
Don Alberto Di Mare nos ha regalado desde estas columnas con una hermosa defensa de la tolerancia.
Coincido con él en el aprecio de esta, la virtud fundamental de una sociedad democrática. No
obstante, encuentro poco aceptables algunas de las razones de su defensa. Por ejemplo, no
considero correcta su doctrina sobre el origen o naturaleza de las ideas morales. No creo que
estas se basen enteramente en los datos de la experiencia.
Según don Alberto, no hay verdades escritas en la conciencia. Todo lo que el hombre piensa ha
surgido de su experiencia, de lo que va conociendo con sus sentidos. La solución de los problemas
morales es simple aplicación de conocimiento empírico adquirido con anterioridad y de las reglas
universales de la lógica. Así, las decisiones morales no difieren esencialmente de la decisión
que hacemos cada mañana sobre lo que habremos de tomar como desayuno.
Una doctrina tal no puede explicar por qué las personas no se ponen fácilmente de acuerdo sobre
cuestiones morales, como sí lo hacen, tras un rato de argumentación, sobre cuestiones de otro tipo.
En otras palabras, no explica el hecho generalizado del conflicto que es característica
evidente de los problemas morales. Personas comprometidas con valores morales distintos reaccionan
de modo distinto ante los mismos hechos, aplicando desde luego las mismas reglas de razonamiento.
Podría contestarse que ello se debe a la distinta experiencia de las personas; pero si esa
fuera la única razón del conflicto, bastaría con enterar al otro de la propia experiencia,
contarle cuáles son los hechos, para lograr un acuerdo. Pero sabemos que no basta con esto
para resolver una contienda moral.
Es claro que de los simples hechos no pueden surgir ideas morales. Del hecho de que el hombre
nace sin cadenas no se sigue que es un deber respetar su libertad, como tampoco que es un
deber encadenarlo lo más pronto posible. Del distinto color de la piel no se sigue que los
hombres deban vivir segregados, ni tampoco que deban integrarse en una misma sociedad. Los
hechos solo son uno de los elementos necesarios para el juicio moral; de igual importancia es
un elemento no empírico, el valor, que tiene que ver con las actitudes que toman las personas,
por razones de conciencia, ante los hechos.
Si la moralidad surgiera directamente de la experiencia sería posible encontrar gente que
todavía no tuviera moral, por faltarle experiencia; y la gente con más experiencia tendría
más moral que la gente con menos experiencia. Pero no es así: en la medida en que encontramos
hombres, cualquiera que sea su conocimiento de los hechos, encontramos ideas morales. En cierto sentido, la moralidad es la tela de que están cortados los hombres.
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