Publicado originalmente en La Nación en 1980, junto con opiniones sobre el mismo tema del presidente de la República de Costa Rica Rodrigo Carazo y de los ex presidentes José Joaquín Trejos y Daniel Oduber, bajo el título global "Frente al 81".
Hace unos días conocí a un holandés retirado en Costa Rica, antiguo piloto del Jumbo 747. En su trabajo vio atardeceres en todas las latitudes y, naturalmente, desde muy diversas alturas. Considera que en ninguna parte los hay mejores que en nuestro país; por ello, y porque nuestra gente es amable y le hace sentirse en su casa, decidió pasar aquí el atardecer de su vida. Creo que este amigo tiene razón y que vale la pena hacer propaganda sobre esos dos motivos para atraer más pilotos retirados de tod el mundo. Pero creo también que el agua (que produce nuestros celajes) y la gente (que produce todo lo demás que tenemos) son, desde muchos otros puntos de vista, los mejores recursos de Costa Rica. En estos días de diciembre, de aglomeraciones y temporales, no parece que ninguno de los dos vaya pronto a faltarnos. Por eso no me inquietan las crisis ni jurídica ni económica que se ciernen sobre el horizonte.
El primer recurso de Costa Rica es su gente. Una gente laboriosa que el último cuarto de siglo ha transformado a este país por medio de siglo ha transformado a este país por medio de sostenido trabajo. Gente educada y educable, con capacidad para adaptarse a los cambios que exigen el progreso y la convivencia. Igual asimiló la planificación familiar cuando se hizo indispensable, como aprendió a hacer cola ante los autobuses y a respetar los teléfonos públicos. Ha puesto a funcionar el proyecto de Arenal y de paso aprendió de los japoneses a fabricar tubos gigantes para plantas eléctricas (en los próximos proyectos necesitaremos menos japoneses). Se ha hecho capaz de atender en educación superior la enorme cifra de 50 000 estudiantes.
La gente de Costa Rica es gente dulce; sufrimos cuando tenemos que pelear, y en cambio nos encanta en entrar en negociaciones. Al final, encontramos siempre una salida pacífica y constructiva a nuestros conflictos.
A veces, es cierto, nos enredamos en nuestros mecates, y podemos producir una crisis jurídica como la presente, en que nuestras instituciones de sistema presidencialista se han hecho ineficientes; o empeorar una crisis económica con nuestro deseo inmoderado de viajar o de manejar automóviles. Pero estoy seguro de que podremos superar éstas como hemos superado otras anteriores. Al final, cambiaremos pacíficamente nuestras instituciones (¿sistema parlamentario después de una constituyente?); y en cuanto a los automóviles, terminaremos alimentándolos con agua (transformada en caña de azúcar y después en alcohol). El crecimiento económico que vendrá conforme aprovechemos cada vez más nuestra energía hidroeléctrica (también hecha de agua) nos permitirá tal vez seguir viajando, para comparar atardeceres y comprobar que no los hay mejores que los de Costa Rica.
Cuando me llegue la hora de retirarme de la vida activa, buscaré un lugar en que la gente sea amable, laboriosa, educada y con afán de aprender; un lugar en que me sienta como en mi casa. Si además resulta que tiene los mejores atardeceres del mundo … ¡miel sobre hojuelas!