
Celebro el optimismo del excelente comentarista político Rodolfo Cerdas en su artículo “Benditos tiempos” a propósito de la crisis política que vivimos en estos momentos. Concuerdo con su desconfianza con respecto a movimientos en torno a personalidades mesiánicas que a funestos resultados han llevado a otros países de América Latina. Estoy de acuerdo también en que críticas irreflexivas sobre nuestra democracia representativa “inspiradas en el deseo de una participación popular directa que nadie define ni parece entender con claridad” pueden abrir la puerta a un maligno corporativismo neofascista. De hecho, desde la creación de la comisión del “Combo” que nos recetó la hoy candidata a Vicepresidente del PLN, he venido denunciando ese peligro. Trocar la democracia representativa, que tanto ha contribuido históricamente a la salud política de Costa Rica, por una “democracia participativa” en que directivos de grupos de intereses -ninguno electo por el pueblo- se arrogan el poder, sería peor que trocar la primogenitura por un plato de lentejas: ese plato vendría envenenado por el sectarismo y -en último término- la posibilidad de dictaduras de la peor especie.
Deber de los intelectuales Debemos admitir, sin embargo, que la inquietud que bulle en nuestro pueblo en favor de una instancia que controle a los políticos es una pretensión legítima. Si es cierto que en muchos casos se dirige iconoclasta contra las instituciones que garantizan nuestras libertades, es deber de los intelectuales costarricenses orientarla para que no vayamos a tirar por la ventana el niño junto con el agua sucia. Por ello invito al mismo comentarista y a otros pensadores tan lúcidos como él, a tratar de corregir la falta de definición y claridad denunciada, para que podamos hacer las finas distinciones que separan la "democracia participativa" de los regímenes de orientación fascista con respecto a la democracia directa practicada cotidianamente en países tan evolucionados como la Federación Suiza.
Quienes nos homologamos a ese país alpino con el objetivo de atraer turistas tenemos poco conocimiento de sus métodos de gobierno, percibimos poco sus alturas políticas además de las geográficas. Podríamos aprender muchísimo de la sabia mezcla de instituciones representativas y control ciudadano que ellos practican, en forma de votaciones frecuentes a todos los niveles. Pero hoy hay más: el Centro de Estudios y de Documentación sobre la Democracia Directa de la Universidad de Ginebra (http://c2d.unige.ch/) anuncia con fecha 24 de febrero de 2002 (la misma del artículo de Cerdas) que Ginebra, uno de sus cantones, ha permitido ya a sus ciudadanos emitir sus votos de manera electrónica. Tal anuncio comenta las dificultades de autenticación del voto-e (similares a las ya resueltas para el comercio-e) pero se muestra optimista sobre su potencial para incrementar la democracia directa en el futuro inmediato.
El voto electrónico
Evidentemente, los suizos no se duermen en los laureles. Imitémoslos nosotros. Hace días venimos dándonos autobombo con el grado de difusión de la informática en el país, especialmente en escuelas y colegios. El presente Gobierno hasta concedió a los costarricenses el derecho universal a correo electrónico (concesión redundante, pues todo hijo de vecino en el mundo tenía ya acceso a recursos parecidos por medio de “hotmail”, “yahoo” y multitud de otras opciones internacionales gratuitas). Un proyecto mucho más interesante sería habilitar a los ciudadanos para emitir un voto electrónico directo sobre materias que se ventilen en la Asamblea Legislativa (o el nuevo Parlamento que traerían los vientos que corren), usando las computadoras escolares.
Una reducción apreciable de la deuda política podría ir contribuyendo a dotar a comunidades y familias de computadoras sencillas conectadas a internet. Nos atrevemos a pensar que algún día, no tan lejano, todo costarricense podría participar directamente en la aprobación expedita de leyes, con la misma facilidad con que hoy recibe en su casa propaganda política. En anticipación de esa situación ideal, esforcémonos por lo menos en reestructurar las instituciones y prácticas políticas en la dirección correcta.