De acuerdo con el diccionario improvisado en su columna, "ataiguanar" significa "dejar de hacer algo, o todo, atenidos a que Taiwán lo hará por nosotros". Tal actitud, independientemente de las buenas intenciones de nuestros amigos taiwaneses y de nuestro agradecimiento para ellos, tiene que avergonzarnos a los costarricenses. En cambio habría otra manera de "ataiguanarnos" que deberíamos haber esgrimido desde hace mucho tiempo y no lo hemos hecho. Me refiero a esforzarnos por aprender de ellos, inspirarnos en su laboriosidad y uso de la inteligencia para mejorar la productividad nacional y asegurar un nivel de vida digno a todos los miembros de su sociedad.
Tendríamos
que investigar a fondo qué fue lo que les permitió a nuestros amigos,
en solo cuarenta años, por su propio trabajo e ingenio y frente a
condiciones geopolíticas muy adversas, transformarse de país
subdesarrollado que eran en 1950, con un ingreso per capita de solo $922, en potencia industrial y comercial con un per capita de $10.324 en 1990. Mientras tanto, Costa Rica, que tenía en 1950 un per capita de $1.968 (más del doble del de Taiwán), continuaba en 1990 siendo un país atrasado, con per capita
de solamente $3.923 [Revista Crafts, 2000]. La sétima edición del atlas
del National Geographic consigna que, posteriormente a esa fecha,
Taiwán logró superar la marca de los $14.000; mientras tanto nosotros
solo alcanzamos un per capita de $5.500.
Es un lugar común que la mejor manera de ayudar al que tiene hambre no
es regalarle un pescado sino enseñarle a pescar. Taiwán nos ayuda
también en ese respecto: no solo nos regala puentes; también apoya un
ambicioso proyecto para fortalecer la educación técnica. Pero el
verdadero problema no consiste en lo que los taiwaneses hagan o dejen
de hacer. Lo crucial es lo que nosotros mismos estemos dispuestos a
hacer por nosotros. Y ahí es donde venimos fallando desde hace tiempo.
¿Por qué Taiwán, una isla con una extensión bastante menor que la de
Costa Rica y una población cinco veces más grande, ha podido en medio
siglo multiplicar por catorce veces su ingreso por habitante mientras
nosotros no hemos podido hacerlo ni siquiera por tres?
Ya que tenemos tanta amistad
con los ciudadanos de Taiwán, que nos acogen tan bien en su isla, ¿por
qué los políticos nuestros que la visitan tan frecuentemente no se
preocuparían por averiguar qué es lo que ellos hacen? O, por lo menos,
¿qué de lo que hacemos nosotros ellos no hacen? Confieso mi gran
ignorancia al respecto.
Sé que tienen monopolio
estatal del alcohol y están tratando de deshacerse de él (nosotros también, desde hace decenios).
Pero
¿tienen monopolio de los seguros que imponga a las empresas costos
innecesarios? ¿Tienen una refinadora estatal que no refina y otorga
beneficios desproporcionados a sus empleados? ¿Poseen monopolio estatal
de comunicaciones, afectando la competitividad de nuestras empresas?
¿Están sus instituciones autónomas sustraídas de los controles del
Estado, como pretende llegar a estarlo nuestro monopolio energético?
¿Pueden contratar sus empleados públicos “convenciones colectivas”,
otorgándose regalías más altas que las de la empresa privada? ¿Protege
el Estado contra la competencia extranjera la producción de artículos
de primera necesidad –como por ejemplo el arroz y la leche– haciendo
más cara la alimentación de los que menos tienen? ¿Participa la
“sociedad civil” (nuevo nombre tico de los intereses creados) en la
confección de las leyes, o éstas se dictan teniendo solo en cuenta el
bien común?
No deberíamos desaprovechar la oportunidad de aprender de nuestros amigos taiwaneses.
Para
comenzar, ¿no podría uno de los últimos visitantes de nuestro Gobierno
a la lejana Isla Hermosa contestarnos alguna de las preguntas?
Copyright © 2003 Claudio Gutiérrez