El valor formativo del arte

Claudio Gutiérrez


En la inauguración de un conservatorio de música

Es característica esencial de la Universidad su compromiso con la promoción, en nivel superior, de las potencialidades del ser humano completo. No puede una universidad, a diferencia de otras instituciones más especializadas, descuidar ninguna de las dimensiones en que se ha manifestado, a través de la historia, la creatividad del hombre. Así como, mediante el ejercicio del método científico, cultiva la satisfacción del deseo de saber, de la apetencia de verdad que atosiga al Homo sapiens, así también, mediante la técnica y las ciencias aplicadas, contribuye a la transformación del mundo que persigue el Homo faber. Con no menos imperatividad, la Universidad se debe al cultivo de las letras y de las artes, las cuales tienden a satisfacer necesidades profundas relacionadas con la fantasía y la vida afectiva del hombre.

Alguien podría preguntarse por la aparente contradicción entre el compromiso de la Universidad con el orden de la razón, implícito –por ejemplo– en el cultivo del método científico, y su responsabilidad en el campo de las artes, y en especial de la música, que relacionamos más bien con apetencias de la imaginación. Sin embargo, es un hecho histórico de carácter general, y que no puede ser fortuito, que la enseñanza de las letras y el arte ha acompañado siempre a los estudios más abstractos como la filosofía y las matemáticas. No es casualidad que Platón, además de filósofo, y como tal especulador sobre el universo, haya sido también una de las plumas más ágiles y floridas que conoce la historia, o que el cartesianismo y la física newtoniana hayan tenido como correlato artístico la música y la arquitectura barrocas, o que la termodinámica se haya desarrollado mano a mano con la música y la poesía románticas. Los valores fundamentales que determinan una época se expresan tanto en las ciencias que definen su concepción del mundo, o en las técnicas que permiten transformarlo, como en las artes que constituyen la manera peculiar que tiene un conjunto de hombres de percibir afectivamente las realidades materiales y sociales que les rodean.

Pero además, debemos reconocer también que las artes, y de un modo muy particular la música, mantienen una relación directa con el proceso que sustenta toda enseñanza: la transformación interior del hombre. Si es cierto que la ciencia le pone medida y ritmo al caos de sensaciones con que nos bombardea en todo momento de vigilia la envolvente naturaleza, si no lo es menos que la técnica nos permite hasta cierto punto domeñar y encauzar fuerzas de otro modo brutas e irracionales, así también y en profundo grado la música pone ritmo, medida y norma a furiosos movimientos del inconsciente del hombre, que de otro modo comprometerían su estabilidad y harían imposible el concierto armonioso de la vida comunitaria.

La educación musical y artística es –estoy convencido de ello– una de las mayores fuerzas pacificadoras con que cuenta y ha contado la sociedad en todos los tiempos. Por medio de ella se subliman, como dirían los psicólogos, las misteriosas fuerzas libidinales que se agitan en el alma humana, que de no encontrar esta maravillosa salida serían destructoras para el individuo y para la comunidad. Así, la más desinteresada y contemplativa de las actividades, podría resultar, en el fondo, una de las disciplinas humanas más útiles y más necesarias. Nada de extraño, por ello, que en una sociedad en que la técnica era apenas rudimentaria, en que la ciencia apenas hacía un tímido asomo en la forma de primitivas concepciones cosmológicas, ya el arte hubiera alcanzado prodigiosas formas de expresividad que aun hoy apreciarnos con toda su potencia emotiva. Pareciera que el hombre pudo vivir con muy poca técnica y con muy poca ciencia, pero nunca sin sublimar emociones, transformando en belleza el suceder de su tiempo y el ámbito de su entorno.                                    1976

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