No creo en la causa de la liberación femenina, (pausa expectante) no creo en la causa de la liberación de la mujer como una causa distinta de la liberación del ser humano. Aisladas del contexto de las luchas por la emancipación del hombre como ser genérico, las luchas por la emancipación de la mujer caen fácilmente en esquemas que son otras tantas variantes de enajenación. Examinemos la situación en algunos de sus aspectos.
Es cierto que la mujer es explotada económica y culturalmente: también lo es el varón; también lo es el niño. Nuestra sociedad y nuestra cultura ofrecen una vasta red de explotación interpersonal en que los más fuertes oprimen a los más débiles y los débiles oprimen a los aún más débiles. De estas relaciones opresivas no se eximen los nexos delicados existentes en la vida de familia y muchas veces las relaciones de tutela –que podríamos esperar fueran las más respetuosas de la integridad de las personas– son las más explotadoras. El círculo vicioso del desquite, de la opresión transitiva, no lo romperán los temas propagandísticos del año de la mujer o del de la madre; solo lo pueden romper hechos, múltiples –pequeños y grandes– actos de transformación que tiendan a permitir a cada hombre (varón, mujer o niño) la toma efectiva de conciencia sobre su valor como persona humana.
¿En qué igualdad piensa la luchadora feminista? Ser igual al hombre, al varón. ¿A cuál varón? ¿Al campesino sin tierra que gana un jornal mínimo de subsistencia y que para olvidar su inseguridad bebe en la cantina el día de pago? ¿Al marginado, habitante del tugurio o de los anillos de miseria alrededor de la ciudad, sin profesión, empleado sólo a veces, desempleado o "camaronero" las más? Por supuesto que no. El modelo para la igualdad es el profesional, el ejecutivo, el director de empresa, el hombre de gobierno. A veces esta igualdad se pretende a cualquier precio: aunque deba la mujer imitar también la falta de escrúpulos, la hipocresía, la saña del "quítate-tú-pa-ponerme-yo", igualdad con el hombre en sus ventajas y en sus defectos.
Pero desde luego no es esto lo que necesitamos, lo que ustedes buscan: se trata más bien de abrir posibilidades de educación al que no las tiene, de mejorar la capacitación y la profesionalización, de aumentar la participación de los gobernados en los asuntos políticos, de buscar mayor equidad en los ingresos, de asegurar costumbres sanas y positivas, conducentes a la felicidad, tanto al hombre como a la mujer, sin distingos de sexo, etnia o sistema de pensamiento. Se trata en síntesis de la promoción integral del ser humano, de la capacidad de ser más, de ser persona y no títere.
Cuando hablamos de liberación femenina, ¿en qué pensamos? ¿En la eliminación de ciertos tabúes, de ciertos roles convencionalmente adjudicados a la mujer? ¿O pensamos seriamente en una liberación personal que alcance a desautorizar las demandas contradictorias de carácter cultural que pesan sobre todos los miembros de la sociedad, pero de una manera especial y con un sesgo particular sobre la mujer? Y esa liberación, ¿la entenderemos sólo como lucha exterior, contra estructuras objetivas, el sistema económico-social, o la veremos con más profundidad, en sus raíces psicosociales que fundamentan desde la base subjetiva nuestro sistema cultural? ¿Comprendemos que el contexto de opresión es tal que el opresor anida en nuestro corazón, como muy bien lo ha mostrado Paulo Freire, que la frustración del oprimido, sea hombre o mujer, suele descargarse en otros, los que estén más cercanos? ¿Comprendemos que esa misma "diosa de abnegación" cuyo día hoy celebramos a menudo se venga inconscientemente de los ultrajes recibidos, de su marido o de la sociedad, proyectando en sus hijos sus frustraciones y entorpeciendo o aniquilando los deseos de los jóvenes de vivir sus vidas por sí mismos? ¿Comprendemos que una lucha de liberación integral implica un cuestionar general, romper esquemas tradicionales y poner bajo examen premisas recibidas como artículo de fe?
Conocer es liberarse: "la verdad os hará libres"; sólo dándonos cuenta del fundamento objetivo de esta transitividad de la opresión podremos romper el círculo y abstenernos de dar continuidad a esta eterna venganza que se transmite interminablemente de generación en generación.
Esa extraordinaria mujer que es Karen Horney tiene un mensaje al respecto para nosotros. En su libro "La personalidad neurótica de nuestro tiempo" nos llama la atención sobre la atmósfera enajenante que nuestra cultura tiende alrededor de nosotros, qué contribuye a aumentar el sentido de inseguridad y provocar una difusa tensión hostil entre los individuos.
Nota 1, de 2001: Si bien mi pensamiento social en general, y mis escritos sociales en particular, están fuertemente influidos por las innumerables conversaciones con mi esposa Marlene Castro –antropóloga y persona de profunda agudeza y sensibilidad– este discurso refleja de manera eminente esa fecundante interacción. Sirva la oportunidad para agradecer la enorme deuda intelectual que tengo con ella.