PAPEL DEL FILÓSOFO EN UNA NACIÓN EN DESARROLLO

Claudio Gutiérrez


Discurso de clausura de un congreso de filósofos centroamericanos

¿Un papel para el filósofo en el proceso del desarrollo? Escepticismo ante tal pregunta sería una reacción de muchos, doctos y profanos (1).

No me cabe duda de que un filosofar desconectado, aislado de la realidad social, es por lo menos ocioso e infecundo. Tampoco me cabe duda de que un trabajo social no filosofado, no criticado ni razonado, será ciego y también infecundo. Un maridaje de acción y reflexión, de trabajo y filosofía, parece en cambio la precondición de un desarrollo humano digno de ese nombre. Pero esto es fácil decirlo; su plasmación en situaciones concretas y definidas es algo más delicado. Pasar por alto los inconvenientes del trabajo "desfilosofizado" sería por lo menos imprudente. No señalar los riesgos de la filosofización del trabajo sería irresponsable.

Que la filosofía sea factor positivo en el desarrollo de una nación supone y exige que el filósofo entiende correctamente su misión y no será vehículo de influencias oscurantistas en la vida social, que no será instrumento de ideologías inmovilistas y fatalistas de clase, ni proyector de la sublimación de deseos colectivos de la humanidad. Que no será defensor de ilusiones, de mitos ni de credos irracionales. Que en cambio será testigo de la realidad, de la verdad y de la razón, no entendidas acomodaticiamente sino en su valor facial.

Ante todo, que no será vehículo de influencias oscurantistas. Por más que respetemos la tradición, y que a falta de una visión científica del mundo en algún aspecto debamos todavía depender de legados irracionales de nuestros antepasados, no podemos dar a ese legado más valor que el que tiene: simple fe que suple nuestra falta de conocimiento. No debemos desconocer que muchas de nuestras creencias heredadas fueron elaboradas por distantes antepasados, cuya ignorancia era mayor que la nuestra y que estaban dotados de poquísima libertad espiritual.

En particular, el oscurantismo del filósofo puede intervenir de manera fatal en el desarrollo de una nación si subraya la existencia de normas de conducta que tienen carácter absoluto, independiente de su eficacia en la regulación armoniosa y equitativa de las relaciones humanas. Normas perfectamente justificables por su eficiencia práctica, funcionales y creativas, se hacen sospechosas de irracionalidad cuando pretendemos defenderlas declarándolas sagradas, inmutables y evidentes en su obligatoriedad para el ojo interior de una intuición trascendente. ¡Mal servicio les hacemos, al ponerles fundamentos de arena cuando podrían tenerlos de roca! El absolutismo moral de ese tipo puede fácilmente confundirse con la prédica de un fatalismo social que declara el orden existente querido por Dios o la Naturaleza y condena a quienes lo sufren a sujeción no solo de cuerpo y sangre sino también de espíritu.

Además de no ser vehículo de credos irracionales, el filósofo no debe ser proyector de deseos sublimados de la humanidad. Desde que se descubrió el inconsciente, los profesionales del pensamiento consciente debemos estar en guardia contra las trampas de la libido individual y colectiva. El psicoanálisis nos presenta quizás la mejor explicación de las fuentes del dogmatismo, al iluminar sus raíces y evidenciar que no las tiene ni en la razón ni en la experiencia, sino en ocultas realizaciones de deseos antiguos y apremiantes de la humanidad. El dogmático es el hombre que confunde sus deseos, sus ilusiones con la realidad; y que se esfuerza por hacer que su ilusión desplace y oculte, a como haya lugar, esa realidad. Las más corrientes de estas ilusiones son las narcisistas, es decir; las relacionadas con el amor que cada uno se tiene a sí mismo, las que le hacen considerarse omnisciente, omnipotente y merecedor de todo favor y fervor.

El narcisismo más peligroso es el colectivo. Puede afectar a pequeños grupos, por ejemplo al gremio de los filósofos, o a comunidades más grandes, toda una nación o todo un sistema político o económico. La satisfacción narcisista ligada a un ideal cultural es una de las fuerzas que logra aglutinar a los hombres, a pesar de los sinsabores que implica para el individuo la vida en civilización. Afecta no solo a las clases favorecidas que disfrutan de los beneficios de la civilización, sino incluso a las clases oprimidas que casi no participan de esos beneficios: el derecho a despreciar a los que "no pertenecen" les compensa las limitaciones que sufren ellos mismos. Así nos encontramos con el extraño fenómeno de que el oprimido puede hacer del amo que le oprime su interiorizado ideal. Un filósofo que no denuncie, en él mismo y en otros, la operación de estas fuerzas inconscientes, no estaría siendo testigo auténtico de la realidad. Su función aquí es cruel, pero inevitable: disipar ilusiones, como único camino hacia la educación para la realidad. De todos modos, a la larga nada detiene ni puede resistir la fuerza erosionante de la razón y la experiencia; la función del filósofo solo será la de ayuda al alumbramiento, ahorradora de dolores de parto. Ni los credos irracionales ni la sublimación de deseos pueden darnos una visión del mundo realista que permita orientarnos y orientar a otros en la vida. Solo la labor científica puede cumplir esa función. Y a pesar de sus innegables límites, pensar que podemos encontrar en otra parte –por ejemplo en la filosofía– lo que la ciencia no nos da, solo será ilusión y ceguera. La función de la filosofía es solo adventicia, por más importante que sea. Es evitar que sustituyamos la ciencia por la seudociencia, la realidad por la ilusión, la verdad por el dogmatismo. La filosofía no sustituye a la ciencia ni a la política ni al trabajo; solo los protege y purifica.

Pero todavía nos falta examinar el mayor extravío que el filósofo debe evitar si queremos que cumpla una función positiva en una nación en desarrollo: no debe aceptar ser instrumento ideológico de clase. El trabajo intelectual es una parte indispensable de todo trabajo humano; todo trabajo implica un ejercicio del cuerpo y una participación no menos activa de la mente. El ideal humanista siempre estuvo ligado al desarrollo equilibrado del cuerpo y del alma: mens sana in corpore sano. No obstante, la división de la sociedad en clases desde muy temprano y hasta nuestros días ha producido diferencias muy marcadas en el ejercicio relativo que en el individuo tiene cada uno de estos dos aspectos polares de la personalidad. En particular, ya en la Antigüedad la separación del trabajo manual y el intelectual, ligada al desarrollo de una clase servil y una clase patricia, no dejó de tener influencia fundamental en la historia de la filosofía. Entre los griegos, el platonismo probablemente representa la máxima exacerbación del pensamiento reduccionista patricio, en contraposición a formas de reflexión más ligadas a la práctica humana integral de la sociedad total.

Para Platón, en efecto, el acto de la razón llegó a concebirse como un acto creador autónomo; el diseño intelectual, como la misma fuerza productora de la realidad. Las ideas pasaron a ser las fuentes o prototipos del ser, y la materia únicamente un obstáculo interpuesto en el camino del entendimiento. Nada más poco científico, si lo vemos desde nuestra perspectiva contemporánea, cuando han sido descubiertas las secretas equivalencias entre materia, energía, e información; pero también nada más natural para el pensar de un patricio griego, quien decide que se haga algo, lo diseña, lo concibe en su pensamiento, ¡y se hace! ... porque hay unos esclavos que llevan a la práctica el designio del amo. He aquí las raíces del idealismo en la historia del pensamiento humano: la más curiosa inversión de perspectiva, en que el beneficiario del trabajo se exalta como espíritu creador, y las fuerzas que lo realizan realmente –¡oh paradoja!– se denigran como holgazana resistencia material. Hoy hemos superado los mitos platónicos; pero en nuestras sociedades contemporáneas otros mitos han tomado su lugar, sustentados por nuevos mitólogos.

Pero basta ya de autocrítica y volvamos a la filosofía entendida como factor positivo, no como negativo, en la vida social. Debemos partir de que el conocimiento no es una actividad separada de la práctica social, es decir: de la producción, de la vida política, de la investigación científica. Es un todo con estas tres cosas, porque no es sino la parte consciente y reflexiva de esa integridad indisoluble que es la personalidad humana activa, en sus múltiples relaciones. Esta práctica social, la lucha del hombre con la naturaleza, por la justicia social y contra la ignorancia, es el único criterio de verdad para el conocimiento. Si el hombre quiere tener éxito debe hacer concordar sus ideas con las leyes del mundo objetivo, y ellas solo se le hacen presentes por medio de sus aciertos y de sus fracasos. Qué sea verdad o qué sea falsedad no lo determina ninguna apreciación subjetiva, sino únicamente los resultados objetivos de la lucha del hombre con la naturaleza y con los otros hombres; es decir, la práctica social.

En un país en desarrollo las situaciones cambian con mucha rapidez; el conocimiento debe cambiar de conformidad. Los métodos de producción deben modificarse aceleradamente, para asegurar un continuado y progresivo dominio de la rebelde naturaleza. Las instituciones sociales deben reformarse de modo incesante, estar en permanente revisión, para reajustarse al aumento de la población y al alza de sus expectativas. Finalmente, la investigación científica debe estar al día para enfrentarse a la revolución tecnológica y armar al país para enfrentar los retos de los grandes centros industriales. En tal situación de cambio acelerado de condiciones, en tal estado de flujo en todos los terrenos, el filósofo tiene un papel importante que cumplir. Como pastor no diría yo del ser (2), pero sí del conocimiento, como especialista de la crítica y la reflexión, puede brindar insustituible asistencia en las luchas de la nación por ponerse sobre sus propios pies y tirar adelante. Al luchador de la producción, puede el filósofo contribuir a darle una fe racional por la cual esforzarse: la fe en la promoción del hombre en una sociedad humanizada, libre de explotación y miseria. Al luchador político, puede el filósofo contribuir a depurarle el concepto del hombre nuevo que deba surgir de los dolores de parto de una sociedad en contradicción consigo misma. Al luchador científico, puede el filósofo ayudarle a orientar su esfuerzo más allá de la superstición, de la credulidad ingenua, de la generalización ilegítima, del empirismo miope o del dogmatismo esterilizarte. La filosofía puede ser la guía de la acción, con tal de que ella misma se entienda como inseparable de la acción, surgida en la acción y confirmada por ella.

Y como me lo han encomendado los organizadores de este Congreso, tengo el honor de darlo por clausurado, satisfaciendo por esta vez el secreto deseo de todo filósofo: tener la última palabra (3).

Copyright © 1982-2001 Claudio Gutiérrez

NOTA 1 He de confesar que me tentó la idea de dedicar este breve discurso de clausura a un tema distinto, gemelo en el espejo: el filósofo como obstáculo al desarrollo.


NOTA 2 Alusión a una frase de Heidegger.


NOTA 3 Esta frase final fue indebidamente omitida en la edición de 1982 pero constituyó efectivamente la terminación irónica de mi discurso.