NARCISO Y LA INFORMÁTICA

Claudio Gutiérrez

La inauguración en esta tarde de una moderna máquina computadora es un motivo de regocijo académico. Pone a la disposición de docentes, investigadores y administradores un finísimo instrumento de procesamiento automático de datos comparable a los que tienen en operación instituciones de los países más adelantados del mundo. Esta inauguración significa además, la llegada a la madurez de nuestro Centro de Cómputo, hoy transformado en Centro de Informática.

He recordado en estos días los comienzos del Centro en el año 68; volvieron a mí las primeras impresiones que tuve sobre "Matilde", la primera computadora que conocí. Me la presentó su madrina, quien después me llegó a explicar muchos de sus secretos, mi maestra de FORTRAN, la Ing. Clara Zommer. Recuerdo que viendo a "Matilde" escribir líneas enteras de una sola vez, manejar con dedos invisibles una máquina de escribir a velocidad increíble, resolver problemas matemáticos en un santiamén y hasta entonar canciones de Navidad, le expresé mi gran asombro a Clarita. Me escandalicé un poco cuando dijo:
–No hay nada de qué asombrarse; el efecto de maravilla está sólo en la ignorancia de los procesos que llevan a los resultados. Presentí que tenía razón, y eso lastimó bastante mi ego filosófico. Después, con el tiempo, conocí los procesos, y el motivo de asombro varió: comencé entonces a maravillarme de algo que el comercio con la máquina, la práctica del programador, me iba haciendo más y más evidente ... y que terminaría por destruir mi orgullo filosófico. Me refiero a algo muy sencillo, pero que antes de programar no había percibido en toda su aplastante enormidad: la extensión y profundidad de la falibilidad humana.

Nadie que no haya programado, que no haya luchado por hacer correr un programa, tiene una percepción suficientemente clara de las limitaciones del intelecto humano. Cuando Clarita me anunció que tendría muchas decepciones al probar mi programa, que se necesitarían muchas pasadas para sacar todas sus "pulgas" o errores, creí que estaba bromeando. Pero en un programa largo y complicado cientos de errores, diría incluso miles resultan ser algo totalmente natural. El peor es aquel error pequeño, minúsculo, que siempre atribuimos a la máquina y que siempre al final resulta ser culpa del programador. Y el "por supuesto" o "qué estúpido fui" viene como excusa balanceadora, a posteriori, grito compensatorio del narcisismo herido. Cuán patente se me fue haciendo la injustificada seguridad con que los humanos defendemos nuestras convicciones, aquello de lo que estamos tan persuadidos, como persuadido está el programador, después de corregir 99 errores, de que el programa correrá ahora con seguridad ... ¡hasta que surge el error número 100!

En esta era de tecnología avanzada, cosas como éstas nos hacen meditar en el valor humanista del contacto con las máquinas: ¿qué mejor escuela de humildad que un curso de programación? ¿No seremos después de una experiencia tal más prudentes, menos prejuiciados, más tolerantes con los errores ajenos? ¿No estará aquí un valioso elemento para integrar en una concepción de humanismo científico? Cuando oigo decir que el contacto con las computadoras deshumaniza, sé de inmediato que estoy hablando con alguien que nunca ha tenido contacto con computadoras. Porque la máquina no es más que un intermediario entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y sí mismo. Un programa ejecutado en una computadora es, como dirían los filósofos, pensamiento objetivado; objetivado de tal manera, que si no es coherente produce un impasse en la máquina, el "check stop" de la luz roja tan temida por los usuarios, principiantes o no (1). El contacto con las máquinas, por lo menos con esta clase de máquinas, probablemente nos hará más humildes; nos revelará que no podemos lograr nada sin esfuerzo, que nuestras fantasías las más de las veces no concuerdan con la realidad, que el primer camino que se nos ocurre no lleva a ninguna parte, que el éxito no es el salario del genio, sino de mil y una tentativas y mil y una rectificaciones. Una máquina de éstas, en fin, es la encarnación y concreción misma del método científico, de la conjetura-seguida-de-refutación-seguida-de-conjetura-seguida (eventualmente) de verificación.

Sí; de maravillarse de una máquina uno pasa, conforme la conoce, a maravillarse de uno mismo: de sus propias flaquezas, primero; y después, de las cosas importantes que puede uno llegar a hacer con paciencia, con humildad y, sobre todo, con mucho trabajo. Clarita fue mi maestra: me enseñó FORTRAN. Pero Matilde también lo fue: me enseñó humildad.


Copyright © 1982-2001 Claudio Gutiérrez

NOTA 1 Me refiero a una luz roja de "parada por error" que existía en "Matilde", una máquina IBM 1620.