La Universidad atraviesa tiempos difíciles. No podemos pasar inadvertidos la polarización interna de grupos y posiciones, los ataques exteriores casi cotidianos, las limitaciones impuestas por congojas presupuestarias que no terminan de resolverse, las tensiones que implican el aumento de la población y las aspiraciones crecientes de estudiantes, empleados y profesores. Nos amenazan diversos peligros: la incomprensión de personas con poder y de grupos influyentes de la sociedad; la reacción asustadiza de algunos universitarios ante nuevos retos o nuevas funciones de la Institución; la acción imprudente de quienes ingenuamente creen que pueden realizar la revolución desde la Universidad; conflictos internos entre los que defienden un orden administrativo minucioso y los que quiebran lanzas por una creatividad sin cortapisas.
Que el conflicto sobre orden o creatividad se haya presentado es importante. Muestra en forma palpable que hay en esta Universidad quienes se preocupan hondamente por las condiciones de la creatividad y quienes se preocupan vivamente porque los recursos que ha puesto en nuestras manos el pueblo costarricense tengan rendimiento fecundo. Esa legislación no impone ni restringe el tipo de curso que se enseña, ni los temas que se discuten en clase, ni los libros que lee el profesor o que deban preferir los estudiantes. El cumplimiento de los horarios, la conducción respetuosa de las actividades electorales o de las celebraciones estudiantiles, todo esto fundamenta armonía y tranquilidad en nuestra Casa; no determina el sentido ni la dirección en que deben encaminarse las labores docentes, ni gobierna la investigación, ni coacciona las actividades estudiantiles.
Algunas personas ponen en peligro la propia autonomía universitaria al pretender usarla como refugio u ocasión para móviles revolucionarios. Se hacen la ilusión de que lo que puedan lograr en materia de movilización en la Universidad es un buen sustituto de lo que desearían realizar en el universo abierto de la sociedad costarricense. Con una actitud así hacen gala de mala teoría, porque cualquier manual de la doctrina que defienden subraya que son las condiciones sociales objetivas las que determinan los cambios, no es blandiendo fueros privilegiados como pueden vencerse poderosos intereses económicos nacionales o internacionales. Y le hacen flaco servicio a la Universidad, porque exponen su desarrollo y su supervivencia en enfrentamientos innecesarios.
Otras personas hacen difícil el progreso de la institución al aferrarse inmoderadamente a formas tradicionales de relaciones entre profesor y estudiante, o de organización del estudio, o de lo que corresponde hacer o no hacer a la Universidad como tal. El deseo de conservar lo bueno produce en ellas tal veneración por lo establecido, que se obnubila su sentido crítico y no pueden ver la conveniencia o necesidad de muchos cambios. Conceptos como los de trabajo comunal, integración de teoría y práctica, estudio independiente, autogestión educativa, les parecen otras tantas amenazas a la esencia de la Universidad, que deben evitarse en aras de la continuidad de la tradición académica. Su actitud inflexible hace difícil el diálogo entre tendencias, camino lógico para la solución equilibrada de los complicados problemas de la didáctica universitaria.
Estoy convencido de que la Universidad de Costa Rica tiene reservas espirituales más que suficientes para seguir adelante y superarse en medio de estos peligros. Pero no está de más que como rector llame la atención de los compañeros universitarios sobre la existencia de tales riesgos y sobre el arsenal a nuestra disposición que permitirá continuar encarándolos con éxito. La mejor de nuestras armas en estas luchas es la convicción de que los universitarios tenemos un compromiso común, pues todos amamos a la Universidad y lo que ella significa. Las tensiones que nos agitan y a veces nos separan no deben ocultar el interés primordial de todos los universitarios por fortalecer esta institución y lo que ella representa en la vida costarricense. Todos los universitarios, conservadores o progresistas, debemos reconocer que necesitamos que la Universidad siga siendo básicamente lo que es: centro de crítica y de autocrítica, pero también continuidad de una tradición de seriedad, de estudio, de excelencia en la enseñanza y la investigación, o por lo menos de aspiración a esa excelencia. Todos los universitarios, los de adentro y los que han egresado, nos identificamos con la común responsabilidad de sostener el impulso de una institución que ha dado mucho a Costa Rica, que ha costado mucho desarrollar y que el pueblo costarricense no puede darse el lujo de perder o deteriorar.
La existencia de polaridades, oposiciones y hasta conflictos en la Universidad no debe sorprendernos ni escandalizarnos. Una Universidad sin tensiones sería una institución muerta; la vigencia de contradicciones da el índice del viviante espíritu de la Universidad. Pero tales contradicciones y oposiciones serían fatales para la supervivencia de nuestra casa si dejáramos que languideciera la médula de ese espíritu, es decir, la libertad académica, la consagración de todos y cada uno al avance de la ciencia y de las artes, la atmósfera de discusión y el libre pensamiento. Solo el cultivo de una búsqueda libre, ejercida dentro del mayor respeto por las personas cuyos puntos de vista no compartimos, asegurará la continuidad de las tradiciones tan apreciadas por los conservadores, y al mismo tiempo posibilitará la subversión típicamente universitaria que todos debemos procurar: subversión contra el error, el prejuicio y la ignorancia, capaz de generar a la larga muchos de los cambios a que aspiran los revolucionarios.