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La Revista Viva de La Nación del 12 de setiembre 2000 nos regala un interesante artículo sobre el cerebro. Su primer párrafo, sin embargo, contiene una afirmación que parece hacerse eco de una confusión muy corriente, a saber que solo usamos una proporción mínima de ese importante órgano. En los últimos quince años he leído mucho sobre ciencias del cerebro y nunca me he topado con algo que apoye esa curiosa idea. Antes bien, me he topado con muchas razones confirmatorias de que todas las partes del cerebro están permanentemente implicadas en su funcionamiento.

Desde luego, el foco de la actividad del cerebro puede variar, lo que incluso es ahora observable directamente gracias a la tecnología PET (Positron Emission Tomography). Pero así como las distintas partes de una empresa exitosa la apoyan siempre con su trabajo ­o con su disponibilidad­ así también un cerebro sano cuenta en todo momento con el apoyo de las suyas propias.

No podría ser de otra manera. Un cerebro grande es un órgano muy caro. Consume mucha energía y sus portadores deben depender largo tiempo de los progenitores durante su desarrollo. Si un órgano así resultara ocioso, aunque fuera en parte, sería eventualmente "reingenierado", de la misma manera que las empresas tienden a eliminar departamentos ineficientes o a reducirlos drásticamente para mantenerse competitivas. No existe para neuronas desocupadas una "convención colectiva" que pueda evitar su ineluctable poda por la selección natural.

El cerebro surge originalmente como una pequeña dependencia del sistema digestivo con la función de discernir sustancias dañinas para impedir su ingestión. La adaptación de los rumiantes lo mantiene de módico tamaño, pues estómagos múltiples pueden digerir prácticamente cualquier cosa. La adaptación de los primates opta en cambio por un estómago único y un cerebro grande. Los que comen frutas desarrollan cerebros todavía mayores que los que comen hojas, pues los frutales están dispersos en la selva y fructifican en épocas diferentes. El animal necesita recordar dónde se encuentran y la respectiva época de cosecha, para actuar en consecuencia (¿quién dice que los monos no piensan?).

Al llegar al hombre encontramos cosas todavía más interesantes. La domesticación de los animales produce cerebros más pequeños. A menores problemas de supervivencia, menor necesidad de pensar. Al lobo la domesticación lo transforma en perro. La seguridad proporcionada por el hombre, no desocupará su cerebro. Más bien, este se adaptará a la nueva situación perdiendo una cuarta parte de sus neuronas, con lo que obtendrá un ahorro de energía muy considerable.

Y lo más sensacional. El desarrollo de la cultura en sentido moderno, al eliminar múltiples riesgos, resulta equiparable a una domesticación. Solo que en este caso es la especie humana la domesticada, la especie se domestica a sí misma. Con la supervivencia asegurada por la civilización, la humanidad necesitará, ella también, menos cerebro. Y claro: ¡en los últimos 35.000 años, el peso del cerebro humano ha pasado de un promedio de 1450 gramos a uno de solamente 1300!

Ignoro el origen de la mala interpretación que afirma que hay partes desocupadas en el cerebro. Tal vez la explicación sea esta: una cuarta parte de la corteza, la que compartimos con el chimpancé, está formada por áreas comprometidas con la recepción de datos de los sentidos y el control de movimientos. En el hombre surgen además otras asignaciones, elaboración de las anteriores, para comprensión y producción del lenguaje. El gran resto, áreas bautizadas "asociativas" en el Siglo XIX, tienen toda la apariencia de estar vacantes. Pero son precisamente estas áreas las que permiten el pensamiento abstracto, pues es ahí donde se escriben y rescriben las construcciones simbólicas. Lo cual exige disponibilidad de un espacio cortical enorme, suerte de pizarra neuronal inmensa donde la imaginación ensaye soluciones y las corrija sin cesar: magnífica internalización del algoritmo de generación y prueba (generate and test) en que consiste la mano invisible que gobierna al mundo.


Copyright © 2000 Claudio Gutiérrez