Cuando era niño
detestaba los cambios de lugar,
alejarme de mi país
(me daba mal de patria)
o cambiar dirección de movimiento
(me mareaban los caminos
con curvas de las montañas).
Cuando fui adolescente
leí filosofía y practiqué religión
y me angustié por saber
quiénes tenían razón
entre tantos puntos de vista.
Entrado en años
leí a Alberto Einstein
y él me enseñó que la luz se propaga
con la misma velocidad
en todas direcciones
y que las cosas suceden
como si mi marco de referencia
fuera siempre inmóvil
y pudiera considerarse
el centro del Universo.
Comprendí entonces
que no existe movimiento
excepto fuera de mí,
que la verdad auténtica
es mi propia claridad
y la realidad última
mi sentimiento más profundo;
pero que lo mismo puede pensar
cualquier otra persona.
Hoy ya no me marean
las vueltas de las montañas
y dejé hace tiempo de saber
que quiere decir "mal de patria".