La palabra "humanismo" designa, en su primera acepción, un movimiento histórico, un fenómeno europeo de los siglos XIV a XVI que tiene que ver con la filosofía, la literatura y el arte y la relación de estas disciplinas con la religión. Se afirma el humanismo frente al sometimiento tradicional de la actividad intelectual a la autoridad religiosa. Se caracteriza por la reacción de la clase pensante europea contra la servidumbre intelectual implícita en la fe católica, y por la afirmación del ser humano como centro de la filosofía, de la literatura y de las artes, ejercicios mentales llamados desde entonces "disciplinas humanísticas".
Lo que así comenzó, como un fenómeno histórico muy determinado, ha persistido como un ideal racional contra toda forma de sujeción del pensamiento, sea ésta producto de la ignorancia o de la opresión religiosa o política. En ese sentido más amplio, distintas épocas y lugares, diferentes del Renacimiento europeo, han podido tener un humanismo que les ha sido propio. En este sentido, el siglo XX ha tenido sus varias versiones del humanismo, algunas más puras que otras. Existió el humanismo de la escuela alemana, de tipo historicista, importado a España por José Ortega y Gasset, el cual fue muy influyente en el movimiento de la reforma universitaria costarricense de los años cincuenta y sesenta. Otros humanismos veintescos, de menor pureza, fueron el humanismo cristiano de Jacques Maritain y el humanismo existencialista de Jean Paul Sartre, los cuales debemos considerar hibridaciones con respecto a las ideologías autoritaristas y enemigas de la razón del escolasticismo católico y del marxismo soviético. Estos dos humanismos también tuvieron influencia considerable en la vivencia de los "Estudios generales" de la Universidad de Costa Rica durante los años sesenta. Mas tarde, durante los años setenta (lucha de Alcoa, etc.), un humanismo directamente marxista (inspirado en los Manuscritos económico-filosóficos de Marx) tuvo bastante auge entre los intelectuales costarricenses.
Espigándola de estos movimientos, citemos como importante referencia humanista veintesca una frase famosa de Jean Paul Sartre en su El existencialismo es un humanismo. Esta frase fue muchas veces comentada durante esos años en las clases de fundamentos de filosofía de Estudios Generales:
Enunciado simplemente así, el humanismo de Sartre podía resultar independiente de la ideología marxista. Parece relacionarse mucho más con una corriente opuesta, el idealismo romántico. Más que una afirmación de la razón humana contra lo irracional, parece una consigna irracional frente a los innegables e innumerables condicionamientos que nos imponen la naturaleza y la sociedad. En todo caso, gracias al prestigio de que Constantino Láscaris, director de esa cátedra, gozó en el país, podemos considerar al humanismo de Sartre como el humanismo más ampliamente difundido en Costa Rica durante la segunda parte del siglo XX.
Al iniciarse ahora una nueva época, el siglo XXI1, resulta atinente que nos preguntemos por el humanismo que le será propio. Me parece que el humanismo naciente no corresponderá a las ideas de un solo pensador, ni siquiera a una corriente dominante de pensamiento. Creo más bien que el nuevo humanismo estará determinado por ciertos factores o características, bastante a la manera en que lo fue en su momento el humanismo del Renacimiento. Este humanismo giró alrededor de un racimo de elementos, como el auge de la ciencia musulmana, la reaparición en Europa de los escritos clásicos griegos y latinos, los viajes de descubrimientos geográficos, el desarrollo de la vida urbana y del capitalismo. La influencia de todos estos elementos ha sido exhaustivamente estudiada por los historiadores. Nosotros, en el umbral del nuevo siglo, no tenemos la ventaja del punto de vista histórico, pero podemos adelantar algunas conjeturas con base en las tendencias que podemos observar en torno nuestro.
Me atrevo a conjeturar que, independientemente de muchos otros factores, como la globalización de la economía, la incorporación de la mujer al mundo de las decisiones, el ocaso de las ideologías, o el renacimiento de los nacionalismos, tres factores de carácter eminentemente intelectual tendrán gran importancia en la conformación de ese nuevo humanismo. Me baso para esta conjetura, tanto en el peso específico de cada uno de estos elementos, como en el hecho sorprendente de su integración sinérgica. Estos tres elementos son (permítaseme la redundancia en los nombres de cada uno de los tres conceptos para mayor claridad):
El nuevo siglo encuentra completamente asentada la integración de todas las ciencias biológicas dentro del gran paradigma de la teoría evolucionista. Este paradigma es la obra conjunta de muchos pensadores de los siglos XIX y XX, pero lo podemos identificar especialmente con los nombre de Charles Darwin2 –descubridor de la selección natural–, Gregor Mendel3 –descubridor de las leyes de la genética–, Hugo Marie DeVries –descubridor de las mutaciones–, Francis Crick y James Watson –codescubridores de la base molecular de la herencia–. Como ocurre con todo paradigma científico vivo, hoy hay todavía muchas controversias en torno a la teoría evolutiva, pero todas son de carácter estrictamente técnico, y los enemigos de este punto de vista –primordialmente fundamentalistas religiosos– no pueden encontrar solaz en ellas. Ninguna amenaza la esencia de la "gran síntesis", basada en los conceptos de selección natural, herencia por recombinación de unidades genéticas y mutaciones aleatorias, así como en los mecanismos moleculares que fundamentan todos estos procesos en la fisicoquímica.
La taxonomía de los seres vivientes en boga en los tiempos de Darwin era un descendiente directo, vía el pensamiento aristotélico, de las concepciones esencialistas de Platón. La misma palabra "especie" había surgido en su momento como una traducción estándar de "eidos", la palabra usada por Platón para significar forma o idea. Este filósofo griego, como se recordará, consideraba como sola realidad auténtica la del mundo de las ideas, únicos seres que subsistían por sí mismos; las cosas, en contraste, eran solo apariencia o sombra de esas ideas. Consecuencia importantísima de esta concepción era el carácter fundamentalmente discreto de la realidad: cada una de las ideas era idéntica a sí misma y esencialmente diferente a todas las demás. Los claroscuros se daban solo en las apariencias, en el mundo de los sentidos, no en el mundo de lo verdaderamente real, de los conceptos racionales que le interesaban a la ciencia. La aplicación de este prejuicio intelectual a la investigación de la naturaleza era obvia: debíase tratar de descubrir en el mundo la presencia de esencias puras, que correspondieran a las ideas platónicas, y toda transición entra formas solo debía interpretarse como un engaño de los sentidos o una simple apariencia. Así, en el siglo XVIII, las especies de los organismos se consideraban formas eternas o intemporales, como los triángulos o los círculos perfectos de la geometría de Euclides. Sin embargo, en la primera mitad del siglo XIX, el desarrollo de la geología y el estudio de los fósiles, había venid a poner en crisis esta posición esencialista. Esto permitió a Darwin identificar un nuevo fundamento para la biología: la contundente afirmación de que las especies no podían ser intemporales e inmutables.
Thomas Malthus había publicado en 1798 su Ensayo sobre el principio de la población, obra que inspiró profundamente el pensamiento de Darwin. Malthus había teorizado que en un mundo poblado de organismos que se reprodujesen abundantemente, era matemáticamente inevitable que más tarde o más temprano la población resultara desproporcionada frente a los recursos disponibles. En ese momento, muchos organismos deberían morir sin haber podido reproducirse. (MALTHUS 98) Darwin agregó dos puntos adicionales a este atisbo lógico de Malthus. El primero fue que si hubiese variaciones significativas, aunque fueren pequeñas, en una población, cualquier ventaja relativa en algunos individuos sesgaría la reproducción en su favor en el momento en que comenzara la escasez de alimentos o de espacio. El segundo es consecuencia del primero: las diferencias tenderían a magnificarse con el tiempo, con la consiguiente deriva de la población hacia los tipos que tuvieren las diferencias ventajosas. Como lo expresó en su obra, "si más individuos nacen que los que pueden sobrevivir, un grano de arena en la balanza bastará para determinar cual individuo vivirá y cual morirá, cuál variedad o especie aumentará en números y cual decrecerá o finalmente llegará a extinguirse". (DARWIN, 1859).
Las pruebas a favor de la teoría evolucionista no han cesado de acumularse desde los tiempos de Darwin. Algunas han venido de los campos de la geología, la paleontología, la biogeografía o la anatomía, que fueron las fuentes principales de Darwin. Pero por supuesto, ahora vienen también de la biología molecular y de otras disciplinas biológicas, como la ecología o la virología. La fuerza probatoria de los aportes de todas estas ciencias tiene un carácter abrumador, tanto así que podemos decir, como lo afirma Dennett en su último libro, que hoy día cualquiera que dude que la variedad de la vida en esta planeta fue producida por un proceso de evolución es simplemente ignorante. Los científicos han declarado su aceptación de la selección natural como el principio explicativo fundamental de las ciencias biológicas. Dado esto por sentado, han procedido a mostrar cómo las dificultades específicas para sostener el paradigma pueden superarse, y una y otra vez han tenido éxito en este proceso. En esta forma, el paradigma darwinista ha quedado cada vez más confirmado, clarificado y cuantificado, alzándose cada vez más fuerte por el vencimiento de sus retos. Como lo razonaría Karl Popper, una idea que fuera en el fondo falsa, habría sucumbido muchas veces ante el embate inmisericorde y concertado de muchos intentos de refutación a lo largo de siglo y medio de prácticas científicas.
Darwin escribió su obra para resolver un problema biológico relativamente modesto: el origen de las especies. Para ello, tuvo que describir un proceso que llamó "selección natural", y que consiste en una secuencia de hechos completamente ciega o mecánica –es decir, que no persigue ningún propósito y que, en efecto, es del todo incapaz de concebir ningún propósito o meta–. Desde el punto de vista filosófico, sin embargo, la idea de selección natural resultó ser la contestación a una pregunta mucho más importante, a saber, como es que el diseño, la capacidad de proponerse metas, ha aparecido en el mundo. (MAYR 00) Con la mención de esta extraordinaria circunstancia dejamos tirada una cuerda desde la idea de la evolución genética hacia la idea siguiente que debamos examinar, el algoritmo informático.
Para retenerlo con más claridad, especifiquemos los rasgos fundamentales del principio de selección natural. Son los siguientes:
Adaptación diferencial; el número de réplicas depende de las interacciones entre las características de los elementos y el medio ambiente.
Como veremos inmediatamente, este principio tiene todas las características de un algoritmo informático.
El término "algoritmo" viene, por medio de varias traducciones y corrupciones, del nombre de matemático persa Muusa alkhowarizm, cuyo libro sobre procedimientos aritméticos, escrito por allá del año 835, fue traducido al latín en el siglo XII. El concepto de algoritmo como un procedimiento seguro y en cierta forma mecánico de lograr algún resultado ha tenido vigencia por varios siglos; ascendió a la notoriedad, sin embargo, gracias a la obra matemática de Hilbert, Gödel, Church y Turing, en el primer tercio del siglo XX. La transferencia del concepto de la matemática a la informática ocurrió gracias a la obra del último de estos distinguidos matemáticos, quien propuso a sus colegas la definición formal de "algoritmo" en términos de la operación de una máquina abstracta que ahora lleva su nombre.
Una vez equiparado el concepto de algoritmo con la operación de la máquina Turing, no transcurrieron dos decenios antes de que una aproximación concreta a esa abstracción fuera construida por ingenieros eléctricos. Hoy puebla nuestros escritorios, en la forma de maravillosas microcomputadoras, como la que me ha servido para preparar esta charla. Actualmente podemos equiparar "algoritmo" con el amplio género que cubre los programas de nuestras hojas de cálculo, procesadores de texto, bases de datos, y calendarios electrónicos; o los sistemas operativos que los sostienen, como el hirsuto DOS o el simpático WINDOWS.
Hay acuerdo bastante general en que las características fundamentales de un algoritmo son las siguientes:
Neutralidad del material; un algoritmo puede ser realizado en papel y lápiz, en la pizarra, con compuertas hidráulicas o puertas electrónicas (transistores), pues su naturaleza es eminentemente lógica y no importa el medio en que resulte encarnado.
Comportamiento ciego o mecánico; aunque su invención por una mente humana sea un ejemplo de creatividad, una vez obtenido, su aplicación no requiere de inteligencia sino simplemente la ejecución exacta de los pasos prescritos.
Garantía de éxito; si se cumplen con entera fidelidad los pasos que definen el algoritmo, hay seguridad completa de obtener el resultado buscado; por ejemplo, si multiplicamos dos números de varias cifras de acuerdo con la regla de la multiplicación, obtendremos con toda seguridad el número que constituye el producto de esos dos factores.
Como una persona a quien le ha tocado vivir en una gran porción del siglo XX me es especialmente grato interpretar la historia de nuestra época, entreverada a la mía propia, como un progresivo despliegue de la lógica de los algoritmos. Recuerdo en los años treinta mi admiración de niño ante la efectividad de los algoritmos para sumar, restar, multiplicar o dividir que me enseñara doña Clemencia, mi maestra en el Edificio Metálico. En los años cuarenta tuve alegrías sin nombre descubriendo por mí mismo los algoritmos del álgebra y la geometría, antes que el padre Lehnartz del Colegio Seminario tuviera tiempo de enseñármelos. En los años cincuenta me deslumbraron las reglas del procedimiento civil y penal, que aseguraban resultados en los tribunales si se cumplían sus pasos en todos sus –a veces ridículos– detalles4. También descubrí en esa época la magia de los algoritmos económicos, especialmente la ley de la oferta y la demanda que asegura automáticamente, por medio del mercado, la provisión social de bienes y servicios más eficiente posible.
Pero no fue sino en los años sesenta cuando se me presentaron los algoritmos en toda su gloria, al familiarizarme con la lógica simbólica, la informática y la inteligencia artificial. Desde entonces me ha tocado ver la información regarse por todos los órdenes de la vida social, transformándolo todo a su paso. Hoy día amenaza con afectar de manera profunda y fundamental la naturaleza misma del trabajo productivo y la estructura de las relaciones sociales. Cuando el desempleo tecnológico se agudiza y se extiende por Europa y los Estados Unidos, podemos comenzar a preguntarnos qué deberemos hacer para domesticar ese genio maravilloso que, sabemos, no podremos ya convencer jamás de volver a la botella de donde salió.
Pero por más impresionante que haya sido en este siglo la carrera triunfante de los algoritmos, esta idea poderosa está destinada a darnos sorpresas todavía más profundas. Una vez que uno adquiere una idea, si la idea vale la pena, un trabajo inevitable de elaboración nos permite hacerla nuestra hasta sus últimas consecuencias, conectándola con nuestras ideas anterioes. La misma naturaleza dialéctica del conocimiento nos obliga a replantear todo lo que antes sabíamos a la luz de cada nuevo descubrimiento o concepto. Esta es una ley de la inteligencia que no tiene escapatoria, cuyo fundamento reside en la conectividad esencial de nuestras neuronas corticales.
Cuando estudiaba el Código Civil, me acostumbré a aceptar mi comprensión de cada nuevo artículo como eminentemente transitoria, en espera de mi lectura de los restantes artículos, cuya comprensión variaría en forma inevitable esa comprensión provisional. Cuando tuve que aprender inglés para realizar mis estudios de doctorado, descubrí que las palabras nuevas tomaban al principio una sentido muy superficial, el obtenido del diccionario, que solo era una marca provisoria del verdadero sentido que llegarían a obtener más tarde por el uso en innumerable serie de contextos diversos. Llegué así a la conclusión de que cada palabra nueva que aprendemos vierte una luz de significado retroactivo sobre nuestro vocabulario anterior.
Por todo esto no me tomó por sorpresa el trabajo luminoso del filósofo Daniel Dennett, aparecido recientemente (DENNETT 1995), que emprende la notable tarea de reinterpretar la teoría evolucionista –más específicamente, el concepto de selección natural– como un algoritmo en el sentido más propio de la palabra. Para mostrar cómo pueda esto ser posible, necesitamos partir de la versión más compleja de algoritmo informático, aquella que encontramos aplicada en la inteligencia artificial.
Una interpretación poco ilustrada del concepto de algoritmo, que ponga mientes en el carácter mecánico o ciego de su ejecución, puede llegar a la conclusión de que la inteligencia no puede estar basada en algoritmos. Esta es, la conclusión a la que arriba Roger Penrose, en un reciente libro (PENROSE 1989) que si algo prueba es que uno puede ser un físico eminente y ser capaz de malinterpretar conceptos básicos de otra disciplina. En cualquier curso introductorio de inteligencia artificial se enseña que sus programas (como los que juegan ajedrez, o los llamados sistemas expertos) no tienen garantizado su éxito; y además su funcionamiento tiene toda la apariencia de no ser ni ciego ni mecánico; sin embargo, nadie puede negar que están basados en algoritmos.
Esto parece contradecir dos de las características esenciales de los algoritmos. Ello es solo una impresión superficial. Por supuesto que los resultados que producen los programas de inteligencia artificial son ciegos y mecánicos en un sentido muy específico, pues los ejecuta una máquina, y es obvio que cada uno de ellos realiza infaliblemente lo que está llamado a realizar. Pero lo que la mayoría de los algoritmos de inteligencia artificial son diseñados para realizar es generar, por medio de uno de sus módulos, de manera más o menos arbitraria, una serie de hipótesis plausibles; en seguida, mediante otro de esos módulos, escoger –mediante algún criterio de selección– aquella que resulte más promisoria para los objetivos pragmáticos del programa. No hay en esto ninguna contradicción.
Ahora bien y sorprendentemente esta táctica, denominada apropiadamente generar y escoger, corresponde totalmente al algoritmo de la selección natural. En efecto, engendra, por medio de la reproducción con eventuales mutaciones, suficiente variabilidad, de la que los constreñimientos del medio escogen los individuos mejor adaptados a la situación reinante. Si tomamos en cuenta el primer requisito de los algoritmos, que no importan los materiales en que se expresan, no hay razón alguna para no aceptar la selección natural como un algoritmo de la más pura alcurnia. Y alcurnia tiene, puesto que, con sus millones de años de historia que han poblado los continentes y los mares de todos los seres vivientes, es sin duda el más antiguo de todos los algoritmos5.
Los siglos XIX y XX han sido el tiempo en que la tecnología, gracias a las revoluciones industrial e informática, alcanzó su plenitud como forma peculiarmente humanamente de adaptación al medio. Sus raíces, desde luego, están en la Antigüedad e incluso en la Prehistoria, sin embargo. El nuevo siglo no puede menos que edificarse sobre esta gran culminación, tomando en cuenta todas sus potencialidades. La principal diferencia con los dos siglos anteriores consistirá en el predominio aplastante del aspecto intelectual sobre la obra física, del diseño conceptual sobre las chimeneas de las fábricas o el esfuerzo físico de los obreros; en realidad, estos dos elementos continuarán desapareciendo. La ingeniería, cada vez más, pondrá énfasis en el ingenio, la nota esencial que la define. Y en cuanto a los productos de la tecnología, abarcarán progresivamente más y más áreas de la vida del hombre y de la sociedad, constituyéndose en su segunda naturaleza (o tercera o cuarta), hasta un punto o nivel insospechado por épocas anteriores.
Cuando contemplamos los monumentales logros tecnológicos de los últimos siglos no podemos menos que maravillarnos de la capacidad creadora de nuestra especie. Al mismo tiempo, sin embargo, debemos sobrecogernos de una profunda modestia, pues el individuo más conspicuo en su contribución a este proceso sabe muy bien que solo ha sido un pequeño eslabón en una enorme cadena de investigación y desarrollo, para usar el término con que se denomina la actividad más crítica dentro de las grandes corporaciones. En esa gran cruzada por aumentar la proporción de diseño de nuestro mundo, todo parece realizarse de acuerdo con un gran principio rector, el principio de la acumulación del diseño, de modo que la gran construcción surge solo por la acción múltiple y extendida en el tiempo de un inmenso número de microdiseños individuales.
Ha sido proverbial en la teología tratar de demostrar la existencia de Dios con un argumento llamado "el argumento del diseño". Al usar este argumento los apologistas razonan que la presencia del diseño en la naturaleza, y especialmente las maravillas del funcionamiento del cuerpo y cerebro humanos, exige la existencia de un diseñador universal como su causa. Daniel Dennett en su exposición sobre la selección natural, nos hace notar que Darwin acepta en vez de negar la premisa de este argumento: efectivamente la naturaleza –y el hombre– son los productos de un gran diseño. No podría ser de otra manera. Pero lo revolucionario de su punto de vista es que, gracias al algoritmo de la selección natural, el diseño puede producirse mecánicamente, es decir, sin inteligencia.
Antes de Darwin, el único modelo que se tenía de un proceso donde se diera investigación y desarrollo implicaba la participación de un artífice inteligente. Parte de su genio consiste en haber mostrado otro proceso distinto, en el que la obra queda distribuida sobre enormes cantidades de tiempo (muy superiores a las que originaron la tecnología en la historia humana). A cada paso, la naturaleza conserva, con actitud de ahorrante prudente, los pequeños microdiseños obtenidos, de modo que no tengan que lograrse de nuevo. Así, la selección natural hace aparecer una fundamental continuidad entre la investigación y el desarrollo anterior a la historia y la que se realiza dentro de ella, pues en ambos casos, e1 juego de la competencia para seleccionar a los mejor adaptados (biológica o económicamente) es lo que asegura que cada ciclo la vida o la historia pueda dar por sentados por lo menos una buena parte de los logros anteriores6. El principio de acumulación del diseño logra así, sorprendentemente, unificar la biología con la ingeniería.
Los escépticos de esta gran unificación pueden argumentar aquí que, incluso concediendo que el hombre y su mente hayan sido creados por el proceso algorítmico de la selección natural, siempre será cierto que existe un abismo entre el diseño automático y ciego de la naturaleza y el diseño consciente y voluntario propio de la inteligencia humana y de la historia. Pero ese último reducto de un humanismo exclusivista y místico parece derrumbarse ante el embate conjugado de dos empresas intelectuales contemporáneas, la una –neurología– que trata de reconstruir el pasado de nuestro cerebro por "ingeniería inversa"7; y la otra –"inteligencia artificial"– que trata de diseñar para el futuro mentes artificiales. Sobre la última, ya hemos hecho notar su parentesco con el darwinismo, vía los algoritmos de generar y escoger. Con respecto a la neurología, quiero mencionar que una de sus líneas de investigación más apasionantes en estos momentos corresponde a intentos como los de Gerald Edelman de explicar la inteligencia como resultado de fenómenos de selección natural de hipótesis aleatorias producidas espontáneamente por la parte asociativa8 de la corteza cerebral (EDELMAN 1992). Si esta avenida de investigación prueba ser correcta confirmaríamos el máximo logro de la selección natural: su propia internalización como inteligencia.
En conclusión, el trabajo realizado por la selección natural ha sido investigación y desarrollo del más claro cuño, de modo que la biología resulta fundamentalmente afín a la ingeniería. La biología no es simplemente parecida a la ingeniería; es ingeniería, pues constituye un estudio por ingeniería inversa de mecanismos funcionales, es decir, la determinación de su diseño, construcción y operación. Esta conclusión es profundamente resistida por un mal ubicado temor de lo que puede implicar, y sin embargo vierte luz en abundancia sobre algunas de las más agudas perplejidades filosóficas. Una vez que adoptamos la perspectiva ingenieril, el concepto biológico central de función y el concepto filosófico central de significado pueden aclarase e integrarse. Puesto que nuestra propia capacidad para responder al significado y crearlo –nuestra inteligencia– está basada en nuestra condición de productos avanzados de un proceso de investigación y desarrollo darwinista, la distinción esencial entre inteligencia real y artificial desaparece, y se abre la eventualidad de que los métodos de la ingeniería se extiendan desde la biología hacia todas las ramas de las ciencias humanas y de las artes.
De la verdad del darwinismo se sigue que ustedes y yo somos artefactos de la naturaleza, pero nuestra subjetividad nos es menos real por ser efecto de millones de años de investigación y desarrollo algorítmico, en vez del resultado de un acto mágico de creación instantánea. Los que no lo hayan hecho todavía tendrán que aprender a pensar en esa forma y descubrirán poco a poco que la nueva perspectiva ni hace la vida menos bella, ni las motivaciones estéticas menos nobles, ni los sentimientos menos emocionantes. Pero, por otra parte, la nueva perspectiva nos hace más realistas y nos otorga finalmente la libertad de temor de lo sobrenatural con que soñara Demócrito.
Por lo demás, por primera vez en la historia tenemos pruebas contundentes basadas en la química del ADN, de la total homogeneidad de la vida, lo que nos hace auténtica familia de todos y cada uno de los seres vivos que hay y ha habido sobre la Tierra. No existe más que un árbol genealógico que abarca todas las especies, desde el ser humano hasta el más insignificante de los virus o las bacterias. Pero los nexos de la familia humana no se resquebrajan por ampliar sus límites, en círculos concéntricos cada vez mayores, hasta llegar a contener a todo lo orgánico. El nuevo humanismo acepta nuestra profunda consanguinidad con el resto de los seres vivientes: somos parte de la ecología universal del planeta Tierra. El humanismo del siglo XXI no puede ser sino ecologista. Conservar el ambiente es conservarnos a nosotros mismos. No tenemos asegurada nuestra permanencia como especie más que lo que la tiene cualquiera de nuestros primos del reino animal o vegetal.
Si no tenemos origen milagroso tampoco tenemos providencia milagrosa que vele por nosotros. Si no velamos por nuestra supervivencia nosotros mismos, nadie velará por ella en representación. Ni siquiera somos el centro de la vida: somos una de ramas, y debemos competir con todas las otras (en especial con los microscópicos virus, los nuevos "demonios" que debemos exorcizar constantemente) para sobrevivir y seguir adelante. La ecología tiene dos caras: es conservacionista puesto que estamos sentados sobre la variabilidad biológica que ha producido todas nuestras riquezas. Pero también lleva en sí la prospectiva de que somos parte de una encarnizada carrera armamentista entre todas las especies, que durará tanto como dure la vida sobre la Tierra. Los SIDAs, como los pobres según el Evangelio, estarán siempre nosotros.
Es interesante comparar este nuevo humanismo con el humanismo romántico decimonónico con respecto a nuestra relación con la naturaleza. En todas las especies de mamíferos que han sido cuidadosamente estudiadas, con la excepción de los animales domésticos, la tasa al que sus miembros liquidan a sus coespecímenes es varios miles de veces mayor que la tasa de homicidios en cualquiera de las ciudades norteamericanas. (GOULD 1993) El nuevo humanismo, informado de hechos como estos, no puede quedar más distante de las idealizaciones sobre la bondad primitiva a la Rousseau; más bien, nos acerca a la descripción que hacía Hobbes de la vida en el estado de naturaleza como "desgraciada, brutal y de corta duración". Solo nuestra capacidad craneana excesiva, con el concomitante surgimiento de la cultura, ha hecho posible nuestra elevación sobre estos tristes constreñimientos.
El experimento de la madre naturaleza con la cultura dura hasta ahora apenas una pocos miles de generaciones. Sin embargo ha producido ya a Picasso y a Chopin a Aristóteles y a Einstein. El origen de este experimento único de la naturaleza esta ligado a una súbita expansión de la corteza cerebral que originó de repente tres cuartas partes de una corteza "vacante" o "asociativa". Aunque en la escala de la evolución dos acontecimientos separados por 100 mil años son considerados como instantáneos, es concebible incluso que el cerebro se expandiera como resultado de una mutación única, dada la naturaleza puramente cuantitativa del cambio9. Desde luego, el cerebra no se expandió para que nosotros pudiéramos hablar, escribir y hacer ciencia. Más bien la existencia de tal conectividad vacante fue una oportunidad de oro para que todas esas cosas se dieran. Constituyó la ocasión brillante para que apareciera la cultura sobre la tierra.
La explosión cortical del Homo sapiens fue la oportunidad para que se desarrollaran dos clases de fenómenos, profundamente relacionados: el pensamiento lógico y el razonamiento ético. Muy pronto, la evolución decantó del primero la facultad especializada del lenguaje, que quedó "ubicada" en áreas particulares (como el área de Broca para la producción y el área de Wernicke para la comprensión), por lo menos para las lenguas maternas10.
El lenguaje y la eticidad constituyen el material de que están tejidos nuestros sueños, es decir, los significados. Las humanidades que tanto apreciamos están hechas de significados, los implicados en las artes, en la literatura, en nuestras fantasías privadas y en nuestras fantasías públicas. Los hermosos mitos con que se fabrican la autoestima y los proyectos de las personas y de las naciones son en el fondo el producto emergente de procesos en sí mismos carentes de significado creados por la totalidad de la biosfera. Pero el reconocerlo así, el entender la obra de la naturaleza como un diseño, resultado de una actividad de millones de años de investigación y desarrollo, no demerita tales significados. Nos permite, más bien, acercarnos a ellos con una actitud de análisis y de control que es lo más cerca que nunca podremos realiza la ambición sartreana de "inventar al hombre"; pero no "sin ningún apoyo", sino con la ayuda de todo lo que nos ha enseñado la ciencia. No ignorando los constreñimientos de la naturaleza, sino asumiéndolos, por el conocimiento y por la disposición consciente de participar en la cadena natural –mediada ahora por la cultura– de la investigación y desarrollo cósmicos.
He hablado mucho en este artículo de biología, de informática y de ingeniería, todas disciplinas no ordinariamente asociadas con el tema del humanismo. Espero sin embargo que haya podido suscitar en los lectores la convicción de que son aspectos de la nueva sociedad que deben figurar esencialmente en la perspectiva humanista.
Para terminar deseo detenerme todavía un momento en lo que siempre será la esencia del humanismo: el significado. El origen humilde e inmensamente extendido en el tiempo del significado no disminuye en nada el valor de los significados culturales, de los cuales podemos disfrutar precisamente a causa de esos procesos evolutivos. Nuestras razones no son las del reptil, simplemente porque descendamos del reptil. Nuestras razones son nuestras y el reptil no podría comprenderlas. Ellas tienen su propia lógica, su propia dialéctica, puesto que significan algo precisamente en su nivel propio. Cada uno de nuestros significados es trascendente, aunque todos ellos vivan en un mundo inmanente, es decir, autocontenido en la naturaleza. La trascendencia de cada uno de ellos consiste en que tienen sentido solo en relación con todos los otros, de donde el valor supremo de la hermenéutica. Hermenéutica o exégesis en el mismo sentido en que las viví en mis estudios de derecho relacionando artículos de leyes, o en lo estudios de idiomas relacionando el sentido de las palabras de las lenguas, extranjeras o no. El significado no lo descifran ni la bioquímica, ni la teoría de la evolución, ni tampoco -desde luego– la ingeniería; el significado solo lo descifra el análisis de textos, que es el método de trabajo específico de las disciplinas humanísticas. Pero no una hermenéutica en general, sino la hermenéutica concreta que construye cada conciencia, cada existencia humana, pues el humanismo, cualquiera que este sea, solo puede vivirse desde la subjetividad del ser humano único y personal.
1
Los cronistas parecen estar de acuerdo en
que el comienzo de esta nueva división histórica fue marcada por los acontecimientos del
19 de noviembre de 1989.
2
Aunque el paradigma frecuentemente se
identifica con un solo nombre, es un hecho
que Darwin ni sacó su maravillosa idea de la
nada (el mismo reconoce su deuda con Malthus, por ejemplo) ni entendió siquiera completamente sus implicaciones. Tiene el mérito de haber aclarado el concepto y haberlo
sustentado con múltiples ilustraciones y argumentos; por todo ello se justifica que se le
reconozca como progenitor de esta poderosa
idea. Por lo demás, Alfred Russel Wallace descubrió la selección natural al mismo tiempo que Darwin.
3
Este monje austriaco publicó sus hallazgos
en una revista poco conocida, en 1865, pero
su contribución solo comenzó a reconocerse
alrededor de 1900. La consolidación de su
pensamiento con el de Darwin se logró en
1940, por obra de la gran síntesis debida a Theodosius Dobzhansky, Julian Huxley, Ernst
Mayr y otros biólogos.
4
Cabe mencionar aquí que el jurista costarricense Juan Diego Castro ha elaborado expresamente un
algoritmo del delito, que muchos jueces en Costa Rica usan hoy para impartir justicia.
5
Si hicieran falta más argumentos sobre el carácter algorítmico de la selección natural, la
vida artificial –más concretamente, evolución por selección natural de organismos digitales en el
ambiente de una computadora– ofrecería la
confirmación definitiva. Una amplia explicación de esta nueva e interesante disciplina,
con citas largas de textos originales, puede encontrarse en mi Epistemología de la
informática (GUTIÉRREZ 1993).
6
Dennett hace notar que si Darwin no hubiera vivido en un mundo mercantil que ya había creado Adam Smith y Thomas Malthus,
no hubiera podido encontrar las piezas prefabricadas para desarrollar su producto con
valor agregado (como se ve, la idea se aplica a sí misma de una manera muy elegante).
7
Intento de tratar de descubrir el diseño a
partir del estudio cuidadoso de la cosa diseñada. Con base en el principio de acumulación
del diseño, es posible entender la biología como un caso espléndido de ingeniería
inversa.
8
Nombre decimonónico de la parte de la corteza cerebral para la cual no se ha podido
encontrar un uso definido relativo a la motilidad o a la sensibilidad; en realidad, se trata
de
la parte "vacante" de la corteza, del exceso
de corteza que ostentamos los humanos en
relación con nuestros primos los chimpancés, y que nos fue regalada por una afortunada
mutación hace alrededor de siete millones de
años.
9
Un cambio simplemente cuantitativo implica solo una diferencia algorítmica puntual. Por ejemplo, un proceso que se hace solo una vez en un programa informático puede quedar modificado para que se haga cuatro veces, con solo cambiar un cero por un uno en un número binario.
10
Las segundas y ulteriores lenguas han demostrado tener mucho más variabilidad en su localización.