Había viajado mucho
y nunca lo percibí tan claro:
estaba ahí
elevado, agudo, perfilado,
recortado contra el azul del cielo,
a veces en pedazos
rompecabezas de nubes.
En cada vuelta del camino
lo vi mejor: mi castillo,
mi ciudad primordial,
el palacio encantado
que imaginé desde niño:
más grande cada vez,
mientras los edificios
de la costa
se hacían más y más pequeños,
hasta confundirse con las piedras
amarillas de la playa.
No fue suficiente la visión,
sin embargo: hube de caminar;
tropecé muchas veces
lo perdí de vista;
me engolfó la lluvia y la niebla
y tuve que ensayar mi paso
muchas veces:
a la izquierda y al frente
a la derecha, hacia atrás
para ver si subía o bajaba
como quien afina cuerdas
de una guitarra.
Pero una tarde al fin
supe que había llegado
al pie de mi cucurucho.
Para subir boté carga
me quité ropa
y tuve que renunciar a todos los otros
cucuruchos del mundo.
Cuando llegué arriba,
alma hecha cuerpo,
cuerpo hecho llama,
me senté en silencio
a mirar el mar
y me sentí tan satisfecho
tan satisfecho
como una mosca que hubiera aparcado
en la punta de un sombrero de bruja.
Copyright © 2003 Claudio Gutiérrez