

Hace unos días, en una conversación social en que se comentaba el perdón de deudas a los agricultores, un amigo dilecto, agricultor exitoso él, expuso el criterio de que el proteccionismo agrícola era inevitable para evitar la ruina de los finqueros y su emigración a las ciudades. No le refuté entonces para no perturbar un convivio agradable. Pero, como el tema es importante, quiero contradecir esa opinión en los siguientes párrafos.
El trasfondo de posiciones como la de mi amigo es el desaliento por el estado lamentable de la educación en nuestra población rural. Mi paso meteórico por la dirección educativa del país, que me valió que amigos francófilos me apodaran "Claude le Bref", me permitió constatarlo. La deficiencia de cobertura en educación secundaria de los campos contrasta con su relativa buena cobertura en educación primaria. Examinando la historia de la educación secundaria costarricense durante el último siglo y medio, registramos un aumento inicial bastante rápido (mientras se educan las ciudades) seguido por incrementos dificultosos y casi nulos durante los últimos cuarenta años. Se parece al incremento de la velocidad de los cuerpos físicos, que conforme se aproximan a la velocidad de la luz se va haciendo crecientemente difícil porque es imposible llegar a ella. Este límite es estructural para la física. Tengo la sensación de que también lo está siendo para nuestro intento de educar a la población rural.
Círculo vicioso. Cuando visité las escuelas de las zonas rurales, tuve oportunidad de conversar con muchos agricultores padres de familia. La pregunta obligada era: –¿Van sus hijos al colegio?. Y la respuesta, obediente a estadística, era negativa en casi la mitad de los casos. Mi repregunta era también obligada: –Y ¿por qué no? Me replicaban primero que el colegio estaba lejos, pero al final afloraba una razón más cercana a la verdad: –Necesitamos que el muchacho ayude a la familia; al fin y al cabo a un agricultor le basta con saber leer y escribir, y sacar cuentas. Creo que esa convicción es el factor que frena el crecimiento de la segunda enseñanza en las áreas rurales. Y ese factor tiene un fundamento estructural que abre un círculo vicioso.
Durante varias décadas hemos venido protegiendo, y cada vez más, a los agricultores. En los años cincuenta, cuando yo era finquero, ninguno de los artículos que nuestra finca producía estaba protegido. Hoy casi no hay producto del agro que no lo esté, y el Presidente de la República pide a los bancos no cobrar las deudas a los agricultores. Si la velocidad de crecimiento de la cobertura en secundaria ha ido sistemáticamente en descenso, la del proteccionismo agrícola va ya en estampida. No es de extrañar que muchos padres de familia no sientan incentivo para dar niveles más altos de educación a sus hijos.
Cierre explosivo. En esto no hemos seguido el ejemplo de países avanzados. En vez de dejar a la competencia reducir el número de agricultores al tiempo que aumenta su productividad, hemos optado por un proteccionismo que mantiene artificialmente baja su productividad y altos sus números. Y como esta política los confirma sistemáticamente como población deprimida, ellos exigen cada vez más protección, lo que cierra explosivamente el círculo vicioso.
En mi primera semana como Ministro de Educación tuve el placer de visitar la zona sur del país. En una reunión con los muchachos del colegio de San Vito les dije algo como lo siguiente: "En los últimos días subí y baje montañas para llegar hasta aquí. Recorrí en pocas horas y en el mismo orden que sus antepasados los valles feraces que ellos colonizaron a lo largo de los últimos ciento cincuenta años. Este valle en que estamos es el último de la cadena. La Larga Marcha hacia el Sur ha terminado. No hay más montañas físicas que escalar ni más valles reales que descubrir. Ustedes deben ahora colonizar valles virtuales y conquistar montañas tecnológicas. Solo así podrán hacer honor al ejemplo de sus mayores".