Conciencia crítica y práctica social

Claudio Gutiérrez


En la ocasión de una graduación universitaria

Han concluido ustedes su educación universitaria. Es un momento de plenitud, moral y emocional. Pero no es, ni puede ser, un momento de complacencia. La Universidad ha desarrollado en ustedes las dos importantes características que fomenta la educación superior: productividad y conciencia crítica. Pero ello está muy lejos de haberlos convertido en seres satisfechos. Por el contrario, salen ustedes desgarrados por las mismas tensiones que acongojan a la sociedad en general, incluso más intensamente que si no hubieran pasado por estas aulas.

Entre otras cosas, los atribula el mismo conflicto que de suyo se plantea entre productividad y conciencia crítica. Su preparación profesional los pone en capacidad de mejorar sus ingresos y los de su familia, y también en capacidad de comprender los defectos e injusticias de la sociedad. Las expectativas de los suyos y el legítimo derecho de mejorar posición no les puede cegar ante las necesidades de una mayoría de sus conciudadanos a quienes pueden ayudar y promover si no caen presas de una inmoderada tendencia a hacer dinero.

Debemos aceptar que el propósito de mejorar la propia condición y el propósito de mejorar la condición de la sociedad no siempre coinciden. Y debemos aceptar también que al profesional se le puede presentar la tentación de mejorar su condición a costa de empeorar la condición de la sociedad. Este conflicto no debe extrañarnos: salvo los simples o los fanáticos, no hay ciudadano que no esté hoy interiormente rasgado por sistemas de valores conflictivos. Nuestra sociedad da fundamento al mismo tiempo a los valores del hombre predatorio y a los valores del hombre solidario.

Permítanme que les subraye en esta solemne ocasión algo que considero muy importante: ustedes han aprendido productividad y conciencia crítica en abstracto y en general; ahora van a tener que practicarlas en concreto y en particular. El conflicto que viven lo han percibido conceptualmente, pero sólo podrán superarlo prácticamente. Han estudiado conciencia crítica como actitud de análisis de las formas sociales y de sus defectos, de manera general; pero van a tener que practicarla en formas tan concretas como rechazar la dádiva por actos ilegales o declinar la oferta de un puesto que consideren basado en la opresión.

La conciencia crítica debe facultarles para decir NO a las invitaciones del ambiente, y escoger en cada caso la actuación más congruente con los valores por los que han optado. Constantemente tendrán que resolver dilemas entre valores opuestos; no deben esperar que el valor superior siempre luzca imponente y minimice el atractivo del valor inferior. La alternativa rechazada seguirá siendo valiosa, en su propia esfera y nivel, y por eso podrá dolerles renunciar a ella.

No hay conciencia crítica sin autodisciplina. Necesitamos hombres capaces de renunciar, hombres capaces de decir NO férreamente, cuando las circunstancias lo exijan. La capacidad de renunciamiento es la gran herramienta humanizadora, porque dota al hombre de la elusiva posibilidad de superar las exigencias del medio ambiente. El hombre que no se disciplina estará siempre sujeto a la voluntad de otro, de aquel que sepa sacar partido de sus antojos para poder explotarlo. Esto aparece conspicuamente ilustrado en magníficos ejemplos históricos como la gesta de Ghandi. Pero considero que está presente en todo acto auténticamente revolucionario. No hay revolución sin renunciación, ni ha habido revolucionario que no comience por ser asceta.

Entre los desgarramientos provocados por la conciencia lúcida que promueve la educación universitaria está la angustia de justificar una actitud así, de renuncia y crítica a las solicitudes del ambiente, en medio de una sociedad no ascética que, por el contrario, ha hecho del consumo indiscriminado una de las mismas fuentes de la prosperidad económica. ¿Cómo defender el no aprovechamiento de las oportunidades de enriquecerse, legales o ilegales? ¿Cómo defender la renuncia del pobre o del menos rico, cuando está a la vista la ausencia de renunciamiento de los poderosos? Es una duda profunda, y cada uno de ustedes no podrá evitar hacer un intento de solucionarla. Implica preguntarse dos cosas: ¿cuál es la justificación, si alguna existe, para el comportamiento moral en la vida de la sociedad? Y en segundo lugar, ¿qué repercusión puede tener, si alguna, el que yo personalmente me comprometa en un curso moralmente renovador frente a una sociedad moralmente indiferente o incluso corrupta?

La fundamentación más firme de la actitud moral en la sociedad, como única conducta racional para el individuo, puede probarse por reducción al absurdo de la actitud contraria: ¿qué sucedería si todos actuáramos inmoralmente, o por lo menos con poco respecto por las reglas morales? ¿Sobreviviría la sociedad? La respuesta es obviamente que no. Así, en último análisis la actitud moral apela al sentido genérico que vive en cada uno de nosotros, como única manera de asegurar la supervivencia de la especie. La cuestión es entonces: ¿estaremos más dispuestos a defender al hombre en cada una de nuestras actuaciones, o simplemente al individuo con nombre concreto que también somos cada uno de nosotros?

La Universidad los ha preparado a ustedes para ser productivos, pero también, así lo esperamos, para ser críticos. Por eso deben preguntarse: productivos, ¿para qué? y ¿para quién? Y tal vez contestarse: para ser más hombres y para el hombre (ni para el individuo que soy yo y que son mis parientes ni para los individuos que en definitiva forman las clases o estructuras dominantes de la sociedad). Nuestra motivación, si racionalmente defendible, debe ser esencialmente humanísta: me beneficiaré a mí, y a los míos, en cuanto hombres de los que soy inmediatamente responsable; pero no excluiré en mi inspiración a ningún hombre, y querré hacer llegar a todos los hombres el beneficio de mi acción.

Y en cuanto a la segunda duda: es cierto que la actuación de personas aisladas puede tener poco efecto para corregir el curso de la sociedad. Gestos limitados tienen efectos limitados. Pero todo gesto es por naturaleza evocador, y es bien posible que gestos genéricamente inspirados se extiendan como ondas por la superficie entera de la sociedad. Al fin y al cabo, las estructuras sociales no son sino juegos de esas ondas que se han sincronizado y estabilizado. No podemos anticipar cuál será el gesto que desestabilice una estructura y desencadene un proceso renovador de sincronías que conduzca a una sociedad más justa y más humana.

Para justificar la actitud moral no tenemos más remedio que apelar a lo más genérico del hombre, su sentido de copertenencia. Pero para justificar el compromiso de la persona en la lucha por difundir los valores, apelamos a lo más concreto del hombre: su práctica. La justificación de la moral debe ser global, su aplicación solo puede ser fragmentaria y gradual. Llegaremos a la meta, si es que llegamos, solamente por una serie de pequeños pasos. No hay otra manera de avanzar. La sociedad es un gigante que camina montado en hombros de enanos, de millones de enanos. Para citar a un pensador y batallador de este siglo: "las guerras se ganan batalla por batalla, los edificios se construyen ladrillo por ladrillo" (Mao Tse Tung).

Que cada uno de ustedes sea un ladrillo en la edificación de la Patria y una batalla ganada en la lucha por la supervivencia y continua humanización del ser humano.

Copyright © 1982-2001 Claudio Gutiérrez