entre los hombres entre sí. A esa red de relaciones es a lo que llamamos cultura. Irrumpir en esa red, por más buena voluntad y conocimientos especializados que se posean, es una de las empresas más riesgosas posibles. Piénsese en lo que sería, en una tela bien hilada cuyo dibujo no nos guste, tratar de trasplantar un pedazo de tela ajeno o simplemente de cambiar el dibujo. Y aquí estaríamos trabajando con un símil mecánico, en que las partes, en este caso los hilos, no se afectan las unas a las otras por carecer de conciencia y subjetividad. Muy otra cosa pasa con las redes de hombres que llamamos sociedades. Las relaciones de producción pasan por la conciencia de los hombres, condicionándola y siendo condicionadas por ella.

El aumento de la producción, sin discusión alguna uno de los más importantes aspectos de la reforma agraria, no puede ser visto como algo separado del mundo de relaciones sociales en que los hombres están insertos, a saber, de eso que llamamos cultura. Es más, a pesar de su importancia, el aumento de la producción debe ser considerado como una meta lateral de la reforma agraria, no como su norte ni su finalidad principal. La reforma agraria se hace ante todo para que el hombre sea más, no en primer lugar para que tenga más. El aumento de producción es un medio, fundamental es cierto, para la dignificación del trabajo y la edificación de la persona, para la promoción integral del hombre de campo. Pero éste, el campesino, es un fin en sí mismo, no un medio para el logro de otros fines. Y ese campesino es hombre porque se ha propuesto a su propia conciencia, libre o alienada, una serie de propósitos, de metas a realizar con su vida; y porque tiene un inventario de procedimientos para tratar de alcanzarlas. Todo eso junto define su cultura; la cual a su vez lo define como persona, libre o sojuzgada.

Los obstáculos con los cuales se enfrenta el reformador agrario o el extensionista agrícola son en gran medida de naturaleza cultural. Los campesinos poseen una manera de sentir y percibir el mundo conforme a pautas que, creadas por determinada estructura social, no solo contribuyen a su supervivencia como parte de esa estructura sino forman su conciencia por la introyección de sus mitos que se superpone a la percepción exacta de la realidad. Estas pautas culturales, la idea por ejemplo de la superioridad del patrón y de su propia inferioridad natural, pueden pervivir incluso en el campesino de una colonia o cooperativa si no se realiza con sus miembros la necesaria acción cultural. La dependencia antigua, a un señor feudal o semifeudal, podría desplazarse al Estado, al ITCO o a alguna directiva o elemento coordinador de su funcionamiento. El hombre no se habría transformado y la reforma agraria, al quedarse a medio camino, podría retroceder hacia nuevas formas de alienación.

Estas manifestaciones regresivas en un proceso de reforma agraria pueden desconcertar al observador ingenuo solo provisto de la visión mecánica que describíamos al comienzo. Serán fundamentalmente claras, por el contrario, para quien las observe con el instrumental metodológico adecuado, lo que llamaríamos la percepción contextual de la realidad. Si el hombre no es una cosa sino una persona, es decir, una conciencia plasmada por un conjunto múltiple y variado de relaciones sociales, no es de extrañar que pervivan en la nueva forma de organización campesina las formas de pensar y de actuar que regían en la vieja organización, exteriormente superada. Los mitos y el poder represivo de la cultura interiorizada por hombres concretos, permanecen vigentes aún después del cambio de estructuras agrarias si no se ha realizado por un proceso cultural con incidencia directa en la forma de pensar, sobre todo de pensarse a sí mismos, de los campesinos participantes. Esto es tanto más cierto en la reforma de tipo convencional (de acuerdo a la excelente tipología de Antonio García) o sea cuando la reforma se da como proceso aislado, no acompañado de otros procesos de transformación de estructuras sociales y políticas que contribuyan a fijar nuevas pautas culturales de manera general.

Creo que he dicho ya demasiado sobre la necesidad de enfocar el proceso de reforma agraria con criterio cultural. Todavía me falta insistir sobre la naturaleza dialógica y personalizante que tiene que tener ese proceso. No basta decir que debemos ser críticos y aproximarnos al problema con enfoque educativo: también la manera en que pretendamos educar es importante. Porque la concepción del hombre como sujeto y no como objeto del proceso nos impone más obligaciones que la de hablarles antes de actuar sobre él: nos impone la obligación de hablar y actuar con él, de dialogar y coactuar. Debemos rechazar como viciadas de invasionismo cultural las formas verticales y paternalistas de conducir los procesos educativos ligados a la reforma agraria. Si ésta ha de ser liberadora, ha de emplear métodos liberadores para producirse y consolidarse. Y en realidad solo se conoce un tal método: el diálogo y la participación igualitaria en la acción transformadora. Para cambiar al hombre, incluso al ignorante o al oprimido, hay que implicarlo en la conciencia y la acción de su propio proceso de cambio. Nadie puede sustituir a otro en la conquista de su propia superación como persona o como miembro de una sociedad.

La acción cultural que debe animar y acompañar siempre toda acción jurídica o económica de reforma agraria, debe coincidir ineluctablemente con las disposiciones del ser cultural al cual se dirige. Los educadores que inicien esa acción deben solidarizarse con los campesinos, abandonar toda idea de éstos como seres inferiores o incapaces de levantarse por sus propias fuerzas y librar sus propias luchas reivindicadoras. Deben desposeerse de toda falsa superioridad, de toda falsa generosidad e incluso estar dispuestos de corazón a aprender de los campesinos. Deben sobre todo resistir la tentación de actuar como agentes invasores, manipuladores de masas, y esforzarse por comprender antes de corregir, entender antes de aconsejar e identificarse con la gente con que trabajen antes de pretender juzgarla. Deberían meditar sobre esta frase clarividente de Paulo Freire: "No siempre aquellos que tienen una opción humanista son lo suficientemente claros y críticos en relación a la coherencia entre su opción y su forma de actuar. En verdad desean la participación de los campesinos, y con todo, actúan como si la reforma agraria se diera en el dominio de las cosas y no en el dominio de lo humano. Optan por la liberación ... sin embargo enfatizan la autoridad de su saber, asociándola a la autoridad de su status".

Por último, una posición crítica ante los problemas de la reforma agraria debe recordar que la función de los dirigentes y de los educadores no es crear el mundo social de la nada: consiste en devolver de manera articulada y sistematizada a las masas lo que de ellas se ha extraído sobre el sentido de sus verdaderas necesidades, aunque originalmente viniera en forma poco estructurada, ingenua o mágica, distorsionada por las presiones que sobre ellas ejercen las superestructuras de una sociedad injusta. La acción cultural no debe ni invadir el mundo de valores de los campesinos, sobreponiéndole el propio del educador o reformador, ni tampoco simplemente adaptarse a la serie de prejuicios y concepciones erróneas producto de la ignorancia o de la opresión. Más bien, partiendo de la visión del mundo auténticamente campesina, debe analizarla y hacerla analizar por sus propios sostenedores, problematizarla y criticarla, poniéndola en el contexto de siempre más amplios circuitos sociales; y aclarando de esa manera la conciencia de los hombres de campo, debe buscar que ellos mismos, convertidos en plenos sujetos de su destino, sean capaces de injertarse creativamente en la realidad social con el claro propósito de transformarla.


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