Filósofo, novelista, ensayista, poeta revolucionario. Sus poemas insistieron en el valor de la subjetividad en medio de un contexto de artistas que se contentaban con una reproducción descriptiva de la naturaleza. Frente a la materialización de la vida, su filosofía, de profunda raigambre platónica e inspiración oriental, propugnó por valores más espirituales e idealistas. Como epistemólogo, atacó los excesos del racionalismo positivista; su reacción lo llevo a un misticismo que sostiene que hay vías ocultas para el descubrimiento de la verdad. Defendió los principios morales y estéticos como los fundamentales, frente a los simplemente lógicos. No pareció percibir la vía intermedia del pragmatismo filosófico, tercera posibilidad entre el positivismo ingenuo y el misticismo idealista. Pero su crítica fue vehemente y bien fundada; sus postulados, coherentes y sostenidos con gran autenticidad. Fue acusado de irreligión, cuando en realidad su mensaje llevaba un profundo contenido religioso, de respeto a la vida como sumo bien y de aprecio supremo a los valores de la convivencia armónica entre los hombres.
Don Roberto, después de su jubilación como profesor universitario en los Estados Unidos de América, regresó a Costa Rica en momentos especialmente fecundos en la historia política e intelectual de nuestro país. Le tocó ser mentor de un grupo de jóvenes inquietos, entre los que se contaba, por ejemplo, el reformador cuyo nombre lleva esta Ciudad Universitaria. En conferencias dirigidas a ese grupo de jóvenes es donde mejor podemos encontrar su legado a las nuevas generaciones. Releyendo esos textos, percibimos la grandeza de miras del dedicado maestro, así como semejanzas y diferencias de aquella situación con la que confrontan los jóvenes de ahora. En 1943 describía así la situación política costarricense:
El divorcio del honor y de la política, de los principios morales y de la administración gubernativa; el relajamiento de las costumbres .... Nuestra política, como la de otros países, es sórdida, falaz, mendaz, sin pudor, sin lealtad. Y todo ello, porque no es política de principios, de ideas; sino de personalidades, de intereses materiales que privan sobre los principios, sobre las palabras empeñadas ....
Podemos estar seguros de que la corriente política y económica del mundo fluye hacia la democracia política y la económica, que no es otra cosa que la justa distribución del bienestar material, intelectual y espiritual de los hombres.
El Estado asumirá la función de representar o hacer que esté representado el interés primordial del consumidor, por encima de los intereses de los industriales ....
Nos queda la impresión de que hay temas eternos de crítica política,
pero que las ideas sobre lo que debe hacerse por el bien común de una
sociedad evolucionan a lo largo de los años. Un planteamiento de este
tipo, moralista más que científico, no despertará probablemente entre
los jóvenes de hoy el entusiasmo que sin duda despertó entre los
miembros de aquel Centro para el Estudio de Problemas Nacionales. Su
crítica, en este caso, resultaba mejor que la propuesta de solución.
En lo que respecta a la Universidad, su crítica a la Universidad no
comprometida es acertada: Deberá existir para responder a las necesidades de nuestra cultura en
armonía con la cultura del Continente. Callar en las difíciles circunstancias
porque atraviesa una sociedad o un conjunto de naciones, es pervertir
el significado y el valor de la Universidad.
Al definirla positivamente, se
hace sentir su panamericanismo de los años de la guerra mundial:
Se echa de menos la perspectiva
latinoamericanista o tercermundista de la generación presente.
En su crítica a la educación, la tónica dominante es el anti intelectualismo: En la batalla por la libertad de pensamiento para el
triunfo de la inteligencia y de la razón, todas las disciplinas escolares
y universitarias se intelectualizaron. Las emociones, las pasiones, los
sentimientos estaban presentes en la agitación diaria de la vida; pero no
se les reconocía beligerancia en los claustros universitarios [...] La rebelión de las juventudes se
ha debido a que después de haber
atravesado por tantos laboratorios donde se elabora el conocimiento,
se las ha hecho saltar al combate incesante de la vida, enteramente
desarmados para resistir la irrupción de la pasión .... Se ha instruido
para enseñar a ganarse la vida; no se ha educado para ser feliz.
Esta crítica, como las demás, es acertada; es también actual. Se pregunta uno qué tremendo complejo de culpa cargamos los hombres individual y colectivamente que hace tan difícil dedicarnos a la conquista de la felicidad general. Aquí siento que la generación actual también puede vibrar con el mensaje positivo de Brenes Mesén, cuando define como primera y más profunda transformación de la educación la que la lleve a enseñar como vivir dichosos en compañía de nuestros semejantes. Porque muchos estaremos de acuerdo con que, para decirlo con palabras del ilustre maestro, poeta y humanista, "la vida es el divino don por excelencia".