Motivación y racionalidad

Claudio Gutiérrez


Discurso para inaugurar otra reunión de filósofos

Al dirigirme a tan distinguido cónclave desde la posición que transitoriamente ocupo como rector de esta casa de estudios, no puedo menos que sentir nostalgia por el quehacer filosófico estricto, y caigo gustoso en la tentación de intentar filosofar un poco con ustedes. Lo hago, inevitablemente, desde mi circunstancia, matizadas mis reflexiones por la experiencia de procurar producir soluciones, buenas o malas, de las que en alguna medida depende el progreso espiritual y material de muchos jóvenes costarricenses.

Al desempeñar un cargo de servicio a la comunidad el ideal de procurar el bien común resulta, desde luego, iluminador y dominante. Muy pronto se convence uno, sin embargo, de la relatividad de lo que puede lograrse en este sentido con los esfuerzos más dedicados, y de que la búsqueda del bien común debe ceder las más de las veces ante un imperativo más perentorio: el evitar que diversos males, implícitos en la naturaleza de las cosas, lleguen a generalizarse. En esa lucha, por defender del mal común, el servidor público debe esperar muy poco reconocimiento: siempre nos recordarán más por lo que dejamos de hacer, y causó una intensificación del mal, que por lo que hicimos con propiedad, e hizo posible que el mal no se incrementara. Y en cuanto al bien positivo que llegáramos a causar, se nos recordará más por el mal concomitante que su implantación tuvo inevitablemente que provocar. Esta observación fenomenológica, que alguien calificaría de pesimista pero que considero simplemente realista, es susceptible, me parece, de alguna generalización.

Todos servimos a los demás, en alguna medida, y la importancia de esos servicios se pone de relieve cuando dejan de prestarse, por alguna razón. Así, todos luchamos contra la entropía, y nuestro descuido, pereza o renuencia a servir pueden eventualmente perfilar una identidad rebelde frente al destino, representado por los otros. La tentación permanente de afirmar el yo frente al telón de fondo del anonimato social se ve hoy reforzada por el avance de los sistemas masivos de producción, comunicación y organización. No debemos menospreciar el peso humano profundo de esa tendencia a la identificación, de esa apetencia natural a la autoafirmación y al reconocimiento, que puede tener consecuencias tan negativas. Ningún sistema de moral social puede vindicarse en la práctica si no da una satisfacción de algún tipo, si no procura una adecuada canalización a esa tendencia. He aquí un problema que todo pensamiento político debe enfrentar y solucionar de alguna manera, aunque desde luego los tipos de solución puedan variar considerablemente de un sistema a otro.

Otrora, en un sistema de vivencias de carácter teológico, la función humilde del servidor anónimo, aquel "miembro del Cuerpo Místico de Cristo", era reconocida sobreabundantemente por la omnisciencia del Padre que conocía a cada uno como individuo y "tenía contado el número de cabellos en sus cabezas". Con la pérdida progresiva de la fe, el problema de la identidad personal en la sociedad contemporánea se ha ido haciendo cada vez más angustioso. En nuestro mundo capitalista, el hombre de carne y hueso, sumergido en la sociedad de consumo, muchas veces se pregunta un "¿qué soy yo?" al que solo responde el eco de la propaganda y el número de un carné de asegurado, o quizá, de una tarjeta de crédito. Nada más fácil para el hombre común, dígase de él conformista o cumplidor de su deber, que caer progresivamente en la depresión, el nombre contemporáneo de la falta de esperanza.

¿Qué papel, si alguno, le corresponde jugar a la filosofía frente a este problema? Ojeando recientemente una antología que este año se usa en los cursos de Estudios Generales, me encontré una frase que traduje para mis estudiantes hace bastante tiempo; es de Gabriel Marcel y dice: "La metafísica es un exorcismo de la desesperación". Todavía es posible que lo sea para algunos, no muchos por cierto, creo yo. No obstante, en un mundo de hoy, en que más y más hombres abandonan viejas creencias religiosas, me parece que la filosofía tiene aún algo que ofrecer en la empresa de suprema importancia de reforzar la motivación que inspira e1 quehacer del hombre. Quienes militamos por el predominio de la razón en la sociedad humana, tenemos derecho a esperar que no todos los hombres busquen como fuente de motivación el paroxismo de las sectas esotéricas o el dogmatismo de los modernos partidos-iglesia.

En un mundo en que la división del trabajo ha llegado a extremos increíbles y en que casi todos tenemos que participar en empresas que nos sobrepasan infinitamente y se proyecta indefinidamente en el futuro, el problema de la motivación para la acción es especialmente complejo. Por ello es que creo que necesitamos al filósofo para ayudar a integrar la fragmentación y hasta contradicción de propósitos en un todo coherente, que trate de dar sentido a la pequeña contribución individual en la vida amplísima de la comunidad. La pequeñez de nuestro quehacer, en un mundo en que la mayoría de los hombres –por lo menos para efectos prácticos– no reconoce un orden trascendente, debe poder ser valorizada, y ello por un acto de contextualización, de puesta en contexto, que sea obra de la inteligencia. Es ahí donde veo yo un papel insustituible para el filósofo.

Los estudiosos de la filosofía tenemos la obligación de señalar a nuestros contemporáneos el camino racional para la motivación humana. Debemos poder mostrarles que es posible ofrecerle a la persona un sentido de pertenencia y una valoración de identidad, sin pedirle para ello que se afilie a una secta o a un partido, sin pedirle nada más que el uso mesurado y metódico de la razón. Debemos poder mostrarles que hay un puesto adecuado, útil e identificable, para cada uno, como miembros de buena ley de una comunidad de seres que piensan, sienten y actúan de conformidad con la razón y en forma solidaria. Debemos fomentar la mística de pertenencia al partido universal y a la secta sin fronteras que coincide con la plenitud de las posibilidades del género humano. Debemos renovar la mística del humanismo.

Tenemos los estudiosos de la filosofía este llamado: hacerle saber al angustiado hombre de hoy, que puede haberlo olvidado, que hay una alternativa racional y positiva a la afirmación rebelde de un yo enfermo que se rebela contra la comunidad: la solución que pasa por la acción y por el amor a la luz de la inteligencia. Nosotros, los estudiosos de la filosofía, que muchas veces rehuimos la acción y que solemos defendernos del amor refugiándonos en abstracciones, tenemos, sin embargo, una cita con la acción y una responsabilidad amorosa: las de impedir que el mundo deteriore en torno nuestro, sea por la miopía de los políticos, la capacidad destructiva de los ávidos de lucro, la impaciencia de mesías autonombrados, o simplemente la desidia del hombre común. Contribuir con el pensamiento, con la pluma y con la palabra a fomentar las condiciones que hagan posible una acción transformadora de mundos y una relación cada vez más humanizadora entre las personas: he aquí nuestra principal tarea.

A filósofos de todas las orientaciones nos une, en medio de todas nuestras diferencias, algo supremamente valioso que vivimos en común: la fe en la razón y el compromiso con el diálogo racional, como la vía humana para la solución de los problemas humanos.

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